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La tragedia oculta de Marilyn Monroe: fama, Kennedy y el misterio que nunca terminó

En aquel  entonces nadie buscaba nombres artísticos. Se llamaba Norma Jean Mortenson.  Su madre, Gladis Pearl Baker, trabajaba en un laboratorio fotográfico cortando negativos de películas en las que nunca imaginó  que su hija sería la protagonista absoluta. Gladis era una mujer frágil, marcada  por una herencia familiar de inestabilidad mental que pronto se manifestaría de la manera más cruel.

 El padre de Norma Jin era una sombra,  una ausencia que marcaría la psicología de la niña para siempre. pasó su infancia escuchando historias contradictorias sobre quién era ese hombre y esa carencia de una figura paterna  se convertiría en el motor de su búsqueda constante de protección en hombres poderosos años más tarde.

Marilyn Monroe at 100: Celebrating the superstar's enduring legacy - ABC News

 A los pocos días de nacer, la pequeña Norman Jan fue entregada a una familia de acogida. No fue un acto de crueldad  deliberada, sino de supervivencia. Gladis no podía cuidar de ella. Imaginen la vida de una niña que crece sabiendo que su madre vive a pocas calles de distancia,  pero que no puede abrazarla ni llamarla mamá de la forma en que lo hacen los demás niños.

 Los Bollender, sus primeros padres de acogida, eran personas religiosas y estrictas. Allí, Norma Jin aprendió que la vida era  algo que se ganaba con obediencia y silencio, pero el equilibrio era precario. Cuando Gladis intentó recuperar a su hija y comprar una pequeña casa para ambas, la tragedia golpeó de nuevo. Un brote psicótico severo llevó a Gladis a ser diagnosticada con esquizofrenia paranoide y a ser recluida en hospitales psiquiátricos durante gran parte del resto de su vida.

 A partir de ahí, la infancia de la futura Marilyn se convirtió en un desfile  de hogares temporales y orfanatos. fueron 12 familias diferentes. En algunos lugares fue tratada como una ayudante de cocina, en otros simplemente como un cheque  del estado que llegaba cada mes. Pero lo más devastador fueron los abusos que sufrió en el silencio de esas casas extrañas.

 Marilyn hablaría años después con una valentía inusual para su época sobre las manos que no debían tocarla y las sombras que acechaban en los pasillos de sus hogares de acogida.  Estas experiencias fracturaron su p sique, creando una barrera entre su cuerpo y su mente. Una desconexión que más tarde usaría para actuar, pero que en la intimidad le impediría encontrar la paz.

 Para 1942, con apenas 16 años,  la joven Norma Jin se enfrentaba a una decisión imposible. Su última familia de acogida se mudaba fuera del estado y ella no podía ir con ellos. La alternativa era volver al orfanato. La solución que encontraron fue el  matrimonio. Se casó con James Dougerty, un vecino de 21 años que trabajaba en una fábrica de aviones.

 No fue una boda por amor, fue una boda  por seguridad. Era una niña jugando a ser ama de casa, cocinando chuletas de cerdo y tratando de encajar en el molde de la esposa perfecta de la clase obrera estadounidense durante  la Segunda Guerra Mundial. Mientras James se iba a servir en la Marina Mercante,  Norman Jean entró a trabajar en la fábrica Radio Plany, donde su labor consistía en rociar con barniz ignífugo las alas de los drones de reconocimiento.

 Fue allí,  entre el olor a pintura y el ruido de la maquinaria pesada, donde el destino intervino de la mano de un fotógrafo militar llamado David Conover. Él buscaba imágenes de mujeres trabajando para elevar la moral de las tropas.  Cuando su lente captó el rostro de Norman, supo que había algo distinto. No era solo belleza, era una luminosidad que parecía emanar de su piel, una forma de captar la luz que resultaba casi magnética.

 Con Over la animó a dejar la fábrica y a probar suerte como modelo. Y así, mientras su marido estaba en el Pacífico, Norm empezó a transformarse, se aclaró el cabello, estudió sus ángulos frente al espejo y empezó a a entender que su imagen era una moneda de cambio, una herramienta para escapar del anonimato y del hambre que siempre la había perseguido.

 En 1946, el divorcio fue inevitable.  James quería una esposa que lo esperara con la cena lista. Ella quería el mundo. Ese mismo año firmó su primer contrato con la 20th Century Fox. El nombre de Norma Jean fue enterrado. Un ejecutivo del estudio, Ben Lion, sugirió el nombre de Marilyn en honor a la estrella de Broadway, Marilyn Miller, y ella eligió  Monroe, el apellido de soltera de su abuela.

Había nacido el mito, pero el camino hacia la cima no sería una línea recta de éxitos. Los primeros años en Hollywood fueron brutales. Los estudios la trataban como a una propiedad desechable. Le daban papeles minúsculos, la enviaban a fiestas para que acompañara a hombres importantes  y la obligaban a someterse a pequeñas cirugías estéticas para perfeccionar su línea de la mandíbula y su nariz.

Marilyn, sin embargo, no era la rubia tonta  que el estudio quería vender. Era una lectora voraz, una mujer que se inscribió en cursos de literatura en la Universidad de California,  mientras otros actores se limitaban a ir de fiesta en fiesta. Tenía una conciencia aguda de su propia carencia de educación formal y luchaba cada día por compensarla.

 Pero Hollywood tiene una forma particular de encasillar  a las personas. Para los jefes de los estudios como Daryl Fanuk, ella no era más que un cuerpo bonito que vendía entradas.  Ella sentía esa deshumanización profundamente. En sus diarios, que se descubrieron décadas después,  escribía sobre la sensación de ser un producto expuesto en un escaparate, esperando a que alguien la comprara para luego dejarla olvidada en un estante.

 A finales de los años 40, su carrera parecía estancada. Había sido despedida de la Fox, luego contratada por la Columbia y nuevamente dejada de lado. Fue en este periodo de incertidumbre cuando ocurrió uno de  los episodios más famosos y a la vez más indicativos de su vulnerabilidad. La sesión de fotos desnuda para un calendario.

 Lo hizo por desesperación económica para pagar el alquiler. Esas fotos que años después casi destruyen su carrera fueron en realidad el grito de auxilio de una  mujer que no tenía a nadie en quien confiar. Cuando las fotos salieron a la luz en 1952  en lugar de hundirla, su honestidad al admitir que lo hizo porque tenía hambre la conectó con el público de una manera que ningún departamento de marketing habría podido prever.

 El ascenso de Marilyn fue un fenómeno de masas, pero también el inicio de su aislamiento. A medida que su rostro se hacía más grande en las pantallas de cine, la persona real, esa Norma Jin, que todavía  buscaba el rastro de su madre en los ojos de los extraños, se hacía cada vez más pequeña, más difícil de encontrar.

 Se encontraba en el umbral de convertirse en la mujer más deseada del planeta. Pero el precio de esa entrada al Olimpo de Hollywood estaba a punto de ser cobrado en una moneda que ella aún no comprendía del todo, su propia identidad. La transformación estaba completa,  pero el alma que habitaba aquel cuerpo de diosa estaba a punto de enfrentarse a los tiburones de una industria que no permite que sus ídolos sean seres humanos complejos.

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