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Cuando un futbolista fue “asesinado” por marcar un autogol

Esa fue la distancia entre los cánticos de decenas de miles de aficionados en los estadios del mundial y el frío silencio de un estacionamiento, donde su vida llegó a su fin bajo una lluvia de balas. Pero para entender por qué una de las elecciones más talentosas de la historia de Colombia  terminó enfrentando un destino tan trágico, no podemos comenzar con los disparos.

La verdadera historia comienza muchos años antes. ¿Sabías que Colombia llegó a la Copa Mundial de 1994 como uno de los principales candidatos al título? Solo unos meses antes del torneo habían sorprendido al mundo al aplastar a Argentina por 5 a0 en Buenos Aires. Una de las victorias más impactantes en la historia del fútbol sudamericano.

¿Sabías que antes de su segundo partido en el Mundial los jugadores de Colombia recibieron amenazas de muerte? o que detrás de la generación más talentosa de futbolistas que el país había producido, existía una fuerza oscura que manipulaba todo en silencio. Para responder a esas preguntas debemos retroceder a finales de la década de 1980.

Fue una etapa en la que Colombia vivía una paradoja que el país tardaría décadas en superar. Por un lado, contaba con una generación de futbolistas extraordinaria, capaz de competir contra cualquier selección del planeta. Por otro lado, las organizaciones del narcotráfico habían penetrado profundamente  en el fútbol hasta el punto de que la línea entre el deporte y el crimen se volvía cada vez más borrosa.

Dos corrientes de alta tensión coexistían dentro de un sistema demasiado frágil para controlarlas. Y cuando finalmente chocaran, las consecuencias serían absolutamente devastadoras y impactantes. En 1989, el Atlético Nacional de Medellín hizo historia al convertirse en el primer club colombiano en ganar la Copa Libertadores, el torneo de clubes más prestigioso de Sudamérica.

Todo el país celebró aquella hazaña. Fue un momento de orgullo sin precedentes para el fútbol colombiano. Pero detrás de la celebración había una sombra muy larga, la sombra de Pablo Escobar Gaviria, el capo del cartel de Medellín, el narcotraficante más buscado del mundo. Escobar había sido accionista del Atlético Nacional antes  y aún mantenía vínculos con el club, aunque nadie se atrevía a mencionarlo públicamente y no era un caso aislado.

De hecho, en aquella época el fútbol colombiano y el mundo del narcotráfico estaban tan entrelazados que muchos analistas comenzaron a llamar a este fenómeno con un nombre propio, narcofútbol.  El fútbol del narcotráfico. Pablo Escobar ejercía influencia sobre Atlético Nacional e Independiente Medellín.

Su socio, Gonzalo Rodríguez Gacha, conocido como El Mexicano, invertía enormes cantidades de dinero en Millonarios de Bogotá, el club más exitoso de Colombia en aquella época. Mientras tanto, el cartel de Cali, el mayor rival del cartel de Medellín y dirigido por los hermanos Rodríguez Orejuela, respaldaba al América de Cali. De cierta manera, los partidos de fútbol se habían convertido en un reflejo de la guerra de poder que se libraba fuera de los estadios.

La rivalidad entre los clubes ya no era solo una lucha por los títulos, también era una representación a pequeña escala del enfrentamiento entre los imperios del narcotráfico. Conflictos que con frecuencia llegaban a las portadas de los periódicos en forma de atentados, asesinatos y episodios de violencia en las calles.

Los capos del narcotráfico utilizaban el fútbol para lavar dinero, pero el dinero no era la única razón. Para muchos de ellos y especialmente para Pablo Escobar, el fútbol también era una auténtica pasión. Escobar veía este deporte como un refugio frente al mundo criminal que él mismo había ayudado a construir. En la mayoría de sus propiedades mandó construir campos de fútbol, seguía los partidos constantemente, recompensaba las victorias con dinero y trataba a muchos jugadores como si fueran amigos cercanos.

Las celebraciones y fiestas eran frecuentes en sus haciendas. Los futbolistas eran invitados a convivir, comer y participar en partidos de exhibición. Todo transcurría en un ambiente aparentemente cordial e incluso alegre. Pero detrás de esa cordialidad siempre existía una realidad imposible de ignorar. Todos sabían perfectamente quién era el hombre que tenían delante.

Y en ocasiones una invitación de Pablo Escobar no era realmente algo que pudiera rechazarse. Quizás ninguna historia describe mejor aquella época que el episodio ocurrido en 1991. En ese momento, Escobar se encontraba recluido en la catedral, la prisión especial construida bajo las condiciones que él mismo había negociado con el gobierno colombiano en las montañas de Enigado.

Desde el interior de  aquella prisión, Escobar envió una invitación a toda la plantilla del Atlético Nacional. El propósito era felicitarlos por la conquista de la Copa Libertadores. Los jugadores subieron a la montaña para almorzar con él. Después salieron juntos al campo y organizaron un partido de fútbol. El portero René Yguita también tuvo que pagar un alto precio por esa relación.

En ese momento era considerado uno de los mejores porteros del mundo. Y guita era conocido por su estilo de juego atrevido y arriesgado, saliendo con frecuencia del área para participar en el juego, junto con una capacidad de manejo del balón con los pies muy superior a la de la mayoría de los porteros de su época.

Sin embargo, su carrera se interrumpió de forma repentina cuando fue arrestado por actuar como intermediario en un caso de secuestro relacionado con una niña vinculada a personas del entorno de Pablo Escobar. Iguita pasó 6 meses en la prisión de la modelo en Bogotá y perdió la oportunidad de participar en la Copa Mundial de 1994 para la selección nacional de Colombia, que en ese momento representaba la imagen del país ante el mundo.

Un escándalo de ese tipo era completamente inaceptable  y chocante, pero eso solo era el comienzo. Aún estaban por llegar acontecimientos más graves. Principios de la década de 1990, Colombia contaba con una generación de futbolistas considerada la mejor en la historia del fútbol del país. Con estrellas como Carlos Valderrama, Faustino Asprilla, Freddy Rincón y Andrés Escobar.

La selección nacional se convirtió en un equipo excepcional bajo la dirección del entrenador Francisco Maturana, el primer colombiano en ganar la Copa Libertadores. El equipo practicaba un fútbol creativo, fluido y lleno de inspiración, imposible de igualar para cualquier rival del continente. La campaña de clasificación para la Copa Mundial de 1994 fue la prueba más clara de esa fuerza.

Colombia consiguió su boleto al mayor torneo de fútbol del planeta de manera contundente, encajando solo dos goles durante toda la fase de clasificación y en el centro de la defensa estaba Andrés Escobar. Nacido en 1967 en Medellín, Escobar se unió al Atlético Nacional cuando tenía solo 19 años y fue parte del equipo que hizo historia al conseguir el primer título de la Copa Libertadores para el fútbol colombiano.

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