Pelea anunciada, problema extradeportivo, pausa forzada, regreso con más promesas, nueva caída. Cada [música] ciclo lo dejaba con menos dinero, con menos opciones y con una reputación cada vez más deteriorada. Las peleas contra Canelo Álvarez en 2017 [música] y contra Daniel Jacobs expusieron lo que todos dentro del boxeo ya sabían, que el físico y el apellido [música] no pueden compensar la disciplina que nunca estuvo.
Chávez Junior llegó al ring contra Canelo con exceso de peso visible. fue dominado, fue detenido y en las semanas siguientes no apareció en público para dar declaraciones. Hoy arrastra deudas que nunca ha confirmado ni negado públicamente. La fama que tenía por el apellido [música] se convirtió en la razón por la que cada fracaso fue más visible y más doloroso.
tiene el nombre más respetado del boxeo [música] mexicano sobre los hombros y no tiene nada de lo que ese nombre representa. El fútbol [música] también está en esta historia y el número cinco demuestra que las malas decisiones [música] financieras no distinguen entre el ring y la cancha. #5 [música] Cristian el Chaco.
Jiménez número cinco. Cristian el Chaco, Jiménez. Un nombre que para muchos aficionados mayores de 40 años evoca algo muy concreto, esa figura de mediocampista [música] que Cruz Azul puso en el centro de su juego durante los primeros años del siglo. Inteligente en la cancha, con visión de juego, con la calidad suficiente para vestir la camiseta de la selección mexicana.
[música] No fue una estrella de la magnitud de los que [música] vienen después en este ranking, pero fue un futbolista profesional de primer nivel en México. El tipo de jugador que sostiene a un equipo grande, el tipo que cuando no está se nota. El Chaco Jiménez representa algo en este ranking que ninguno de los otros representa.
La historia de los que caen sin escándalo, sin titular de arresto, sin declaración de quiebra en primera plana, sin positivo por drogas en el periódico, solo silencio. Las lesiones llegaron en momentos críticos de su carrera. Cada ausencia era tiempo perdido que otros aprovecharon para ocupar su lugar. Cada regreso era más difícil, más lento, [música] más costoso en términos de credibilidad deportiva.
Y mientras intentaba recuperarse dentro de la cancha, afuera las decisiones financieras que tomó o que permitió que otros tomaran en su nombre, fueron deteriorando lo que había construido en sus mejores años. Cuando un futbolista [música] cae en silencio, el sistema no lo menciona. No hay conferencia de prensa donde alguien explique qué [música] pasó.
No hay libro de memorias donde él mismo lo cuente. Simplemente un día dejó de ser convocado, dejó de aparecer en los medios, dejó de dar entrevistas y el mundo del fútbol mexicano siguió girando [música] como si nunca hubiera estado. Hoy el Chaco Jiménez vive una vida modesta y alejada [música] del mundo que lo vio brillar.
Nadie habla de él, nadie lo invita a los programas de análisis deportivo, nadie lo llama para comentar los partidos de Cruz Azul. Y eso para alguien que representó a México en la cancha [música] es una forma de pobreza que ninguna cifra puede medir del todo. Pero el número cuatro viene de Chile y eso hace su historia [música] más interesante porque este hombre no era mexicano, pero México [música] lo adoptó como propio y cuando lo perdió la razón no fue el juego, fue la [música] mesa de negociaciones.
Número cuatro, Humberto Chupete Suazo. Número cuatro, Humberto Chupete Suazo. Sí, un chileno en el ranking de ídolos mexicanos que lo perdieron todo. Pero si alguna vez viste al chupete en el estadio BBVA en el volcán con la playera de Rayados, entiendes perfectamente por qué está en esta lista. Suaso llegó a Monterrey en 2007 y en menos de dos temporadas se convirtió en el goleador más temido de toda la Liga MX.
En el torneo Clausura de 2009 marcó 28 goles, 28 en un solo torneo. Para que tengas contexto, fue el máximo goleador de la liga entera [música] por encima de todos los demás atacantes del fútbol mexicano. El promedio por partido que tuvo ese torneo nunca se había visto en México en la era moderna. Con él, Monterrey se construyó como potencia.
