Posted in

Los 10 FINALES más BRUTALES de CAPOS Traicionados por la MAFIA

había nacido en el Bronx, en un mundo donde la pobreza no solo empujaba a los hombres al crimen, sino que muchas veces los entrenaba para sobrevivir dentro de él. Desde joven entendió que la calle no respetaba a los honestos, respetaba a los violentos. Y Schulz aprendió esa lección demasiado bien.

 Su ascenso comenzó durante los años de la ley seca, cuando el alcohol prohibido convirtió a los barrios de Nueva York en territorios de guerra. Mientras el gobierno intentaba controlar las botellas, los gangsters aprendieron a convertir cada barril de cerveza en dinero, influencia y sangre.

La sangrienta historia de la mafia de Los Ángeles: desde su violento origen hasta su rápida caída - Infobae

 Schulz entró en ese negocio con una brutalidad que pronto lo distinguió de otros criminales. No quería ser un simple contrabandista. Quería controlar rutas, bares clandestinos, distribuidores y territorios enteros. y lo consiguió. En el Bronx y en partes de Manhattan, Dutch Schulz levantó un imperio criminal basado en el contrabando de alcohol, los bares ilegales, las apuestas clandestinas y el llamado Numbers Rocket, una lotería ilegal que generaba enormes cantidades de dinero todos los días.

 Británica lo describe como un gangster de los años 20 y 30 que dirigía negocios de Bot Leging y otros Rockets en Nueva York. Pero detrás de esa descripción fría había una realidad mucho más oscura. Schulz no solo hacía negocios, imponía obediencia. Quien se interponía en su camino podía terminar golpeado, humillado o muerto. Durante años, Schulz construyó su reputación como un hombre impredecible.

No era el tipo de jefe que inspiraba respeto silencioso, inspiraba miedo directo. Sus enemigos sabían que no negociaba como un empresario, sino que reaccionaba como un animal acorralado. Esa violencia le permitió crecer rápido, pero también empezó a sembrar una idea peligrosa dentro del crimen organizado. DCH Schulz podía ganar dinero, sí, pero también podía destruirlo todo.

 Y en la mafia, un hombre que pone en riesgo el negocio, deja de ser útil. El primer gran enemigo que comenzó a cerrar el cerco sobre él no vino de otra familia criminal, sino de la justicia. Thomas Edgwi, un fiscal especial de Nueva York, empezó a perseguirlo con una presión cada vez más fuerte. Schulz ya había enfrentado acusaciones fiscales y había logrado sobrevivir, pero el problema era que la atención pública sobre él seguía creciendo.

Cada investigación, cada juicio, cada noticia convertía su nombre en una carga para otros jefes que preferían operar en silencio. Schulz entendió que Diwi podía destruirlo, pero su reacción fue exactamente lo que terminó condenándolo. En lugar de buscar una salida discreta, Dutch Schulz empezó a proponer algo que para la mafia era impensable, asesinar a Zomas Dewi.

Según británica, en octubre de 1935, Schulz planteó la idea de matar a Digwi ante Albert Anastasia y otros mafiosos, pero los jefes de Nueva York rechazaron el plan porque temían el escándalo y la presión que provocaría matar a un fiscal de alto perfil. Ese fue el momento en que Schulz cruzó la línea.

 No porque hubiera matado, no porque hubiera robado, no porque hubiera traicionado a un aliado, sino porque quiso llevar la violencia mafiosa hasta un punto que podía provocar una guerra contra todo el sistema criminal. Para los grandes jefes, Dutch Schulz dejó de ser un socio incómodo y se convirtió en una amenaza. Si seguía vivo, podía ordenar un asesinato que pondría a toda la mafia bajo la mirada del gobierno.

Si seguía hablando, podía arrastrar a otros con él. Si seguía actuando por impulso, podía destruir años de acuerdos, negocios y equilibrios. Entonces, la decisión fue tomada. La mafia no iba a protegerlo, iba a borrarlo. La noche del 23 de octubre de 1935, Dutch Schulz se encontraba en el Palace Chop House, un restaurante en Newark, Nueva Jersey. No estaba solo.

 Con él estaban varios de sus hombres cercanos, incluyendo su contador y miembros de su círculo de confianza. La escena parecía normal, una mesa, comida, conversaciones, humo, ruido de bar y una tranquilidad falsa que solo existe antes de una ejecución. Pero afuera de ese restaurante, el destino de Schulz ya estaba decidido.

Dos hombres armados entraron al lugar. No iban a discutir, no iban a negociar, no iban a entregar una advertencia. habían sido enviados para cerrar el capítulo de Dutch Schulz para siempre. Schulz fue sorprendido dentro del restaurante. Los disparos rompieron la calma del Palace Chophouse y convirtieron aquella noche en una de las escenas más recordadas del crimen organizado estadounidense.

La violencia fue rápida, fría y definitiva. Schulz y varios de sus asociados fueron alcanzados por las balas. El FBI conserva incluso un ladrillo rescatado del Palace Chophouse como recuerdo físico del lugar donde aquel gangster fue abatido. Pero Dutch Schulz no murió inmediatamente y eso hizo su final todavía más inquietante.

Herido de gravedad, fue llevado al hospital. Durante horas, entre dolor, fiebre y confusión, comenzó a pronunciar frases incoherentes que después se volverían famosas como sus últimas palabras. El hombre que había aterrorizado barrios enteros, que había construido un imperio con violencia y dinero ilegal, terminó delirando en una cama, rodeado no de soldados leales, sino de médicos, policías y sombras.

El 24 de octubre de 1935, Dutch Schulz murió. Tenía apenas 33 años. Su caída dejó una lección brutal dentro de la mafia. No siempre te matan por fracasar. A veces te matan por volverte demasiado ambicioso, por hablar demasiado, por querer cruzar límites que otros criminales consideran peligrosos. Schulz no cayó porque la policía finalmente lo venciera en una redada espectacular.

 Cayó porque sus propios aliados decidieron que mantenerlo vivo era más arriesgado que eliminarlo. La ironía era perfecta y cruel. Durante años, Dot Schulz había usado el miedo como herramienta de poder, pero al final fue el miedo de otros jefes lo que firmó su sentencia. No murió como un rey, no murió rodeado de respeto.

 Murió porque la mafia entendió que su violencia ya no servía al negocio. Y en la Cosa Nostra, cuando un hombre deja de ser negocio y empieza a ser problema, su final no se discute, se ejecuta. Pero si DCH Schulz fue deliminado por volverse incontrolable, el siguiente hombre cayó por una razón igual de peligrosa.

 hablaba demasiado, sabía demasiado y empezó a convertirse en una vergüenza para los mismos jefes que alguna vez lo protegieron. Willy Moretti no murió por falta de amigos. murió porque sus amigos dejaron de confiar en su silencio. Durante años, Moreti fue una de las figuras más importantes del crimen organizado en Nueva Jersey y uno de los hombres más cercanos a Fran Costello, el poderoso jefe que prefería gobernar desde las sombras con contactos políticos, apuestas, negocios ilegales y una imagen mucho más discreta que la de otros capos.

Read More