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Mary Boquitas: el ASQUEROSO secreto que Sergio Andrade escondió detrás de una niña de 15 años

Una niña así no escucha un peligro cuando un productor famoso le dice que la va a volver estrella. Escucha una oportunidad y cierra los ojos. Guarda esto en tu mente porque es la pieza que lo explica todo. A esa edad ella no sabía decir que no. Nunca le habían enseñado. A principios de los años 80, el hombre más poderoso detrás de la música juvenil en México se llamaba Sergio Gustavo Andrade Sánchez, productor, compositor, casatalentos.

Tenía oído, eso nadie se lo discutía, sabía escribir canciones que pegaban en la radio y sabía detectar a una niña con voz a kilómetros de distancia. Las familias humildes con hijas talentosas lo veían llegar como se ve llegar a la suerte y tenían motivos para verlo así. Andrade no era un improvisado. Había nacido el 25 de noviembre de 1955 en Cuatzacoalcos, Veracruz, y se había formado como concertista de piano en el Conservatorio Nacional de Música.

A los veintitantos años ya era el director artístico más joven en la historia de CBS en México. En 1982 ganó el festival OT como mejor arreglista. Tenía premios, prestigio y un oído que nadie discutía, pero lo que de verdad lo volvía intocable era a quién había hecho famoso. Andrade había producido a Lucerito, la niña estrella más querida de México, con la que lanzó un disco que vendió más de un millón de copias.

Había trabajado con Yuri, con Chris, cuando un hombre así, premiado y respetado, tocaba la puerta de una casa humilde y decía que su hija tenía talento, esa familia no veía a un depredador. Veía al hombre que había vuelto estrellas a otras niñas y le abría la puerta de par en par. Lo que esas familias no veían era el método, según los testimonios que años después se acumularían en los tribunales de Chihuahua.

Y según el relato de varias de las mujeres que pasaron por su círculo, Andrade no buscaba solo voces, buscaba niñas con hambre y sin defensas. Las acercaba con la promesa de una carrera, las separaba poco a poco de sus padres y cuando ya estaban lejos de casa, durmiendo bajo su techo y dependiendo de él para comer, empezaba lo otro.

María Raquenel tenía apenas 15 años cuo, según ella misma ha contado, Andrade se casó con ella. Principios de los 80, fue de las primeras, quizá la primera de todas. Y aquí es donde casi nadie se ha detenido, porque ella no llegó a ese mundo en una etapa cualquiera. Llegó al principio, antes que casi todas. En 1985, Andrade armó un grupo de muchachas y la metió ahí.

Al grupo lo llamó Boquitas Pintadas, un nombre pensado para que sonara distinto a las bandas juveniles de la época. De ese nombre salió el apodo con el que el público la iba a conocer durante las siguientes dos décadas, Mary Boquitas. Ese apodo no lo eligió ella, se lo puso Andrade y años después, ya libre, María Raquenel diría en público que lo odia, que cada vez que lo escucha le recuerda a quien se lo colgó.

Acuérdate de ese nombre porque vamos a volver a él al final de esta historia cuando entiendas lo que le costó recuperar el suyo. Pero lo del apodo fue lo de menos. Lo que pasaba puertas adentro fue lo que ningún programa de espectáculos de la época se atrevió a tocar. Para entender por qué ninguna de esas niñas salía corriendo, hay que saber cómo era la vida ahí dentro.

No eran ensayos y giras, era un encierro con reglas. Según los testimonios que después llenaron el expediente, Andrade las hacía firmar contratos que las amarraban a él en todo, en el dinero, en lo legal y en lo personal. quien entraba firmaba en la práctica que le pertenecía y a partir de ahí no se decidía nada sin su permiso, ni con quién hablar, ni cuándo ver a la familia, ni cuándo comer.

El hambre era parte del método. Comían lo que él permitía y cuando él lo permitía las ponían a hacer rutinas de ejercicio hasta caer. Y el castigo por desobedecer no era una regañada. Años después ya libre, Gloria Trevi contó en público que llegó a ser obligada a dormir desnuda sobre el piso helado de un baño durante días y que la golpeaban hasta desmayarse.

Esa era la casa, esas eran las normas y María Raquenel llevaba siguiéndolas desde los 15 años, cuando casi todas las demás todavía estaban en su escuela, en su pueblo, con su familia. La propia María Raquenel describió décadas después lo que ese encierro le hizo. Dijo que Andrade la castigó. la sometió y la moldeó, que se le metió en sus palabras en cada rincón de la mente.

Contó que los castigos llegaron a incluir golpes con un cable eléctrico y contó un detalle que dibuja el nivel de control mejor que cualquier otro. Durante etapas ni siquiera tenía permitido hablarle. Para comunicarse con él tenía que escribirle en un cuaderno una adolescente pidiendo permiso por escrito para dirigirle la palabra al hombre con el que la habían casado.

Y ahí está la pregunta que pone la piel fría. Si así trataban a la que era la estrella mundial, ¿qué le quedaba a la que llevaba más tiempo y ya ni se quejaba? Por esa casa pasaron Sonia Ríos, Marlén Calderón, las hermanas de la cuesta, Tamara Zúñiga, Liliana Regueiro, Wendy Castelo, Karina Yapor, nombres de niñas que familias enteras entregaron convencidas de que las mandaban a triunfar.

Cada una cruzó esa puerta pensando que sería la próxima Gloria Trevi. Ninguna sabía que entraba a una fila y al frente de esa fila, desde hacía años, había una mujer a la que ya le habían hecho casi todo lo que a ellas apenas les iban a empezar a hacer. Porque a casi todas, según los testimonios que después llenaron el expediente, Andrade las fue empujando al mismo lugar.

Relaciones impuestas con él bajo la promesa de una carrera y embarazos siendo menores de edad. Varias de aquellas niñas tuvieron hijos de ese hombre antes de cumplir la mayoría de edad. Esto no era un grupo musical con una oveja negra adentro, era una estructura entera montada sobre eso. Y hay un detalle que casi nadie pone junto y que es de los más enfermos de toda la historia.

Sergio Andrade no se casó solo con María Raquenel. A lo largo de los años se casó con varias de aquellas niñas. A Aline Hernández la convirtió en su esposa el primero de diciembre de 1990, cuando ella tenía 15 años y él 36. Era, según se contó, su tercera esposa. Todas habían entrado siendo menores, todas con la misma promesa. Un hombre que coleccionaba esposas adolescentes y las iba cambiando como cambiaba de proyecto musical.

Y la primera de esa colección, la más antigua, la que llevaba ahí desde 1985, era ella. A cada una le daba una migaja para mantenerla enganchada. A Aline, por ejemplo, la sacó como solista con una sola canción que él mismo compuso, Las chicas feas, una canción, un foco, una ilusión de carrera. Lo justo para que la niña creyera que estar ahí valía la pena.

Lo justo para que no se fuera. La primera que se atrevió a romper el silencio fue precisamente a Lin, cuando logró salir de aquel matrimonio de 2 años y contarlo. Primero frente a las cámaras de Ventaneando y después en su libro, no la recibieron como a una víctima. La recibieron como a una traidora, como a una resentida que ensuciaba el nombre de gente querida.

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