Los aficionados de Rayados llenaban el estadio para verlo. Las marcas deportivas mexicanas lo buscaban. Los medios lo cubrían como si fuera una figura de selección mexicana. Aunque nunca pudo jugar para el TRI. Tenía algo que no se puede enseñar. El olfato de gol, el instinto de estar en el lugar exacto, en el momento exacto.
Eso no viene de un entrenamiento. Eso naces con ello o no naces. Y Suaso nació con ello, pero nadie le explicó lo que no naces sabiendo cómo proteger lo que ganas. Cuando su ciclo en México terminó y regresó a Chile, la planificación financiera que debería haberlo sustentado por décadas simplemente no existía.
Los contratos posteriores que firmó no reflejaban su valor real de mercado. Los asesores que tuvo no le dieron lo que necesitaba y el entorno que se construyó alrededor de él, cuando era el máximo goleador de la liga, consumía más de lo que producía. Hoy Humberto Suazo vive alejado del foco sin los contratos de imagen, sin los premios de goleador, sin el estadio lleno que gritaba su nombre.
28 goles en un torneo. El récord que nadie en México ha podido igualar desde entonces. Y nada que mostrar. Los próximos tres ya no son casos de mala gestión financiera tranquila, son historias de gloria absoluta, del tipo de victorias que México entera vio por televisión, celebró en las calles y recordó durante años.

Y la caída fue exactamente proporcional a la altura desde donde cayeron. Número tres, Andy Ruiz Junior. Número tres, Andy Ruiz Junior. Primero vamos a hablar del milagro, porque el milagro fue real. El 1 de junio de 2019, Madison Square Garden, Nueva York. Anthony Joshua, el campeón unificado, invicto de peso pesado, con mandíbula perfecta, con cuerpo de estatua y un récord de 22 victorias y cero derrotas, salió al ring contra un reemplazante de último minuto que aceptó la pelea con 7 semanas de aviso.
reemplazante era Andy Ruiz Junior de Imperial, California, de familia mexicana, con una panza que los comentaristas no sabían si era estrategia o descuido, sin una victoria importante en su historial que justificara enfrentar al mejor pesado del mundo. No había una sola persona en el planeta que apostara por él.
En el séptimo asalto, Ruiz tiró a Joshua cuatro veces. Cuatro veces en el piso el invicto campeón unificado. El árbitro detuvo la pelea y Andy Ruiz Junior se convirtió en el primer campeón de peso pesado de origen mexicano en la historia del boxeo. En México entera se celebró como si hubiera ganado el Tri. En Imperial, California, su familia lloró frente a las cámaras.
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Él mismo lloró con los cinturones sobre los hombros, sin poder articular palabras durante varios segundos, porque lo que acababa de pasar superaba cualquier cosa que hubiera imaginado. Era el cuento de hadas más perfecto [música] que el boxeo había producido en años. Pero los cuentos de hadas tienen segunda parte y la segunda parte de este fue mucho más cruel que cualquier derrota en el ring.
6 meses después, Arabia Saudita, la revancha más esperada del año. Y Andy Ruiz Junior llegó al pesaje con 15 libras de más respecto a la primera pelea. 15 libras en 6 meses como campeón mundial no es físicamente imposible. Pero es una señal de lo que estaba pasando dentro de ese campeón desde la noche de junio. La gloria llegó de golpe, sin aviso, y algo dentro de él se rompió cuando no supo qué hacer con ella.
Las fiestas, los viajes, el enturaje que apareció de la nada y que consumía su tiempo, su dinero y su enfoque. Joshua lo dominó desde el primer asalto. Los tres jueces votaron unánimemente por el británico. Los cinturones regresaron a donde habían venido [carraspeo] y ahí comenzó el verdadero problema. Desde esa revancha, Andy Ruiz Junior no ha vuelto a ser el boxeador que noqueó a Joshua.
