Pero en ese segundo intento y luego de dos angustiosos minutos, Kemler falleció. Cuando le quitaron las correas, todos vieron como el humo salía de su cabeza. Las repercusiones de la primera ejecución con silla eléctrica no se hicieron esperar. La prensa lo describió como un acto denigrante. Westinghouse dijo irónico que habría sido preferible exterminar a Kembler con un hacha como él había hecho con su esposa.
Edison, en cambio, sugirió usar generadores más potentes para evitar fallas futuras. La avalancha de críticas y cuestionamientos podrían haber cancelado el uso de la silla eléctrica. No obstante, el gobernador Hill consideró que la ejecución había sido exitosa en términos técnicos y ordenó continuar con el método.
A su vez, coincidió con el fin de la guerra de las corrientes. La corriente alterna se impuso como estándar energético por su mayor alcance y eficiencia. En cuanto a SW, el particular visionario no vaciló en afirmar. Aquí culminan 10 años de trabajo y de estudio. Vivimos en una civilización superior. A partir de hoy falleció en 1898, sin saber el alcance que tendría su invento en otras prisiones durante las siguientes décadas.
Tras la ejecución de Kembler, la silla eléctrica fue adoptada por otras prisiones de Estados Unidos. Se mantuvo el modelo creado por Davis, aunque con el correr de los años otros técnicos pulieron sus mecanismos. Hasta se ganó apodos. En prisiones de Tennessee y Nueva Jersey la llamaban Old Smokey. En Pennsylvania o Florida All Sparsky.
A los pocos años la cantidad de condenados que sucumbieron a miles de voltios era abrumadora. Dentro de esta lista interminable surgieron otros casos emblemáticos. El grueso de los sentenciados eran hombres, pero no faltaron mujeres. La primera de la historia fue Martha M. Garretson. En febrero de 1898 atacó su propia hija Aida en Place.
Primero le arrojó ácido en su cara y luego la asfixió. Así terminó en la cárcel de Sing, en Nueva York a la espera de su ejecución. Eso ocurrió el 20 de marzo de 1899. Se dice que caminó por el pabellón de la muerte con un vestido gris y un sombrero amplio. Sus últimas palabras fueron Dios, ayúdame. La primera descarga eléctrica duró 4 segundos con 1760 V.
La segunda descarga fue emitida por casi 56 segundos, esta vez usando 200 V, pero ella había perdido la vida. Otra figura fueron Sako y Bancetti, dos inmigrantes italianos y anarquistas. En 1920 fueron arrestados y acusados de un robo y doble homicidio en una fábrica de calzados en South Vinry. El juicio estuvo cargado de testigos dudosos y cuestionamientos por su militancia y hasta recibieron apoyo de personalidades como Albert Einstein.
Luego de 7 años de apelaciones, el 23 de agosto de 1927 fueron ejecutados en la prisión de Charstown, Massachusetts. Afuera, miles de personas marcharon para denunciar que era una injusticia. Un caso que conmocionó al mundo fue el de Bruno Hotman. En 1935 fue acusado de haber secuestrado y liquidado de un golpe en la cabeza a Charles Augustos Limbert Jr.
El hijo de 20 meses del famoso piloto Charles Limber. El episodio cobró tanta notoriedad que llegó a ser denominado El crimen del siglo. Luego de un juicio mediático le correspondió la silla eléctrica el 3 de abril de 1936. Además, este suceso marcó la historia judicial de los Estados Unidos y originó una nueva ley federal contra el secuestro interestatal. La ley Lindberg.
Por el lado de la mafia, solo un ampón terminó en la silla eléctrica. Luis Buckalter, el sujeto, supo ser una figura temible de los años 30 hasta que fue atrapado y hallado culpable de homicidio en primer grado. Terminó siendo ejecutado en Singin el 4 de marzo de 1944. La silla eléctrica tampoco fue ajena al temible Ted Bandy.
Durante los 70, el hombre exterminó a 30 mujeres convirtiéndose en uno de los asesinos seriales más famosos. Incluso en la cárcel alcanzó una popularidad digna de una celebridad hollywoodense. Nada de eso lo salvó de ser ejecutado el 24 de enero de 1989. Durante décadas, la silla eléctrica había adquirido una reputación innegable en el ámbito carcelario, pero como concepto de ejecución en sí, nunca estuvo libre de polémicas.
[música] Desde su puesta en marcha, la silla eléctrica nunca dejó indiferente a la opinión pública. En el sistema carcelario, seguían considerando que se trataba de un método de ejecución más rápido y efectivo que Laorca u otros de antaño. Las voces a favor se aferraban a la constante evolución del procedimiento y los casos de éxito.
Más allá de las estadísticas, otra parte de la sociedad sostenía que la silla eléctrica era un mecanismo tan cruel como los anteriores, o incluso peor. Para sostener sus argumentos resaltaron casos que ocuparon los titulares. Uno de los hechos más conmocionantes ocurrió en la década del 40.
