La madre Doris, una hermana mayor Cindy, de 18 años y el hermano menor Jim, de 12. Ese niño de 12 años Jim, es una pieza central de esta historia, aunque en esa noche de febrero de 1964 no era más que un chico viendo televisión en la sala que se quedó congelado al ver entrar a Rodne cubierto de sangre.
Lo que ese niño haría con el resto de su vida, la forma en que la pérdida de su hermana lo moldearía, terminaría siendo decisivo para que este caso casi medio siglo después encontrara por fin una respuesta. Pero esa noche Jim solo era un niño asustado y su hermana, la chica que sonreía a todos en los pasillos, acababa de ser arrancada del mundo a pocas cuadras de su casa.
Cuando Doris Walker llamó a la policía esa madrugada, los oficiales llegaron rápido, buscaron en el estacionamiento de la bolera y encontraron dos cosas: el bolso de Carla y el cargador metálico que se había soltado del arma del atacante. Otros policías recorrieron las calles en patrullas buscando cualquier señal de Carla.
Cuando salió el sol, más oficiales se unieron a la búsqueda. Algunos sobrevolaron la ciudad en helicópteros, escudriñando el suelo con binoculares. El lunes, cuando se reanudaron las clases, los detectives visitaron la Western Hills High. Estudiaron las fotos tomadas en el baile buscando a alguien fuera de lugar. Detuvieron a los chicos en los pasillos, preguntando si conocían a alguien que quisiera hacerle daño a Carla.
Y la familia esperaba aferrada a esa esperanza ingenua de que alguien dejaría a Carla en la puerta de casa y todo volvería a la normalidad. Esa esperanza murió el 20 de febrero. 4 días después de la desaparición, dos oficiales conducían por un camino remoto de dos carriles cerca del lago Brook, a unos 8 km al suroeste de la bolera.
Vieron una alcantarilla, uno de esos túneles de concreto construidos para que el agua pase por debajo del camino. Se detuvieron a mirar dentro y ahí estaba Carla. No voy a detenerme en los detalles más crudos porque la dignidad de Carla lo merece. Pero hay cosas que este caso necesita que se sepan para entender la magnitud de lo que se le hizo.
La autopsia reveló que Carla había estado viva durante dos días después de su secuestro. Dos días. Había sido golpeada, torturada y agredida. Los informes de toxicología mostraron que le habían inyectado morfina y finalmente fue estrangulada hasta morir. Como no había marcas de ligadura alrededor de su cuello, los investigadores concluyeron que el asesino la había estrangulado con sus propias manos.
A los padres de Carla los llamaron a la morgue del hospital para identificarla. Jim, el hermano de 12 años, fue con ellos y describió ese momento de una forma que se queda grabada para siempre. Alguien llevó a mamá y a papá por el pasillo para verla y mi mamá empezó a gritar. Nunca había oído a nadie hacer un sonido así.
Era como un sonido de animal. Eso se quedará conmigo el resto de mi vida. La noticia del asesinato de Carla cubrió casi toda la portada del periódico local. A su funeral asistieron más de 1250 personas, muchas más de las que cabían en la pequeña capilla, y el miedo se apoderó de la comunidad. Las amigas de Carla dejaron de salir de noche.
Algunas no querían ni salir de sus casas. La Asociación de Padres organizó clases de defensa personal. Una chica que cuidaba niños en el vecindario tenía que llamar a sus padres en el momento en que llegaba a cada casa, solo para avisar que estaba a salvo. Una ciudad entera que creía que no cerraba las puertas con llave había aprendido de la peor manera que el peligro era real.
Las autoridades formaron un grupo especial de detectives de varios departamentos de la zona, pero no tenían mucho con qué trabajar. No se identificaron huellas dactilares en el cuerpo ni en la ropa de Carla. La sangre en su vestido resultó ser de las heridas en la cabeza de Rodney. Se encontraron rastros de fluidos corporales, sí, pero la tecnología para identificar a una persona a partir de su ADN simplemente no existía en 1974.
Uno de los detectives lo resumió con una frase que enmarca toda la tragedia de esa época. Ni siquiera teníamos computadoras en nuestros departamentos de policía. No había cámaras de seguridad en los estacionamientos. No había lectores de matrículas en las carreteras. No había bases de datos. La evidencia biológica que el asesino había dejado, esa que algún día lo señalaría sin lugar a dudas, estaba ahí guardada.
