Marga volvió a México con su marido al año siguiente y allí se quedó. Lo que Marga no contaba mucho, lo que aparece en su libro casi como al pasar, es lo que pasó en los primeros años de aquel matrimonio. En 1943 nació Carlos hijo, que pesó 2 kg. Y en 1944 nació Manuel, muy frágil. Marga lo cuenta en sus memorias con esa contención que tenía para hablar de lo doloroso.
Dice, “Solo que fue muy frágil. Eso es todo. Pero las que han parido un hijo así saben lo que esa palabra significa. Saben las noches que hay detrás de una palabra como esa. Y aquellos años, mientras Marga aprendía a ser madre de dos niños pequeños y delicados, su matrimonio empezó a venirse abajo. Carlos Amador se hizo importante.
Pasó de ser mensajero a ser productor. Empezó a llegar tarde a casa. Marga, en cambio, empezó a buscar trabajo como actriz. Necesitaba dinero, necesitaba algo suyo, necesitaba salir de aquella casa donde el marido entraba y salía, y los niños lloraban. Una amiga le dijo que fuera a ver a un productor llamado Jesús Grobas.
Marga fue, le dijo, “Don Jesús, yo sé cantar y sé bailar. ¿Salgo bien en cámara?” El Señor le hizo una prueba y le dio un papelito en una película de un cómico que estaba empezando a hacerse popular, un tal Tin Tan. La película se llamaba El hijo desobediente. Marga interpretaba a una mesera de cabaret y salió en pantalla por primera vez en 1945.
Aquel mismo año, Marga ya había decidido en silencio que iba a divorciarse de Carlos Amador y lo hizo. 3 años después de casarse, después de dos hijos, se separaron por primera vez sin escándalo, sin drama público, sin contarlo a nadie. Pero la cámara, la cámara la había descubierto y la cámara no la iba a soltar.
Por dentro, a los pocos meses, ya estaba en su segunda película y en la tercera. En los primeros 5 años de carrera, entre 1945 y 1950, hizo 24 películas, una cada 2s meses y medio sin parar. Marga no veía a sus hijos crecer entre semana, los veía solo los domingos y a veces ni eso, porque los domingos también había rodajes. En 1946 trabajó por primera vez con Pedro Infante en los tres García.
Marga interpretaba a Lupita Smith, la prima rubia que enamoraba a los tres primos a la vez. Aquella película fue un éxito enorme y ese mismo año hicieron la segunda parte. Marga, que había llegado al cine como mesera de cabaret, era ya una primera figura. Pedro Infante y ella terminarían haciendo seis películas juntos a lo largo de los años, más que cualquier otra actriz con él.
Y entre rodaje y rodaje, Marga volvía a una casa donde el marido ya no estaba y donde dos niños pequeños la esperaban con la cara pegada al cristal de la ventana. La fama estaba creciendo afuera y la familia se estaba apagando dentro. Marga no podía decir que no a un papel. Necesitaba el dinero y el dinero venía con horarios que no eran de madre.
En 1948 llegó la película que lo cambió todo. Salón México. La dirigió Emilio el indio Fernández, el director más importante del cine mexicano de aquella época. La fotografió Gabriel Figueroa, el genio de la cámara, y la protagonizó Marga López. En Salón México, Marga interpretaba a Mercedes, una cabaretera, una mujer que trabajaba en un salón de baile de los bajos fondos, fichando con clientes, ganando lo que podía para pagarle el internado a su hermana pequeña, una hermana que no sabía nada, una hermana que iba a un colegio caro y se creía que
aquello salía solo, sin saber que Mercedes todas las noches se humillaba en aquel cabaret para que ella pudiera estudiar. Una mujer que se sacrificaba en silencio por otra, una mujer que se aguantaba, una mujer que no contaba lo que le pasaba. A lo mejor algunos de los que están escuchando esto recuerdan haber visto Salón México de jóvenes.
Yo me acuerdo perfectamente de mi madre llorando con la escena final de aquella película. Lloraba sin hacer ruido, como lloran las mujeres que han aprendido a no llorar fuerte. Y entendía, aunque era pequeña, que algo en aquella historia tocaba a las mujeres de mi casa muy adentro.
