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Romy Schneider: Enterró a su Hijo… y Murió 11 Meses Después

Frente a ella, una hoja con apenas dos líneas, una carta que nunca terminará. Laurant grita su nombre. la sacude, le toca la mano, está fría. A las 5 de la mañana de ese sábado, según el informe forense, el corazón de Romy Schneider había dejado de latir. Tenía 43 años. En el escritorio, además de la carta inacabada, hay tres cosas.

Una foto enmarcada de su hijo David sonriendo en bicicleta el verano anterior. Una copia del guion de la última película que acababa de terminar de rodar. Una película que ella misma había dedicado a la memoria de su niño y una caja de pastillas, algunas vacías, unas K. Cuando la noticia se filtra a la prensa, Francia entera se detiene.

Alemania llora, Italia rinde homenaje. En Berlín, una madre anciana llamada Magda Schneider lee el cable de la agencia de noticias y se desploma sobre la alfombra de su living. Acaba de sobrevivir a su única hija. Pero entre todos los rostros que esa mañana abren los periódicos con las manos temblando, hay uno que el mundo entero está mirando.

Un actor francés de 46 años. Los ojos de un azul imposible. Cuando llega la noticia está en un set de filmación. Le piden que se siente. Le dicen lo que ha pasado. En Torro y Alen Delón, el hombre más frío del cine francés, se cubre el rostro con las manos y rompe a llorar como un niño. Llora durante horas, no puede parar porque hay un secreto que ese hombre lleva consigo desde 1963.

Un secreto que él jamás había contado en público. Un secreto que comenzaría a contar exactamente esa tarde cuando se sentara a escribir la carta de despedida más famosa del cine europeo. Una carta que terminaría con cinco palabras que harían llorar a un continente entero. Pero para entender por qué un hombre llora así por una mujer.

Para entender por qué una madre entierra a una hija que apenas había enterrado a un nieto. Para entender cómo un país entero pudo amar tanto a una actriz austríaca que ni siquiera había nacido francesa, hay que volver al principio. Hay que volver a una niña pequeña en los Alpes Bábaros mientras Europa se desgarraba en dos.

Se llamaba Rosemary Magdalena Albach, pero nunca se sintió como Rosemary. El mundo la conocería con otro nombre, un nombre que ella misma elegiría más tarde, pero esa elección, como tantas otras en su vida, no fue del todo libre. Nace en Viena el 23 de septiembre de 1938. Faltan 6 meses para que estalle la Segunda Guerra Mundial.

Su Austria natal acaba de ser anexada por la Alemania nazi, el Anglus. Y mientras el mundo se prepara para el horror, dos jóvenes actores del cine alemán, una pareja famosísima, dan a luz a su primera hija. Su madre se llama Magda Schneider. Es una de las actrices más populares del cine alemán de los años 30. Bonita, rubia, fotogénica.

Adolf Hitler la admira personalmente. Hay rumores, hay invitaciones documentadas a la residencia del Furer en Los Alpes, hay fotos. Esos rumores nunca abandonarán a Romy. Su padre se llama Wolf Albach Ready. Es un actor austriíaco, atractivo, mujeriego, ausente. La pequeña Rosemary lo verá poco, demasiado poco. Cuando ella tiene 7 años, sus padres se divorcian. La guerra acaba de terminar.

Europa está en ruinas. Magda huye con sus dos hijos. Hay rumores, hay invitaciones documentadas a la residencia del Futurer en Los Alpes, hay fotos. Esos rumores nunca abandonarán a Romy. Su padre se llama Wolf Albach Ready. Es un actor austriíaco, atractivo, mujeriego, ausente. La pequeña Rosemary lo verá poco, demasiado poco.

Cuando ella tiene 7 años, sus padres se divorcian. La guerra acaba de terminar. Europa está en ruinas. Magda huye con sus dos hijos Romy y su hermano menor Wolford a una casita en Shonao a Monce en Los Alpes Bábaros. Allí, mientras el mundo entero acusa a Alemania de los peores crímenes de la historia, una niña pequeña corre detrás de un perro entre lagos azules y montañas blancas, ajena al peso que un día llevará sobre los hombros.

Pero la infancia de Rosemary no es feliz, no realmente. A los 9 años, su madre la envía a un internado Cluster Shel Goldenstein, cerca de Salzburgo, un convento dirigido por monjas. Disciplina férrea, misa todas las mañanas, cartas censuradas, frío, mucho frío. Ella escribirá años después en su diario una frase que estremece.

En aquel internado aprendí dos cosas: sonreír cuando me dolía y guardar silencio cuando me dolía. Hay un detalle de esos años que Romy contará mucho después, una imagen que la persigue toda su vida. Las noches del internado, las niñas tenían que dormir con las manos por encima de las sábanas. La regla era clara, las manos arriba siempre.

Una de las monjas pasaba con una linterna durante la noche para verificar. Cuando alguna niña dormida escondía las manos bajo la sábana, la monja la despertaba con un golpe seco en la mejilla. Romy contó muchas veces que jamás pudo dormir bien después de ese internado, que toda su vida tuvo que dormir con las manos visibles encima del cobertor, que algo en ella, algo profundo, había aprendido en ese cuarto frío que el cuerpo era peligroso, que la intimidad era pecado, que estar dormida era estar indefensa.

Y mientras Rosemary crecía detrás de las paredes de Goldenstein, su madre prosperaba en Munich. Magda Schneider había encontrado al hombre adecuado, un empresario que sabía cómo monetizar la fama de su esposa. Las visitas de Romy al hogar materno, dos veces al año eran tensas. La madre la criticaba, la encontraba demasiado delgada o demasiado gorda, demasiado callada o demasiado descarada.

Le decía con frecuencia, según contaría la propia Romy en una entrevista, años después, una frase que no se olvida. Tienes que ser hermosa, hijita. Porque inteligente ya sé que no eres tanto. Mientras tanto, su madre rehace su vida y aquí entra el segundo hombre que marcará a Romy para siempre. Se llama Hans Herbert Bloodsim.

Es un empresario alemán, dueño de restaurantes y hoteles, rico, frío, ambicioso. Y cuando se casa con Magda Schneider en 1953, hereda algo más que una esposa famosa. Hereda a una hija de 14 años con un rostro que las cámaras adoran. Y ese hombre, ese padrastro al que Romy llamará siempre con frialdad, va a tener una idea.

¿Por qué no convertir a la niña en actriz a los 15 años? Sin haber terminado el colegio, sin haber recibido nunca una clase de actuación, Rosemary Albach es lanzada a su primera película. Aparece en pantalla junto a su propia madre. El público alemán enloquece. Una niña con la frescura de Magda y los ojos enormes de su padre. Una promesa.

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