¿Cuántas personas murieron esa noche? Es una pregunta que todavía no tiene una respuesta definitiva y eso cuatro décadas después sigue siendo parte de la tragedia. El 20 de octubre de 1982, el Spartac de Moscú enfrentaba al HFC Harlem de los Países Bajos en el estadio central Lenin, hoy conocido como Lushniki, en el marco de la Copa de la UEFA.
El estadio tenía capacidad para 100,000 personas, pero esa noche con un invierno ruso que había llegado antes de tiempo y una temperatura glacial, apenas se vendieron 16,000 localidades. Entonces, las autoridades del estadio tomaron una decisión lógica, al menos en apariencia, concentraron a todos los espectadores en una sola sección, la más cercana a la estación de metro y dejaron el resto del enorme recinto prácticamente vacío.
Solo una salida fue habilitada para el control de la multitud. que era demasiado grande para una sola puerta y eso quedaría demostrado. Fue un error terrible. Según las palabras del propio Alexander Prosbetov, periodista que cubrió el partido y que décadas después investigó a fondo lo ocurrido. El Spartac ganaba 1 a0 y el partido parecía resuelto.
Al llegar los minutos finales, varios cientos de hinchas empezaron a retirarse antes de tiempo, como suele ocurrir cuando el resultado está sellado. Emprendieron la marcha por el único túnel de salida habilitado que conectaba con las escaleras de acceso al metro. Y fue entonces cuando 20 segundos antes del pitido final, el Spartac marcó su segundo gol.
El rugido del estadio llegó al túnel y algunos aficionados que ya estaban saliendo intentaron darse vuelta para volver a ver la celebración, pero chocaron de frente con los que venían detrás y comenzó el caos. Una mujer resbaló en las escaleras cubiertas de hielo y eso desencadenó un efecto dominó. La estampida que se inició en ese momento no se detendría por los gritos ni por las muertes.
La gente fue pisoteada y aplastada. Hubo quienes vieron a un policía arrastrando un cadáver. La escena era digna de una película de cine catástrofe, porque en minutos ya había cuerpos colgando de las rampas y se oía el sonido de golpes, caídas y huesos rotos. Un testigo llamado Vladimir, que esa noche perdió a seis compañeros, solo se salvó porque alguien desde los márgenes lo sacó de entre la multitud.
La cifra oficial de fallecidos fue de 66 personas, 38 de ellas eran adolescentes, pero ese número siempre estuvo en duda. Testigos del partido afirmaron que el número real era mucho mayor. En algunas publicaciones posteriores se llegó a hablar de hasta 350 víctimas, aunque esa cifra nunca pudo confirmarse tampoco. La opacidad del sistema soviético lo hizo imposible y las versiones que contradecían los números oficiales fueron prolijamente silenciadas.
Lo que sí se sabe con certeza es lo que pasó al día siguiente. En el diario vespertino Moscovita Becheraya MXBA apareció una nota de pocas líneas que decía que había ocurrido un incidente en Lushniki y que algunos espectadores habían resultado heridos. Nada más. Ni televisión estatal ni prensa deportiva. Dedicaron informes detallados, ni respondieron preguntas.
El silencio fue tan total e inmediato como calculado. En 1982, la Unión Soviética vivía bajo la premisa de que en su sistema no existían las tragedias. Si algo salía mal directamente, nunca había sucedido. Prosbetov lo explicó con claridad. Si hubiera querido escribir sobre eso, habría tenido que pegar el artículo a un árbol sin que nadie me viera.
Las familias de las víctimas llamaron a hospitales y se esforzaron en contactar a la policía. Buscaron por su cuenta en vano durante horas y solo más tarde, a través de expedientes de investigadores, empezaron a descubrir lo que había pasado con sus seres queridos. Una madre pasó toda la noche buscando a su hijo Olec de 20 años.
Solo al día siguiente supo que su cuerpo había permanecido tendido toda la noche cerca del monumento a Lenin antes de ser trasladado a la morgada. El entierro se realizó de forma discreta con presencia policial antes de que amaneciera. La única forma en que la noticia circuló fue de boca en boca. El director del estadio fue declarado culpable y condenado a 3 años de trabajo forzados, de los que cumplió solo 18 meses.
Pero el papel de la policía soviética en la gestión de la multitud nunca fue revisado oficialmente. El detective que dirigió la investigación cerró el caso con una frase que resumía la postura del régimen. Era imposible evitar este tipo de sucesos. La verdad no salió a la luz hasta 1989 cuando la política de transparencia impulsada por Gorbachov empezó a derribar el telón de acero y la prensa pudo comenzar a desenterrar tragedias ocultas por mucho tiempo.