Ha seguido peleando, pero ya no pelea por cinturones mundiales, pelea por bolsas que ya no justifican lo que pudo haber sido. Pelea contra la sombra de lo que fue una noche en Nueva York en junio de 2019. Los contratos de imagen que llegaron tras el knockout [música] se fueron enfriando. Las marcas que lo buscaban dejaron de llamar.
El dinero que generó como campeón no fue administrado de manera que lo protegiera para el largo plazo. Andy Ruiz Junior tiene 34 años, sigue boxeando y sigue persiguiendo algo que duró siete asaltos y que se fue para no volver. Eso duele más que cualquier knockout. El número dos duele de una manera diferente, porque este hombre hizo algo que ningún mexicano había logrado antes en una Copa del Mundo y sin embargo terminó peleando contra algo que ningún gol puede resolver.
Número dos, Luis el Matador Hernández. Número dos, Luis el Matador Hernández. Francia. Julio de 1998, el mundial más esperado por México en una generación. Y en medio de ese torneo, en los estadios de San Dení, de Montpelier, de Lón, apareció él. Luis Arturo Hernández Carreón, nacido el 22 de diciembre de 1968 en Posa Rica, Veracruz, el matador, con esa melena rubia que se movía cuando aceleraba, con esa velocidad que los defensas europeos no podían procesar, con ese instinto de gol que solo tienen los delanteros que nacen para eso.
Cuatro goles en un solo mundial. Cuatro. Ningún mexicano lo había logrado antes. Ninguno lo ha igualado desde entonces. Es el máximo goleador del tri en la historia de los mundiales. Pero eso fue solo el capítulo de los mundiales. La historia completa es más grande. Nueve goles en Copa América. Máximo anotador de la historia de México en esa competición.
Ganó la Copa de Oro dos veces. Jugó en Boca Juniors con Diego Armando Maradona. En 1998, el mismo año del mundial de Francia, marcó 14 goles con la selección [música] en un solo año calendario. Ese número solo lo comparte con otro delantero en la historia del fútbol mexicano, Hugo Sánchez era el número 10 del corazón de México.
Su nombre se gritaba en estadios de Guadalajara, de Monterrey, de la Ciudad de México, de Buenos Aires. Era el hombre al que le entregabas el balón en el área y sabías que lo siguiente que verías era el balón en la red. Era ídolo de los de verdad. Pero en el año 2000 algo cambió. [música] La MLS no era el destino glamoroso que es hoy.
Era el lugar al que los futbolistas iban cuando las ligas importantes ya no los querían de la misma manera. [música] Y ahí en Los Ángeles, lejos de México, lejos del foco que lo había definido durante una década, la carrera del matador fue apagándose lentamente. Ya no era el centro del equipo, ya no era el nombre que aparecía en los titulares, ya no era el hombre al que todos miraban cuando el balón llegaba al área.
Eso ya duele. Pero lo peor no fue el retiro, lo peor fue lo que vino después. En Los Ángeles, una mujer lo demandó por pensión alimenticia de un hijo que él había tenido fuera de su matrimonio. La cifra que ella pedía, $6,000 [música] mensuales, $2,000 al año. La demanda se hizo pública, [música] los periódicos la publicaron, los programas deportivos [música] la discutieron y el hombre que había hecho llorar de alegría a todo un país, con sus goles en Francia, apareció en los titulares no por sus victorias, [música]
sino por sus problemas legales y personales. El dinero que había generado en sus mejores [música] años no alcanzaba para cubrir lo que el presente exigía. Las malas decisiones financieras del postretiro [música] fueron haciendo el resto. Hoy Luis Hernández trabaja como comentarista en TNT Sports México.
Se reinventó en redes sociales. Tiene más de un millón y medio de seguidores en TikTok y las nuevas generaciones lo descubrieron a través de videos que los mayores no esperaban ver del ídolo de Francia. 98 se levantó. Eso hay que reconocerlo, pero ninguna reinvención borra lo que pasó en el medio. Ningún millón de seguidores en TikTok regresa los años en que el mejor goleador mexicano [música] en la historia de los mundiales peleó deudas y demandas en silencio, [música] lejos de la cancha y lejos del reconocimiento que merecía.