Salón México le dio amarga su primer premio Ariel. Pero el premio Ariel también le estaba poniendo una jaula. Una jaula bonita, con dorados, pero una jaula. Porque a partir de Salón México, los productores ya solo la llamaban para hacer de mujer abnegada. La actriz era buena, decían. Sabe sufrir como ninguna. Y empezaron a llegar los guiones, todos parecidos, todos con la misma mujer dentro.
La que aguanta, la que se sacrifica, la que calla. Marga aceptaba a todos, necesitaba el dinero, pero película tras película iba notando algo raro. Iba notando que los personajes y ella se estaban pareciendo demasiado. Y un día, ya en los años 50, Margas se miró al espejo de su camerino ya con el segundo Ariel ganado, y se preguntó si quedaba algo de ella debajo de tantas mujeres sufridas.
Era 1949 cuando le propusieron aquella gira como cantante a Yucatán y Marga, que tenía en la mesa los guiones de dos películas que tenía que rodar, dijo que no. Dijo que mejor llamaran a Blanca Estela Pavón y se quedó en la Ciudad de México, encerrada en los estudios trabajando. El avión cayó.
Blanca Estela ya no estaba y Marga, que tenía 25 años, comprendió aquella semana algo que iba a marcarle el resto de la vida. comprendió que cuando una elige el trabajo por encima de todo, hay un precio que se paga después, un precio que se paga durante años en silencio, sin que nadie lo vea, pero ella eligió. Ella se quedó y así fue como pasaron los años 50.
Marga rodando una película tras otra, Marga ganando un Ariel y luego otro. Marga viviendo en una casa que era suya, pero que estaba cada vez más vacía, porque los hijos crecían y el marido ya no estaba. Marga aprendiendo, película tras película, a interpretar a mujeres que callaban y aprendió tan bien que llegó un momento en que ya no se distinguía dónde terminaba el personaje y dónde empezaba ella, la que sabe sufrir.
Pero lo que estaba a punto de pasarle, lo que estaba a punto de aparecer en su vida, ni ella misma lo había imaginado. Y cuando apareció, vino acompañado de un problema imposible de resolver. Suscríbete si crees, como yo, que algunas mujeres aprendieron a no quejarse porque era la única manera de seguir adelante.
Aquí, en el precio de ser, cada semana contamos historias así, historias de mujeres que pagaron precios que nadie vio. Y aquí viene lo bueno. En 1955, Marga López hizo dos cosas importantes. La primera fue ganar su segundo premio Ariel la mejor actriz, esta vez por una película que se llamaba La entrega. Era la tercera mujer en toda la historia del cine mexicano después de María Félix y Dolores del Río en ganar dos Arieles a mejor actriz, una argentina, una niña de Tucumán, tercera de la lista de las grandes. La segunda cosa importante fue
lo que hizo en una oficina de la Secretaría de Relaciones Exteriores de la Ciudad de México. Marga, después de 13 años viviendo en aquel país, decidió que ya estaba bien de ser argentina de papeles. Se naturalizó mexicana. Ella misma lo contó años después con palabras muy simples. Dijo, “Yo soy mexicana.
Lo siento en el corazón. Soy una artista de México. Bendito sea Dios.” Aquella decisión fue una declaración. Fue Marga diciendo, “Este es mi sitio. Este es el suelo donde voy a estar enterrada.” Y de hecho, cuando Marga muriera medio siglo después, su acta de defunción diría una sola nacionalidad.
Mexicana, solo mexicana. Argentina se había quedado atrás. En 1958 Marga recibió una llamada que no se esperaba. Era para trabajar con un director español que ya tenía fama de hacer películas raras. Se llamaba Luis Buñuel. Le ofrecía interpretar a Beatriz, una mujer atormentada con tendencias suicidas en una película que se llamaría Nazarin.
