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Mata Hari: La Espía más Famosa del Mundo… que Nunca fue Espía

Su nombre era Mata Hari. Y el mundo creyó durante 100 años que sabía quién era ella. El mundo se equivocó. Los archivos militares, abiertos décadas más tarde contaron otra historia. La espía más peligrosa de la Primera Guerra Mundial nunca fue en realidad una espía peligrosa. La FEM Fatale, que supuestamente había seducido a generales para arrancarles los secretos del estado, fue en verdad una mujer rota, una madre que había visto morir a un hijo de 2 años en sus brazos, una divorciada a la que le habían arrancado a su hija por sentencia

judicial, una holandesa de pueblo que se inventó a sí misma para sobrevivir y que terminó fusilada por una mentira. Esta es su historia verdadera, la de Margareta Hertrida Celle. La mujer que está detrás del mito. Una vida marcada por el dolor desde los primeros años. Una vida que el siglo XX se encargó de transformar en leyenda, borrando a la persona real.

Hoy, 100 años después, vamos a devolverle el nombre y la verdad. Margareta Gertrudida Cell nació el 7 de agosto de 1876 en Learden, una pequeña ciudad del norte de los Países Bajos. Su padre, Adam Cell era fabricante de sombreros y en los primeros años un hombre próspero. Su madre, Anger Mailen, era una mujer de salud frágil.

Los primeros años de Margareta transcurrieron con cierta comodidad. tenía una niñera, asistía a buenas escuelas, vestía mejor que las niñas de su edad en aquel pueblo provinciano. Pero esa estabilidad se rompería pronto y la rotura sería el primero de muchos golpes que marcarían toda su vida. Adam Cell era un hombre lleno de fantasía y de ambición.

Quiso demostrar que podía ser más que un simple sombrero, se lanzó a especulaciones financieras temerarias. durante un tiempo le fue bien. Compró acciones, invirtió en negocios arriesgados, llevó a la familia a una vida que estaba claramente por encima de sus posibilidades reales. A la pequeña Margareta, la vestía como una princesa.

Le regalaba muñecas caras, vestidos hechos por las mejores costureras del pueblo, una pequeña carroza tirada por cabras con la que la paseaba por las calles. Los vecinos la observaban con una mezcla de envidia y de sospecha. Aquella ostentación en una ciudad calvinista y discreta no podía durar. El negocio de su padre quebró cuando Margareta tenía 13 años.

Adam Cell, arruinado, abandonó a la familia. Una noche se fue sin avisar. La pequeña Margareta bajó al taller la mañana siguiente y lo encontró vacío. Los sombreros sin terminar, las herramientas en su sitio, pero el padre no. El padre se había marchado para no volver. Dos años más tarde, en 1891, la madre murió. Margareta tenía 14 años.

Anke Vaner Meulen llevaba meses enferma, agotada por la ruina, por el abandono, por la vergüenza social. La hija mayor la veló los últimos días sola, sin saber qué hacer. La enterraron un día gris de Lewarden con pocos vecinos en el cortejo. Esa misma tarde, Margareta y sus hermanos fueron repartidos entre parientes.

La niña, que dos años antes paseaba en una carroza tirada por cabras, dormía esa noche en una habitación prestada en casa de un padrino que apenas la conocía. La caída fue brutal y sobre todo pública. En Leo Warden todo el mundo sabía. Todo el mundo recordaba a la niña de los vestidos de princesa. Todo el mundo había oído hablar de la quiebra del padre.

Todo el mundo había asistido al funeral discreto de la madre. Margareta creció bajo esa mirada vigilante de los vecinos, esa mirada que en los pueblos pequeños puede ser más cruel que cualquier sentencia. Aprendió temprano una lección que la acompañaría toda la vida. En este mundo las apariencias importan más que la verdad y una mujer caída raramente vuelve a levantarse en el lugar donde cayó.

Si quería renacer, tendría que hacerlo lejos. Esa orfandad temprana, esa pérdida brutal del hogar y de la madre, dejaría una huella profunda en Margareta. Buscaría toda su vida lo que perdió a los 14 años, una identidad, un sitio, alguien que la quisiera de verdad y empezaría a buscarlo peligrosamente en los lugares equivocados.

A los 16 años, mientras estudiaba en una escuela donde se formaba a las jóvenes para ser maestras, se vio envuelta en un escándalo, una relación con uno de los directores del establecimiento. Las versiones varían sobre si fue una iniciativa de ella o un abuso del adulto, pero el resultado fue el mismo. Margareta fue expulsada, marcada, estigmatizada en un pueblo donde las reputaciones, una vez rotas no se reparaban jamás. Tenía 18 años.

Ninguna formación, ninguna fortuna, ninguna reputación y leyó un día cualquiera un anuncio en el periódico que cambiaría su vida. Un capitán del ejército colonial holandés, Rudolph Macliad, 20 años mayor que ella, buscaba esposa para llevarse a las Indias orientales neerlandesas, lo que hoy es Indonesia.

La idea le pareció una vía de escape. Salir de Holanda, salir de la pobreza, salir de la sombra del escándalo, cruzar el mundo y empezar de cero, respondió al anuncio. Mantuvieron una breve correspondencia. El 11 de julio de 1895 en Ámsterdam, Margareta Cell se casó con un hombre al que prácticamente no conocía.

Pocas semanas después, el matrimonio Mcleod embarcó hacia Java. Para Margareta, el viaje debió de tener algo de sueño cumplido, dejar atrás el frío gris de Holanda, los rumores, la familia rota y descubrir un mundo tropical exuberante, lleno de colores y de perfumes desconocidos. Y al principio Java sí pareció ofrecerle algo nuevo. Aprendió palabras de malayo y de jabanés.

Vistió Sarongs como las mujeres locales, observó las danzas tradicionales en los templos, asistió a las ceremonias indígenas. Esa fascinación por la cultura jabanesa, esa absorción casi mística de sus formas y sus gestos, le serviría años más tarde para reinventarse. Pero en aquel momento era solo curiosidad y refugio. Las Indias orientales neerlandesas, a finales del siglo XIX, eran un mundo aparte, una colonia inmensa, rica en especias, en caucho, en plantaciones de azúcar.

Los europeos vivían allí como pequeños reyes, servidos por ejércitos de criados locales, dueños de mansiones y de jardines, separados por una línea invisible, pero rígida del pueblo jabanés al que despreciaban. La pareja Macleot se instaló en Malang, en la parte oriental de la isla de Java, donde el capitán mandaba una guarnición. Margareta, holandesa, pero más culta y más curiosa que la mayoría de las esposas de oficiales, se interesó por aquel mundo que las otras europeas evitaban.

Iba a los mercados, hablaba con las mujeres locales, aprendía sus canciones, observaba a las bailarinas jabanesas en las ceremonias del kratón porque su marido se reveló pronto como un infierno. Rudolf Mcleot era alcohólico, infiel, brutal. La engañaba abiertamente con mujeres locales, la humillaba en público, la golpeaba en privado.

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