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Creían que era un Chiste, hasta que Villa les BORRÓ la Sonrisa a Balazos

 Los generales federales se habían reído de villa durante meses, burlándose de su falta de educación, de su pasado criminal y de sus tácticas de bandolero. Esa risa estaba a punto de congelarse en sus gargantas para siempre. Para entender la magnitud del error de cálculo de Salazar y de toda la casta militar porfirista y huertista, debemos diseccionar la psicología de la arrogancia federal.

 El cuerpo de oficiales del Ejército Federal Mexicano de 1913 era una aristocracia cerrada. Se veían a sí mismos como los guardianes de la civilización frente a la barbarie. Hablaban francés, citaban a Napoleón y a Jomini y creían fervientemente en la superioridad del orden geométrico sobre el caos impulsivo.

Generals Campa and Salazar] - The Portal to Texas History

 

 Para ellos, la guerra era una ciencia exacta. Si tenías más cañones, mejores fusiles y una posición defensiva sólida, la victoria era una cuestión de tiempo. Pancho Villa representaba todo lo que despreciaban. Era sucio, inculto, emocional y a sus ojos tácticamente primitivo. Lo llamaban el centauro, no como un elogio, sino como una forma de deshumanizarlo, de reducirlo a una bestia, mitad hombre, mitad animal.

 Creían que su éxito inicial se debía a la suerte y a la debilidad de guarniciones menores. Pero Tierra Blanca era diferente. Aquí estaba el ejército de verdad en campo abierto, listo para dar una lección de disciplina. Dejen que venga dijo Salazar a sus ayudantes mientras tomaba café en su vagón privado. Cuando sus caballos choquen contra nuestro muro de plomo, aprenderá que la guerra no es un rodeo.

Sin embargo, lo que los generales federales llamaban barbarie era en realidad una evolución táctica superior nacida de la necesidad darwiniana. Villa no había estudiado en el colegio militar de Chapultepec, había estudiado en la Sierra Madre, suescuela. había sido la persecución. Durante años, como bandolero fugitivo, había aprendido que la velocidad es vida y que la sorpresa es más letal que el calibre.

 Mientras los federales dependían de trenes y carros de suministros lentos, Villa había convertido a su caballería en un organismo autónomo de alta velocidad. El caballo villista no era el pura sangre europeo alto y delicado que preferían los oficiales federales para los desfiles. Era el caballo criollo, pequeño, feo, fibroso, capaz de correr 80 km en un día, comiendo solo pasto seco y bebiendo agua sucia.

 Y el jinete villista no era un soldado de caballería de salón que montaba con estribos largos y postura rígida. Era un vaquero, un hombre que vivía sobre la silla, que podía disparar al galope, dormir montado y que tenía una conexión telepática con su animal. Villa había reunido a miles de estos centauros y les había dado un propósito, aplastar a los hombres de los uniformes bonitos.

 La batalla de Tierra Blanca comenzó no con una carga, sino con una demostración de la astucia que los generales despreciaban. Villa sabía que atacar frontalmente a 5,500 federales atrincherados con ametralladoras era un suicidio, incluso para su caballería. Así que usó el arma favorita de los generales en su contra, la arrogancia.

 En los días previos, Villa había ejecutado la maniobra del tren de Troya en Ciudad Juárez, capturando la ciudad, escondiendo a sus tropas dentro de un tren de carbón. Fue una jugada maestra de engaño. Ahora en Tierra Blanca, Villa necesitaba que Salazar saliera de sus posiciones fortificadas o que cometiera un error. Villa envió primero a una fuerza pequeña a hostigar las líneas federales, fingiendo debilidad.

 Salazar, viendo a estos rebeldes desorganizados retirarse ante sus primeros disparos de cañón, mordió el anzuelo. Creyó que la chusma estaba huyendo. Ordenó a su caballería federal, los colorados, traidores orosquistas que se habían unido a Huerta, que persiguieran. Fue el error fatal. Al estirar sus líneas y abandonar la seguridad de sus nidos de ametralladoras, Salazar expuso a su ejército a la verdadera fuerza de Villa.

Cuando Villa dio la orden de ataque general, el sonido cambió la atmósfera del desierto. No fue el crack crack ordenado de los fusiles, fue un estruendo sordo, geológico, 6000 cascos golpeando la tierra dura al unísono. La caballería de la división del norte emergió de las nubes de polvo no como una línea ordenada de desfile, sino como una avalancha de gritos y acero.

 La táctica de carga de villa, que los generales llamaban desordenada, era en realidad una saturación de objetivos calculada. Los villistas no cargaban hombro con hombro, lo que los haría blancos fáciles. Cargaban en enjambre, dispersos, pero convergiendo en puntos críticos, moviéndose a una velocidad que hacía imposible para los artilleros federales ajustar sus miras.

 El cañón Sanon es un arma formidable contra infantería que camina, pero contra miles de jinetes que galopan a 50 km porh en zigzag es casi inútil a corta distancia. Los artilleros federales, acostumbrados a blancos estáticos, entraron en pánico. Veían venir la muerte a caballo y sus manos temblaban al tratar de girar las manibelas de elevación.

 El choque fue brutal. La caballería villista no se detuvo para disparar desde lejos. Se estrelló físicamente contra las líneas federales. Usaron sus caballos como proyectiles cinéticos de 400 kg. Un jinete villista, Rodolfo Fierro, conocido como el carnicero, lideraba estas cargas con una ferocidad psicopática.

 Fierro no buscaba cubrirse, buscaba el contacto. Cuando la caballería rompió la primera línea de defensa, el orden geométrico de Salazar se desintegró. Un ejército federal está diseñado para funcionar como una máquina. El oficial da la orden, el sargento la repite, el soldado dispara. Pero cuando tienes a un hombre a caballo encima de ti, disparándote con un revólver a quemarropa o pisoteándote, la cadena de mando desaparece.

 El soldado federal, aterrorizado, dejó de ser una pieza de la máquina y se convirtió en un individuo tratando de sobrevivir. Las ametralladoras, que debían haber detenido la carga, fueron silenciadas no por fuego de contrabatería, sino por jinetes que saltaban sobre ellas, lazando a los artilleros o matándolos a culatazos.

 La derrota de Salazar en Tierra Blanca fue absoluta. No fue una retirada táctica, fue una desbandada vergonzosa. El general, que por la mañana se burlaba de los cuatreros, tuvo que huir a pie por el desierto, abandonando sus trenes, sus cañones y su honor. Villa capturó cuatro locomotoras, docenas de vagones de munición y artillería.

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