Los familiares de las víctimas del lushniki no recibieron muestras de solidaridad internacional. El mundo no supo que habían existido hasta que el régimen que los había silenciado empezó a desmoronarse. El historiador David Goldbl describió el desastre como el Charnobyl del fútbol, señalando los mismos mecanismos de negación y la misma filtración lenta de la verdad que caracterizaron la respuesta soviética a la explosión nuclear de 1986.
Un accidente ocultado por el estado durante años con víctimas que nadie pudo llorar en público. Hoy en las escaleras que conducen el estadio Lushniki, flores y fotografías recuerdan a los aficionados que murieron allí. El Spartac colocó un monumento en las zonas aledañas al recinto y en el 25º aniversario de la tragedia, los ídolos del Spartac y del Harlem disputaron un partido benéfico en memoria de las víctimas, una reparación modesta y tardía para una catástrofe que durante años no existió. Dos tragedias que
fueron ocultadas, una por vergüenza de un gobierno recién asumido, otra por la maquinaria de un estado totalitario. Lo que vendría a continuación no tuvo nada de silencio. Ocurrió en directo ante millones de espectadores en el mayor escenario posible. Y aún así, la elección tardó años en llegar. 18 días.
Ese es el tiempo que se paró el incendio de Bradford, del que hablamos en la primera parte de este informe, de la siguiente gran catástrofe futbolística de ese año. Y mientras Europa todavía procesaba el horror de Valley Parade, otra tragedia se estaba gestando en Bruselas en el escenario que debía ser la mayor fiesta del fútbol continental.
Era el 29 de mayo de 1985 y el estadio de Hazel iba a albergar la final de la Copa Europa entre el Liverpool y la Juventus de Turín. No era un duelo que se viera cualquier día. Hablamos del mejor equipo inglés de los últimos años contra el mejor italiano con Michelle Platin en su plenitud y seis campeones del mundo del 82 en la alineación de la Juve.
El Liverpool llegaba como vigente campeón y con una deuda pendiente. En enero había caído ante la Juventus en la Supercopa de Europa y la derrota había dejado en los jugadores y aficionados ingleses la necesidad impostergable de una revancha. El contexto del momento, más allá de lo deportivo, era explosivo. En 1985, el juliganismo, la versión inglesa de los barrabravas latinos, estaba en su momento más virulento, con grupos ultras que aprovechaban los desplazamientos europeos para el vandalismo y los enfrentamientos. La prensa
sensacionalista inglesa había avivado los ánimos en los días previos recordando lo sucedido en Roma el año anterior, cuando los hinchas del Liverpool habían sufrido ataques de los ultras de la AS Roma antes y después de la final que el Liverpool ganó por penales. Para muchos aficionados radicales, Hazel no era solo una final de fútbol, sino el escenario de un enfrentamiento entre dos hinchadas que querían demostrar su supremacía más allá del resultado deportivo.
El estadio estaba abarrotado con 60.000 espectadores. La UEFA había distribuido las hinchadas en distintas zonas, pero muchas de las entradas reservadas al público local belga habían terminado en manos de hinchas de uno y otro equipo. La zona Z, en uno de los fondos del estadio, estaba ocupada en su mayoría por aficionados de la Juventus, pero era contigua la zona X, donde se concentraban hinchas del Liverpool.
Una hora antes del inicio del partido, los aficionados más radicales del Liverpool en la Zona X comenzaron a lanzar objetos y se abalanzaron sobre los de la Juventus en la zona Z. Los italianos intentaron alejarse y se acumularon en el fondo de la sección, aprisionados entre el muro que cerraba la gradería y las vallas metálicas fijas que separaban las gradas del terreno de juego.
Cientos de personas quedaron atrapadas sin posibilidad de escapar y la presión de la multitud se volvió insostenible. Las fuerzas de seguridad belgas formaron cordones para evitar que el caos se extendiera, pero tardaron en intervenir en la zona Z. Y aún peor, al cerrar los accesos para que no entraran más personas, también impidieron que pudieran salir los que ya estaban dentro.
La zona entera se convirtió en una trampa. La situación se prolongó durante minutos que parecían horas. Algunos aficionados fueron evacuados al terreno de juego por otros hinchas y por agentes de seguridad, pero el personal sanitario era insuficiente. Muchos recibieron los primeros auxilios de desconocidos en el campo. Finalmente, las ambulancias pudieron ingresar y comenzaron a evacuar heridos, pero no se pudo evitar lo peor.
39 personas murieron, la mayoría por asfixia y por aplastamiento. 32 de las víctimas eran italianos, en su mayoría hinchas de la Juventus. Las otras siete eran belgas, franceses y un irlandés. 600 personas resultaron heridas. Y entonces la UEFA tomó una de las decisiones más polémicas de su historia.
El partido se jugó a pesar del caos y de los muertos. El gobierno belga había decretado estado de sitio en Bruselas. Los cadáveres estaban siendo retirados del estadio cuando los jugadores salieron al campo. La decisión fue duramente criticada por la opinión pública, aunque los organizadores argumentaron que suspender el encuentro podría traer consecuencias aún peores.
