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El día que se EJECUTÓ con la SILLA ELÉCTRICA por última vez

otras preguntas nos va a llevar hasta el 20 de febrero del 2020, el día que se usó por última vez, la silla eléctrica. Si esta temática les interesa, podemos adentrarnos también en otros métodos de ejecución en desuso o en los últimos días de infames delincuentes que fueron sentenciados a muerte.

 Pueden escribir condena en los comentarios si están a favor de que sigamos por este camino. Y ahora sí, comencemos. Desde los inicios de la civilización, las sociedades establecieron castigos para quienes violaban la ley. Si el crimen era grave, la pena era la muerte. En la antigüedad las ejecuciones eran públicas y servían como advertencia.

Así, a los condenados les esperaban crucifixiones, decapitaciones o la hoguera. Más adelante surgieron métodos considerados más eficientes, como la guillotina durante la Revolución Francesa o la Orca en Estados Unidos durante el siglo XIX. A fines de ese siglo, las ejecuciones respondieron a los avances científicos, especialmente el desarrollo de la electricidad.

 En ese contexto se destacó Thomas Alba Edison, un inventor brillante, pero también un empresario feroz. En 1880 participó de la llamada Guerra de las Corrientes, que lo enfrentó con su par Nicola Tesla. Edison promovía la corriente continua, mientras que Tesla apostaba por la alterna. Ambos buscaban dominar el mercado eléctrico.

 Edison intentó desacreditar a su rival demostrando públicamente los peligros de la corriente que el otro profesaba. Entonces mandó a electrocutar animales frente a espectadores horrorizados. Quería probar que esa energía podía ser mortífera. Aquellas cuestionables pruebas llamaron la atención de Alfred Sotwit, un odontólogo e inventor aficionado de búfalo en Nueva York.

 El hombre se acordó de Edison en 1881 al leer una noticia inquietante. George Lemwell Smith, un estivador de su ciudad, perdió la vida al tocar accidentalmente un generador de alto voltaje. Según los testigos, falleció de forma inmediata y sin sufrimiento visible. Sotwit pensó que esa fuerza podía usarse para aplicar la pena capital de manera más rápida y de alguna manera más humana.

 Sabía que el ahorcamiento solía fallar y prolongaba la agonía de los condenados. Por eso mismo se puso a trabajar en un mecanismo capaz de exterminar por medio de la electricidad, rápido y sin lugar al error. El proceso fue arduo. Al principio no sabía qué forma tendría el dispositivo. Entonces advirtió que al ser odontólogo trabajaba con pacientes que debían acomodarse en sillas especiales.

 Sí, fabricó una conductores metálicos que irían conectados a la cabeza y los pies del sentenciado, de modo que la electricidad recorrería su cuerpo y le provocaría un destino fatal. Había nacido la silla eléctrica. SW publicó su material en revistas especializadas, pero la comunidad científica reaccionó con escepticismo. Eso cambió en 1886 cuando el gobernador David B.

 Hill creó la Comisión de Ejecución Humana del Estado de Nueva York. Allí buscaba un método más civilizado para aplicar la pena de muerte e invitó a Sotwitht a participar. Su insistencia dio el resultado. El primero de enero de 188, Nueva York se convirtió en el primer estado del mundo en autorizar la electrocución como forma legal de ejecución.

 Luego de años de esfuerzos, de dudas y de críticas, la silla eléctrica ya era una realidad. Ahora solamente había que probarla. Antes de convertirse en el primer hombre ejecutado en una silla eléctrica, William Kemler era un hombre conflictivo. Trabajaba como vendedor ambulante de frutas y verduras, pero pasaba más tiempo entregado a los vicios.

 De regreso a su casa ejercía violencia contra su esposa, Matilda Sigler, y la situación explotó el 29 de marzo de 188. Kemler llegó ebrio y acusó a la mujer de robarla y de serle infiel con un amigo suyo. Esta vez no le pegó, tomó un hacha y le dio 27 golpes. Fue arrestado de inmediato y recibió una condena a pena de muerte.

 La ejecución de Kemler fue fijada para el 6 de agosto de 1890. Las autoridades de la prisión de Overn le dieron a elegir el método para que le arrebataran la vida, la orca, que aún no había sido desmantelada, o la silla eléctrica. eligió el método novedoso, lo atrajo saber que sería menos doloroso y le llamó la atención enterarse que sería la primera persona en la que sería usada.

 Si bien Swit siguió de cerca el proceso, no se utilizó su prototipo original. La silla fue construida por Edwin Art. Art. Davis, electricista jefe de la prisión. fabricó un modelo de madera usando materiales aislantes, equipado con dos electrodos metálicos unidos por una banda de goma y recubierto con esponjas húmedas, fundamentales para conducir la corriente.

 Uno de los electrodos se colocaría sobre la cabeza del condenado y el otro en la espalda a la altura de la columna vertebral. Cuando llegó la mañana del 6 de agosto, Kembler se vistió con camisa blanca, corbata y traje. Luego desayunó, pronunció unas oraciones y se dejó rapar la cabeza. Eran las 6:30 cuando ingresó a la sala de ejecuciones.

 Lo esperaban el alcalde Charles Dorston junto a su esposa, el jefe de seguridad, James Boyle, el médico Edward Charles Pitka y el guardia Daniel Mcnoton. También se invitó a 17 testigos y un periodista para cubrir la primicia. Sotwit, el inventor, estuvo ausente, pero se mantuvo informado. Sereno, Kembler se sentó en la silla, permitió que lo sujetaran con correas de cuero y le cubrieran el rostro con una máscara.

 Antes de que comenzara el procedimiento, dijo sus últimas palabras, “Tómenselo con calma y háganlo bien, no tengo apuro.” Una vez que todo estuvo listo, Dston ordenó accionar el interruptor. Kemler recibió una descarga de 1000 vol que los responsables de la silla eléctrica creyeron suficiente para provocarle pérdida de conciencia y un ataque cardíaco.

 Luego de 17 segundos cortaron la corriente. El condenado parecía desvanecido y Spitka no necesitó revisarlo para declararlo sin vida. Pero los testigos más cercanos dijeron que aún respiraba. El médico se le acercó, confirmó que seguía vivo y exigió reconectar la corriente con urgencia. Pasaron unos minutos para la siguiente descarga.

 En el segundo intento, Kemler fue sometido a 2,000 V. Esta vez se quejó por el dolor mientras su cuerpo empezaba a calcinarse. Pronto, la sala de ejecuciones olía a carne quemada. Los presentes quisieron vomitar y varios trataron de huir. El cronista más tarde se refirió al hecho como un espectáculo horrible, todavía peor que el ahorcamiento.

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