Como un joven artista de la Plata termina convirtiéndose en el músico más convocante del país. ¿Cómo nacen los redonditos de ricota? ¿Y por qué cambian para siempre la historia del rock nacional? ¿Qué ocurre detrás de la ruptura con Sky Bailingson? ¿Cómo se construye la mística de las misas ricoteras? ¿Qué papel juegan tragedias como el caso Bulácio o la noche de Ola en su leyenda? Y sobre todo, como un hombre que siempre desconfía de la fama termina convirtiéndose en uno de los mayores mitos de la cultura argentina.
Para responder a estas y otras preguntas, haremos un recorrido que culminará el 5 de junio de 2026, el día que murió el indio Solari. 10 dormirá. Los años de formación. Son pocos los periodistas que aseguran que mucho antes de convertirse en músico, el indio construye una muy especial cosmovisión para interpretar el mundo.

Se trata de un ser sensible y desconfiado, alguien que desde muy temprana edad ya parece intuir que algo se esconde tras los entretelones de la realidad. Un buscador nato, para decirlo sin rodeos, Carlos Alberto Solari, nace el 17 de enero de 1949 en la ciudad de Paraná. Aunque gran parte de su infancia y adolescencia transcurre en La Plata, la Argentina que lo rodea atraviesa una época de profundas transformaciones culturales.
El rock comienza a desarrollarse como una expresión juvenil propia y aparecen figuras que buscan crear una identidad diferente a la música comercial de la época. En ese contexto, Solari absorbe influencias muy diversas, lee compulsivamente, se interesa por las artes visuales, consume literatura contracultural y desarrolla una mirada crítica sobre la sociedad que lo rodea.
Durante los años 60 trabaja en distintos empleos y participa en círculos artísticos alternativos, más como un observador obsesivo que otra cosa. Se alimenta de imágenes, metáforas y personajes que encuentran libros, calles y conversaciones. Es insaciable. A comienzos de la década de 1970 conoce a personas que marcarán definitivamente su destino artístico.
Entre ellas aparece una figura fundamental, Eduardo Bailingson. Sky, como pronto será conocido, comparte intereses culturales similares y una visión poco convencional sobre el arte y la música. La conexión creativa entre ambos resulta inmediata y se llena de madrugadas eternas. Al mismo tiempo, surge otra protagonista indispensable.
Se trata de Carmen Castro. Su papel excede ampliamente las tareas habituales de una representante. Poli aporta organización, visión estratégica y una enorme capacidad para sostener proyectos en condiciones adversas. Décadas más tarde, muchos observadores coincidirán en que la historia del indio y de los redondos resulta imposible de comprender sin su presencia.
La segunda mitad de los años 70 encuentra el país bajo la sombra de la dictadura militar. Los espacios culturales independientes sobreviven con dificultades y muchos artistas enfrentan censura, persecución o directamente se exilian. En ese escenario, con todo en contra, comienza a tomar forma un proyecto artístico extraño, marginal y profundamente distinto a todo lo que existe en ese momento.
No es una banda convencional, ni un colectivo teatral, ni una compañía performática. Es una mezcla de todas esas cosas. Es en parte la fantasía de Solari, por fin derramándose sobre el mundo. Hacia 1976, ese experimento recibe un nombre que con el tiempo adquirirá dimensiones míticas, Patricio Rey y sus redonditos de ricota.
Lo que empieza como una aventura artística casi clandestina está a punto de transformarse en uno de los fenómenos más extraordinarios de la cultura argentina, el nacimiento de una leyenda. Quienes estuvieron ahí, no duden en afirmar que los primeros espectáculos de la banda se parecen más a experiencias artísticas colectivas que a recitales de rock tradicionales.
En el centro de todo aparece una figura invisible, Patricio Rey. Nadie sabe exactamente quién es. Algunos recién llegados creen que se trata del líder del grupo. Otros imaginan que es un músico oculto o un productor misterioso. En realidad, Patricio Rey es un personaje ficticio, una invención colectiva que funciona como una especie de símbolo interno de la banda. La idea resulta brillante.
