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La TRAGICA MUERTE de EDUARDO FRANCO ZANNIER Como NUNCA te la CONTARON

Para entender quién fue Eduardo Franco hay que pararse un momento en Paisandú. No es la capital, no es la ciudad más grande ni la más famosa de Uruguay. Es una ciudad del interior, de esas que tienen el ritmo más pausado de la vida, donde las personas se conocen entre sí, donde los apellidos se repiten de generación en generación y donde el talento de alguien pertenece a todos porque todos se sienten parte de lo mismo.

Eduardo nació ahí el 15 de marzo de 1945. Creció con su hermano Leonardo, que sería el primero en darle una guitarra entre las manos y el primero en escucharlo cantar de verdad. Con esa atención que tiene la gente cercana cuando de repente descubre que quien tiene al lado tiene algo extraordinario. En el colegio, Eduardo no era un alumno fácil.

No porque no fuera inteligente, era otra cosa. Era que su mente estaba en otro lugar. Los profesores lo regañaban, sus padres se preocupaban. Alguien llegó a pensar que quizás había algo que no funcionaba bien en ese chico que miraba siempre hacia la ventana cuando le hablaban. Pero no había nada que no funcionara. Todo funcionaba. Solo que funcionaba en otra frecuencia.

La frecuencia en que uno escucha una melodía en la cabeza antes de que nadie más la pueda oír. La primera banda nació en el colegio. Como nacen las mejores cosas, sin plan, sin presupuesto, con puro entusiasmo y con la certeza irracional de que algo va a funcionar, aunque no haya ninguna razón lógica para creerlo. Eduardo reunió a sus amigos.

Leonardo agarró la guitarra. Los demás fueron tomando sus instrumentos y juntos empezaron a tocar con ese nombre de los principios que suena ahora como una reliquia de otra época, pero que en ese momento era lo único que tenían. Los Blue Kings tocaron en su localidad.  La gente los escuchaba. Algo pasaba cuando Eduardo abría la boca, pero para grabar necesitaban equipo y el equipo costaba dinero que no tenían.

Y en todo Uruguay no había lo que necesitaban.  tuvieron que pedirlo por encargo desde el exterior y esperar un año entero, un año, 12 meses esperando que llegara una máquina que les permitiera capturar en algo tangible lo que ya existía en el aire cada vez que tocaban juntos. Cuando llegó, grabaron su primer disco y con ese primer disco el mundo empezó a prestarles atención.

La industria discográfica tiene ese olfato particular para reconocer lo que puede vender. Y lo que Eduardo Franco tenía en la voz era exactamente lo que el mercado latinoamericano de los años 60 estaba buscando sin saber que lo buscaba. La RC a los contrató, los mandaron a Argentina para crecer, les cambiaron el nombre y fue así bajo el nombre de los iracundos, como ese grupo de chicos de Paisandú, se convirtió en uno de los fenómenos más importantes de la balada romántica en toda América Latina.

El nombre sonaba a algo más grande que ellos mismos y en cierto modo lo era, porque lo que construyeron con ese nombre trascendió lo que cualquiera de ellos hubiera imaginado al principio. Las canciones de Eduardo no eran solo melodías, eran conversaciones con la gente que las escuchaba. Hablaban de amor con una honestidad que la audiencia reconocía como propia.

Había algo en su voz que no pretendía nada, que no actuaba,  que simplemente estaba ahí diciendo lo que tenía que decir y eso era suficiente para que millones de personas sintieran que alguien por fin los entendía. Pero hay algo de Eduardo Franco que lo hace diferente de la mayoría de los artistas que alcanzan ese nivel de reconocimiento.

Nunca se fue, nunca dejó Paisandú. Mientras la fama crecía, mientras las giras los llevaban cada vez más lejos, mientras el mundo de la música latina empezaba a pronunciar su nombre con el respeto que se guarda para los que ya no necesitan presentación, Eduardo terminaba cada tour y volvía. Volvía a su ciudad, a su casa, a su familia, a María.

La había conocido en los estudios de la RSA. esa clase de encuentros que parecen casuales, pero que cuando los miras con perspectiva entiendes que no podían haber sido de otra manera. Se casaron 8 meses después de conocerse. Tuvieron tres hijos y en una industria que premia el sacrificio de la familia en el altar de la carrera, Eduardo Franco hizo algo que muy pocos hacen.

Se negó a ese sacrificio. Sus únicos amigos eran sus compañeros de banda. Salía del escenario y volvía a casa. Salía del estudio y volvía a casa.  No buscaba la vida nocturna de las ciudades que visitaba. No necesitaba el glamur extra. Lo que necesitaba estaba en Paisandú. Hay momentos en una carrera artística que ponen a prueba lo que uno realmente valora.

Eduardo Franco tuvo uno de esos momentos. Llegó una propuesta concreta, seria, económicamente irresistible, un contrato millonario en Estados Unidos para lanzarse como solista. El tipo de oportunidad que la mayoría de los artistas esperan durante décadas y que cuando llega los hace sentir que finalmente el mundo los reconoce en toda su dimensión.

Eduardo la rechazó sin drama, sin negociaciones interminables. La rechazó porque lo que implicaba aceptarla era dejar a su banda, dejar a su hermano, dejar a las personas con quienes había construido todo lo que tenía y eso no era un precio que estuviera dispuesto a pagar. Esa decisión dice más sobre quién era Eduardo Franco que cualquier premio o cualquier récord de ventas.

Los años 80 llegaron con nuevos proyectos, con nuevas giras, con canciones que seguían encontrando su lugar en las listas de éxitos latinoamericanas. El nombre de los iracundos seguía vigente con una solidez que desafiaba la lógica de una industria que en esa época ya empezaba a cambiar a un ritmo vertiginoso.

Y entonces, en medio de ese momento de renovación, Eduardo empezó a sentir algo que al principio parecía simplemente cansancio. el tipo de cansancio que uno achaca al ritmo de vida que lleva, a las giras largas, a las noches cortas, al esfuerzo acumulado de años tocando con una intensidad que no da descanso, el tipo de cansancio que uno pospone atender, porque siempre hay algo más urgente que hacer.

Pero este no era ese tipo de cansancio, algo más estaba pasando. Y el cuerpo de Eduardo lo sabía antes que nadie más. La pérdida de peso fue lo que encendió las alarmas. No fue gradual, no fue el tipo de cambio que uno procesa de a poco, fue repentina, visible, de esa clase que hace que la gente cercana te mire diferente sin decir nada, esperando que tú digas algo primero.

Cuando llegaron de vuelta a Uruguay,  su familia lo vio y esa mirada fue suficiente para que Eduardo hiciera lo que llevaba tiempo postergando, ir al médico. Los exámenes tomaron su tiempo, las pruebas fueron exhaustivas y cuando llegaron los resultados, lo que encontraron era algo que ya llevaba más de dos años instalado en su cuerpo sin dar señales visibles de su presencia.

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