Era un papel que ninguna actriz comercial habría querido, pero Marga lo aceptó. Buñuel la transformó. Le enseñó que el rostro a veces dice más cuando está en silencio que un parpadeo bien hecho vale por una página entera de diálogo. Cuando Nazarín se estrenó en K, ganó el Gran Premio Internacional del Jurado y Marga, la actriz de los cabarets de los años 40, apareció de golpe en los periódicos de Europa. Pero ella no era la misma.
había aprendido a actuar callando y aquí viene lo raro. En 1961 pasó algo que en los círculos del cine de oro nadie supo cómo explicar. Marga López y Carlos Amador, que llevaban 17 años divorciados, que cada uno había tenido su vida por separado, decidieron volver a casarse otra vez, los mismos dos, la misma boda que 17 años antes.
Las amigas de Marga no entendían nada. Carlos Amador llevaba años haciendo su vida con otras mujeres. Marga llevaba años haciendo la suya, sola y trabajando. Y de repente, un día, anunciaron que se casaban sin fiesta, sin celebración, sin avisar casi a nadie. Una boda discreta, casi a escondidas, como si los dos supieran que aquello no lo iba a entender nadie.
Marga, en sus memorias lo cuenta con una frase que no explica nada y lo explica todo a la vez. dice, “Antes que nada, fuimos grandes amigos.” Y deja la frase ahí sin justificar. Yo sinceramente no sé qué pensaron Marga y Carlos aquel año. No lo sabe nadie. La gente del medio especulaba con muchas cosas.
Que era por los hijos, que era por costumbre, que era por miedo a la soledad. Lo que pasara pasara. Lo curioso es que duró un año, quizá un poco más. Y después se separaron otra vez, esta vez para siempre, sin pelea, sin drama, como dos personas que vuelven a confirmar lo que ya sabían. Y lo más curioso de todo, 40 años después, cuando Marga escribió el monólogo donde contaría su vida en el escenario, no mencionó a Carlos Amador ni una vez.
El hombre con el que se había casado dos veces, el padre de sus dos hijos, no aparecía como si no hubiera existido. Lo que iba a contar Marga, lo que iba a poner por escrito a mano, lo que iba a quedar grabado en imprenta justo antes de morir, era otra historia. Una historia que iba a empezar 3 años después del segundo divorcio.
Una historia que iba a venir con un problema imposible de resolver y Marga no lo sabía aún como si no hubiera existido. Aquí hago una pausa para darte las gracias por llegar hasta aquí. Significa que compartes conmigo esta pasión por recordar a una mujer que el tiempo no quiso entender. En el precio de ser tenemos muchas historias que merecen ser contadas y solo tienen sentido si tú nos acompañas. Suscríbete y quédate.
Y aquí está el detalle que más me dejó. En 1964, Marga aceptó un papel en una película titulada El amor no es pecado. Y en el reparto junto a ella iba un hombre con el que había trabajado 15 veces antes. 15 películas. Llevaban 15 películas cruzando miradas en pantalla, pero hasta entonces lo de ellos había sido solo profesional.
Eran amigos, eran compañeros nada más. O eso pensaba Marga. Aquel hombre se llamaba Arturo de Córdoba. Lo que Marga no sabía aquella tarde de 1964. Lo que tardaría meses en descubrir era que Arturo había estado mirándola desde lejos durante 15 años. 15 años. que había aceptado películas solo porque ella estaba en el reparto, que había rechazado otras porque ella no estaba, que llevaba toda la década anterior buscando excusas para coincidir con ella y que nadie en los estudios se había dado cuenta, pero ella tampoco.
Marga se había pasado 15 años junto a aquel hombre sin sospechar nada. Y a ese hombre, debajo de la voz terciopelada y la sonrisa de Galán le pesaba mucha cosa. Arturo tenía 56 años, Marga tenía 40. Arturo era en aquel momento uno de los galanes más cotizados de toda América Latina. Había trabajado en Hollywood, en España, en Argentina, en Cuba.
Tenía esa voz aterciopelada que era marca de la casa, esa frase suya que repetía en las películas no tiene la menor importancia. Una voz que sonaba en la radio, en el cine, en la cabeza de medio mundo. Pero Arturo, debajo de aquella voz era un hombre triste. Llevaba años casado con una señora yucateca llamada Enna Arana Domínguez, con la que había tenido cuatro hijos.
La cosa con Enna no funcionaba desde hacía mucho. Vivían en casas separadas, pero Enna, que era católica de las antiguas, le había dejado claro que no le iba a dar el divorcio nunca. Mientras ella estuviera viva, él seguiría siendo legalmente su marido. Y había algo más, algo que en aquellos años no se decía en voz alta.