El hombre que hizo llorar de alegría a todo un país tuvo que pelear después una batalla mucho más difícil, mucho más solitaria y con muchas menos cámaras apuntándole. Y ahora llegamos al número uno. Aquí es donde tienes que prepararte, porque este hombre [música] no estuvo en un mundial, no fue campeón en uno o dos categorías, fue el mejor en su deporte [música] de todo el mundo.
Los expertos más respetados del boxeo internacional lo pusieron por encima de cualquier otro de todos los tiempos en su categoría y al final de su historia fue a un tianguis de la ciudad de México a vender lo único que le quedaba de todo eso. Número uno, Rubén el Púas Olivares. Número uno, Rubén el Púas Olivares. Si tienes más de 45 años y eres aficionado al boxeo mexicano, [música] ese nombre ya te dijo todo.
Y si eres más joven, lo que estás a punto de escuchar va a cambiar para siempre la forma en que ves a cualquier campeón subir al [música] ring. Rubén Olivares no fue simplemente un gran boxeador mexicano, no fue simplemente uno de los mejores de su época. Fue considerado por los [música] analistas más respetados del deporte a nivel mundial el mejor peso gallo de todos los tiempos.
No de México, del mundo entero, por encima de todos los que vinieron antes y todos los que vinieron después. El número uno en la historia de esa categoría, cuatro veces campeón [música] mundial, ganó el título de la AMB Peso Gallo en 1969, noqueando al japonés Lionel Rose en el quinto asalto en Inglewood, California. lo defendió nueve veces consecutivas.
Después añadió el título del CMB, luego lo perdió, luego [música] lo recuperó, luego lo perdió de nuevo y luego lo recuperó otra vez. Cuatro reinados mundiales. La clase de palmarés que un boxeador construye [música] en 20 años de carrera, no en cinco. Con una pegada tan brutal que sus propios rivales lo describían como recibir el impacto de un camión.
[carraspeo] Pero además tenía algo raro en los campeones de esa época. Carisma natural, personalidad que llenaba cualquier espacio. Ese don específico que tienen muy pocos atletas de hacer que la gente [música] quiera estar cerca de ellos, aunque no sepa nada del deporte. En la década de los 60 y 70, Rubén Olivares era lo más grande que había producido el deporte mexicano [música] en cualquier disciplina.
El presidente del Consejo Mundial [música] de Boxeo, José Sulaimán, escribió sobre él en su columna del [música] Universal como uno de los boxeadores más importantes que había conocido. Los promotores de Las Vegas, de Tokio, de Los Ángeles lo querían en sus carteleras porque su nombre solo vendía arenas. Y todo eso generó dinero, mucho dinero, $,00000.
Eso fue lo que Rubén, el Púas Olivares, generó durante su carrera en el ring. 2 millones de dólares en la década de los 70 para que tengas la dimensión exacta de ese número ajustado por [música] inflación equivale a más de 15 millones de dólares de hoy. 15 millones. ¿Dónde está ese dinero? No en propiedades, no en inversiones, no en negocios que salieron mal.
desapareció en fiestas, fiestas que duraban una semana entera, siete días con sus siete [música] noches, invitados que él no conocía, que aparecían a consumir lo que había y que desaparecían cuando el dinero se acababa. botellas que no se contaban, una vida de exceso que el sistema del boxeo de esa época no tenía ningún interés en frenar, porque el púas borracho y derrochador seguía siendo el púas que llenaba arenas y que generaba bolsas para todos los que estaban a su alrededor.

José Suleimán, el histórico presidente del CMB, escribió algo que hoy resulta casi profético sobre el destino de los boxeadores mexicanos. escribió que estos hombres llegan a conquistar la gloria, la idolatría y a veces a vivir una vida de lujo. Riqueza que se esfuma cuando se apagan las luces del ring y los deja con la madurez de la vida, pero ahora con hambre y desesperación.