Mientras otros grupos construyen su identidad alrededor de nombres propios, los redondos crean un mito. Desde el comienzo, la leyenda forma parte de la obra. No hay en ellos música y nada más. Hay conjuro. Es por eso que no resulta extraño que se hable de sus recitales como misas. Ya vamos a llegar a eso. Ahora nos resta saber que sobre esos primeros rifs aparecen letras cargadas de imágenes ambiguas, referencias culturales, ironías políticas y escenas difíciles de descifrar.
Cada canción parece esconder múltiples significados. Solari demuestra ser un compositor tan amplio como hermético. La llegada de la democracia en 1983 abre un nuevo escenario para el rock argentino. Mientras muchas bandas buscan ingresar a los grandes medios de comunicación, los redondos continúan construyendo un camino propio con furia.
En 1985 editan Gulp, su primer álbum de estudio dando puntapié inicial a un ascenso meteórico. Un año después, en el 86 llega octubre. Con el paso del tiempo será considerado uno de los discos más importantes de la historia del rock argentino. Su portada, diseñada por el artista Rock andle, se vuelve un icono cultural casi de inmediato.
Y acá vale la pena detenernos para hacer énfasis en algo. Los redondos parecían intervenir e impactar en su presente de modo directo. Nunca se trató de una de esas bandas que precisan de la distancia para ser rescatadas como un fenómeno. Les tocó quizás la más difícil de las tareas, ser héroes en tiempo directo y Solari estuvo a la altura.
Las canciones de los redonditos profundizan la identidad del grupo. El sonido gana fuerza y las letras del indio se vuelven más densas, más oscuras y más sugerentes. Para muchos seguidores, aquí nace definitivamente el universo ricotero. Los redondos, de modo lento pero sin pausa, pasan de ser una banda de culto a convertirse en el mayor fenómeno popular del rock argentino.
Pero claro, junto a los estadios llenos, las multitudes y la idolatría también llegan las primeras controversias que acompañarán al grupo durante el resto de su historia. Hablamos de controversias fatales. La década que cambia el rock. Los años 90 encuentran a la Argentina atravesando profundas transformaciones económicas, sociales y culturales.
La televisión multiplica su influencia, las grandes discográficas expanden sus negocios y el rock nacional se convierte en una industria cada vez más poderosa y por momentos artificial. En medio de ese escenario, Patricio Rey y sus redonditos de ricota protagonizan un fenómeno paradójico. Cuanto más crece su popularidad, más se aleja de los mecanismos tradicionales de promoción.
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El grupo concede pocas entrevistas, evita los programas de televisión y mantiene una relación distante con la prensa especializada. El indio Solari comienza a transformarse en una figura casi mitológica. En 1991 aparece La mosca y la sopa. El disco vende miles de copias y contiene canciones que rápidamente se incorporan al repertorio clásico de la banda.
Pero junto con el crecimiento aparecen las primeras polémicas importantes. Las enormes convocatorias generan preocupación entre autoridades municipales, fuerzas de seguridad y organizadores. En varios recitales se producen incidentes, enfrentamientos y problemas logísticos derivados del volumen del público. Muchos prevén que si no se hace algo, las cosas pueden terminar mal y eso es lo que eventualmente sucede.
El punto de inflexón se produce el 19 de abril de 1991. Después de un recital realizado en el estadio Obras Sanitarias en Buenos Aires, la policía lleva adelante una serie de detenciones conocidas popularmente como racias. Entre los jóvenes arrestados se encuentra Walter Bulazio, de 17 años. Según las investigaciones posteriores, el adolescente sufre graves agresiones mientras permanece bajo custodia policial.