4 años antes, en 1960, había sido asesinado un actor joven llamado Ramón Gay, que había sido muy cercano a Arturo. Hay una versión que ha circulado durante décadas, no confirmada oficialmente, que dice que entre ellos había habido más que una amistad. Quien lo confirmara o lo negara, ya no importa para esta historia.
Lo que importa es que Arturo llegó a Marga cargando un duelo que nunca había podido llorar en público, un dolor que no podía nombrar. Ese era el hombre que llegó a Marga en 1964. Un hombre con una mujer a la que no podía dejar legalmente. Un hombre con un duelo que no había podido llorar. Un hombre que llevaba media vida cargando con cosas que no podía contar.
Y Marga, que llevaba media vida cargando con cosas que tampoco contaba, fue la única persona en el mundo que entendía exactamente eso. Lo que pasó entre ellos durante el rodaje no se sabe del todo. Pero algo pasó porque cuando terminó la película, Arturo, que había trabajado 15 veces con Marga sin mover un dedo, aprovechó una ocasión para decirle algo.
Llevaba meses buscando el momento, la hora del día, el lugar, la luz, el gesto. Llevaba meses ensayando mentalmente lo que iba a decirle, porque Arturo era actor y los actores no improvisan los momentos importantes, los preparan. La ocasión fue la inauguración de un restaurante. Una amiga de Marga abría un local en la ciudad de México y la había invitado.
Arturo también estaba allí entre los invitados. Hubo música, hubo tragos, hubo la conversación cordial que se tiene en estos sitios. Y en algún momento, cuando se quedaron solos un instante, Arturo le miró a amarga a los ojos fijamente, sin sonreír y le dijo lo que llevaba años queriéndole decir. Le dijo, “Estoy enamorado de ti desde hace muchos años, pero no me atrevía a decírtelo.
” Marga, que lo cuenta con esas mismas palabras en su libro, se quedó muda. Acababa de divorciarse por segunda vez de Carlos Amador. Llevaba dos años aprendiendo a estar sola otra vez. No quería saber nada del amor. Y allí estaba aquel hombre casado, sin posibilidad de divorcio, declarándole un sentimiento de años. Le dijo que no.
Le dijo con educación y con la voz baja que no podía, que era demasiado pronto, que no. Marga no lo sabía aquella tarde, pero acababa de aceptar el problema más grande de su vida. Porque cuando un hombre como Arturo se enamora de una mujer como Marga, no se rinde. Y cuando una mujer como Marga ya ha dicho que no a un hombre que insiste, lo que viene después es solo cuestión de tiempo.
Lo que viene después es 9 años. 9 años de una relación que no podría firmar como suya. 9 años de querer a un hombre casado con otra. 9 años de aguantar lo único que en su vida le iba a costar más aguantar. Y Marga lo aceptó porque ya había aceptado tantas cosas que aceptar una más no le pareció imposible.
Pero Arturo no se rindió. No se rindió aquella tarde, ni la siguiente semana ni el mes siguiente. Marga empezó a invitarlo a las reuniones que hacía en su casa los domingos por la tarde. Reuniones de amigos del cine. Arturo iba siempre. Se sentaba en una esquina, escuchaba, hablaba con todos y cuando todos se iban, se quedaba un rato más.
Algún día, ya no se sabe cuándo, Marga dijo que sí. A partir de ahí empezó una relación que iba a durar 9 años. Una relación que en términos legales no existió nunca. Una relación que para la mayor parte de México era de pareja, pero que para los papeles era una amistad. Una relación en la que Marga tenía que aceptar que no podía firmar como esposa, ni siquiera como compañera oficial, porque legalmente Arturo seguía casado con Enna.
Marga aceptó eso también. Aceptó eso como había aceptado todo lo demás, aceptar una más. Y aquí está la parte que más cuesta. En 1967, 3 años después de que empezara la relación, pasaron dos cosas que se cruzaron de una manera muy rara. Por un lado, Arturo de Córdoba sufrió una embolia cerebral. Estaba en su casa una mañana cuando lo encontraron en el suelo sin poder hablar bien con la mitad izquierda del cuerpo paralizada.
