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Lola Beltrán: 40 Años de MENTIRAS… La Verdad que México Nunca Supo

historia de la mujer que existía cuando se apagaban las luces.  La mujer que México creyó conocer durante 40 años y que en realidad casi nadie conoció de verdad. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que cambian por completo la manera en que muchos recuerdan a Lola Beltrán. Primera, ¿por qué la mujer que acabaría cantando para reyes y  presidentes estuvo a punto de regresar derrotada a Sinaloa antes de que nadie escuchara una sola canción? Segunda, ¿qué ocurrió dentro del único matrimonio de Lola para que

nunca volviera a compartir su vida con nadie durante los  30 años que le quedaban? Tercera, qué vacío intentaba llenar Lola cuando apareció  el niño que cambiaría para siempre el destino de su familia. Y cuarta, la revelación más oscura de todas. ¿Qué ocurrió después de su muerte para que las personas que más quería terminaran enfrentadas durante más de una década? ¿Quién intentó quedarse con todo lo que Lola había construido? ¿Y qué decía una carta escrita de puño y letra que nunca debió salir a la luz?

Quédate hasta el final  porque lo que vas a escuchar hoy cambia la manera en que ves esta historia. Te avisaré cuando lleguemos a cada una, porque para entender por qué Lola Beltrán murió sola aquella noche de marzo de 1996,  primero hay que regresar a un pequeño pueblo de Sinaloa, donde nadie imaginaba que estaban haciendo la mujer, que algún día se convertiría en la voz de México.

Rosario, Sinaloa, 1932. Un pueblo de calles de tierra y casas bajas, de vecinos que se conocen de toda la vida y de  familias que saben lo que le pasa a la familia de enfrente antes de que nadie lo cuente. No es un lugar donde la gente sueña con los escenarios. Es un lugar donde la gente sueña con que el mes llegue completo, con que los hijos tengan zapatos, con que lo que hay alcance para lo que falta.

En ese rosario nace María Lucila Beltrán  Ruiz y desde muy pequeña, cuando hay una fiesta en el barrio o una reunión familiar un domingo por la tarde, alguien siempre termina pidiéndole que cante. Entonces ocurre  algo. La conversación se detiene, los adultos levantan la cabeza, los vecinos que estaban en el fondo  se acercan un poco más porque aquella niña tiene una voz que no parece salir de una niña.

Una voz que tiene peso, que ocupa el espacio de una manera que las voces de las niñas no ocupan normalmente. Todavía nadie imagina lo que va a llegar a ser, ni siquiera ella. Pero hay algo que empieza a entender muy  pronto. Rosario se le queda pequeño, no porque desprecie el lugar donde nació.

Al contrario, esas calles  de tierra, esos vecinos que la conocen de toda la vida, ese ritmo  lento de pueblo que no espera que nada cambie demasiado rápido, todo eso es suyo y lo sabe. Pero cada vez que canta tiene la sensación de que esa voz fue hecha para viajar mucho más lejos que esas calles. Mientras tanto,  la vida sigue.

Su padre no está. No de la manera en que un padre necesita estar. Hay versiones distintas  sobre su ausencia. Ninguna cómoda, ninguna que Lola eligiera  contar en público más de lo necesario. Lo que sí está es su madre, una mujer que saca adelante a toda la familia prácticamente sola las mañanas, las noches, el dinero que alcanza unas veces y otras no.

Los hijos que crecen y necesitan cada vez más, las cuentas que llegan igual, aunque no haya con qué pagarlas. Y Lola observa, observa a su madre levantarse antes que todos y acostarse después que todos. La observa resolver lo que hay que resolver sin quejarse, sin parar, sin mostrarle al mundo que está cansada  aunque lo esté.

La observa seguir adelante en los días en que seguir adelante es lo más difícil que existe. Y sin darse cuenta, sin que nadie se lo explique  con palabras, Lola aprende algo que la va a acompañar toda la vida, que nadie te va a regalar un lugar. que el día que te detienes, otro ocupa tu sitio, que mostrar que estás cansada es un lujo que no te puedes permitir cuando no tienes red de seguridad.

Eso no lo aprende en ningún libro, lo aprende mirando a su madre en aquella cocina de rosario.  Lo aprende viendo que hay personas que pueden permitirse descansar y otras que simplemente no tienen esa opción. Años después, cuando Lola ya era famosa en toda la República, seguiría cargando esa lección encima y le costaría mucho más de lo que aquella niña en Rosario podría haber imaginado.

Los años pasan en Rosario, la voz de Lola crece, las fiestas de barrio se quedan pequeñas, los domingos familiares se quedan pequeños y llega un momento en que Lola tiene poco  más de 20 años y la maleta que ha ido preparando en su cabeza durante años, por fin tiene que convertirse en una maleta real. Lo que todavía no sabe es que la ciudad a la que está a punto de llegar no la está esperando y que la oportunidad con la que lleva años soñando no va a aparecer tan fácilmente.

Y tampoco sabe que lo que va a encontrar en esa ciudad no va a ser solo una oportunidad, va a ser la primera de una serie de trampas que nadie le va a avisar que están ahí. Ciudad de México, ahí es donde se hacen las carreras. Ahí está la XCW, la estación de radio más importante del país, la que en esa época puede convertir a un desconocido en una voz que se escucha en millones de hogares.

Sus estudios, sus micrófonos, sus programas y las personas que tienen en sus manos las oportunidades con las que sueñan miles de artistas. Lola toma el autobús desde Rosario, deja atrás a su familia, deja atrás las calles que conoce de memoria, deja atrás la única vida que ha tenido hasta ese momento.  Y después de horas de carretera, llega a Ciudad de México sola, sin contactos, sin recomendaciones, sin nadie esperándola al otro lado.

Aquí llega la primera de las cuatro cosas que te prometí. La joven que llega a Ciudad de México con esa voz no encuentra un micrófono esperándola.  Encuentra un escritorio, una silla, una pila de carpetas que alguien tiene que ordenar. La XCW le da trabajo, pero no como cantante, como archivista,  como la muchacha que llega temprano, que hace los recados que nadie más quiere hacer, que sonríe cuando le piden  algo y que se sienta durante horas a ordenar papeles y a archivar documentos, mientras por los pasillos de

esa misma estación pasan los artistas que ya tienen nombre, los que ya tienen contrato firmado, los que ya tienen a alguien adentro que apostó  por ellos y que los presenta en el momento correcto delante de la persona correcta. Lola los ve pasar, aprende sus nombres, escucha cómo suenan cuando el locutor los anuncia y ordena sus carpetas.

Imagínala en ese pasillo. La mujer que décadas después  llenaría el palacio de bellas artes, no una, sino varias veces, que cantaría ante  la reina Isabel Segunda, que llevaría la música ranchera mexicana al Olimpia de París, cargando carpetas en los pasillos de la XW, mientras los locutores anuncian los nombres de otras personas.

Esa es la imagen que México nunca vio cuando la aplaudía de pie en los teatros. Esa es la parte de la historia que no aparece en los homenajes ni en los documentales  que se hicieron después de su muerte. La reina de la canción ranchera  empezó archivando papeles porque nadie, en el lugar donde se decidían las carreras quiso escucharla cantar.

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