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Los 20 Actores Más DEGENER4D0S del Cine de Oro Mexicano

 No había denuncias oficiales, eran otros tiempos. Los comentarios entre técnicos y maquillistas eran casi un secreto compartido en silencio. Incluso se murmuraba que sentía una inclinación particular por las mujeres que actuaban en papeles secundarios, pues eran más sencillas de convencer a cambio de una escena con diálogo.

 Nada de esto fue confirmado, pero cuando hay tanto humo es porque algo se quema. Joaquín Pardabé era un auténtico hombre orquesta, actor, director, guionista y compositor. Su herencia cultural es indiscutible. nos dejó personajes entrañables como los del paisano Jalil o el Rosario de Amosoc y compuso melodías que aún se escuchan.

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Pero detrás de esa apariencia afable y ese perfil paternal se escondía un hombre minucioso, controlador y obsesivo con la disciplina. Era tan perfeccionista que en sus rodajes no aceptaba improvisación. Sus libretos eran ley. Quienes se atrevían a sugerir algo distinto eran reprendidos frente a todos.

 Algunos actores jóvenes contaron que equivocarse en una toma podía significar ser relegados durante toda la producción. No soportaba que lo contradijeran y no admitía flaquezas. Esto es cine, no una escuela, acostumbraba decir. Sin embargo, lo más alarmante no era su carácter en el set, sino los comentarios que circulaban sobre su proceder fuera de cámara, en especial con mujeres jóvenes que soñaban con hacer carrera en el cine.

 Se decía que organizaba cenas privadas en su casa con el pretexto de evaluar aptitudes. Invitaba a muchachas recién llegadas al ambiente artístico, muchas sin representante, con la promesa de ayudarlas a iniciar. Algunas conseguían papeles pequeños después de esas reuniones. Otras simplemente se desvanecían del medio tras rechazarlo.

Diversos testimonios recogidos años después por historiadores del cine mexicano hablan de manipulación emocional. Pardavé sabía que su poder podía abrir puertas, pero también sabía cerrarlas. Una de sus asistentes de dirección mencionó en una entrevista que muchas actrices se sentían atrapadas entre la ilusión de triunfar y el miedo a ser catalogadas como problemáticas y rechazaban sus insinuaciones.

 Además, mantenía una red de lealtades que lo blindaba. Su imagen pública de hombre de familia, serio y religioso, contrastaba totalmente con las historias de presión y chantaje. Jamás se levantó una denuncia formal. Era otra época, una en la que los hombres influyentes del espectáculo actuaban sin consecuencias. Si Pardabé era un dictador silencioso, Emilio el indio Fernández era lo opuesto, un volcán ardiente, imponente, talentoso y profundamente inestable.

 Fue uno de los grandes cineastas de México en el siglo XX. Su película, María Candelaria triunfó en Canes. Fue amigo de Aisenstein y actor en Hollywood. Incluso inspiró el físico de la estatuilla del Óscar, pero su temperamento destructivo dejó una estela de temor, sufrimiento y vínculos rotos. Desde joven fue rebelde.

 Participó en la revolución, estuvo encarcelado en Estados Unidos por tráfico de armas y al volver a México adoptó el cine como vehículo de expresión nacionalista. No obstante, ese nacionalismo se transformaba en machismo tóxico cuando se mezclaba con el alcohol y Emilio bebía en exceso casi siempre. Durante los rodajes era habitual verlo empuñar un arma si algo no salía como deseaba.

Más de una vez disparó al aire para detener una escena o imponer silencio. Los técnicos sabían que había que seguirle el paso y no contradecirlo. Con el indio, un error era tomado como una ofensa personal, relataba uno de sus camarógrafos. En lo sentimental, su vida fue un huracán. Mantuvo múltiples romances, pero pocos fueron duraderos.

Su relación más conocida fue con Columba Domínguez. joven actriza a la que descubrió y moldeó tanto en lo profesional como en lo personal. Ella era su musa, pero también su cautiva emocional. Columba, en entrevistas posteriores confesó que vivía bajo un constante temor. Emilio era extremadamente posesivo, no le permitía tener amistades ni tomar decisiones sin consultarlo antes.

 Cuando ella intentó alejarse, él la siguió, la vigiló e incluso la amenazó con arruinar su carrera. Su hija en común, Yakaranda, fue testigo de las continuas tensiones dentro del hogar. Años después, esta dinámica sería catalogada como violencia psicológica, aunque en aquel tiempo se justificaba como una pasión desbordada. El indio también enfrentó problemas con la justicia.

 fue acusado de homicidio en los años 70 tras un enfrentamiento en el que un hombre perdió la vida por un disparo. Emilio alegó defensa propia y de manera sorprendente fue absuelto, pero ese episodio reforzó la percepción de que era intocable. Imaginemos a Ricardo del Valle, conocido popularmente como el gorrión cantor. Lo poseía todo.

 Una voz extraordinaria que estremecía el alma, un carisma innegable que derribaba barreras y un físico de galán que hacía suspirar desde cada butaca. Su imagen en pantalla era la del hombre intachable, el eterno enamorado, el amigo leal. Sin embargo, detrás de cada serenata romántica en la pantalla grande se escondía la sombra de una botella.

 Sus excesos con el alcohol eran un secreto a medias comentado en voz baja en los pasillos de los estudios y en las barras de las cantinas más exclusivas. Llegadas tardías a los rodajes, olvidos de parlamentos cruciales, peleas a golpes en bares de mala fama. Al principio eran historias pintorescas que sus cercanos justificaban como caprichos de artista o arrebatos bohemios.

 Es que siente la música en la piel, decían sus seguidores. Eso lo hace distinto. Pero pronto la risa se tornó preocupación y la admiración en tristeza al ver cómo se consumía. Intentó dejar el vicio en repetidas ocasiones, jurando en público lo que incumplía en privado. “Mañana, lo juro por lo más sagrado, no volveré a probar ni una gota”, decía con voz quebrada mientras el temblor en sus manos lo delataba.

 Los curiosos de siempre ya sabían que esa noche sería otra vez interminable. Su talento era un regalo celestial, pero su adicción una condena autoimpuesta que le arrancaba pedazos al espíritu. La gente murmuraba con compasión, “Es que la vida lo ha golpeado demasiado fuerte. Pobre Ricardo. Pero la verdad era que él mismo se infligía los peores golpes a cada trago en la penumbra, viendo su reflejo distorsionado en el fondo de una copa.

Su decadencia fue lenta, aunque implacable, conciertos suspendidos, oportunidades perdidas y una voz que, aunque todavía bella, perdía brillo y potencia con cada amanecer empañado por la resaca. Aunque hoy se le recuerde sobre todo como director de telenovelas y figura respetada de la televisión mexicana, Rafael Bankels tuvo una amplia y activa trayectoria en el cine, donde consolidó su nombre.

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