Eso fue exactamente lo que le pasó al mejor peso gallo de todos los tiempos. Y hay una imagen que lo resume mejor que cualquier descripción, lagunilla. Si no conoces ese mercado, está en el centro histórico de la Ciudad de México. Es el lugar donde la gente lleva lo que ya no puede sostener. Muebles que alguna vez adornaron una sala importante, ropa de otra época, objetos que en otro momento de la vida tenían un valor enorme, pero que ahora simplemente necesitan convertirse en dinero para la semana. Ahí llegó Rubén
Olivares con su cinturón de campeón mundial, con su anillo del salón internacional de la fama del boxeo en Canastota, Nueva York. Ese anillo es el trofeo más exclusivo que puede recibir un boxeador en toda su carrera. Es el equivalente al Óscar del deporte. Solo los que son considerados los mejores de todos los tiempos lo reciben.
Y Olivares lo recibió porque era el mejor de todos los tiempos. lo puso sobre una mesa de madera en un tianguis junto con figuras talladas en madera que representaban momentos de su carrera con otros objetos que ya no podía sostener y esperó a que alguien pasara y le ofreciera algo por ellos. Tómate un momento con eso.
El hombre considerado el mejor peso gallo de la historia del mundo. Cuatro veces campeón mundial, integrante del salón internacional de la fama del boxeo. Ese hombre puso su anillo más valioso sobre una mesa de madera, entre puestos de ropa usada, entre vendedores de discos viejos y artículos del hogar de segunda mano y esperó a que alguien se lo comprara por necesidad, no por filosofía, no por desapego, por necesidad.
Cuando los periodistas lo entrevistaron sobre su situación, Rubén Olivares respondió siempre que estaba bien, que no le faltaba nada, que era feliz y quizás era verdad desde adentro. Quizás el hombre que perdió 15 millones de dólares en una semana de fiesta tras otra. El hombre que vendió sus campeonatos en un tianguis [música] había encontrado una paz que el dinero nunca le pudo dar.
Pero los hechos son los hechos. El cinturón de campeón mundial estaba en el tianguis. El anillo del salón de la fama estaba en el tianguis y el sistema del boxeo que lo usó durante 20 años para llenar arenas, para generar bolsas, para vender peleas, no levantó un solo dedo para evitar que el mejor de todos los tiempos [música] terminara así. $,000.
Cuatro títulos mundiales. Un lugar permanente en la historia del boxeo internacional, considerado por los más importantes analistas deportivos del mundo como el mejor peso gallo de todos los tiempos. y una mesa en la lagunilla. Esa es la caída número uno. No porque haya escándalo, no porque haya crimen, sino porque la distancia entre lo que Rubén Olivares fue y lo que el sistema lo dejó ser al final es la más grande que se puede registrar en el deporte mexicano.
Y porque nadie en ese sistema pagó ningún precio por haberlo dejado caer. Siete historias, siete hombres que llegaron a lo más alto que puede llegar un deportista mexicano y los siete cayeron por las mismas razones, con distintos nombres y distintas fechas. Lo que más duele no es el dinero perdido. Lo que más duele es que era evitable, que con las decisiones correctas en el momento correcto, con un solo asesor honesto, [música] con un sistema que hubiera puesto al deportista al centro en lugar de al margen.
Cualquiera de estas historias [música] podría haber tenido un final completamente distinto. Nadie en ese sistema los protegió y el sistema sigue funcionando exactamente igual hoy ahí afuera. En este momento hay un joven que está entrenando con la misma hambre que tenía Andy Ruiz antes del Madison Square Garden, con la misma velocidad que tenía el matador antes de Francia, con el mismo carisma que tenía el maromero antes de que las televisoras le apagaran las luces.
Con la misma pegada que tenía el púas antes de que el ring dejara de brillar. Visual, plano de jóvenes boxeadores o futbolistas entrenando, cargado de esperanza y detención al mismo tiempo, estilo, contraluz épico, [música] clip, imagen referencial de entrenamiento deportivo. Y si nadie cambia algo en ese sistema, en 20 años alguien va a estar haciendo un ranking con ese joven en él.
El siguiente caso que estamos investigando tiene algo que ninguno de estos siete tiene. Documentos judiciales que nunca fueron publicados en medios y una cantidad de dinero desaparecida en menos de 3 años que va a dejarte sin palabras. Suscríbete para no perderte ese documental cuando salga. M.