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Alicia de Battenberg: La Declararon Loca… y Salvó a una Familia Judía del Holocausto

Cuando los adultos creían que la pequeña no podía entender, ella en realidad los descifraba. Aprendió pronto que el mundo está hecho de mentiras pequeñas, de cosas que se dicen en voz baja para que los demás no se enteren. Y aprendió que ella, la niña sorda, era la única que las veía todas. Esa lucidez salvaje, casi incómoda, la marcaría para toda la vida.

Hay otro episodio de su infancia que conviene recordar porque marcaría su carácter para siempre. Cuando tenía 12 años, Alicia visitó por primera vez Rusia. la acompañaba su madre. Iban a ver a su tía abuela, la gran duquesa Isabel Feodorovna, una mujer hermosa y profundamente religiosa que se había convertido del luteranismo al cristianismo ortodoxo después de su matrimonio con un gran duque ruso.

Aquella tía abuela le mostró iglesias con cúpulas doradas, iconos antiguos, monasterios escondidos en el campo, le explicó con paciencia. lo que cada imagen significaba. La pequeña Alicia, que solo entendía lo que le leía en los labios, captó algo más profundo aquellos días.

Captó la idea de que la fe podía ser un refugio, que las personas, incluso las princesas, incluso las mujeres más privilegiadas, a veces necesitaban un lugar interior donde meterse cuando el mundo exterior se volvía insoportable. Aquella visita a Rusia, según escribió ella misma muchos años después, fue el primer momento en que pensó que tal vez algún día querría vivir como su tía abuela.

Una mujer dedicada al silencio, a la oración, a los pobres, una mujer útil de una manera que no requería palabras. En aquel momento solo era un sueño infantil, pero los sueños infantiles a veces esperan toda una vida para cumplirse. En 1902, con 17 años, Alicia viaja a Londres para asistir a un acontecimiento histórico.

La coronación del rey Eduardo VI, hijo de la reina Victoria, que ha muerto el año anterior. Acuden cabezas coronadas de toda Europa. Los pasillos del palacio están llenos de príncipes, princesas, dignatarios, embajadores. Y en uno de esos pasillos, Alicia se cruza con un joven moreno de ojos profundos, vestido de uniforme blanco con condecoraciones griegas.

Es alto, camina como si el mundo le perteneciera, pero al mismo tiempo hay algo melancólico en su mirada. Se llama Andrés. Andrés de Grecia. Es hijo del rey Jorge I de Grecia. príncipe porcimiento. Tiene apenas 21 años. Y según relatan de aquel encuentro, en cuanto sus ojos se cruzaron con los de Alicia, ya nada volvió a ser igual para ninguno de los dos.

Lo que ninguno de los dos podía imaginar es que aquel encuentro casual en un pasillo de palacio sellaría también una de las tragedias más extrañas del siglo XX. Antes de continuar con esta historia que apenas comienza, déjame pedirte algo. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen.

Cada comentario nos ayuda a llegar a más personas que merecen conocer estas vidas olvidadas. Y ahora sigamos. 6 de octubre de 1903, Darmstad, Alemania. Es un día gris, frío, ventoso. En el palacio de los grandes duques de Ges se celebra una boda doble que reúne a casi toda la realeza europea. Está el Sar de Rusia, Nicolás II, primo de la novia, con su esposa Alejandra.

Está el rey Eduardo de Inglaterra. Están los reyes de Grecia, están los Joholern de Alemania, están los emperadores, los reyes, los archiduques. Hay tantas coronas reunidas en una misma sala que un periodista francés sentado entre la prensa escribirá días después. En aquella iglesia parecía haberse reunido toda Europa antes de que Europa se autodestruyera.

En el centro de aquella escena hay una novia rubia vestida de blanco con el velo cubriéndole los hombros. No oye los cánticos del coro. No oye las lágrimas de su madre. No oye los suspiros de admiración del público. Pero ve a Andrés acercarse a ella por el pasillo sonriéndole con esa sonrisa que solo le dedica a ella.

ve los rostros de todos los invitados girarse hacia su paso. Hilob ve sobre todo una mirada que la persigue desde un rincón, la del Kaiser Guillermo de Alemania, primo de su madre, un hombre que ya entonces inquietaba a media Europa. Pero esa mirada se diluye pronto entre la felicidad del momento. Alicia se casa. Es una de las princesas más hermosas del continente.

Tiene 18 años y acaba de unir su vida a la de un hombre que la llevará, a un país que no conoce, a una corte que no la espera y a un destino que ninguno de los dos podría imaginar. La pareja se instala en Atenas. Andrés príncipe, sí, pero tercero en la línea de sucesión, sin grandes responsabilidades oficiales. Sirve en el ejército griego, tiene tiempo libre.

Tiene rentas modestas comparadas con las de otras casas reales, pero hay un lugar que él adora por encima de todo, un refugio personal donde se siente verdaderamente él mismo. Monrepos, una casa señorial de estilo neoclásico sobre la isla de Corfu. Mirando al mar Jónico, construida en el siglo XIX, con jardines de cipreses, terrazas con vista al agua, suelos de mármol blanco, un lugar donde el viento huele a sal y a flores de naranjo.

Allí, en aquella casa, los recién casados pasarán los meses más felices de toda su vida juntos y allí también nacerán todos sus hijos. Margarita, la primera, llega en 1905. Una niña tranquila, observadora, parecida a su madre, Teodora, en 1906, más extrovertida con la sonrisa fácil. Cecilia, en 1911, considerada la más bella de las cuatro hermanas y Sofía, la última de las hijas, en 1914, semanas antes de que estallara la Primera Guerra Mundial.

cuatro hijas en menos de 10 años. Una familia ruidosa, alegre, con criadas griegas, niñeras inglesas, gobernantas alemanas. Y en el centro de todo aquello, Alicia, leyendo los labios de cada uno, comprendiéndolo todo, organizándolo todo. Monrepos era en aquellos años un lugar de luz. Las paredes blancas reflejaban el sol del ejeo.

Los pasillos se llenaban del aroma aar que entraba por las ventanas abiertas. Los criados griegos servían el desayuno en el jardín bajo una pérgola cubierta de bugambillas. Por las tardes, las niñas tomaban clases de piano con una profesora Vionesa, mientras Alicia, en una silla cercana, miraba sus manos sobre las teclas y, leyendo en sus rostros la concentración o el aburrimiento, sabía exactamente qué hija necesitaba un abrazo y cuál necesitaba una lección extra.

Por las noches, Andrés llegaba de Atenas en automóvil, cenaban en familia, las niñas hablaban entre ellas en francés y en griego, y Alicia las miraba con esa mirada suya que parecía abarcarlo todo. A veces, cuando algún familiar visitaba la isla, se organizaban excursiones en barca a las pequeñas calas escondidas. Alicia, vestida de blanco, parecía entonces una de aquellas mujeres mediterráneas pintadas por sergent, hermosa, misteriosa, distante y cercana a la vez.

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