Días más tarde, Walter Bulaio muere como consecuencia de las lesiones sufridas. El caso provoca una enorme conmoción social y rápidamente se convierte en uno de los episodios más emblemáticos de la violencia institucional en la Argentina democrática. Una Argentina democrática que al parecer no se terminó de sacar todas las botas.
Lo que sucede aquella noche de abril trasciende largamente a una banda de rock y se convierte en un debate nacional sobre derechos, violencia estatal y responsabilidad institucional. Aunque Solari y los miembros de Patricio Rey y sus redonditos de ricota son cuestionados por no participar activamente en las marchas de la familia, el músico remarca que el repudio y la represión provenían directamente de las fuerzas policiales y critica a ciertos sectores por utilizar la tragedia políticamente.
Muchos dicen que tras esto la banda puede entrar en un agujero negro que detenga su crecimiento, nada más lejos de la realidad. La banda, aún con todos los ojos críticos encima, no se deja intimidar. Nadie sabe que el quiebre en realidad se vive puertas adentro. La llegada a la cima y las rupturas. La expansión continúa en 1993 con lobo suelto cordero atado y en 1996 con luzito.
Para entonces, los conciertos ya movilizan decenas de miles de personas. En muchas ciudades, la llegada de los redondos se convierte en un acontecimiento de dimensiones extraordinarias. El indio mantiene una relación compleja con esa devoción. Por un lado, comprende la intensidad emocional que generan los recitales. Por otro, expresa en distintas ocasiones cierta incomodidad frente a la idolatría excesiva.
Más allá de esto, detrás del éxito comienzan a aparecer tensiones internas que se vuelven difíciles de ocultar. Las diferencias entre los principales integrantes crecen lentamente y amenazan con romper una sociedad artística que parecía indestructible. En 2001 sucede lo que todos temen. Ese año tiene lugar el último recital de Patricio Rey y sus redonditos de ricota en el estadio Cható Carreras de Córdoba.
En aquel momento nadie sabe que está presenciando el final de una época. No hay anuncios de despedida ni comunicados oficiales que anticipen el desenlace. El grupo simplemente deja de actuar en vivo justo en un año que marcará un antes y un después en Argentina con una crisis sin precedente. Los meses pasan y la distancia entre los integrantes de los redonditos se vuelve irreversible.
Así todo la posibilidad de una reunión comienza a transformarse en una obsesión colectiva. Cada entrevista genera nuevas especulaciones. Cada declaración es analizada minuciosamente por periodistas y por fanáticos. Sin embargo, mientras el público intenta aceptar el final de los redondos, el indio ya está preparando una nueva etapa.
Muchos creen que su carrera alcanzó el punto máximo junto a la banda, pero los acontecimientos demostrarán lo contrario. El indio aún tiene mucho para dar y sobre todo para decir el fenómeno solari. Cuando el indio solari inicia formalmente su carrera solista, gran parte del ambiente musical observa el proceso con incertidumbre.
La pregunta parece inevitable. ¿Puede existir el fenómeno ricotero sin los redondos? La respuesta comienza a llegar en 2004 con la formación de los fundamentalistas del aire acondicionado. El nombre despierta curiosidad entre los seguidores y pronto se transforma en el vehículo artístico de la nueva etapa.
Durante los primeros años, el proyecto avanza con cierta cautela. El público acompaña, pero todavía existe una expectativa inmensa alrededor de cómo será el regreso definitivo del indio a los escenarios. En 2004 aparece el tesoro de los inocentes. El disco genera un impacto inmediato. Lo que ocurre en los recitales sorprende incluso a muchos observadores experimentados.
Lejos de disminuir, la convocatoria parece multiplicarse. A lo largo de la década del 2010, los números alcanzan dimensiones históricas y el indio se convierte en el artista más convocante del país. Para muchos jóvenes, incluso para aquellos que nunca veran los redondos en vivo, asistir a uno de sus recitales se transforma en una experiencia iniciática.
