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El Día Que los NARCOS Mataron a Andrés Escobar por un AUTOGOL

Pero no nos adelantemos. ¿Sabías que Colombia llegó a ese mundial como una de las grandes favoritas al título después de golear 5 a0 Argentina en Buenos Aires? ¿Sabías que los jugadores recibieron amenazas de muerte antes de jugar su segundo partido? Para entender cómo el equipo más brillante de la historia colombiana termina en un crimen a sangre fría, hay que retroceder hasta el día que mataron a Andrés Escobar, el caballero del fútbol.

A finales de los años 80, Colombia vive una contradicción que le va a costar décadas superar. Por un lado, se revela una generación de futbolistas extraordinarios, con talento suficiente para competir de igual igual con cualquier selección del planeta. Por el otro, el narcotráfico se ha infiltrado en el deporte de tal manera que los dos resultan casi inseparables.

Dos líneas de voltaje que convergen en un sistema sin capacidad para manejarlas sin riesgo de muerte. Todo comienza en 1989, cuando el Atlético Nacional de Medellín levanta la Copa Libertadores, el torneo de clubes más importante de América del Sur que se organiza cada año desde 1960 y reúne a los mejores equipos del continente.

Es la primera vez que un club colombiano lo consigue y toda la nación lo celebra. Pero detrás del festejo hay una sombra larga. Pablo Escobar Gaviria, jefe del cártel de Medellín y el narcotraficante más buscado del mundo. Fue accionista del club años atrás y seguía manteniendo vínculos con la institución, algo que nadie nombra en voz alta.

Escobar no es el único capo con un equipo de fútbol. El negocio del narcotráfico y el fútbol colombiano están tan entrelazados en esa época que los analistas lo llaman directamente narcofútbol. Pablo Escobar controla al Nacional y al Independiente Medellín. Su socio Gonzalo Rodríguez Gacha, apodado El mexicano, mete dinero en Millonarios de Bogotá, el club más ganador de la historia colombiana.

Y el cártel de Cali, la organización rival liderada por los hermanos Rodríguez Orejuela, respalda al América de Cali. La rivalidad entre esos equipos en la cancha es a su manera, el mismo duelo de poder que aparecen los titulares violentos bajo la forma de crónicas de violencia callejera. Los capos usan el fútbol para lavar dinero, pero también por pasión genuina.

Escobar en particular lo ve como un refugio en cada una de sus propiedades. Manda construir canchas, ve partidos sin descanso y trata a los jugadores de sus equipos como amigos personales. Les organiza encuentros en su hacienda, los premia cuando ganan títulos y los convoca cuando quiere celebrar algo. Los jugadores saben quién es y aunque todo se mantiene en una atmósfera amable, casi alegre, saben bien que no siempre tienen opción de negarse.

Hay una escena que resume esta época mejor que cualquier análisis. En 1991, cuando Escobar está recluido en la catedral, una cárcel que él mismo diseñó y negoció con el gobierno colombiano en las montañas de Envigado, convoca el plantel del Nacional para felicitarlos por la Libertadores. Los jugadores suben para almorzar con él y después organizo de fútbol.

El arquero René Guita paga un precio alto por esa relación. es en ese momento uno de los mejores porteros del mundo, conocido por su estilo temerario de salir muy lejos del arco y por un talento con el balón en los pies que ningún arquero de su época tiene, pero es detenido por haber intermediado en el secuestro de una menor vinculada al entorno de Escobar.

Pasa 6 meses en la cárcel de la Modelo en Bogotá y pierde la oportunidad de jugar el mundial de 1994. La selección, que en ese momento es la carta de presentación de Colombia ante el mundo, no puede permitirse ese tipo de escándalos, pero los peores problemas están por llegar. Con figuras como Carlos Valderrama, Faustino Asprilla, Frederick Rincón y Andrés Escobar.

La selección colombiana de principios de los 90 es espectacular. El técnico Francisco Maturana, el primer entrenador colombiano en ganar una Copa Libertadores, construye un equipo que juega con una fluidez y una creatividad que no se ve en ningún otro equipo del continente. Las eliminatorias para el mundial de 1994 son una exhibición de habilidad en la que Colombia clasifica con comodidad, con solo dos goles en contra en toda la fase.

Andrés Escobar es una de las piezas centrales de ese equipo. Nacido en Medellín en 1967, defiende al Atlético Nacional desde los 19 años y es parte del plantel que ganó la primera Copa Libertadores de la historia colombiana. Como defensor central, su marca es la elegancia. Sale jugando desde el fondo, gana los duelos en el aire y nunca apela la infracción cuando puede resolver con la posición.

Sus compañeros y la prensa lo llaman el caballero del fútbol, un apodo que tiene tanto que ver con su forma de jugar como con su manera de ser. Siempre con traje, siempre educado, manteniendo la tranquilidad y midiendo tanto su juego como sus palabras ante la prensa. El partido que convierte a Colombia en favorita al título mundial ocurre el 5 de septiembre de 1993 en Buenos Aires.

La selección visita Argentina en el estadio Monumental ante su propia hinchada en un partido decisivo de eliminatorias. Argentina es en ese momento subcampeona del mundo y no perdió de local de forma aplastante en décadas. El resultado final es un inesperado y espectacular 5 a0. Dos goles de Asprila, dos de Rincón y uno de Valencia.

Nunca antes una selección visitante había ganado en el Monumental por esa diferencia. La hinchada local al terminar el partido aplaude de pie a los colombianos. En el vestuario visitante, los jugadores no terminan de creer lo que acaban de hacer. En Colombia el país entero se queda mirando las pantallas tratando de creerlo.

El presidente César Gaviria, que lleva años intentando que el mundo vea algo diferente, además de la violencia y el narcoterrorismo, adopta a la selección como emblema nacional. Viaja con el equipo, aparece junto a los jugadores ante las cámaras y los proyecta como la imagen de un país nuevo. Los colombianos se identifican con ese equipo de una forma que va más allá del fútbol.

Es una mezcla de orgullo, esperanza y una muy necesaria sensación de que algo bueno es posible en medio de todo lo que está pasando. Hasta Pelé, el futbolista brasileño más célebre de la historia, señala a Colombia como candidata al título del Mundial de 1994. Entonces, en diciembre de 1993, Pablo Escobar muere en el tejado de una casa en Medellín, abatido por el bloque de búsqueda, una unidad especial del gobierno colombiano.

Para el mundo es el fin de una era. Para Colombia es el comienzo de un nuevo caos. La muerte del capo más poderoso del país no trae paz, sino una guerra entre los grupos que quedan por el control de sus rutas y de su dinero. En Medellín y en otras ciudades, los secuestros y las amenazas se vuelven parte de la vida diaria. En ese clima es que la selección termina de prepararse para viajar a Estados Unidos y a las promesas de una gloria desconocida.

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