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Washington 1991 El Caso Frío que Nadie Pudo Resolver — El ADN lo Cambió Todo

un hombre que ya había hecho esto antes. Eso es lo que hace que este caso sea diferente a tantos otros. No era la primera vez. Patrick Nicholas, porque ese era su nombre, aunque todavía falta mucho para llegar ahí, no era un hombre que actuó por impulso una única vez en su vida. Era alguien con un historial, alguien que había cruzado esa línea antes, varias veces, alguien que el sistema había tenido cerca sin saberlo.

Pero en 1991 nadie lo sabía y Sara no tenía forma de verlo venir. 300 m. Esa es la distancia que había entre el carro de Sara y el lugar donde la encontraron. 300 m. Los que separan una mañana normal de una tragedia irreversible. Los que separan a una chica de 16 años con toda la vida por delante de un expediente sin resolver que iba a durar casi 30 años.

Cuando sus compañeras de equipo llegaron esa mañana y vieron el carro en el parking, ninguna pensó en lo peor. ¿Por qué habrían de hacerlo? Era Federal Way. Era un sábado por la mañana. Era el colegio, pero Sara no aparecía y entonces llegaron Drew Miller y su amigo, dos chicos de 13 años que iban a patinar y tomaron un atajo. Dos chicos que vieron a un hombre entre los arbustos.

Dos chicos que encontraron algo que ningún niño de 13 años debería encontrar jamás. Y con ese hallazgo comenzó una investigación que iba a durar casi tres décadas. una investigación que iba a acumular más de 3,000 pistas. Una investigación que iba a tener el ADN del asesino desde el primer día y aún así no iba a poder ponerle un nombre. Todavía no.

La policía llegó rápido, pero ya era demasiado tarde. El cuerpo de Sara Jarbor estaba en los arbustos a 300 m de su carro, parcialmente vestida. Su ropa apilada en el pasto a su lado. Las señales de lo que le habían hecho eran inequívocas. Había sido agredida sexualmente y asesinada en plena mañana a metros de un colegio con gente que podría haber llegado en cualquier momento. El asesino no tuvo miedo.

Eso era lo más aterrador de todo. Los investigadores del sherifff del condado de King tomaron el control de la escena. Y desde los primeros minutos algo fue diferente en este caso, algo que debería haberlo resuelto rápido, algo que en teoría era una ventaja enorme. El asesino había dejado rastros biológicos en varias prendas de ropa de Sara.

rastros claros, utilizables, suficientes para construir un perfil de ADN completo. En 1991, eso era casi un milagro forense. La ciencia del ADN estaba en sus primeros años. No todos los casos tenían esa clase de evidencia. No todos los crímenes dejaban una huella tan clara del responsable. Pero este sí.

El asesino de Sara había dejado su firma biológica en la escena del crimen. Los investigadores tenían su ADN, lo tenían desde el primer día y sin embargo, Drew Miller tenía 13 años cuando encontró el cuerpo de Sara. 13 años. La edad en que uno todavía cree que el mundo es mayormente seguro, en que los adultos tienen las respuestas, en que las cosas malas les pasan a otras personas, en otros lugares, en las noticias de la televisión, no en el patio de tu colegio un sábado por la mañana.

Drew y su amigo hablaron con la policía ese mismo día y después hicieron algo que requiere una valentía particular en alguien de esa edad. Se sentaron con los investigadores y describieron al hombre que habían visto salir de los arbustos con detalle, con precisión, con esa memoria particular que tiene el cerebro cuando presencia algo que no debería existir.

Un hombre adulto, rasgos específicos, una forma de moverse, de caminar, de mirar. Con esa descripción, los investigadores crearon un retrato hablado del sospechoso y después otro más elaborado. Los sketches fueron distribuidos por toda la zona de Federal Way, pegados en negocios, en postes, en cualquier lugar donde alguien pudiera verlos.

El mensaje era claro. ¿Conoces a este hombre? La comunidad respondió, “Federal Way era una ciudad tranquila que de repente se había convertido en el centro de una investigación de asesinato. Los vecinos querían respuestas, los padres querían sentirse seguros, todo el mundo tenía algo que decir.” Y así comenzaron a llegar las pistas, una tras otra, cientos, luego miles.

Cada llamada era registrada, cada nombre mencionado era verificado, cada cuartada era revisada. Los investigadores trabajaron sin descanso durante las primeras semanas, convencidos de que con el ADN en mano y los sketches circulando era cuestión de tiempo, días, semanas quizás, pero no. Las semanas se convirtieron en meses, los meses en años, y el nombre que debía aparecer nunca llegaba.

Cada pista prometedora moría en algún punto del camino. Cada sospechoso que parecía encajar terminaba siendo eliminado. Cada nueva teoría encontraba una pared. El ADN seguía ahí perfecto, completo, esperando. Pero no había nadie con quien comparar lo que coincidiera. Para comienzos de los años 2000, los investigadores habían recibido y procesado más de 3000 pistas.

    Ese número es difícil de dimensionar. 3,000 llamadas, 3,000 nombres, 3,000 posibilidades que se abrían y se cerraban sin llevar a ningún lugar. En ese mismo periodo, las autoridades ingresaron el perfil de ADN del asesino en CODIS. CODIS es el sistema nacional de base de datos de ADN de Estados Unidos, un registro que incluye los perfiles genéticos de personas condenadas por crímenes, una red diseñada exactamente para momentos como este.

Si el asesino de Sara había cometido otro crimen, si había sido arrestado en algún otro estado, si había dejado rastros en alguna otra escena, Codis lo iba a encontrar. Eso era la teoría, pero los años pasaron y Codis no encontró nada. El perfil de ADN del asesino de Sarah Yarboro existía en el sistema y no coincidía con nadie, con nadie registrado, lo que significaba una sola cosa.

El asesino nunca había sido condenado por un crimen que requiriera entregar su ADN. Estaba libre, sin registro, sin huella en el sistema, sin ninguna señal de que la justicia lo tuviera en la mira. La familia de Sara vivía con eso, con la certeza de que la ciencia tenía la firma del asesino y con la impotencia de saber que esa firma no servía de nada mientras no hubiera un nombre al que comparar.

Laura Yarborow siguió yendo a cada reunión con los investigadores. Siguió preguntando, siguió esperando y el asesino de su hija siguió libre caminando, respirando, viviendo a pocos kilómetros de donde todo había ocurrido, pero nadie lo sabía todavía. 3000 pistas. Piensa en ese número un momento.

3000 llamadas telefónicas. 3,000 nombres escritos en cuadernos de investigación, 3,000 posibilidades que alguien en algún momento consideró lo suficientemente serias como para seguirlas y ninguna llevó a ningún lugar. Los investigadores del condado de King no eran negligentes, no eran descuidados, eran profesionales que tenían algo que la mayoría de los casos no tienen desde el primer día.

una prueba de ADN completa y utilizable del asesino. En teoría, eso lo cambia todo. En teoría, con esa evidencia en mano, es cuestión de encontrar al hombre correcto y comparar, pero la realidad es más complicada, porque el ADN solo funciona si tienes algo con que compararlo. Y en los años 90 las bases de datos eran pequeñas, los registros genéticos eran limitados.

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