Lo llevaron al hospital. Lo estabilizaron. Pero la parálisis no se fue. Arturo se quedaría así, con el lado izquierdo inmóvil hasta el final. Tenía 59 años cuando le pasó. Era un hombre que había sido el galán más cotizado de América Latina y de un día para otro no podía moverse sin ayuda. Le costaba subir escaleras, sentarse, comer con dignidad.
La voz, esa voz aterciopelada que era su marca, también se le había ido un poco. Marga, que oficialmente no era su esposa, decidió que sí lo era. De hecho, lo cuidó. Pero por otro lado, ese mismo año de 1967, a Marga le ofrecieron un papel que la iba a hacer famosa de otra manera completamente distinta.
Le ofrecieron interpretar a Bernarda, la directora del internado, en una película de terror gótico llamada Hasta el viento tiene miedo. Bernarda era una mujer cruel, una directora autoritaria, severa, sin compasión, que castigaba a sus alumnas, que les prohibía ver a sus madres, que terminaba siendo víctima de una venganza del más allá, la opuesta exacta de Marga. Marga dudó.
Aceptar aquel papel era aceptar algo oscuro que no tenía nada que ver con lo que ella había hecho hasta entonces, pero aceptó. Y mientras rodaba, hasta el viento tiene miedo en Coyoacán. Mientras interpretaba a aquella mujer cruel que castigaba a las niñas en pantalla, en su casa, Marga seguía cuidando a Arturo paralizado. La mujer que en pantalla era la villana del internado.
En su vida real era la cuidadora silenciosa. Las dos cosas a la vez, las dos margas, las dos pieles conviviendo durante todo aquel rodaje. Hasta el viento tiene miedo. Se estrenó en 1968 y se convirtió de inmediato en una de las películas de terror más importantes del cine mexicano. La cara de Marga López, la mirada de Bernarda son hoy iconos del género.
Pero Marga cuando la película salió ya no estaba pensando en eso. Estaba pensando en cómo iba a sostener al hombre paralizado que tenía en casa. Pasaron 6 años así, 6 años cuidándolo, 6 años de medicinas, de hospitales, de tardes en la sala oyendo la radio. 6 años en los que Marga apagó muchos cigarrillos en muchos ceniceros, fumando ese tabaco que le había servido durante tantos años para tragarse las cosas que no podía decir.
Y aquí está el detalle que se me quedó. Cuentan los que estuvieron en aquella casa que una tarde, ya casi al final, cuando una empleada doméstica entró sin hacer ruido a llevar la cena, encontró a Marga dándole de comer a Arturo en silencio. Arturo no podía sostener bien la cuchara. Marga le acercaba la sopa despacio, sin mirarle a los ojos para no humillarlo.
En un momento, Arturo levantó la mano buena y le tocó la muñeca y le dijo con esa voz que ya no era la de antes, una sola frase, “Margarita, tú nunca pediste nada.” Marga no contestó, siguió dándole la sopa y apagó después el cigarrillo en el cenicero de la mesilla. Y aquella frase se quedó allí sin contestar durante los meses que le quedaban a Arturo y se quedó allí también durante los 32 años que le quedarían a Marga después.
El 3 de noviembre de 1973, Arturo de Córdoba dejó este mundo. Tenía 65 años y la causa oficial fue un paro cardiorrespiratorio. Marga estaba con él cuando se fue, pero al funeral Marga llegó del brazo de Dolores del Río. No del brazo de Arturo porque Arturo ya no estaba. No firmó como viuda porque legalmente no lo era.
La que firmó fue Enna Arana, la primera esposa, la que nunca le había dado el divorcio, la que durante 9 años había sabido que Arturo vivía con otra y se había mantenido legalmente casada con él. Marga apareció en las fotos del entierro como compañera, como pareja, como el gran amor del difunto. Pero en los papeles oficiales, Marga era una conocida del finado, nada más.
Aquella tarde, después del entierro, Marga volvió a una casa donde durante 6 años había habido un hombre con medio cuerpo paralizado y una vida lenta, una casa donde ahora ya no había nadie y se sentó y encendió un cigarrillo y no lloró delante de los demás porque las que aprendieron a aguantar no lloran delante de los demás. Una conocida delfinado.