Willy Francis, un afroamericano de apenas 16 años, recibió la pena capital por el crimen de Andrew Thomas, el dueño de la farmacia en la que trabajaba. La ejecución debía llevarse a cabo el 3 de mayo de 1946 en una penitenciaría de Luisiana. El personal dispuso de una silla eléctrica portátil a la que bautizaron Grossome Girty u horripilante Girty, pero cuando descargaron los voltios, el mecanismo falló.
Más tarde se supo que había sido mal instalada por un guardia en estado de embriaguez. Francis sobrevivió aunque quedó en estado de shock. Al recuperarse trató de apelar ante la Corte Suprema de los Estados Unidos. Nada pudo revertir su destino. Volvió a ser llevado a la silla el 6 de mayo de 1947 y esta vez lograron ejecutarlo. El caso de Francis escandalizó un gran sector de la población.
Muchos se preguntaban cómo un mecanismo tan defectuoso era considerado más humano que los demás. Una vez más, nadie de las altas esferas de la política y la justicia prestó atención a las denuncias y reclamos. Aún así, un buen número de legisladores comenzaron a buscar métodos menos costosos. Los gastos de energía eléctrica solían ser elevados para las prisiones.
Así, en los años 50, surgió la Cámara de Gas. Esa novedad demostró ser aún más eficiente, aunque no desbancó a la silla. Pero en 1972 la pena de muerte en general quedó en el ojo de la tormenta gracias a un caso específico. Un afroamericano llamado Henry Foreman quiso robar una casa, pero accidentalmente le quitó la vida al dueño.
le correspondió una condena a pena de muerte, pero sus abogados argumentaron que la justicia usaba en exceso las ejecuciones contra la comunidad afroamericana y al hacerlo estaban violando la octava enmienda de la Constitución de los Estados Unidos que prohíbe castigos crueles e inusuales. Este episodio pasó a ser conocido como Furman contra Georgia y tuvo resultados contundentes.
La Corte Suprema de los Estados Unidos dictaminó que la pena de muerte era inconstitucional en su aplicación arbitraria caprichosa. Sí, todas las leyes de pena de muerte fueron anuladas, mientras que las ejecuciones pendientes quedaron suspendidas. Furman contra Georgia parecía haber puesto fin a una era en territorio estadounidense y conformó a los sectores que se oponían a esos castigos.
No obstante, varios estados reescribieron sus leyes. De ese modo, lograron imponer criterios más uniformes, como separar el juicio de culpabilidad de la sentencia y establecer agravantes más específicos. Aquellos procedimientos fueron aprobados por la Corte Suprema y así se restableció la pena de muerte. En esta nueva etapa, la silla eléctrica revalidó su fama de método infalible y en 1977 tuvo como protagonista a Gary Gilmore.
Él mismo fue condenado a muerte por quitarle la vida a dos personas, pero en vez de apelar como cualquiera en su lugar, pidió ser ejecutado cuanto antes. Cuando le preguntaron si quería decir unas últimas palabras, solo dijo, “Vamos a hacerlo.” Gilmore inspiró canciones y películas y se dice que esa última frase fue tomada por una conocida marca.
El regreso de la pena de muerte y la silla eléctrica motivaron nuevas discusiones, así como Francis en los 40. La controversia volvió el 4 de mayo de 1990. Jessi Fero había sido sentenciado por el crimen de dos oficiales. Debía ser ejecutado en la prisión estatal de Florida, pero el personal cometió negligencia.
La esponja húmeda colocada entre la cabeza y el electrodo había sido reemplazada por una seca. Cuando recibió la descarga de su cabeza surgieron llamas durante 30 segundos. Fue preciso repetir las descargas durante más de 7 minutos en medio de humo y olor a carne quemada hasta que el reo dejó de respirar. El episodio de Tafero reavivó la ola de indignación pública y mediática contra ese método de ejecución.
Se convirtió en un símbolo de cómo los errores técnicos podían transformar una condena en una tortura. No había nada de la humanidad que se le quería endilgar. Los debates sobre la crueldad de la silla eléctrica adquirieron un pulso más firme. Esta vez hubo eco entre los políticos y la justicia. Florida y otros estados empezaron a dudar de este procedimiento.
La mayoría se inclinó por la ya mencionada cámara de gas, aunque pronto adoptaron un método que resultó más eficaz, indoloro y económico, la inyección letal. Ya en el siglo XXI, la utilización de la silla eléctrica se volvió esporádica. Parecía más un instrumento del pasado, pero todavía algunos condenados la elegían, como Nicolas Suton.
Y es así como nuestra historia vuelve al principio. Nacido en 1961 en Morristown, Tennessee, la vida de Suton estuvo signada por la inestabilidad. La madre lo abandonó cuando era chico y quedó al cuidado de un padre golpeador y vicioso. El propio hijo de adolescente comenzó a consumir sustancias ilegales. Cuando el padre falleció, Suton fue adoptado por su abuela, Dorothy, Virginia Suton.
La contención no fue suficiente. El joven ya se había entregado a un devenir de delitos. Suton apenas tenía 18 años cuando quiso sacarle dinero a su abuela para financiar sus adicciones, pero terminó quitándole la vida de un golpe para evitar sospechas. Metió el cuerpo en una bolsa, lo ató con un bloque de cemento y lo arrojó al río Nolly Chucky.
