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El ASQUEROSO Secreto que Verónica Castro Negó 30 Años

Aquí está en juego el apellido más poderoso de la televisión mexicana. Un hijo acusado de algo imperdonable y una verdad a la que le quedan semanas de vida. Todo México cree que Lavero se retiró cansada de la fama, pero el cansancio nunca ha retirado a una diva. La retiró el terror. Y cuando sepas a qué le tenía terror exactamente, vas a entender que la foto era el menor de sus problemas.

 Lo que de verdad la persigue no lo has escuchado jamás hasta hoy. Para entender a qué le tiene miedo una diva desde hace 30 años, no sirve empezar por el escándalo. Hay que ir al origen, porque esta historia no empezó en 2019 con su retiro, ni empezó en Ámsterdam. Empezó mucho antes en una casa de la Ciudad de México donde el dinero no alcanzaba, donde una madre criaba sola a cuatro hijos y donde una niña aprendió la lección que iba a gobernarle la vida entera.

 El amor en su familia siempre se iba por la puerta sin avisar. Y lo que esa niña decidió hacer con esa herida explica cada segundo de lo que viene. Esa casa era la de doña Socorro Castro. Ahí nació Verónica Judith Sainz Castro el 19 de mayo de 1952 y de ahí se fue el padre cuando los niños todavía eran pequeños. Verónica contó alguna vez que creció sin esa figura, que aprendió a no preguntar por él y a no esperarlo.

 En esa casa el dinero se contaba moneda por moneda. Y fíjate en un detalle que casi nadie nota. El apellido con el que el mundo entero la conoce, Castro, es el apellido de su madre. El del padre Sainz quedó borrado de las marquesinas para siempre. Antes de cumplir 15 años, esa niña ya había tomado la decisión más definitiva de su vida sin saberlo.

 El hombre que se fue no merecía ni el crédito del nombre y la hija mayor entendió pronto cuál iba a ser su papel. Ella iba a mantener a esa familia y la herramienta para lograrlo iba a ser su propia cara. A los 14 años ya posaba para fotonovelas. Cobraba poco, aguantaba jornadas eternas y entregaba el sobre completo en su casa.

 Quienes la conocieron en esa época describen a una adolescente que sonreía para el lente, aunque viniera de dormir 4 horas. Esa sonrisa, la sonrisa más famosa que ha dado la televisión mexicana, nació como una herramienta de trabajo. Era el escudo de una niña que no podía darse el lujo de verse cansada, porque del brillo de esos dientes dependía la renta de su madre y la comida de sus hermanos.

Guarda ese detalle en tu mente porque la mujer que aprendió a sonreír para esconder el cansancio va a repetir ese mismo gesto 50 años después. frente a millones de personas para esconder algo mucho más grande. De las fotonovelas saltó a la televisión como edecan y modelo. Ahí, en los pasillos de los estudios, una jovencita de 15 años se cruzó con el hombre que iba a marcarle la vida entera.

 Manuel Valdés, el loco. Valdés, hermano de Tin Tan, estrella absoluta de la comedia mexicana. Él le llevaba más de 20 años. Era encantador, era famoso y era, según lo describió la prensa de la época una y otra vez, incapaz de quedarse con una sola mujer. Verónica se enamoró como se enamora una adolescente que nunca tuvo padre, por completo y sin defensa.

 La relación avanzó durante años entre camerinos y giras, siempre a media luz, porque él tenía otros compromisos y otras parejas. Y en 1974 con 21 años, Verónica quedó embarazada. Cuando se lo dijo, la reacción del loco fue un balde de agua helada. Según versiones cercanas a la familia, el comediante ya acumulaba una docena de hijos con distintas mujeres y el que venía en camino sería el número 13.

Y la historia terminó como terminaban todas en esa familia, con una puerta que se cierra, la misma puerta que Verónica ya conocía desde niña. México, 1974. Una actriz soltera embarazada de un hombre casado con su carrera y con media farándula. Hoy eso apenas levantaría una ceja.

 En aquel país, en aquella década, era una condena social. Las revistas la señalaban. Los productores dudaban de contratarla. Las buenas conciencias la daban por terminada. Verónica tenía dos opciones, esconderse o trabajar. Y eligió trabajar con la barriga creciéndole bajo los vestidos. El 8 de diciembre de 1974 nació su hijo Cristian. Ella tenía 22 años, una familia que mantener, un bebé sin padre presente y una industria entera esperando verla caer.

 Pero lo que esa industria no sabía es que acababa de nacer también otra cosa, el vínculo más intenso, más retorcido y más doloroso de toda esta historia. Un vínculo entre madre e hijo que 50 años más tarde, según el testimonio de una mujer moribunda, iba a terminar en la sala de urgencias de un hospital. Cristian creció sin saber quién era su padre.

 Verónica decidió callarlo en parte para protegerlo y en parte dicen quienes la conocieron para no mendigar un apellido que nunca le ofrecieron. El niño preguntaba, la madre cambiaba de tema y el encuentro entre padre e hijo terminó ocurriendo por puro azar cuando Cristian tenía 9 años en unas vacaciones en Acapulco.

 El loco Valdés se hospedaba en el mismo lugar. Imagina esa escena. Un niño de 9 años frente a un señor canoso que le sonríe sin saber que ese señor es la mitad de su sangre. Padre e hijo no construyeron una relación real hasta que Cristian pasó los 30 años, demasiado tarde para curar nada. Mientras tanto, la carrera de la madre soltera que México había sentenciado hizo exactamente lo contrario de hundirse.

 En 1979, Televisa le entregó el protagónico de una telenovela que iba a cambiar la historia de la televisión mundial. Los ricos también lloran. El melodrama se vendió a más de 100 países. Se tradujo al ruso, al chino, al árabe. Cuando la Unión Soviética la transmitió años después, las calles de Moscú se vaciaban a la hora del capítulo.

 Verónica Castro se convirtió en el rostro mexicano más reconocido del planeta, por encima de presidentes y futbolistas. Y fíjate en la ironía, porque duele. En esa telenovela, Verónica interpretaba a una madre separada de su hijo, una mujer que se pasa años buscando al niño que perdió. Millones lloraban viéndola actuar ese drama.

 Nadie sospechaba que la actriz volvía a casa cada noche a criar sola a un hijo de verdad mientras le ocultaba el nombre de su padre. El tamaño de lo que vino después no se puede exagerar. Cuando Verónica visitó Moscú en 1992, la recibieron multitudes que las crónicas compararon con la llegada de un jefe de estado. Miles de rusos gritando Veronica en pleno invierno, ancianas llorando al tocarla, autoridades escoltándola como tesoro nacional.

Una madre soltera de la ciudad de México, la niña de las fotonovelas, parando el tráfico del otro lado de la cortina de hierro. Y mientras tanto, su hijo Cristian crecía dentro de los foros, debutando como actor infantil en las telenovelas de su madre, aprendiendo desde niño la lección familiar. El apellido Castro se lleva como una corona y las coronas pesan.

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