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Haya de Jordania: la princesa que escapó del lujo de Dubái

Su madre era la princesa Alia Alhusin, una mujer de una belleza serena y de una inteligencia reconocida, incluso en los círculos más exigentes de la diplomacia árabe. Pero la vida de la pequeña Aya cambió para siempre cuando tenía apenas 3 años. En febrero de 1977, la princesa Alia murió en un accidente de helicóptero cerca del hospital de Tafilá, en el sur de Jordania.

Era una misión humanitaria. Iba a visitar a enfermos. El aparato cayó y con él cayó el mundo de una niña de 3 años que de pronto se encontró sin madre en un palacio lleno de protocolos y silencios. Ese golpe temprano marcaría a de una manera profunda e irreversible. Quienes la conocieron en su infancia dicen que era una niña seria, observadora, que escuchaba más de lo que hablaba, que preguntaba más de lo que se esperaba de una princesa.

Tenía hambre de entender el mundo, no solo de habitarlo. Y eso, precisamente eso, sería tanto su mayor fortaleza como la raíz de todos sus conflictos futuros. El rey Jusín volvió a casarse primero con la princesa Muna, luego con la reina Alia, luego con la reina Nur. Haya creció entre madrastras, hermanastros y la sombra siempre presente de un padre adorado, pero inevitablemente ocupado, con los asuntos del reino.

No era una infancia triste. Exactamente. Era una infancia intensa, llena de viajes, de encuentros con líderes mundiales, de conversaciones que ningún niño normal habría tenido jamás. Pero era también una infancia en la que aprendió muy pronto que las apariencias y la realidad son dos cosas completamente distintas. A los 16 años, Haya descubrió los caballos, o más bien redescubrió en ellos algo que ya llevaba dentro.

La equitación se convirtió en su refugio, en su forma de hablar sin palabras, en su manera de sentir que controlaba algo en un mundo donde casi todo estaba decidido de antemano. Entrenaba con una disciplina que asombraba a sus instructores. Se levantaba antes del amanecer. caía, se levantaba, volvía a caer y seguía.

Ese espíritu la llevaría años después a convertirse en la primera mujer árabe en competir en los Juegos Olímpicos en la disciplina de salto Ecuestre. Fue en Sydney en el año 2000. El mundo la miraba no solo como atleta, sino como símbolo. Una princesa árabe compitiendo en los Juegos Olímpicos con casco y botas en un estadio donde la bandera de Jordania ondeaba junto a las de todas las naciones del mundo.

Era una imagen que muchos no olvidarían. Pero los caballos no eran solo deporte para Aya, eran también el hilo que conectaba dos mundos que parecían no tener nada en común. Y fue precisamente a través de los caballos como conoció al hombre que cambiaría su vida para siempre, para bien y para mal al mismo tiempo.

Su nombre era Mohamed bin Rashid al Mactum y era el dueño de los mejores caballos del mundo. Mohamed bin Rashid Al Mactum no era un hombre cualquiera. Era en todos los sentidos posibles de la palabra una figura monumental. Gobernante de Dubai desde 2006 y primer ministro de los Emiratos Árabes Unidos, había transformado un desierto en una de las ciudades más espectaculares del planeta.

Rascacielos que desafiaban la física, islas artificiales visibles desde el espacio, aeropuertos que recibían a 100 millones de pasajeros al año. Todo eso era en gran medida, obra de su voluntad y su visión. Pero antes de ser el arquitecto de Dubai, Mohamed era conocido en otro mundo completamente diferente. Era el dueño de Godolphin, la cuadra de carreras más famosa y exitosa del planeta.

Caballos suyos habían ganado el derby de Epson, el PRI del Ark de Triomph, las carreras más prestigiosas de Europa, América y Asia. Su pasión por los caballos no era un hobby de hombre rico. Era una obsesión meticulosa, casi científica, que lo llevaba a involucrarse personalmente en cada detalle de la cría, el entrenamiento y la competición de sus animales.

Y fue en ese mundo, el mundo de las pistas de hierba inglesa y los padocs irlandeses, donde los caminos de Mohamed y Haya comenzaron a cruzarse. Ella, joven princesa Jordana con medalla olímpica y una reputación de seriedad y disciplina. Él, 28 años mayor, con tres esposas anteriores, gobernante de un emirato y patriarca de una dinastía.

La diferencia de edad, la diferencia de estatus, la diferencia de todo era evidente para cualquiera que mirara desde afuera. Pero Jaya no miraba desde afuera. Ella veía en Mohamed algo que pocos se permitían ver. Detrás de la imagen del gobernante todopoderoso había un hombre que escribía poesía en árabe clásico, que amaba los caballos con una ternura casi contradictoria con su reputación de hombre de hierro y que tenía una capacidad para fascinar a las personas que iban mucho más allá del poder que ostentaba.

Era carismático, de una manera que no se aprende ni se compra. Era de esa clase de hombres que cuando entran a una habitación, la habitación cambia. Se casaron en 2004. Aya tenía 29 años. Mohamed tenía 55. La boda no fue un evento privado, fue un acontecimiento de estado celebrado con la pompa y la solemnidad que correspondía a la unión entre dos de las familias reales más influyentes del mundo árabe, Jordania y Dubai.

Los jachemitas y los Almattum. Historia y futuro en una sola ceremonia. Al principio, la vida en Dubai parecía cumplir todas las promesas. Aya se instaló en el palacio de Savil, una residencia que por sus dimensiones y su lujo era difícil de describir sin recurrir a los superlativos. tenía a su disposición aviones privados, un equipo de centenares de personas y una agenda diplomática que la llevaba a reunirse con presidentes, primeras damas y directores de organismos internacionales.

El mundo la recibía como lo que era, una mujer inteligente, culta, comprometida con causas humanitarias y ella no desperdició ese acceso. se convirtió en embajadora de buena voluntad del programa mundial de alimentos de las Naciones Unidas. Viajó a zonas de conflicto, a campos de refugiados, a regiones donde la palabra princesa sonaba a algo de otro planeta.

Pero ella iba, escuchaba, se fotografiaba no en galas de gala, sino junto a niños con los ojos grandes por el hambre. Eso le ganó un respeto que ningún protocolo podía fabricar. Tuvieron dos hijos. En 2007 nació Jalila, una niña. En 2012 llegó Sayed, un niño. Para el mundo exterior, la familia parecía completa, equilibrada, casi perfecta dentro de los parámetros de lo que se considera perfecto en ese universo de poder absoluto.

Pero dentro de los muros del palacio la realidad era muy distinta. Mohamed tenía otras esposas. Eso no era un secreto ni una sorpresa dentro del marco legal y cultural de los Emiratos. La ley islámica permite hasta cuatro esposas y Mohamed las tenía. Hay la más joven, la más occidental en su formación y, en muchos sentidos, la más visible internacionalmente.

Pero no era la única. Y con el tiempo la dinámica de ese universo polígamo comenzó a pesar de maneras que nadie que no lo haya vivido puede comprender del todo. Lo que Haya no esperaba, lo que ninguna preparación diplomática ni ninguna educación en Oxford podía haberla preparado para afrontar, era lo que comenzó a suceder con las hijas de Mohamed de otros matrimonios.

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