Y a partir de ese momento, durante 32 años, Marga López no volvió a tener pareja. Nunca más. Aunque era todavía una mujer relativamente joven, 49 años, con todos los pretendientes que hubiera querido. Lo que vino después es lo que el público nunca llegó a entender del todo y entonces empezó lo otro. La casa de Marga, después de noviembre de 1973 quedó muy callada.
Si te paras un momento a imaginártelo, te lo cuento mejor. Era una casa que había tenido durante 6 años el ruido de Arturo, las medicinas en la mesilla, la radio puesta bajita en la sala, las visitas de los médicos los miércoles y de repente una mañana todo eso se cayó a la vez. Las medicinas seguían en la mesilla, pero ya no eran de nadie.
La radio se quedó apagada. La habitación de Arturo se quedó cerrada. Marga decidió, sin contárselo a nadie que ya estaba, que el resto del tiempo que le quedara por delante lo iba a pasar trabajando, fumando y no abriendo aquella puerta, ni esa ni ninguna otra puerta de hombre. Pasaron los años 70, pasaron los 80, pasaron los 90.
En la repisa del salón estaban los tres premios Ariel juntos, ordenados. Marga ya casi no los miraba. eran de otra mujer, la que veía la tele con el cigarrillo en la mano, la que ya no esperaba nada de nadie. Marga no se retiró nunca. Para ella, el trabajo era la única cosa que la sostenía. Hizo 20 telenovelas en total, Lazos de Amor en 1995, El privilegio de amar en 1998, Carita de Ángel. En el año 2000.
En El privilegio de amar pasó algo bonito. Su hijo Carlos, el mayor, también era actor y le tocó hacer un papel pequeño en la misma telenovela. Hicieron escenas juntos, madre e hijo en pantalla. Para Marga, que había trabajado toda su vida con extraños, tener al hijo de uno enfrente de cámara fue un regalo tardío.
Y aquí está el detalle que más me dejó de toda esta historia. En 2001, cuando Marga tenía 76 años, su hermano Manuel López Ramos, que se había hecho un guitarrista famoso en México, le escribió un monólogo, un texto pensado solo para ella, para que lo interpretara sola en escena. se llamó Al final del camino.
A lo mejor alguna de las personas que están escuchando esto llegó a verla en aquellos años, en aquel monólogo o en cualquiera de las telenovelas de las tardes. Una amarga ya mayor, con la voz más cansada, todavía elegante, todavía sostenida. Si os tocó verla así, lo más probable es que tuvierais entonces la misma sensación que tienen muchas personas en la comunidad de el precio de ser cuando recuerdan a Marga, la de estar viendo a una gran señora que ya pertenecía a otra época, pero que seguía allí dando la cara. Marga estrenó. Al final del
camino, el 26 de febrero de 2001, en el teatro, Wilberto Cantón bajo la dirección de Oto Cirgo. La obra contaba la vida de una actriz mayor olvidada por los productores, que pasaba sus días sola en su casa. Una mujer que recordaba las películas que había hecho, los amores que había tenido, las cosas que había callado.
La trama era ficción, pero las anécdotas eran de marga. Las personas a las que mencionaba eran reales y para aquel monólogo, Marga hizo algo que no había hecho nunca. Cogió un cuaderno y con su propia letra escribió tres páginas. Tres cuartillas a mano, tres cuartillas sobre Arturo de Córdoba, tres cuartillas que se incluyeron en el texto del monólogo, tres cuartillas donde Marga, por primera vez en 30 años contaba públicamente lo que había sido aquella historia.
la declaración en el restaurante, las reuniones de los domingos, los 6 años de silla de ruedas y la frase que ella misma utilizaba para resumirlo todo. Una frase que decía en voz alta cada noche que hacía la función. Con Arturo de Córdoba sufrí más que ninguna, pero la mejor recompensa fue su amor. Esa frase, dicha así, sin filtro, era amarga rompiendo 30 años de silencio.
