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Frida Kahlo: Su Marido la Traicionó con su Hermana… Ella lo Pintó Todo para que el Mundo lo Supiera

Miren, una bailarina. No era una bailarina, era Frida Calo. Y lo que viene en los próximos minutos es la historia de lo que le costó ser exactamente esa mujer. El mundo vio los cuadros. Nadie quiso ver el precio que costaron. Esta historia no es la que te contaron en la escuela, ni la que aparece en los documentales con música tranquila y colores brillantes.

Ese video ya existe mil veces. Este vídeo se hace una sola pregunta. ¿Cuánto costó ser Frida Calo? El precio físico de un cuerpo sometido a 35 intervenciones quirúrgicas a lo largo de toda una vida. El precio emocional de amar a un hombre que la traicionó con su propia hermana, la hermana a quien ella más quería, y volver con ese hombre de todas formas.

El precio artístico de que el mundo tardara décadas en verla a ella y no al apellido de su marido. La pregunta no tiene una respuesta fácil, ni siquiera tiene una respuesta justa, pero tiene una respuesta verdadera. Y esa es la única que importa. En los próximos minutos vas a descubrir siete cosas sobre Frida Calo que nadie te contó.

 Te avisaré cuando llegue cada una. Pero antes de continuar, si todavía no estás suscrita a este canal, este es el momento de hacerlo. Aquí contamos lo que los libros de arte y los documentales convencionales deciden no contar. El precio real de las historias que el mundo convirtió en leyenda. Pulsa suscribirse, no cuesta nada y nos ayuda muchísimo a seguir.

Pero para entender cómo llegamos hasta aquí, hay que volver al principio. Magdalena Carmen Frida. Calo Calderón. Nació el 6 de julio de 1907 en Coyoacán, que en esa época era todavía una pequeña localidad en las afueras de Ciudad de México, con calles de piedra y mercados y ese ritmo particular de los lugares donde todo el mundo conoce a todo el mundo y nada se hace sin que los vecinos lo sepan.

Nació en una casa pintada de azul intenso, de ese azul que en México tiene un nombre específico, azul añil, el color que ahuyenta a los espíritus y que marca el límite entre el interior y el exterior. Esa casa azul existe todavía hoy. Recibe 25,000 visitantes al mes. Pero en 1907 era simplemente el hogar de la familia Calo y el ruido más habitual que salía de ella era el de los niños corriendo por el patio y las conversaciones de sobremesa que se alargaban hasta la tarde.

Su padre se llamaba Guillermo Calo. Era fotógrafo. Había llegado a México desde Hungría y Alemania. Siendo todavía muy joven, se dice que huyó de su familia, que huía de algo que nunca nombró completamente y que en México encontró el país donde podía convertirse en otra versión de sí mismo.

 Aprendió el español con esa precisión cuidadosa de quien aprende una lengua de adulto y no puede darse el lujo de la aproximación. montó un estudio fotográfico. Consiguió encargos del gobierno mexicano para documentar el patrimonio arquitectónico del país, iglesias, haciendas, edificios públicos que el presidente Porfirio Díaz quería registrar para la posteridad.

Guillermo Calo fue uno de los primeros fotógrafos documentales de México. No era un hombre que hacía retratos de familia, era un hombre que miraba edificios, paisajes, monumentos y encontraba el ángulo que hacía que la piedra contara algo. Guillermo Calo tenía epilepsia. Sus ataques llegaban sin aviso en cualquier momento, mientras caminaba por la calle o mientras preparaba su equipo fotográfico o mientras comía en la mesa con su familia.

Y eso lo hacía vulnerable, de una manera que los hombres de principios del siglo XX no podían permitirse ser en público. La epilepsia era entonces una enfermedad que inspiraba vergüenza social, que se ocultaba, que se explicaba con eufemismos o directamente no se nombraba en compañía. Guillermo Calo no la ocultaba dentro de su propia casa.

 Y esa honestidad sobre la fragilidad del cuerpo, sobre lo que el cuerpo puede y no puede, es una de las primeras cosas que Frida aprendió de él. Aquí está la primera revelación, la revelación número uno de este video. A los 6 años, Frida Calo contra poliomielitis. La enfermedad llegó en la época en que todavía no existía la vacuna, en que el apoio era una amenaza real para cualquier niño de cualquier ciudad del mundo y que dejaba a los que sobrevivían con secuelas, que en algunos casos eran leves, y en otros casos eran permanentes.

En el caso de Frida fueron permanentes. La enfermedad le dejó la pierna derecha más delgada que la izquierda. La musculatura no se desarrolló de la misma manera después de la infección y ligeramente más corta. La diferencia era visible. No dramáticamente, no de una manera que impidiera caminar, pero sí de una manera que se notaba cuando la gente miraba.

Y los niños notan. Y cuando notan algo distinto, raramente lo guardan para sí mismos. En la escuela los otros niños se lo hacían saber todos los días. La llamaban pata de palo. Así, sin adorno, sin compasión, con esa crueldad específica y sin imaginación que tienen los niños cuando encuentran algo diferente y deciden que diferente significa inferior.

Pata de palo. Dos palabras. Lo suficiente para que una niña de 6, 7, 8 años aprenda que el mundo puede decidir en cualquier momento que algo en ella está defectuoso, que su cuerpo, que es lo más suyo que existe, puede convertirse en material de burla para personas a quienes no les ha hecho nada. Aprendió desde niña lo que es que el mundo te mire como algo que no salió del todo bien.

Esa herida no cierra nunca del todo. La persona que ha sido señalada por su cuerpo cuando tenía 6 años lleva esa señal durante el resto de su vida. Aunque el mundo no la vea, aunque nadie más la señale, aunque hayan pasado décadas. Sigue ahí. Y en el caso de Frida Calo, esa herida temprana es la clave para entender por qué más adelante, mucho más adelante, cuando el cuerpo se le volvió a romper de una manera mucho más brutal, supo exactamente lo que tenía que hacer con ello.

Guillermo Calo vio lo que le estaban haciendo a su hija y decidió hacer algo que ningún padre de su época hacía con sus hijas. La trató exactamente igual que si fuera su hijo. La llevaba consigo a los museos, no de paseo, no a mirar cuadros bonitos a aprender. Le explicaba lo que veían, le hacía preguntas, esperaba respuestas reales y no respuestas de niña pequeña.

le enseñaba filosofía, le explicaba la técnica fotográfica, la luz, la composición, cómo la cámara transforma la realidad en algo fijo y permanente que la realidad en sí misma nunca es. La dejaba sentarse a su lado mientras trabajaba. Compartían también el deporte. Guillermo animó a Frida a practicar natación, ciclismo, boxeo deportes que en el México de la segunda década del siglo XX no eran exactamente los que se recomendaban para una señorita de buena familia.

 Y Frida los practicó con esa pierna más delgada que la otra, con esa diferencia que los niños de la escuela señalaban todos los días. La practicó igualmente porque su padre le había enseñado desde pequeña que el cuerpo que tenía era el cuerpo que era y que ese cuerpo podía ser más de lo que el mundo esperaba que hiciera. Guillermo Calo fue el único amor de toda la vida de Frida que nunca la traicionó.

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