Todo ocurrió mientras las cámaras de televisión transmitían en directo para toda Europa. De todas las cadenas, solo la televisión de Alemania occidental decidió interrumpir la emisión. La tragedia de Hazel fue hasta ese momento el desastre deportivo con mayor impacto mediático de la historia, precisamente porque no ocurrió en las sombras, sino durante la final más importante del fútbol de clubes en vivo y ante millones de espectadores.
Las consecuencias fueron históricas. La UEFA sancionó a todos los clubes ingleses con 5 años de exclusión de las competencias europeas y al Liverpool le impusieron inicialmente 6 años, pero después la sanción fue reducida. Los clubes ingleses habían ganado siete de las ocho copas de Europa disputadas entre 1976 y 1984 y de un día para el otro quedaron fuera del fútbol continental.
Los mejores jugadores británicos emigraron al continente para poder jugar competiciones europeas y ganar más prestigio y dinero. Y la imagen del aficionado inglés quedó estigmatizada durante años. Solo 14 hinchas del Liverpool fueron condenados por la justicia belga con penas de 3 años que finalmente fueron suspendidas, además del capitán de policía Johan Mahwicio involuntario.
La UEFA, los propietarios del estadio y las autoridades belgas no enfrentaron ningún cargo. El estadio de Hazel fue demolido y reconstruido bajo el nombre de Estadio Rey Balduino. Nunca se colocó en él una placa conmemorativa de las víctimas, pero aunque lo que había ocurrido no tuvo culpables ni castigos, sí tuvo derivaciones que afectaron al deporte como tal.
La FIFA respondió con un paquete de medidas que transformaron la seguridad en los estadios a nivel mundial. Se prohibieron las zonas sin asientos en partidos internacionales. Eliminaron las vallas fijas, se ordenaron inspecciones de infraestructura, la separación obligatoria de hinchadas, prohibición del alcohol y de elementos que pudieran utilizarse como armas e instalaron cámaras de videovigilancia.
El fútbol europeo que conocemos hoy es en parte el resultado de lo que ocurrió en la zona Z del estadio Hazel esa noche de mayo. Hisel cambió las reglas del fútbol europeo, pero 4 años más tarde en el mismo país que había visto surgir al Liverpool y la misma institución que lo había sancionado, las lecciones seguían sin haberse aprendido del todo y las consecuencias fueron devastadoras, aunque esta vez la historia no terminaría en el estadio.
Lo que hace diferente a lo que ocurrió en Hillsburg de todas las demás catástrofes de este especial es que la tragedia tuvo dos actos. El primero ocurrió dentro del estadio, el segundo durante los 30 años siguientes y alguien tuvo que asumir la responsabilidad. Era el 15 de abril de 1989. El estadio Hillsburg de Sheffield había sido seleccionado como sede neutral para la semifinal de la Copa FA entre el Liverpool y el Nottingham Forest.
El recinto albergaba las semifinales de la Copa FA con regularidad desde hacía años y el extremo de Leppins Lane asignado a los hinchas del Liverpool ya había dado señales de peligro en ediciones anteriores. En 1981, una estampida dejó 38 heridos y en 1987 y 88 se reportaron situaciones de asinamiento grave en la misma zona.
Un seguidor llegó a escribirle a la Federación Inglesa de Fútbol, describiendo la sensación de imposibilidad de moverse y el temor por la propia seguridad. Y el reclamo quedó archivado, nadie actuó. Para 1989, el oficial que conocía el estadio y había supervisado los despliegues anteriores fue trasladado apenas tres semanas antes del partido por razones internas.
Su reemplazo, el superintendente jefe David Duckenfield nunca había gestionado un partido con entradas agotadas. Tampoco tenía la formación necesaria para hacerlo. El día del partido, miles de hinchas del Liverpool llegaron al sector de Lepings Lane. Solo había 23 torniquetes para acceder a una capacidad de más de 24,000 personas, mientras que el sector asignado al Nottingham Forest contaba con 60.
La acumulación de gente fuera del estadio creció hasta volverse peligrosa. Una agente pidió por radio que se retrasara el inicio del partido, como se había hecho en años anteriores. Una solicitud que una vez más fue denegada. Duckenfield tomó entonces una decisión. Ordenó abrir la puerta de salida C para aliviar la presión exterior.
Miles de personas entraron al estadio de golpe por un túnel estrecho que desembocaba directamente en los corrales centrales ya saturados. sin que nadie los desviara hacia los laterales donde había espacio disponible. Los aficionados que entraban no sabían lo que estaba pasando adelante y quienes estaban adelante no podían retroceder. El partido comenzó a las 3 en punto.
