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Manuel Mijares: LA ASQUEROSA Llamada que Recibió en Acapulco una Noche…Y Por la que Tuvo que Ceder

Son devorados por un sistema que confunde la bondad con debilidad y la decencia con falta de ambición. José Manuel Mijares Morán nació el 7 de febrero de 1958 en la ciudad de México, en un hogar que no tenía absolutamente nada que ver con el mundo del espectáculo. Sus padres, José María Mijares y María del Pilar Morán, descendientes de inmigrantes asturianos que habían llegado a México por el puerto de Veracruz, eran personas trabajadoras de clase media que valoraban la educación, la disciplina y la honestidad por encima de cualquier

fantasía de fama o fortuna. No había conexiones en Televisa, no había padrinos en la industria musical, no había apellido que abriera puertas. Lo único que Manuel tenía era una voz que, según quienes lo escucharon cantar por primera vez en el coro de su escuela primaria, producía un efecto físico en quien la oía, un escalofrío que subía por la columna vertebral y se instalaba en el pecho como una vibración que tardaba minutos en disiparse.

Su madre, María del Pilar, fue quien reconoció primero lo que esa voz significaba. no como instrumento de fama, sino como don que merecía ser cultivado. Fue ella quien lo impulsó a cantar, quien lo inscribió en clases de música, quien lo apoyó cuando formó su primer grupo Sentido y después Los Continentales, una agrupación de la que fue vocalista durante 7 años, sin que nadie fuera de su círculo inmediato prestara la menor atención.

7 años cantando en bares, en fiestas privadas, en eventos escolares, en cualquier lugar donde alguien estuviera dispuesto a escuchar a un joven mexicano con una voz extraordinaria y cero conexiones industriales. Esos 7 años de anonimato forjaron algo en Manuel Mijares, que lo distinguiría de prácticamente todos los artistas de su generación.

Humildad genuina, no humildad performativa. Esa falsa modestia que las celebridades exhiben en entrevistas mientras internamente calculan su próximo movimiento estratégico. Humildad real. La humildad de un hombre que sabe lo que se siente cantar frente a un público que no te conoce, que no te debe nada, que puede levantarse e irse en cualquier momento y que permanece sentado solo porque tu voz lo convenció de quedarse.

Esa humildad, esa gratitud básica hacia el público que decide escucharte sería la marca registrada de Mijares durante toda su carrera y también sería la cualidad que el sistema eventualmente explotaría para obligarlo a ceder. El punto de inflexión llegó en 1981, cuando Mijares participó en el festival Valores Juveniles de Televisa.

Su presentación fue lo suficientemente impactante como para captar la atención de la industria, pero no lo suficiente como para catapultarlo inmediatamente al estrellato. Lo que siguió fueron más años de trabajo invisible, jingles publicitarios, presentaciones en bares nocturnos, un viaje a Japón donde cantó en clubes para audiencias que no entendían una palabra de español, pero que reconocían instintivamente la calidad de su voz.

Y entonces llegó Emanuel. Emanuel, el cantante mexicano que ya era una estrella consolidada, descubrió a Mijares y lo incorporó como corista de su equipo. Fue un trabajo modesto cantar en el coro de otro artista, pero para Mijares representó dos cosas invaluables. un ingreso estable que le permitía sobrevivir en una industria brutal y una educación de primera mano sobre cómo funcionaba el negocio de la música desde dentro.

Observando a Emanuel en el escenario, en los ensayos, en las negociaciones con productores y disqueras, Mijares aprendió las reglas del juego sin tener que pagar el precio que otros pagaban por aprenderlas, su integridad. Lo que Mijares no sabía en ese momento era que su paso por el coro de Emanuel estaba construyendo la base de una amistad que duraría décadas y que eventualmente se convertiría en una de las alianzas más exitosas de la música latina.

Los conciertos de Emanuel y Mijares, que comenzarían años después y llenarían repetidamente el Auditorio Nacional con capacidad para 10,000 espectadores, tienen su origen en esos años de trabajo compartido en los 80, cuando uno era la estrella y el otro era una voz anónima en el coro que soñaba con tener su propia oportunidad.

Esa oportunidad llegó en 1985 cuando Mijares fue seleccionado para representar a México en el festival OTI de la canción interpretando soñador. No ganó el festival, pero lo que hizo fue algo más valioso que ganar. Fue nombrado revelación del evento. Ese reconocimiento le abrió las puertas de Emy Capital, la disquera que le ofreció grabar su primer álbum.

Y con ese álbum lanzado en 1986 bajo el título Manuel Mijares y posteriormente relanzado como soñador, su vida cambió para siempre. Bella fue el primer sencillo. Se convirtió en un éxito internacional instantáneo. La voz de Mijares, esa voz que había sido cultivada durante años en coros escolares, bares oscuros y clubes nocturnos de Japón, finalmente encontró la audiencia masiva que merecía.

Le siguieron poco a poco, siempre. Volveré a amar. Cada canción consolidaba lo que el público ya intuía, que Manuel Mijares no era una moda pasajera, sino un artista con la capacidad de emocionar genuinamente, de conectar con la gente, no a través de escándalos o estrategias de marketing, sino a través de algo mucho más simple y mucho más poderoso.

Sinceridad. En 1987 llegó su segundo álbum, Amor y Rock and Roll, que amplió su registro artístico y demostró que no estaba limitado a un solo género. Los años siguientes fueron una escalada constante, giras por México, Centroamérica, Sudamérica y España. Más de 12 millones de personas lo vieron en vivo a lo largo de su carrera.

Discos de oro, doble disco de oro, doble disco de platino. Canciones que se convirtieron en himnos generacionales. Soldado del amor para amarnos más. Uno entre 1000, si me tenías. Pero lo que distinguía a mijares de otros artistas de su generación no eran las cifras de ventas ni los premios. Era algo que no se puede medir con ninguna estadística, la percepción pública de que era buena persona.

No buena persona como estrategia de imagen, buena persona de verdad. Los técnicos de sonido lo adoraban porque los trataba con respeto. Los músicos de sesión pedían trabajar con él porque nunca los hacía sentir inferiores. Los periodistas de espectáculos, incluso los más cínicos, reconocían que Mijares era una excepción en una industria llena de egos inflados y actitudes despectivas.

Y fue precisamente esa reputación de hombre bueno, esa imagen de tipo decente en un mundo de depredadores, lo que lo convirtió en el candidato perfecto para el papel más importante y más destructivo de su vida. Esposo de Lucero. Lucero Joga León, conocida simplemente como Lucero, era en los años 90 la mujer más famosa de México.

No una de las más famosas. La más famosa. Había comenzado su carrera como niña actriz. Había protagonizado telenovelas que rompieron récords de audiencia, había lanzado una carrera musical exitosa y había sido bautizada por la prensa con un título que ninguna otra mujer en la historia del entretenimiento mexicano había recibido. La novia de América.

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