Pero era, para la ciencia de 1974 una respuesta escrita en un idioma que nadie podía leer todavía. Los detectives instalaron una línea telefónica de pistas las 24 horas y la gente llamaba. Acusaban a traficantes de marihuana, a un trabajador de la feria, a un joven callado que solía jugar bolo solo en la bolera donde Carla fue secuestrada.
Hubo incluso una llamada de un hombre que no quiso dar su nombre. Afirmó conocer al asesino. Dijo que el hombre no había querido matar a Carla, que solo había querido abusar de ella. pistas y más pistas y ninguna llevaba a ningún lado, pero había una, una sola pista física concreta, ese cargador de metal caído en el estacionamiento y esa pequeña pieza estaba a punto de poner a la policía por un breve momento frente a frente con el asesino de Carla.
Para marzo de 1974, un mes después del asesinato, el grupo especial de detectives tenía una sola pista sólida con la que trabajar y la siguieron con la diligencia que la tecnología de la época permitía. Ese cargador metálico encontrado en el estacionamiento pertenecía a una pistola2 Ruger de modelo reciente. Los detectives le pidieron al gobierno federal, a la oficina de control de armas, la lista de todas las personas en Ford W habían comprado ese modelo.
La lista tenía un par de docenas de nombres y los detectives se propusieron entrevistar a cada uno de ellos. Uno de esos nombres era el de un camionero de 31 años, Glenn McCury. A principios de marzo de 1974, dos detectives llegaron a la casa de McCarley para preguntarle por su pistola.2 Ruger.
McCarley tenía una respuesta lista. les dijo que el arma le había sido robada seis semanas antes de su camioneta mientras estaba pescando, es decir, robada justo alrededor de la fecha del asesinato, y dijo que no había reportado el robo por una razón específica, porque era un exconvicto que había estado en la cárcel por robo de auto cuando era joven y no quería problemas con la policía.
Una cuartada conveniente. El arma que coincidía con la pista del crimen ya no estaba en sus manos, según él, justo cuando ocurrió el crimen. Pero los detectives no se conformaron solo con su palabra. Le pidieron a Mcurly que fuera a la comisaría y se sometiera a una prueba de polígrafo. Un detector de mentiras. McCurly aceptó y pasó la prueba.
Detente en ese momento porque es el corazón de la tragedia de este caso. El hombre que había torturado a Carla Walker durante dos días, que la había estrangulado con sus propias manos, que la había dejado en una alcantarilla, estaba sentado en una comisaría de Ford Worth respondiendo preguntas en un detector de mentiras y el aparato no detectó nada.
Pasó la prueba y el grupo especial lo eliminó de inmediato como sospechoso. Uno de los detectives originales, Jim Minter, lo expresó décadas después con un dolor evidente. Por más que me duela decirlo, no volvimos a pensar en Mcurly. El monstruo había estado en sus manos, lo habían tenido sentado frente a ellos y lo dejaron ir.
Esto plantea una pregunta perturbadora que recorre todo el caso. ¿Cómo pasa un asesino una prueba de polígrafo? El polígrafo mide respuestas físicas vinculadas al estrés, a la ansiedad de mentir. Y la respuesta incómoda es que ciertas personas, las que carecen de la culpa o el remordimiento normales, pueden engañarlo.
Personas frías, personas que mienten sin que su cuerpo las delate. McCurly pasó esa prueba y volvió a su vida. Y aquí está lo más escalofriante de todo. Esa vida a la que McCurly volvió era completamente normal. En apariencia, vivía en un vecindario de clase trabajadora en el oeste de Fort Worth. Estaba casado con Judy, una mujer que lo adoraba. Tenían dos hijos.
Iban a la iglesia los domingos. Judy trabajaba en la guardería de la iglesia, querida por todos los padres. McCorly construía y vendía mesas de picnic, parrillas y soportes para leña. Hacía trabajos de reparación para sus vecinos. arreglaba motores de autos, cambiaba cableado eléctrico defectuoso, cortaba el césped de la iglesia.
