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Alfonso Zayas: Por ESTO Humilló al Galán Más Deseado de México

El más pobre llenó los cines del país y el que más hizo reír fue por dentro uno de los hombres más tristes del espectáculo mexicano. Quédate [música] porque esta historia te va a doler y te va a reconciliar con algo al mismo tiempo. Para entender cómo este hombre terminó así, [música] primero tienes que conocer el mundo que lo hizo. Porque esta historia no empieza el día que el helicóptero [música] cayó.

Empieza mucho antes y empieza [música] con algo que tú probablemente viste en tu propia sala, en tu propia televisión, [música] sin saber lo que había detrás. Todo arranca lejos de los reflectores, lejos de las mujeres hermosas, [música] lejos de los aplausos. Arranca en Tulancingo, Hidalgo, el 30 de junio de 1941, con un niño flaco e inquieto que nace [música] en un México que todavía no sabía reírse de sí mismo.

Un país [música] que salía despacio de la posguerra, donde el lujo de la noche era el sonido de un radio prendido [música] y donde el futuro no se soñaba. Se sobrevivía. En su casa no había glamur, pero había algo más raro y más valioso. Había [música] escenario, porque sus papás eran carperos, gente de [música] las carpas, esos teatros ambulantes de lona que recorrían el país de pueblo en pueblo, llevando comedia, música [música] y picardía a la gente que no podía pagar otra cosa.

Su padre, Alfonso Zallas Cetina [música] era músico. Su madre, Dolores Inclá, también venía de ese mundo. Y ese apellido Inclano, [música] lo vas a necesitar más adelante. Y para que entiendas de dónde venía este hombre, tienes que saber qué eran las carpas. No eran un circo, eran algo más pobre y más valiente, una lona enorme, unas tablas mal clavadas, unas sillas prestadas y adentro toda la comedia, [música] la música y la picardía que el pueblo no podía pagar en los teatros elegantes.

De esas carpas salieron los [música] más grandes de México. De ahí salió Cantinflas, de ahí salió Tintán, de ahí salió [música] media historia de la risa de este país. Ese fue [música] el patio de juegos de Alfonso. Creció oliendo el aserrín del [música] escenario, viendo a su padre con los músicos y a su madre entre la gente del oficio, aprendiendo [música] el tiempo exacto de la comedia antes de saber leer bien.

aprendió a sobrevivir arriba de un escenario [música] antes de aprender a sobrevivir en la vida. Para que entiendas lo que significaba crecer así, tienes que imaginarte el México de aquellos años. Un país de caminos de tierra, de pueblos sin luz, de familias enormes apretadas en una sola habitación. La gente trabajaba de sol a sol y la diversión costaba lo que casi nadie tenía.

Por eso las carpas eran tan importantes. Eran el cine, el teatro y la fiesta del pobre, todo junto por unos centavos. Llegaba la carpa al pueblo y por unas horas la gente se olvidaba del hambre, de la deuda del marido que no volvía. Y arriba de esa lona estaba la familia de Alfonso, haciendo el milagro de que un pueblo entero se riera al mismo tiempo.

El niño veía eso cada noche. Veía a su padre sacarle música al cansancio de la gente. Veía como una buena frase dicha en el segundo justo valía más que cualquier sermón. y entendió, sin que nadie se lo explicara, [música] que hacer reír era un oficio casi sagrado. Era darle a la gente lo único [música] que la vida no le regalaba, un respiro.

Por eso, cuando creció y tuvo que elegir, eligió eso, aunque no diera dinero, aunque no diera respeto, porque era lo único que sabía hacer bien y porque [música] muy en el fondo sentía que era importante. El niño creció viajando entre lonas, [música] durmiendo donde caía la función, viendo a otros niños que parecían encajar mejor [música] que él.

más altos, más guapos, más seguros de sí mismos. Él no. Él era el que hablaba de más, el [música] que se movía sin parar, el que molestaba y hacía reír sin proponérselo. Desde muy [música] chico descubrió algo incómodo sobre sí mismo. No [música] imponía respeto, pero capturaba la atención de todos. No por su físico, por su tiempo, por su ritmo, por esa capacidad rarísima de soltar la frase exacta en el segundo exacto para romper la tensión de un [música] cuarto.

En la escuela no era el más aplicado, pero era el que lograba que el salón [música] entero se olvidara del maestro durante unos segundos. [resoplido] Y ese talento [música] que nadie tomaba en serio terminó siendo su salvación. Porque en los años 50 y 60 [música] el espectáculo en México no era un sueño accesible, era un castillo con la puerta cerrada.

El cine tenía sus apellidos. La televisión tenía sus dueños. Los escenarios estaban reservados para los mismos rostros de siempre. Alfonso lo sabía, [música] por eso nunca aspiró a ser galán. Jamás lo fue. No soñó con primeros planos románticos ni con violines de fondo. Soñó con algo mucho más humilde y mucho más difícil.

Soñó con permanecer, con no desaparecer. Entró al teatro y a la comedia como entran los que no tienen privilegios. Por [música] la puerta de atrás, carpas, foros improvisados, funciones donde el público gritaba más de lo que escuchaba. [música] Ahí aprendió la única ley que importaba. Si no enganchas en los primeros segundos, te pierden.

Si dudas, te comen [música] vivo. Si no haces reír, no existes. Esa escuela no perdona. [música] Y Alfonso sobrevivió. Pero antes de que el cine lo encontrara, hubo algo que casi [música] nadie cuenta. Alfonso ni siquiera quería ser actor. Lo confesó él mismo, ya [música] viejo, sin rodeos. Yo no quería ser actor.

Yo veía que toda mi familia se moría de hambre. Para [música] él escenario no era un sueño dorado. Era el oficio que había visto fracasar de cerca, el que no daba de comer, el que tenía a los suyos [música] siempre al borde y aún así fue lo único que supo hacer. Empezó en 1958 con una película que se llamaba Piernas de Oro. Pisó las tablas del teatro en una obra llamada Irma la Dulce, al [música] lado de su propio primo Rafael Inclán.

Hizo televisión en los 60 [música] en series que hoy casi nadie recuerda y compartió pantalla con la gran María Victoria [música] en la criada bien criada allá por 1969. En ese camino se cruzaron dos hombres que le cambiaron [música] el destino. Roberto Gómez Bolaños, el mismísimo Chespirito, [música] que le dio una de sus primeras grandes oportunidades en un programa llamado Cómicos y Canciones.

Y el productor Luis de Llano Palmer, [música] que se fijó en él por una sola razón, por su entrega, por su trabajo sin freno. A Alfonso Zallas nadie le abrió la puerta por guapo. se la abrió él a base de no parar jamás. Mientras otros buscaban pulir una imagen bonita, él se dedicó a afinar un personaje. El hombre común, el torpe, [música] el insistente, el que no debería ganar nunca y que sin embargo, gana porque [música] el público se veía reflejado en él.

En un país lleno de hombres que no eran ni héroes ni villanos, Alfonso le puso cara al que se equivoca, se cae y se vuelve a parar sin discurso y sin moraleja, solo con risa. Y lo más [música] inteligente de Alfonso fue lo que hizo con su físico. Otro en su lugar habría sufrido por no ser guapo. Él lo [música] convirtió en su mejor herramienta.

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