Mientras tanto, la figura pública del indio continúa evolucionando. Sus entrevistas se vuelven acontecimientos mediáticos. Sus opiniones sobre política, cultura, medios de comunicación y realidad social generan repercusiones inmediatas. Lo único que prometí siempre hacer canciones y a veces el mundo presenta una pelotudez adecuada al discurso que uno tiene y uno se transforma en algo más que un soundriter, ¿no? Y con toda la responsabilidad que eso tiene y que sin darte cuenta el monstruo te va se va pareciendo a vos, ¿viste? Ese diseño de mente que
hacen miles de personas. Claro, un día empezas a darte cuenta que te comportas de acuerdo a ello. Entonces, te querés poner ese chaleco y forzas la situación y no te das cuenta todas las cosas de tu propia vida que vas dejando en el camino. A diferencia de muchos artistas que intentan evitar posiciones públicas, Solari expresa sus ideas con una franqueza que suele despertar intensos debates.
Esa característica se vuelve especialmente visible durante los años de creciente polarización política en Argentina. Está viviendo una nueva etapa dorada hasta que la tragedia vuelve a cernirse sobre él. El 11 de marzo de 2017, en una ciudad de la provincia de Buenos Aires tendrá lugar uno de los episodios más dolorosos de la historia del rock argentino.
Olá Barría, la noche que lo cambia todo. El recital del indio Solari en Ola promete convertirse en uno de los eventos musicales más importantes del año. Durante las horas previas al show ya existen señales de alarma. Las estimaciones sobre la cantidad de asistentes varía considerablemente. La ciudad recibe una cantidad de visitantes extraordinaria y las condiciones de control comienzan a volverse cada vez más complejas.
Cuando el recital empieza, el ambiente combina entusiasmo y tensión. El público ocupa sectores previstos y también zonas que originalmente no forman parte del diseño operativo. A medida que avanza la noche se producen movimientos masivos de personas dentro del predio. Las imágenes registradas muestran una concentración humana impresionante.
En medio del espectáculo comienzan a circular rumores sobre incidentes graves. La incertidumbre crece mientras el recital continúa desarrollándose. Las horas posteriores revelarán la dimensión real de la tragedia. Esa noche mueren dos personas, Javier León y Juan Francisco Bulazo. Sí, otro bulácio. La cruel casualidad vuelve ese apellido una marca dura para el mundo ricotero.
La noticia impacta profundamente en la opinión pública. Los medios nacionales dedican una cobertura permanente al caso. Surgen investigaciones judiciales, debates sobre responsabilidades y cuestionamientos dirigidos a distintos actores involucrados en la organización del evento. Durante los días siguientes, la figura del indio queda ubicada en el centro de una violenta tormenta mediática.
Algunos sectores lo responsabilizan por la magnitud de la convocatoria. Otros sostienen que las fallas corresponden principalmente a cuestiones organizativas, operativas y de control estatal. Las discusiones se extienden durante años y generan posiciones muy enfrentadas. El propio Solari se refiere públicamente al episodio en diversas oportunidades y queda claro que la tragedia de Ola se convierte en una herida que acompañará el resto de su carrera. No hay caso.
Su arte lo lleva a la gloria, pero la oscuridad no deja de estar presente. Mientras el país debate las consecuencias de aquella noche, emerge otra noticia que modifica completamente la perspectiva sobre el futuro del artista. Apenas unos meses antes, Solaria había revelado públicamente una condición que mantenía en reserva desde hacía tiempo, una enfermedad neurodegenerativa que abrirá una nueva etapa en su vida.
Por primera vez, el hombre que durante décadas parece invencible se enfrenta a una batalla profundamente personal y esa lucha terminará mostrando una faceta mucho más íntima y vulnerable del personaje que durante años permanece oculto detrás del mito. El hombre detrás del mito. En 2016, durante una extensa entrevista televisiva, el indio Solari realiza una revelación que conmueve al mundo de la música argentina.