Una mujer incluso le había enviado una carta al periódico local, elogiando a Mcurly y a Judy por haberle devuelto su billetera perdida. “El mundo necesita más gente como esta”, había escrito. El asesino de Carla Walker llevaba ante los ojos del mundo la vida de un buen hombre, tranquilo, trabajador, un vecino más. Mientras la familia Walker se desmoronaba a pocas calles de distancia y mientras McCurley vivía esa vida aparentemente normal, algo perturbador empezó a ocurrir en Fort.
Algo que haría algunos detectives años después preguntarse si Carla había sido la única, porque las mujeres jóvenes de Ford Worth empezaron a aparecer estranguladas. Hay un detalle que los detectives del grupo especial discutieron desde el principio, aunque no lo dijeran en público. Casi exactamente un año antes del asesinato de Carla, en febrero de 1973, otra joven había desaparecido.
Becky Martin, estudiante de un instituto local, no volvió a casa después de una clase nocturna. Su cuerpo apareció semanas después, tan descompuesto que no se pudo determinar la causa de la muerte. ¿Dónde lo encontraron? en una alcantarilla, justo en las afueras de la ciudad. Dos chicas muertas, dos alcantarillas con un año de diferencia.
Para el detective Minter era demasiada coincidencia. Sin decir nada públicamente, los investigadores empezaron a considerar algo aterrador, la posibilidad de que hubiera un asesino en serie suelto en Fort Worth y los cuerpos siguieron apareciendo a lo largo de los años. En febrero de 1977, casi exactamente 3 años después de Carla, encontraron a June Wart, una enfermera de 25 años, estrangulada con la tira de su propio sostén.
En 1980, una joven de 19 años estrangulada cerca de un puente. En 1983, una mesera del famoso club Billy Bobs encontrada con las manos atadas con cable eléctrico y otro cable retorcido alrededor del cuello. Su bolso apareció en un basurero detrás de un bar que estaba a menos de 1 kómetro del estacionamiento donde Carla había sido secuestrada.
Y a mediados de los años 80 una ola de horror, una aspirante a modelo, una maestra de secundaria estrangulada en su propia habitación, una graduada universitaria, otra maestra hallada en su bañera con el agua todavía corriendo, una modelo de medio tiempo, una joven encontrada estrangulada junto a un arroyo días antes de Navidad.
Las mujeres de Ford Worth, especialmente en la parte suroeste de la ciudad, estaban aterrorizadas. Las ventas de armas y de gas pimientas se dispararon. Más de 3,000 personas, en su mayoría mujeres, asistieron a un seminario gratuito de defensa personal. ¿Fue Mcurley el responsable de algunas de esas muertes? Esa pregunta nunca tuvo una respuesta definitiva, pero los expertos que estudiaron el caso de Carla notaron patrones inquietantes, el hecho de que el asesino y la víctima fueran desconocidos. El estrangulamiento
manual, que según los especialistas es una forma de matar profundamente personal, ligada a una furia o una compulsión que pocas veces se dirige a un extraño. La naturaleza sexual del crimen que apunta a un impulso que tiende a repetirse. Un experto en criminología lo dijo así. El modus operandi en la muerte de Carla Walker sugiere a alguien que no ha ofendido una sola vez.
Tiene las características de alguien que podría reincidir a diferencia del asesino típico que no lo hace. Pero sin pruebas. Todo eso era especulación. Y mientras los años pasaban y los casos se acumulaban sin resolverse, parecía que nunca habría respuestas para ninguno de ellos, excepto que había alguien que se negaba a aceptar eso.
Una persona que convirtió la búsqueda del asesino de Carla en el trabajo de toda su vida, su padre primero y luego su hermano. Layton Walker, el padre, el teniente coronel retirado de la Fuerza Aérea, nunca dejó de buscar. Durante años desconocidos llamaban a la casa de los Walker, muchos de forma anónima afirmando tener información sobre el asesino.
Layton hablaba con todos ellos, tomaba notas y las guardaba en una caja de metal del tamaño de una caja de puros. Anotaba nombres y direcciones de posibles sospechosos. Dibujaba círculos en mapas donde le habían dicho que vivía el asesino. No iba a descansar, le decía su hijo hasta saber que el asesino de Carla estaba tras las rejas.
