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Los 20 Actores Más ODIADOS del Cine de Oro (La CRUDA REALIDAD Detrás de Cámaras)

Fernando Soto Astol, Mantequilla, siempre hacía reír al público, pero la fama entre sus compañeros era totalmente diferente. Fuera del set, su comportamiento era realmente tóxico y humillante. Nunca usaba su famoso humor para alegrar el ambiente, sino exclusivamente para herir. Disparaba todo su sarcasmo contra los técnicos y compañeros del set.

 Sus palabras dejaban cicatrices peores que una simple broma pesada y machacaba sin piedad a los novatos. Cuando alguien lograba brillar un poco, lo humillaba ante todos usando frases crueles y una risa bastante falsa. Retocaba escenas borrando los diálogos ajenos. Nunca permitía que otro colega lograse brillar más que él. Un actor emergente vio como Soto borraba sus diálogos por puro capricho.

 Quedó tan frustrado que abandonó su carrera. Y créeme, las mujeres tampoco conseguían librarse de sus oscuros excesos. En escenas de contacto cruzaba la raya tocando de más y soltando burlas. Se excusaba culpando al personaje, pero varias actrices confirmaron que el comediante jamás pidió permiso ni respetó ningún límite.

 Ocurría en un set donde nadie osaba quejarse. Además, era un tipo de exigencias completamente absurdas. Pedía camerinos exclusivos, café cada hora, pausas para fumar y asistentes propios, mientras tenía la desfachatez de alardear que era un profesional verdaderamente impecable. Ese carácter amargo causaba tantos problemas que muchos directores de cine decidieron negarse a volver a contratarlo jamás.

 Se enfrentó a Germán Valdés Tintán, llamándolo vulgar, aunque la mayoría sabía que en realidad era pura envidia. Por pura inseguridad se aferraba a cualquier papel, exigiendo siempre brillar en los créditos. Atacaba a los nuevos comediantes llamándolos mediocres, incapaz de aceptar que su era en el cine había terminado. Detrás de aquellas risas solo quedaba el recuerdo amargo de un hombre que transformó el humor en un arma muy cruel contra sus propios colegas de rodaje.

 La querida abuela del cine mexicano poseía una voz atronadora y un carácter de puro hierro. Sara García no era tierna, era durísima. En pleno rodaje, su mirada congelaba las conversaciones. Si alguien no le agradaba, lo decía sin rodeos, sin sonreír y sin bajar el tono. Una novata quiso abrazarla tras grabar.

 Sara se apartó bruscamente y soltó fría. No me toques, no somos iguales. Se rumoreada que odiaba las nuevas generaciones. Las consideraba perezosas, vacías y totalmente carentes de hambre. Cuando intentaron modernizar su papel, Sara tiró el libreto al suelo soltando, “A mí no me escriben con crayolas.” Por eso todos la podaron la Santa Furia.

Para llorar en escena, bastaba con equivocarse ante ella. Fue la querida abuela de México, pero también la suegra del terror. Imponía con su voz profunda y mirada sombría. Pero esto no era simple fachada. David Reinoso tenía un carácter tan corto como su paciencia. Una vez leyendo el Dion, pateó una silla con furia y salió a gritarle en la cara al productor.

 Odiaba muchísimo cómo habían escrito su papel. Machista, celoso y completamente autoritario. Jamás toleraba que una actriz hablase de más. Si se atrevía, se encargaba de humillarla cruelmente frente a todos. Cuentan que prohibía tajantemente usar tacones a cualquier compañera para no verse bajito. Y lo verdaderamente peor es que disfrutaba provocando.

 Irrumpía en camerinos sin llamar, escupiendo comentarios cargados de pura burla y amenaza. Una actriz joven acabó llorando tras el set por una de sus horribles bromas. En pantalla lucía rudísimo, pero fuera una herida expuesta con licencia para hablar y siempre lo hacía destilando puro desprecio. El sucesor autoproclamado, aquel famoso charro contemporáneo, cantaba, actuaba, producía y se sentía muy superior a todos.

 Porque Antonio Aguilar jamás pedía permiso. Él simplemente imponía reglas. Si algo no le gustaba, detenía el set. Una vez suspendió la escena porque el caballo no estaba a la altura de su figura. Además, solía incluir a su familia en sus proyectos. Quien no aplaudía quedaba excluido. Los directores jóvenes huían porque Antonio no recibía indicaciones, daba órdenes.

En entrevistas despellejaba las viejas glorias. Aseguraba muy soberbio que muchísimos ni siquiera sabían montar a caballo ni lograban declamar con propiedad. Compararlo con negrete le enfurecía. Yo no necesito parecerme a nadie”, afirmaba. Pero lo que más irritaba a sus colegas era aquella ambición totalmente desmedida.

 Siempre exigía muchísimo más tiempo ante la cámara, probar más aplausos y acaparar más influencia. Fue una inmensa estrella, sí, pero un torbellino de vanidad arrasando todo. No necesitaba hablar. Una mirada suya lograba dejarte la boca totalmente secca. Pedro Armendaris jamás discutía, directamente dictaba veredictos.

 Al entrar a una junta, todos callaban de golpe y, créeme, no por respeto, sino por terror acabar humillado. Una vez, un joven se acercó pidiendo un consejo. Pedro le sirvió la bebida, brindó con él y después soltó. El único consejo es que te vayas. Esto no es para tontos. Ganó rivales en cada rincón. Odiaba a los débiles, despreciaba a quienes intentaban agradarle y detestaba recibir a lagos.

 Cada vez que hablaba de otros actores lo hacía escupiendo puro veneno. A Negretete lo llamaba hipócrita, a Infante Populacho y a Cantinflas ni lo mencionaba. Para el público era un héroe, pero en aquellos pasillos su nombre era un letal puñal de oro. Durante los años 40 y 50, Víctor Junko brillaba como uno de los rostros más magnéticos de la época dorada del cine.

Mirada profunda, voz ronca y una elegance innapa. Estaba hecho a medida para el drama romántico. Compartió pantalla con leyendas absolutas como María Félix, Dolores del Río o Marga López. Sin embargo, detrás de las cámaras casi nadie quería cruzarse en su camino. Víctor Junko no gritaba ni te humillaba la cara.

 Su veneno era más sutil. un desprecio callado, burlas ocultas bajo extrema educación y esa frialdad milimétrica que conseguía hacerte sentir como un simple mueble viejo en el set. Los secundarios huían de él, no por miedo a su enorme talento, sino porque despreciaba cualquiera que considerara inferior. Si un novato intentaba darle charla, Víctor Junko respondía con frases secas, o peor aún, daba media vuelta y se largaba.

 Solo respetaba a los directores de cine si lo trataban como la estrella indiscutible. calculaba cada minuto en pantalla, sus líneas de guion y hasta sus primeros planos. Si alguien le hacía sombra en la película, montaba en cólera exigiendo reescribir todo. Varios rodajes cambiaron su libreto a la mitad por puro capricho, solo para calmar su gigantesco ego.

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