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Le Dieron un Papel a Chalino en Pleno Concierto… Horas Después Estaba Muerto

La grabación dura poco más de 3 minutos. Es de mala calidad, movida, grabada por alguien del público con una cámara casera la madrugada del 16 de mayo de 1992 en un salón de Sinaloa. Chalino está cantando un corrido. Trae el sombrero echado para atrás y la camisa abierta en el cuello. Sonríe poco.

Mira a la primera fila como si estuviera buscando a alguien entre la gente. Y entonces aparece la mano. Un hombre se acerca al borde del escenario, levanta el brazo y le entrega ese papel doblado en cuatro. Chalino se inclina, lo toma, lo abre y lo lee en silencio. La canción no se detiene. La banda sigue tocando atrás, pero su cara durante un segundo se vacía.

Quienes estaban cerca dijeron después que se puso del color del papel que tenía en la mano. Lo dobla otra vez, se lo guarda en el saco y sigue cantando. Termina esa canción, empieza la siguiente y luego una más. Tres corridos completos después de leer algo que según todo lo que vino después le anunciaba que iba a morir esa misma noche.

¿Qué clase de hombre lee su  propia sentencia y sigue cantando tres canciones? Para entender eso, para entender por qué Chalino Sánchez no salió corriendo, no pidió ayuda, no se escondió detrás de sus músicos, hay que regresar mucho antes de esa noche. Hay que regresar a un rancho de tierra seca en el norte de Sinaloa, a un verano de 1971, a una casa de adobe con una sola cosa que nadie esperaría encontrar en el origen de toda esta historia.

Una puerta cerrada con candado y un niño de 11 años escuchando del otro lado de la pared. El rancho se llama Las Flechas. Está perdido en el municipio de Sinaloa de Leiva, lejos de cualquier carretera buena. Polvo, gallinas, dos cuartos de adobe para seis personas.  Ahí nació Rosalino Sánchez Félix el 30 de agosto de 1960.

El más chico de la familia. el que todos llamaban Chalino. Su padre Santos murió cuando Chalino tenía 6 años. Salió una tarde a cortar leña y lo encontraron dos días después junto a una vereda con un tiro en la espalda. Nadie supo quién fue. Nadie preguntó demasiado. Así era el campo en esa parte de Sinaloa, en los años 60.

La gente se moría y el silencio se tragaba el nombre del que apretaba el gatillo. Señorina, la madre se quedó sola con cuatro hijos:  Juana, la mayor, Armando, Espiridion y Chalino, el último. Una mujer sola, cuatro niños y la autoridad más cercana a 3 horas a caballo. En ese lugar, un niño aprende rápido una sola ley y Chalino la aprendió antes de saber leer bien.

A la gente de abajo no la protege nadie. Lo que tú no arregles con tus manos, no lo arregla nadie por ti. Guarda esa idea porque ese niño que aprendió que nadie iba a venir a protegerlos, es el mismo hombre que 20 años después se subió a un avión sabiendo que lo esperaban para matarlo. Y la razón está en lo que pasó ese verano del 71.

Chalino tenía 11 años. Su madre había salido. Él estaba afuera de la casa cortando un limón para hacer agua fresca. Cuenta la familia y lo han repetido distintos reporteros de Sinaloa a lo largo de los años que un hombre del rancho entró a la casa aprovechando que señorina no estaba. Un hombre con dinero, con amigos armados, con influencia entre la gente que mandaba en esa parte de la sierra.

En el rancho lo conocían por un apodo y ese hombre atacó a Juana, la hermana mayor de Chalino. Chalino lo escuchó todo desde afuera. Escuchó la puerta, escuchó los golpes, escuchó lo que vino después, pegado a la pared de adobe con el limón todavía en la mano. Tenía 11 años y no podía hacer nada. Era demasiado chico.

El hombre era demasiado grande y no había una sola persona en kilómetros a quien pedirle ayuda. Juana no denunció. ¿A quién iba a denunciar? El hombre tenía a la ley de su lado, o más bien la ley no existía ahí. La familia Sánchez no tenía nada. Así que Juana se metió a su cuarto y no volvió a salir siendo la misma.

Señorina lloró en silencio para no asustar a los niños y Chalino, el más chico, el que lo había escuchado todo, se volvió callado de un día para otro. Quédate con esa palabra. Callado. Un niño de 11 años que se queda callado después de oír algo así no está olvidando, está esperando. Y el silencio de ese niño es una cuenta que alguien algún día va a pagar con intereses.

El que vino a cobrarla fue el mismo. 4 años después. El 17 de enero de 1975 hubo una fiesta de pueblo en las afueras de las flechas. Música, banda, gente bailando en un patio de tierra. Chalino tenía 15 años recién cumplidos. entró caminando despacio entre la gente. Traía una pistola calibre 22 escondida, una que, según se ha contado siempre en el rancho, le había prestado esa misma tarde un primo suyo.

Buscó entre los que bailaban hasta que lo encontró, el hombre que había atacado a su hermana. Y delante de todos, con 15 años, le vació el cargador, cuatro tiros. El hombre cayó entre la gente. Chalino no se quedó a ver nada. Salió corriendo hacia el monte y desapareció en la oscuridad. Y aquí está la primera pieza que casi nadie pone sobre la mesa cuando cuenta esta historia, porque parece un detalle menor y no lo es.

¿Quién le presta una pistola a un niño de 15 años para ir a matar a un hombre? ¿Y quién le enseñó esa misma noche el camino exacto por el monte hasta la carretera para que pudiera excavar antes de que amaneciera? Porque Chalino no improvisó. Alguien adulto le puso el arma en la mano y le dibujó la ruta de huida.

Una mano que se movió detrás de ese niño en la sombra. Recuerda esa mano. Va a volver al final de esta historia y cuando vuelva lo va a cambiar todo. Esa misma madrugada Chalino llegó a la carretera. De ahí tomó un camión a Culiacán. De Culiacán otro a Tijuana. En Tijuana cruzó la frontera a pie. De noche, de la mano de un coyote que le cobró los pocos billetes que su madre le había metido  en la bolsa del pantalón antes de despedirlo, sin saber bien si lo volvería a ver.

Llegó a Los Ángeles con lo puesto 15 años mal cumplidos, sin papeles y sin hablar una palabra de inglés. No regresó a las flechas en 15 años y cuando por fin regresó a Sinaloa en mayo del 92, fue para morir. Pero entre esa noche de la fiesta y esa última noche del papel, hay 17 años exactos. 17 años que alguien estuvo contando uno  por uno.

Aguanta, porque todavía falta entender de dónde salió el dinero, de dónde salió la fama y de dónde salió la primera de las cosas que ese hombre cargó hasta la tumba. Los Ángeles en 1975 era otra forma de rancho, sin cerros, sin polvo, pero con la misma regla de fondo. Los mexicanos recién llegados vivían amontonados  en cuartos compartidos, trabajaban en cocinas, en tintorerías, en los campos de fresa de Oxnard.

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