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Elba Esther Gordillo: El ASQUEROSO Robo a los Pobres… La Caída de la Falsa “Maestra”.

Mientras en las aulas rurales los niños seguían estudiando entre techos rotos, pizarrones viejos y baños sin agua, según investigaciones oficiales, no se trataba solo de una líder sindical incómoda. que hablaba de miles de millones de pesos que presuntamente salieron del SNTE, de compras millonarias en Neyman Marcus, de cirugías pagadas en California, de mansiones en Coronado Kais,  de una red que convirtió las cuotas de maestros pobres en lujo privado.

Esta no es solamente la historia de una mujer detenida.  Esta es la historia de cómo una maestra nacida en Chiapas terminó acusada de robarle el futuro a los mismos maestros que decía defender. Hoy vas a descubrir cuatro cosas. Primero, como una niña de Comitán  llegó a controlar el sindicato más grande de América Latina.

 Segundo, cómo el dinero de los profesores, según la acusación viajó de cuentas sindicales a tiendas de lujo, bancos extranjeros y propiedades en Estados Unidos. Tercero, la explicación más insultante de todas, la supuesta herencia de 373  millones de pesos de una madre maestra rural.

 Y cuarto, el precio familiar que nadie pudo esconder. La muerte de Mónica Arriola. Los nietos marcados por el apellido y la boda en Oaxaca, convertida en humillación pública. Te voy a avisar cuando llegue cada  una, pero antes necesitas entender de dónde vino esa mujer, porque ahí empezó la primera lección podrida del poder.

 Todo comenzó lejos de los aviones privados, lejos de Neyman Marcus, lejos de los pasillos donde los presidentes aprendieron a temerle. Todo comenzó en Comitán. Chapas, donde la pobreza no era discurso, era polvo en los zapatos, mesa corta, escuela rural, destino escrito antes de que una niña pudiera cambiarlo. Ester Gordillo no nació rodeada de poder, nació mirando el poder desde abajo.

 Porque hay personas que salen de la pobreza con gratitud  y hay otras que salen con una herida tan profunda que convierten cada cargo, cada peso, cada reverencia en una venganza contra  el pasado. Piensa en eso un momento. Una niña de Chiapas terminaría  décadas después decidiendo quién podía ser maestro, quién podía ascender, quién podía conservar una plaza  y quién podía acercarse al dinero del sindicato más grande de América Latina.

Pero antes tuvo que aprender una lección sencilla. En México  muchas veces el talento no basta. Hay que entrar al sistema, hay que obedecer, hay que esperar y cuando llegue la oportunidad tomarla. Por eso llegó a Nesa Walcoyotl. No era la capital brillante de los edificios oficiales.  Era el cinturón duro, gris, lleno de casas apretadas, calles sin glamour y gente sobreviviendo.

Ahí la joven maestra entendió que el aula podía enseñar letras, pero el sindicato enseñaba poder. La escuela le daba un sueldo. El SNTE podía darle un reino. En 1970 entró al PRI y al Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación. Un dato frío, sí, pero detrás de ese año hay una puerta que se abre porque el PRI de aquel tiempo no era solo un partido, era el país organizado como una pirámide, con favores, obediencias, castigos y recompensas.

 Entonces apareció Carlos Jonguitud  Barrios, el hombre fuerte de vanguardia revolucionaria del magisterio, el dueño real del sindicato, el jefe al que todos saludaban con respeto y miedo. Para muchos, Jonguitud era intocable.  Para el Baer era una escuela. Aprendió de él la disciplina, la paciencia, el cálculo.

 Aprendió que una sonrisa podía ocultar una traición. Aprendió que en política nadie es padre  de nadie. Guarda este nombre, Carlos Jonguitud Barrios, porque la historia de Elva Ester no se entiende sin  esa primera sombra. Durante años, ella subió despacio sin hacer ruido,  escuchando, acomodándose, tejiendo alianzas.

Mientras otros creían que era una operadora  más, ella memorizaba el mapa del reino. ¿Quién debía favores? ¿Quién tenía miedo? ¿Quién podía ser sacrificado? Y entonces llegó abril de 1989.  Carlos Salinas de Gortari estaba en Los Pinos. Jongitud se había vuelto demasiado pesado, demasiado incómodo, demasiado viejo para el nuevo régimen.

El sistema necesitaba  una cara distinta y Elva Baer estaba lista. El 24 de abril de 1989, el hombre que parecía invencible fue obligado a dejar el trono y la antigua discípula entró en la sala donde se repartía el futuro de más de un millón de maestros. No fue una coronación limpia, fue una lección brutal de poder mexicano.

  El maestro caía, la alumna ocupaba su lugar. Desde ese momento, la maestra dejó de ser solo una maestra.  Tenía bajo su sombra a más de 1,4 millones de afiliados. tenía cuotas, tenía plazas, tenía operadores, tenía acceso a gobernadores, secretarios, presidentes y tenía algo más peligroso que el dinero.

 Tenía miedo alrededor, pero detrás de esa mujer seguía viva la niña que no quería volver a sentirse pequeña. Por eso el lujo empezó a importar demasiado. bolsos, las cirugías, las tiendas exclusivas, como si cada compra borrara un pedazo  de comitán. La lección no estaba en el pizarrón, estaba en la herida. Y esa herida, cuando encontró poder, empezó a pedirlo todo.

 A mediados de los años 90, cuando muchos creían que Elva Ester Gordillo ya había aprendido todos los trucos del poder,  llegó un presidente que no le sonreía igual que los otros. Ernesto Cedillo no la miraba como aliada natural,  la miraba como un problema. Y para una mujer que había construido su reino sobre obediencias, silencios y cuotas, eso era una amenaza  mortal.

 Porque la maestra no temía perder un cargo, temía volver a ser nadie. Piensa en eso un momento. Una mujer que ya había visto caer a Carlos Hongitud Barrios, el mismo hombre que parecía invencible, sabía perfectamente cómo opera el sistema cuando decide sacrificar a alguien. Primero vienen los rumores, después las auditorías, después los funcionarios que ya no contestan llamadas, después los amigos que cruzan la calle para no saludarte y al final la puerta cerrada.

Según versiones periodísticas y relatos recogidos en investigaciones sobre los círculos ocultos del poder mexicano. En aquellos años Gordillo empezó a sentir que su silla dentro del SNT se movía. Se hablaba de revisiones, de cuentas, de la posibilidad de quitarle el control. Ella, que había aprendido a sobrevivir leyendo los gestos de los presidentes, entendió el mensaje.

 Cedillo no era Salinas. Cedillo no parecía de verle el trono. Y entonces, según esas mismas versiones, ocurrió una de las historias más oscuras asociadas a su nombre. No fue una reunión política, no fue una negociación en Los Pinos,  no fue una comida con gobernadores, ni una llamada con operadores del PRI. Fue algo más extraño, más secreto,  más difícil de explicar.

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