Era amarga diciendo en escena lo que nunca había dicho en una entrevista, que había sufrido, que había sido más que ninguna otra y que aún así había valido la pena. El monólogo tenía otras frases que también dolían. Marga decía, por ejemplo, la gente se olvida de que yo entretuve mucho tiempo a su familia. Antes se formaban para pedirme un autógrafo y ahora estoy olvidada.
Lo decía con la voz tranquila, sin lástima de sí misma. Lo decía como quien comenta el tiempo, pero lo decía y la gente en el público se removía en la butaca. Decía también. El ego en el que vivimos. Los actores muchas veces nos come el alma. Lo decía en escena, pero estaba hablando de ella, estaba hablando de Arturo, estaba hablando de todos los hombres y mujeres con los que había trabajado y a los que había visto desaparecer poco a poco, mientras los títulos se repetían en el cine de las 2 de la tarde. Pero lo que más
impresionaba del monólogo no era lo que decía, era lo que no decía, lo que se notaba que se quedaba dentro, que Arturo nunca pudo ser legalmente suyo, que ella firmó muchas cosas sin poder firmar la única que importaba, que durante 9 años le dieron las gracias en los papeles oficiales como si fuera una conocida.
El monólogo. Al final del camino estuvo en cartel meses y después se fue de gira por Centroamérica y Colombia. Marga lo siguió haciendo hasta 2003. y aquel mismo año aceptó una última telenovela. La aceptó casi sin pensarlo, pero aquella telenovela le iba a contar a Marga algo de su propio futuro que ella todavía no sabía.
Se llamaba Bajo la misma piel. Y en ella, Marga interpretaba a Eser, una mujer mayor, matriarca de una familia que estaba enferma de cáncer en fase terminal. Pero Esther era luchadora. Esther era optimista. Ester no quería preocupar a nadie con su enfermedad. Ester seguía sonriendo y cuidando a sus hijas y nietas mientras la enfermedad le iba ganando terreno por dentro.
Marga interpretó a Ester en 2003. Le faltaban 18 meses para entrar al hospital de su propia historia. Le faltaba muy poco para ser ella misma una mujer mayor luchando con un cuerpo que ya no aguantaba más, decidida a no preocupar a la familia. Marga interpretó a Ester sin saber que estaba interpretando su propio futuro y lo hizo bien.
Lo hizo como sabía hacerlo, como había hecho siempre, sin pedir nada. La habitación cerrada y aquí está la parte que cuesta de explicar. Cuando terminó de grabar bajo la misma piel, en enero de 2004, Marga ya tenía problemas respiratorios serios. Llevaba 60 años fumando y el tabaco, que había sido su compañero silencioso durante todas las décadas anteriores, le estaba cobrando la factura.
Toscía mucho. Le costaba respirar al subir escaleras. Manuel, el hijo médico, le insistía. Marga lo escuchaba con educación y seguía fumando. Aquella primavera, principios de 2005, una periodista llamada Marisol Vázquez Ramos se sentaba con Marga en la sala de su casa. habían empezado a trabajar juntas en un proyecto, un libro Las memorias de Marga López.
La idea no había sido de ella, sino de la editorial Grupo Olimpia, que llevaba meses insistiendo. Marga había dicho que sí, casi por inercia, y ahora estaban revisando el manuscrito capítulo por capítulo, página por página. El libro tenía partes raras. Tenía partes en las que Marga contaba cosas que nunca había contado en una entrevista.
Las trenzas de Tucumán, la gira con los hermanos, el primer matrimonio con Carlos, los dos hijos pequeños, el segundo hijo que nació tan frágil. Tenía partes en las que Marga hablaba de sus películas con detalle y tenía un capítulo hacia el final dedicado a Arturo, un capítulo donde Marga, con la calma de los 80 años contaba lo que había sido aquella historia, la declaración, los 9 años, la silla de ruedas.
Lo que no tenía el libro era a Carlos Amador. Carlos aparecía en datos, fechas, lugares, pero no en sentimientos. Como en el monólogo de 4 años antes, Carlos quedaba en los papeles, no en el corazón. Marisol Vázquez Ramos preguntó. Marga respondió con esa frase suya, la de siempre. Antes que nada, fuimos grandes amigos y no quiso decir más.
