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Elizabeth Taylor: 8 Maridos y Un Amor Que Murió en un Avión

 Era el sonido de algo rompiéndose por dentro para siempre, algo que ya nunca iba a poder repararse. Mike Todd, el hombre más importante de la vida de Elizabeth Taylor, había muerto en un accidente de avión en las montañas de New México junto a tres pasajeros más dos horas antes. La pequeña avioneta privada con la que viajaba, irónicamente bautizada The Lucky Liz, en honor a su esposa, no llegó a Nueva York.

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 Elizabeth tenía 26 años. Acababa de tener una hija con Mike, una niña de apenas 7 meses llamada Laisa, y acababa de enterrar al único hombre que iba a amar de verdad en sus 79 años de vida. Lo que vino después fue una mujer que se casó otras siete veces buscando durante medio siglo repetir lo que había encontrado durante apenas 13 meses con Mike Todd, una mujer que coleccionó dos cars, 32 millones de dólares en joyas, mansiones en seis ciudades del mundo, amigos como Michael Jackson y Rock Hudson y portadas de Vogue durante seis décadas.

Pero también una mujer que cada año el 22 de marzo cerraba la puerta de su habitación, apagaba el teléfono y lloraba sola durante horas hasta el último día de su vida. Esta es la historia de Elizabeth Roseman Taylor, la mujer que se casó ocho veces, la mujer que solo amó a un hombre y la mujer que pasó 53 años intentando recuperar a un fantasma muerto en una avioneta llamada La suerte de Lis.

 Empieza en una clínica de Londres en el invierno de 1932. Termina en un hospital de Los Ángeles en el invierno de 2011. Y entre las dos fechas hay tanto amor, tanto dolor y tantos diamantes que cuesta creer que todo le pasó a una sola mujer. 27 de febrero de 1932, Hamsted, en el norte de Londres, una pequeña clínica privada.

 Sarah Southern, una actriz norteamericana que dejó los escenarios para casarse, está dando a luz a su segunda hija. El parto es difícil. La bebé nace con una condición rara que los médicos nunca habían visto en esa clínica. Tiene los ojos cerrados durante los primeros 8 días de vida. Sarah Southern, asustada, le pregunta a su marido si la niña va a ser ciega.

 Su marido, Francis Len Taylor, un comerciante de arte de Missouri, le toma la mano, le dice que esperen, que los médicos saben lo que hacen. Y al noveno día, cuando la pequeña Elizabeth Roseman Taylor finalmente abre los ojos, las enfermeras se quedan en silencio. Esos ojos no son normales, son violeta, un violeta intenso, profundo, casi sobrenatural.

 Los médicos los examinan, le diagnostican una mutación genética llamada distequíases, que también le da una doble fila de pestañas en los párpados. Esa combinación, ojos violeta más doble pestaña, va a ser el rasgo que defina a Elizabeth Taylor durante toda su vida. La cosa que los fotógrafos nunca van a poder reproducir bien, la cosa que los críticos van a llamar 40 años después el rostro más extraordinario del siglo XX.

 Pero en 1932 en una clínica de Londres, esa niña con ojos violeta es solo una bebé. Crece en Inglaterra. Su padre tiene una galería de arte en B Street. Su madre la lleva a clases de ballet desde los 3 años. La pequeña Elizabeth aprende a hablar inglés con un acento británico perfecto. Aprende a montar a caballo en Hide Park.

Aprende a recitar poesía en francés. Es una infancia privilegiada, refinada, llena de bellezas estéticas que su padre le explica una por una. Pero todo cambia. En 1939 empieza la Segunda Guerra Mundial. Adolf Hitler invade Polonia. Inglaterra entra en guerra. Los aviones alemanes empiezan a bombardear Londres.

 La familia Taylor, asustada decide huir a Estados Unidos. Elizabeth 7 años. Cruza el Atlántico en un barco lleno de refugiados. Se instala con sus padres en Los Ángeles en una pequeña casa en Pacific Palisades. Y allí en California todo iba a cambiar para siempre. Porque la madre de Elizabeth, Sarah nunca había superado del todo su antigua carrera de actriz.

Ahora, en Hollywood ve por todas partes la oportunidad que ella misma nunca pudo aprovechar. Lleva Elizabeth, de 8 años a audiciones, le compra vestidos para que parezca mayor. Le enseña a sonreír para las cámaras. Le dice una y otra vez que ella va a ser una estrella. Elizabeth no entiende muy bien. Tiene 8 años.

 Solo sabe que su madre se pone contenta cuando ella sonríe en las pruebas. Y la pequeña Elizabeth, como cualquier niña, hace lo que sea para que su madre se ponga contenta. A los 9 años, en 1941, firma su primer contrato cinematográfico con Universal Pictures. Solo dura un año. Universal la considera demasiado seria, pero al año siguiente, en 1942, la contrata el estudio más importante del mundo, la Metro Goldwin Mayor.

conocida como MGM. Y allí empieza, sin que ella lo sepa todavía, una vida que ya no le iba a pertenecer. A los 10 años, Elizabeth firma con MGM un contrato de 7 años. Le pagan $100 a la semana, una fortuna en 1942 para una niña. Pero a cambio, MGM decide todo. ¿Qué películas hace? ¿Qué horario sigue? ¿Qué amigas tiene? ¿Qué dietas hace? ¿A qué hora se acuesta? ¿A qué hora se levanta? ¿Qué dice en las entrevistas? ¿Qué color tiene su cabello? ¿A qué? Hay una escena documentada en la biografía oficial autorizada que resume toda esa

esclavitud dorada. Elizabeth tenía 11 años. Había estado todo el día en el rodaje de una película. Tenía hambre. le había pedido a su madre algo sencillo, un sándwich de queso. Sarah, la madre, le respondió que no podía comer queso porque MGM había decidido que ese mes la actriz tenía que perder 1 kil y medio para una próxima escena con un vestido ajustado.

 Elizabeth, según el testimonio recogido años después, le respondió a su madre con una frase que iba a recordar toda su vida. le dijo, “Mami, si yo no puedo comer un sándwich, ¿quién soy yo?” Sara no le respondió. A los 12 años ya no era Elizabeth Taylor, era un producto de MGM, un producto que tenía que cumplir con calendarios, con horarios, con dietas, con peso exacto, con expresiones medidas, con peinados decididos por otra persona, con compañeros de reparto elegidos por otra persona, con declaraciones públicas redactadas por otra persona. Hay un

detalle que muy pocas biografías cuentan. pero que es crucial para entender lo que le pasó después. A los 12 años, los médicos del estudio empezaron a darle pastillas. Sí, a los 12 años eran anfetaminas para mantener el peso bajo. Eran somníferos para que durmiera bien antes de los rodajes.

 Eran calmantes para que no se pusiera nerviosa frente a la cámara. Eran sedantes para que aguantara las jornadas de 12 horas. El médico oficial de MGM en esos años, el Dr. Leer Linsk, fue interrogado años después por investigadores de Hollywood, confesó en una declaración casi secreta que MGM tenía un protocolo médico aplicado a casi todas las actrices jóvenes del estudio.

 Judy Garland, otra niña estrella, recibió el mismo tratamiento. Es bien sabido lo que le pasó a Judy Garland. murió a los 47 años de una sobredosis de barbitúricos que MGM le había enseñado a tomar desde los 14. Esas pastillas, administradas por médicos del estudio, sin que sus padres lo supieran del todo, iban a crear en la pequeña Elizabeth una dependencia química que nunca iba a poder soltar.

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