Aún así, fue descubierto por la policía. Fue declarado culpable y condenado a cadena perpetua. En esa instancia sorprendió a todos confesando otros dos crímenes, el del contratista Charles Pomedy Almonero y el de John Large, un amigo de la infancia con el que vivía en Knoxville. Eso le valió otras dos cadenas perpetuas, pero la cárcel no detuvo a Suuton.
En el complejo correccional de Estado de Morgan, Tennessee, siguió consumiendo y ofició de dealer. Así entró en conflicto con Carl Estep, condenado por abusar de una menor. Para ajustar cuentas, en enero de 1985, Suton acudió a otros tres reclusos y apuñalaron a Step 38 veces. Ninguna defensa logró impedir que en 1986 recibiera la pena capital.
Durante décadas, Suon trató de apelar ante diferentes tribunales. Incluso se convirtió al cristianismo y abrazó un estilo de vida más sano y solidario. Cuidaba de presos enfermos en el corredor de la muerte. Hasta salvó algunos guardias durante los motines. Por eso mismo, sus pedidos de clemencia contaron con el apoyo del personal penitenciario, pero sus peticiones fueron rechazadas por Bill Lee, el gobernador de Tennessee.
De todos modos, no se le prohibió el derecho a elegir el método de ejecución. Sus abogados y los guardias daban por sentado que preferiría la inyección letal. Para sorpresa de todos, quiso la silla eléctrica. La elección de suton revolucionó al país. Ningún otro estado usaba la silla eléctrica desde el 2013. Muchos se preguntaron por qué se inclinó por un sistema considerado arcaico.
Según se supo, el protocolo de inyección letal de Tennessee había sido objeto de críticas. Algunos expertos decían que podría implicar un sufrimiento prolongado con sensaciones de ahogamiento, sofocamiento y quemadura química. En comparación, el invento de SoftWht parecía más seguro. El revuelo generado por la pronta ejecución de Suton hizo que el mundo prestara atención al inesperado regreso de la silla eléctrica.
El 20 de febrero del 2020, Nicolas Soutton se despertó temprano en su celda del corredor de la muerte en Riverb. desayunó algo ligero y luego recibió la visita de sus abogados y de varios funcionarios religiosos. Ante cada uno confirmó que era un hombre rehabilitado gracias al catolicismo. Se despidió de ellos y también de algunos familiares.
Su última comida consistió en pollo frito, papas fritas y pastel de durazno, un plato acorde con el sur estadounidense. Parecía no ser consciente de su importancia en la historia del sistema carcelario, incluso de la humanidad. Eran las 19 horas cuando sutado por guardias. desde su celda hasta la cámara de ejecución.
Para cuando llegó, una decena de testigos se habían ubicado detrás de un vidrio, observadores oficiales, familiares de sus víctimas y algunos periodistas. El condenado no se resistió cuando lo aseguraron a la Old Smokey. Un capellán le ofreció unas palabras finales y él respondió agradeciendo a Dios y a quienes lo habían acompañado.
A las 19:25, Suton recibió una única descarga fatal. Según los testigos, resultó un proceso breve, sin complicaciones técnicas ni señales de dolor. Un minuto después, el médico presente confirmó el deceso. La ejecución de Nicolas Suton en la silla eléctrica motivó artículos en los medios de todo el mundo.
Muchos la consideraron el verdadero final de una era, sin embargo, otros no están seguros. Algo era innegable. Aquel método se había ganado un lugar en la historia. La silla eléctrica nació como una promesa de progreso, un método que se pretendía más humano para las ejecuciones, pero lo que comenzó como un experimento de vino en una invención que generó toda clase de reacciones.
De hecho, hay una pregunta en particular que siempre surge al hablar de la pena capital. ¿Es posible quitar una vida sin cometer una injusticia? Lo que sí sabemos es que esa metodología continúa, no solo en Estados Unidos, sino en países como China, Irán y Arabia Saudita. Desde fines del siglo XIX hasta hoy se registran unas 4,300 ejecuciones mediante silla eléctrica en territorio estadounidense.
Detrás de cada cifra hay una historia distinta, pero un mismo destino, la muerte como castigo. En esos registros hay asesinos confesos, pero también personas pobres, afroamericanos o inmigrantes que jamás tuvieron una defensa adecuada. Esto confirma que ciertas condenas extremas se aplicaron de forma desigual, golpeando con más fuerza a quienes menos podían defenderse.

La silla eléctrica trascendió el ámbito carcelario para volverse parte de la cultura popular. Apareció en artículos, canciones, videojuegos, series y, sobre todo, películas. Fue parte de la trama de distintas clases de producciones, desde policiares como Angels with Dirty Faces hasta el drama sobrenatural de Green Mile pasando por la terrorífica Joker.
Aún cuando parece haber quedado como pieza de museo, la silla eléctrica no solo apagó vidas, encendió debates que todavía no terminan.