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PRIETA LINDA guardó el SECRETO 56 años… Se acostaba con ANTONIO cada vez que FLOR salía de gira

Antonio dejó las fotografías sobre el escritorio y se dejó caer en su silla. Tenía 68 años. Prieta tenía 66. Ninguno de los dos era joven ya. Ninguno de los dos podía seguir pretendiendo que esto terminaría bien. ¿Qué quieres?, preguntó Antonio finalmente. Su voz sonaba cansada, derrotada. Prieta se sentó frente a él en la misma silla donde años atrás se sentaba Flor cuando discutían asuntos de negocios.

“Quiero que le digas la verdad”, respondió Prieta. Quiero que cuando Flor regrese de Monterrey el martes, te sientes con ella y le cuentes todo. Los 35 años, el apartamento, las 280 veces que me llamaste cada vez que ella salía de gira. Antonio negó con la cabeza antes de que Prieta terminara de hablar. Eso la mataría. Dijo. No lo entiende.

Flor y yo tenemos 48 años de casados. Esto la destruiría. Prieta se inclinó hacia adelante. Sus ojos, que alguna vez miraron a Antonio con adoración cada vez que él tocaba tres veces la puerta del apartamento, ahora lo miraban con algo diferente. Cansancio, rabia contenida durante décadas. ¿Crees que a mí no me destruyó?, preguntó.

¿Crees que fue fácil pasar cada Navidad sola sabiendo que tú estabas con ella? ¿Crees que no me dolió ver las fotografías de ustedes en las revistas mientras yo esperaba en ese apartamento que tú nunca visitabas si Flor estaba en la ciudad? Antonio guardó silencio. Afuera, los gallos empezaban a cantar. Ya casi amanecía. Prieta se puso de pie.

Tienes hasta el martes, dijo. Si no le dices tú, lo haré yo. Y estas fotografías van a terminar en Ventaneando en TV Notas en cada programa de espectáculos del país. Salió del estudio sin esperar respuesta. Antonio escuchó sus pasos alejarse por el pasillo. Escuchó la puerta principal abrirse y cerrarse.

Se quedó sentado ahí mirando las 47 fotografías esparcidas sobre su escritorio, sabiendo que el secreto que él y Prieta habían guardado durante 35 años estaba a punto de explotar. Pero para entender cómo llegaron a ese punto, hay que retroceder 35 años. Hay que volver a marzo de 1965 cuando Antonio Aguilar tenía 33 años, Flor Silvestre 31 y Prieta Linda era simplemente la corista que trabajaba en el Teatro Blanquita ganando 450 pesos semanales.

El 12 de marzo de 1965, Flor Silvestre anunció en la mesa del desayuno que se iba tr semanas a Monterrey. Tenía compromisos firmados en el teatro Monterrey y después presentaciones en Saltillo y Torreón. Antonio le dijo que no podía acompañarla porque tenía grabaciones pendientes en los estudios Churubusco. Flor empacó sus maletas esa misma tarde.

Al día siguiente, a las 6 de la mañana, Antonio la llevó personalmente a la estación de autobuses. La besó en la mejilla, le dijo que la extrañaría. Ella subió al autobús sin voltear atrás. Antonio regresó al rancho, desayunó solo, revisó la agenda de la semana. A las 2 de la tarde salió en su cadilac negro rumbo a la ciudad de México.

No iba a los estudios Churubusco, no tenía grabaciones. Manejó directo a la colonia Narbarte y se estacionó frente a un edificio de cuatro pisos con fachada color crema. Subió las escaleras hasta el tercer piso. Tocó la puerta del apartamento 3A. Prieta abrió en bata. No esperaba visitas. Cuando vio a Antonio Aguilar parado ahí, su primera reacción fue de confusión.

“Don Antonio, ¿pasó algo?”, preguntó Antonio entró sin que ella lo invitara. “Flor se fue a Monterrey, dijo, “Estoy solo por tres semanas.” Prieta cerró la puerta despacio. Entendió perfectamente lo que Antonio no estaba diciendo. ¿Quiere café?, preguntó. Antonio negó con la cabeza. No vine por café, respondió. Esa primera vez duró hasta las 5 de la mañana.

Antonio se fue antes del amanecer. No se despidió. Prieta se quedó sentada en su cama mirando la puerta cerrada durante dos horas sin moverse. No lloró, no sonó, simplemente se quedó ahí procesando lo que acababa de pasar, sabiendo que su vida había cambiado completamente en una noche. Cuando Flo regresó de Monterrey tres semanas después, Antonio la recibió en la estación de autobuses con flores.

actuó como el esposo perfecto, cargó sus maletas, le preguntó cómo le fue, escuchó todas sus anécdotas sobre las presentaciones. Esa noche cenaron juntos en el rancho. Todo parecía normal. Antonio no mencionó nada sobre esas tres semanas. Flor no preguntó. Y Prieta Linda, en su apartamento de la colonia Narbarte esperaba junto al teléfono sin saber si Antonio volvería a llamar.

La segunda llamada llegó 4 meses después, julio de 1965. Flor anunció otra gira, esta vez a Guadalajara por dos semanas. Antonio esperó tres días después de que Flor se fuera, marcó el número que Prieta le había dado. Ella contestó al segundo timbre. ¿Puedes esta noche?, preguntó Antonio. Prieta no dudó. Sí, respondió.

Colgó. Se arregló. Esperó. Esa noche, Antonio llegó al apartamento de Prieta a las 10:30 de la noche. Tocó tres veces. Prieta abrió. Ninguno mencionó que habían pasado 4 meses desde la última vez. Ninguno habló de Flor. Entraron directamente al tema que los había reunido. Antonio se quedó hasta las 4 de la mañana.

Antes de irse, le dio aprieta un sobre con 2000 pesos. para que no tengas problemas con la renta le dijo. Prieta aceptó el dinero sin comentarios. Este patrón se repitió ocho veces en 1965, 12 veces en 1966, 10 veces en 1967. Cada vez que Flor anunciaba una gira, Antonio esperaba dos o tres días y llamaba Aprieta. Siempre la misma pregunta, siempre la misma respuesta, siempre el mismo apartamento, siempre las mismas horas, de 10 de la noche hasta poco antes del amanecer.

En enero de 1968, Antonio tomó una decisión que cambiaría la dinámica de todo. Rentó un apartamento en la colonia Roma bajo el nombre falso de Roberto Maldonado, un lugar específicamente para él y prieta. Apartamento 4-B, cuarto piso, dos habitaciones, vista a la calle Orizaba. Le dio las llaves, aprieta en febrero. Este lugar es nuestro, le dijo.

Nadie más sabe de esto. Nadie puede saber. Prieta aceptó las llaves y entendió el peso de lo que Antonio le estaba confiando. El apartamento de la Roma se convirtió en el único espacio donde Antonio y Prieta podían existir sin esconderse. Prieta lo visitaba dos veces por semana para limpiarlo, para asegurarse de que todo estuviera en orden para cuando Antonio llamara.

Compraba sábanas nuevas cada tres meses. Mantenía el refrigerador abastecido con las bebidas que a Antonio le gustaban. cerveza modelo, agua mineral tehuacán, Coca-Cola en botella de vidrio. En el closet del apartamento, Prieta guardaba tres vestidos que Antonio le había regalado y que solo usaba cuando se encontraban ahí.

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