En el mismo momento en que los corrales centrales colapsaron, la presión aplastó a cientos de personas contra las vallas metálicas perimetrales. Quienes morían morían de pie porque no había espacio para caer. El portero del Liverpool, Bruce Groverland, veía desde su arco como los hinchas detrás de él le pedían ayuda a gritos.
La policía interpretó que se trataba de una invasión de campo e intentó impedir que la gente saliera de los corrales. A las 3:05 el partido fue suspendido, pero ya era tarde para la mayoría. Los aficionados ilesos arrancaron carteles publicitarios para usarlos como camillas improvisadas. podía verse a personas corrientes intentando hacer reanimación cardiopulmonar sobre el césped.
42 ambulancias llegaron al estadio, pero solo tres ingresaron al campo, mientras el resto permaneció fuera paralizado por un protocolo que nadie activó correctamente. Muchos heridos murieron esperando esa tensión que no llegó a tiempo. El balance final fue de 97 muertos. La víctima más joven tenía 10 años y se supo que entre los fallecidos había hermanos, padres e hijos y dos hombres que estaban a punto de ser padres por primera vez.
John Paul Gilhuly de 10 años era primo de Steven Gerard que entonces tenía ocho. Era un apasionado del fútbol, la vida al aire libre y los animales. Nunca salió del estadio. Gerard ha dicho en varias ocasiones que la tragedia lo impulsó a convertirse en el capitán y el jugador que fue. La última víctima murió en 2021, 32 años después del desastre, como consecuencia directa de las lesiones sufridas aquel día.
Y fue entonces cuando empezó el segundo acto. El impacto en los supervivientes fue devastador y duró años, décadas en algunos casos. Para el décimo aniversario del desastre se sabía que al menos tres supervivientes se habían quitado la vida. Otros necesitaron años de tratamiento psiquiátrico, sufriendo de alcoholismo o rupturas constantes en su vida personal.
Uno de los casos más sombríos fue el de Stephen Whittle, que había vendido su entrada a un amigo ese día por compromisos de trabajo. Ese amigo murió en Hillsburook y Whittle no pudo volver a pisar un estadio hasta acabar con su vida los 50 años en 2011. En los días siguientes, la policía de South Georshire filtró historias falsas a la prensa.
Se dijo que los hinchas del Liverpool habían llegado alcoholizados, que habían forzado las puertas y saqueado los cuerpos de muertos y heridos de Sun. publicó esas versiones en portada y la ciudad de Liverpool dejó de comprar ese diario durante décadas. Las familias de las víctimas sabían que todo era mentira, pero tenían el respaldo institucional de la policía.
Las primeras investigaciones forenses, que concluyeron en 1991 emitieron veredictos de muerte accidental. Las familias impugnaron las conclusiones y pelearon durante años para que el caso se reabriera. Pero finalmente, en 1997, una nueva revisión judicial concluyó que no había fundamento para una nueva investigación.
Las acusaciones privadas contra Dckenfield fracasaron en el año 2000. Trevor Higgs, que había perdido a sus dos hijas, describió los veredictos como legales pero inmorales. Ann Williams, cuyo hijo de 15 años murió ese día, peleó hasta su propia muerte en 2013 por demostrar que su hijo había sobrevivido más tiempo del que la investigación oficial reconocía.
En 2012, un panel independiente revisó las evidencias y confirmó lo que las familias habían dicho siempre. Los aficionados no tuvieron la culpa. La policía había alterado declaraciones, encubierto su propia negligencia y construido una narrativa falsa durante años. Los veredictos de muerte accidental fueron anulados y en 2016 una nueva investigación determinó que los 97 fallecidos habían muerto como consecuencia de negligencia grave por parte de la policía y los servicios de ambulancias.
En junio de 2017, seis personas fueron imputadas por delitos que incluían homicidio involuntario por negligencia grave y obstrucción a la justicia. El informe Taylor, elaborado en 1990 tras la tragedia recomendó la eliminación de las gradas de pie valladas y la conversión de los principales estadios en recintos con asientos para todos los espectadores.

La Premier League, creada en 1992 nació bajo esas normas. Los estadios modernos que hoy dan forma al fútbol más visto del mundo llevan la huella directa de lo que ocurrió en Leppings Lane. Hillsburg no fue solo una tragedia deportiva, sino una historia sobre el poder institucional, sobre cómo ese poder puede construir y sostener una mentira durante 30 años y también sobre la tenacidad de las personas comunes que se negaron a que esa mentira fuera la última palabra.
Cuatro historias en cuatro países y cuatro décadas distintas. Y la misma pregunta al final de cada una, ¿quién responde cuando el fútbol se convierte en una trampa? La respuesta casi siempre llegó tarde y para las víctimas y sus familias no fue suficiente porque el espectáculo no se detiene nunca. M.
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