El libro se llamó Yo, Marga, Memorias de Marga López. La editorial lo mandó a imprimir en marzo de 2005. Las primeras copias salieron de imprenta a principios de abril. El 19 de abril de 2005, un martes por la mañana, Marga tenía cita en el Hospital Médica Sur. Iba para un chequeo, algo de rutina. Manuel la acompañaba.
Mientras le hacían las pruebas, le sobrevino el ataque cardíaco. La estabilizaron, la ingresaron en cuidados intensivos. Empezó la cuenta atrás. Aquellos días, mientras Marga estaba conectada a máquinas, las primeras copias del libro llegaron a las librerías mexicanas. Y alguien, un amigo, una sobrina, alguien que la quería, le llevó un ejemplar al hospital.
Imagínate la escena por un momento. Marga, en la cama, con el suero en el brazo y los pulmones cansados, tiene en sus manos su propia historia impresa. Pasa las páginas, ve las fotos, lee las cosas que ella misma ha dictado durante meses, ve las tres páginas sobre Arturo, ahora en letra de imprenta, ahora ya para siempre.
Y supo que ya estaba. Yo no sé qué pensó Marga aquel día, no lo sabe nadie, pero lo que sí sé es que las mujeres que aprenden a callar saben también cuándo es el momento de soltar lo que llevan dentro. Y Marga ese día de abril de 2005 ya lo había soltado, ya estaba el libro fuera, ya estaban las páginas escritas, ya nadie podría contar la historia de otra manera.
Marga vivió tr meses más, tres meses entrando y saliendo de la conciencia, tres meses con su hijo médico al lado, con las hermanas, con las visitas que iban y venían. Lo que sentía Marga en aquellas semanas, eso se lo llevó con ella. Era una mujer reservada hasta el final. El 4 de julio de 2005, a las pocas horas de haber empeorado, Marga López dejó este mundo.
Tenía 81 años. La causa médica fueron varias cosas a la vez. Casi todas derivadas, directa o indirectamente, de los 60 años de tabaco que llevaba en los pulmones. La cremaron en el panteón español de la Ciudad de México. Sus cenizas las llevaron a un nicho familiar dentro de la iglesia Parroquia Nuestra Señora de la Esperanza.
Allí descansa hoy. En su acta de defunción en la línea de nacionalidad ponía una sola palabra, mexicana. La niña de Tucumán, la hija de los malagueños, la Argentina que llegó con 12 años y trenzas, terminó siendo mexicana hasta en los papeles oficiales. Y este fue el precio que pagó Marga López por ser quien fue.
Hay algo que 20 años después de su muerte sigue sin encajar. Y no es que muriera de un corazón cansado, eso sería poético. Y Marga no lo era. Lo que pasa es que Marga pasó 81 años aprendiendo a no quejarse. 81 años tragándose las cosas. con humo de tabaco, 81 años aceptando lo que venía sin discutirlo, ni siquiera cuando lo que venía era un hombre que no podía firmar como suyo.
Y al final de todo, cuando ya estaba en una cama de hospital con los pulmones cansados, hizo lo único que no había hecho nunca. Escribió. Escribió todo lo que no había dicho. Lo escribió con calma, sin rencor, sin pedir cuentas y vio el libro impreso antes de irse. Y tú, ¿qué llevas años sin contar? ¿Qué cosa sabes que algún día tendrás que poner por escrito antes de que sea tarde? Marga lo escribió a tiempo y por eso hoy podemos contarla bien.

Y este fue el precio que pagó Marga López por ser quien fue. Gracias de verdad por quedarte conmigo hasta el final. Y ahora cuéntame tú cómo recuerdas a Marga, porque yo tengo la sensación de que muchos la conocimos igual, en silencio, desde algún rincón de casa, mientras una madre, una abuela o alguien de la familia veía una de sus películas o una de sus novelas.
Y si todavía no estás suscrito, suscríbete ahora, porque aquí en el precio de ser seguimos haciendo algo que cada vez hace menos gente. Pararnos un rato para recordar a mujeres que marcaron a millones de personas, aunque muchas veces nadie llegara a entender del todo lo que estaban viviendo por dentro. Nos vemos en la próxima. Cuídate mucho.