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Amanda Miguel: El ASQUEROSO Linchamiento… La Pesadilla al Enterrar a Diego Verdaguer

 Tenía apenas 23 años, pero ya sabía lo que era el éxito masivo gracias a una canción que todo el mundo tarareaba llamada Volveré. Se detuvo en un semáforo y entre la gente que cruzaba la calle vio a una muchacha de 18 años que caminaba con paso decidido. Ella venía de la Patagonia, un lugar frío y lejano en el sur de Argentina, buscando su propio lugar en el mundo de la música.

 Diego dio la vuelta con su coche, la buscó entre la multitud y frenó justo al lado de ella para preguntarle de frente si sabía cantar. Amanda Miguel le contestó que sí, con una mirada firme, que no se bajó ante la fama de aquel, hombre joven. Él le pidió que subiera al coche y cantara algo ahí mismo, sin música de fondo y sin ninguna preparación previa.

La casa de Diego Verdaguer y Amanda Miguel en México | Architectural Digest

 En ese momento, Diego ya no era el muchacho pobre que tocaba la trompeta en los barrios de Buenos Aires para ganarse unas monedas. Su nombre real era Miguel Atilio Bocadoro Hernández y venía de una familia humilde donde la música fue el único escape de la rutina diaria. Había trabajado duro tocando el bandoneón en noches largas de tango y sudor antes de convertirse en el ídolo romántico que las mujeres empezaban a perseguir.

Cuando escuchó la voz de Amanda dentro de aquel coche, algo en su cabeza de productor entendió que esa muchacha no era solo una cara bonita. Él vio en ella el instrumento perfecto para construir un imperio musical que todavía no existía ni siquiera en sus sueños más ambiciosos. No se lanzó sobre ella de forma grosera, sino que decidió seguir un plan de conquista que duró un mes entero de paciencia.

Durante esos 30 días solo le tomaba la mano o le daba besos en la mejilla mientras caminaban por los parques públicos de la ciudad. Caminaban por la zona del bajo, muy cerca del puerto, donde el viendo del río soplaba con fuerza y Diego le contaba sus deseos de conquistar el mercado de México. Amanda lo escuchaba con la inocencia de quien todavía no conoce las trampas que tiene el mundo del espectáculo para las mujeres jóvenes y talentosas.

Ella no sabía en ese entonces que aquel hombre que la cortejaba tan despacio ya cargaba con el peso de un matrimonio anterior hecho pedazos. Diego ya tenía una hija pequeña llamada Jimena, que vivía lejos de él y cuya existencia no encajaba en la nueva vida de ídolo que quería inventar.

 El cantante usó ese mes de paseos y charlas largas para que Amanda se sintiera la única mujer importante en el universo entero. Fue una estrategia de acercamiento que él mismo admitió años después frente a las cámaras con una sonrisa de hombre orgulloso. El primer beso llegó finalmente frente al Río de la Plata, un lugar inmenso donde el agua parece no tener fin y donde Diego le pidió formalmente que fuera su novia.

 Poco tiempo después decidieron que Argentina se les quedaba pequeña para la ambición que ambos compartían en sus corazones de artistas. Tomaron sus maletas y se fueron a México, un país que les abrió las puertas de la radio y la televisión como si fueran hijos nacidos en esa misma tierra. Diego se cambió el nombre a uno más comercial y empezó a vestir con trajes elegantes mientras Amanda se quedaba en un rincón esperando su turno.

 Ella aceptó ser su corista durante mucho tiempo. La voz que se escucha al fondo para que la voz principal brille con más fuerza bajo las luces de colores. En aquellos primeros años en México vivían en departamentos pequeños mientras Diego invertía cada peso que ganaba en su propia imagen y en sus grabaciones de estudio.

 Amanda planchaba sus camisas y aprendía a moverse en un escenario gigante, siempre dos pasos por detrás del hombre que amaba. Esa posición de sombra no parecía molestarle al principio, porque Diego le prometía cada noche que pronto llegaría su momento de brillar sola. La industria de la música en esos años era un mundo de hombres donde las mujeres muchas veces solo servían para acompañar o para hacer la cara bonita del disco.

 Diego lo sabía muy bien y manejaba los contratos y las entrevistas con una mano firme que no dejaba nada librado al azar o a la suerte. Se casaron en 1975 de forma muy sencilla, sin los lujos que vendrían después con los millones de discos vendidos y la fama continental. Amanda tenía 18 años y pensaba sinceramente que el amor era suficiente para sostener cualquier problema que trajera la vida de casados.

 No se imaginaba que aquel hombre romántico que le subía la cena a la cama también guardaba secretos pesados en su teléfono y en sus giras largas de trabajo. Diego era un hombre, un hombre guapo y le gustaba mucho que las mujeres lo miraran con deseo cuando él cantaba sus baladas de amor sobre el escenario. Esa costumbre de gustar y de dejarse querer por otras mujeres, empezó a crear grietas profundas en la casa que Amanda intentaba mantener siempre limpia de mentiras ajenas.

Diego Verdager necesitaba que su nueva vida en México fuera un libro con las páginas totalmente blancas. Su primer matrimonio en Argentina había sido un fracaso lleno de deudas y tristeza que él quería borrar de su memoria para siempre. En ese cuadro de felicidad que estaba pintando junto a Amanda Miguel, no había espacio para los errores del pasado ni para las deudas emocionales.

La prueba más clara de ese tiempo anterior era su hija mayor llamada Jimena, una niña que se había quedado del otro lado del mapa. Para que el público comprara la imagen del esposo perfecto y del padre ejemplar, Diego decidió que lo mejor era mantener a esa niña lejos de las cámaras y de las revistas de espectáculos.

 La estrategia de comunicación de aquel entonces era muy sencilla y consistía en no mencionar aquello que pudiera manchar la postal de amor eterno que estaban vendiendo. Amanda Miguel no fue una espectadora inocente en esta parte de la historia familiar que casi nadie contaba. Ella era una mujer joven y muy firme que quería proteger su nuevo hogar de cualquier sombra que viniera de la vida anterior de su marido.

 La presencia de Jimena representaba un recordatorio constante de que Diego ya había amado a otra mujer y había formado una familia antes de conocerla a ella. Según varias personas cercanas a la pareja, las tensiones dentro de la casa se volvieron tan fuertes que se tomó una decisión muy fría y definitiva.

 Enviaron a la niña a estudiar a Suiza a miles de kilómetros de distancia de su padre y de la nueva esposa de este. No fue un premio ni una oportunidad de estudio común, sino una forma diplomática de sacar de la foto lo que estorbaba al negocio de la ternura. A los 12 años de edad, Jimena tomó sus maletas llenas de ropa usada y decidió viajar a México para reclamar un lugar al lado de su padre.

Ella no quería visitas cortas ni llamadas telefónicas de 5 minutos una vez al mes desde un país extraño. Quería entender por qué el hombre que debía cuidarla, se había vuelto una estrella de la televisión que sonreía junto a otra mujer y otra hija. Diego la recibió en su casa de México, cargado de una culpa que no sabía cómo manejar frente a Amanda.

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