Después de años de especulaciones sobre su estado de salud, confirma que padece Parkinson. Solari aborda el tema con la misma sinceridad que caracteriza buena parte de sus entrevistas. No intenta convertir la enfermedad en un espectáculo ni en una campaña de victimización. Habla de ella como una realidad con la que debe convivir.
Aún así, continúa produciendo música. En 2018 publica El Ruisñor, El amor y la muerte. Muchos oyentes encuentran en sus canciones reflexiones sobre el paso del tiempo, la fragilidad humana y la conciencia de la propia mortalidad. Como ocurre habitualmente con su obra, las interpretaciones son múltiples, pero hay algo más claro en la superficie.
Es un artista maduro mirando al futuro a los ojos. Nada de lo que atraviesa le prohíbe seguir siendo una figura audaz. Sus opiniones políticas siguen despertando fuertes reacciones y no dejan a nadie indiferente. Determinados sectores cuestionan declaraciones vinculadas a gobiernos, dirigentes u acontecimientos de la actualidad.
Lo cierto es que incluso lejos de los escenarios, el indio conserva una capacidad singular para influir en el debate público, siempre defendiendo las causas sociales, siempre denunciante, siempre certero. Las posibilidades de un regreso masivo a los escenarios se vuelven cada vez más remotas.
La reunión de los redondos, que durante años alimenta fantasías ricoteras, parece definitivamente imposible cuando se ve como el Parkinson maltrata a Solari. Sin embargo, la discusión ya no gira alrededor de futuros conciertos. La pregunta que comienza a imponerse es otra. ¿Qué lugar ocupa realmente el indio dentro de la historia argentina? El último gran mito del rock argentino.
Solari muere el 5 de junio de 2026 a los 77 años por causas ligadas a su enfermedad. Es imposible no ver hacia atrás y notar que decenas de bandas incorporan elementos inspirados en su obra. Algunas toman aspectos musicales, otras se sienten atraídas por la independencia artística que caracteriza a los redondos, todas observan con admiración la capacidad de construir una identidad propia, sin depender completamente de los grandes medios de comunicación.
Las letras, por su lado, continúan circulando con una vitalidad sorprendente. Para algunos representa rebeldía, para otros poesía. Hay quienes encuentran en sus canciones una forma de interpretar la realidad. Otros simplemente descubren compañía en momentos difíciles. Cada persona parece construir su propio indio Solari, una versión íntima y personal que convive con millones de versiones distintas.
Sin temor a equivocarnos, podemos decir que hay algo que el Indio Solari representa y que ningún algoritmo podría haber fabricado. La certeza de que existió un rock que no pedía permiso, que no buscaba playlist. ni viral ni validación de plataforma alguna. Un rock que circulaba en cassettes gastados y en fotocopias de letras que pasaban de mano en mano.
Un rock de estadios donde la electricidad no venía del sonido, sino de los cuerpos. El indio fue la figura más descomunal de ese mundo analógico y frontal, de ese tiempo en que la música no era contenido, sino acontecimiento. Fue humano detrás de cada máscara, inseguro y feroz, tierno y áspero, capaz de hablar de la muerte con la ligera de quien ya la conoce de cerca.

Nunca se dejó domesticar del todo y eso es exactamente lo que vuelve imposible olvidarlo. La pregunta que lo sobrevive es, ¿cómo explicarle a quien no lo vivió lo que fue estar ahí? ¿Cómo describir a alguien que parecía salido de un sueño perturbador y hermoso de esos que uno no elige, pero tampoco olvida? La respuesta quizás está en una de sus propias canciones.
Porque quienes lo vieron en vida, quienes sintieron el suelo temblar bajo sus pies en alguna de esas misas inmensas, quienes escucharon su voz raspar las paredes de algún departamento a medianoche, tienen un privilegio que nadie les puede quitar, el de decir con toda la certeza del mundo que no lo soñaron.