Pero el dolor consumía a la familia. La madre de Carla cada mañana se metía al baño, se paraba en la ducha sin abrir el agua y lloraba. El padre, un hombre militar, no lloraba delante de nadie. Pero durante los primeros años después del asesinato, su hijo Jim tampoco lo vio sonreír. Y Jim, ese niño de 12 años que había visto entrar a Rodney cubierto de sangre, creció con una sola obsesión.
Cuando cumplió 16 años y obtuvo su licencia de conducir, empezó a pasar su tiempo libre ayudando a su padre a buscar al asesino. En los aniversarios de la muerte de Carla rondaba el estacionamiento de la bolera buscando a alguien sospechoso. Tomó clases de boxeo, se unió a los equipos de lucha y fútbol americano, salía a correr largas distancias por su vecindario y la razón era escalofriante en su determinación.
Quería estar listo”, dijo, por si alguna vez se cruzaba con el asesino. Su plan era dominarlo y llevárselo a algún lugar lejano en el oeste de Texas, donde nadie pudiera oírlo gritar. Y aquí hay un detalle que pone la piel de gallina. Jim solía salir a correr por una avenida de su vecindario y a veces pasaba por una calle donde en una pequeña casa de un solo piso color canela vivía Glenn McCury con su familia.
Jim no tenía idea de quiénes eran los McCurly. Nunca había conocido al hijo mayor de la familia que iba a la misma escuela que él apenas dos años por detrás. El hermano de la víctima, entrenándose físicamente durante años para enfrentar al asesino, pasaba corriendo frente a la casa del asesino sin saberlo. Como él mismo reflexionó después, quién sabe, tal vez nuestras familias hicieron fila juntas en el supermercado o nos detuvimos en el mismo semáforo.
Mcurly pudo haberse detenido en alguna de nuestras ventas de garaje. El monstruo no estaba escondido en otra ciudad, estaba ahí a la vuelta de la esquina, viviendo una vida tranquila mientras la familia que había destruido lo buscaba sin saber que pasaba frente a su puerta. El padre de Carla murió en 1987 de un ataque al corazón sin saber quién había matado a su hija.
La madre murió en 2015 de Alzheimer, también sin respuestas, pero Jim no se rindió. Estudió libros sobre asesinos en serie. Tomó cursos de psicología normal para entender la mente criminal. Hasta intentó convertirse en policía con el plan de ascender a Detective y acceder el mismo a los archivos de Carla. Un problema congénito en la vista lo obligó a abandonar la academia.
Aún así, siguió. Compró la casa de sus padres y se mudó a ella. “Quería estar ahí”, dijo, por si alguien alguna vez tenía un ataque de conciencia a las 3 de la mañana y aparecía a confesar. y cada cierto tiempo llamaba a la unidad de casos sin resolver de la policía de Fort Worth para preguntar por el caso de su hermana.
Siempre recibía la misma respuesta. Lo sentimos. No hay nada nuevo. Le avisaremos cuando tengamos algo. Hasta que un día de enero de 2018 esa llamada de rutina cayó en manos de la persona correcta. Lo que resolvió este caso no fue una sola cosa, fue una cadena de personas improbables conectadas por casualidad, cada una pasando el testigo a la siguiente.
Una secuencia tan inverosímil que si fuera ficción costaría creerla. Empieza con esa llamada de Jim en enero de 2018. La detective que le devolvió la llamada se llamaba Lea Wagner. Acababa de llegar a la unidad de casos sin resolver y admitió no saber nada sobre el caso de Carla.
Jim la puso al día y agregó una frase cargada de urgencia. Si la persona que la mató sigue viva, ya debe ser mayor. Por favor, se nos está acabando el tiempo. Wagner fue a buscar los archivos de Carla. Estaban en un estante de abajo metidos en dos grandes cajas de cartón. Empezó a leer, pero no llegó lejos. La enviaron a cubrir los casos activos de un detective que había caído enfermo.
No fue hasta enero de 2019, un año después que pudo volver. y esta vez le asignaron ayuda. Un oficial de reserva llamado Jeff Bennett, un voluntario apasionado por el trabajo policial. Bennett se llevó las cajas de Carla a su casa y empezó a leer obsesivamente, a veces durante toda la noche. Armó una lista exhaustiva de unas 80 personas de interés que valía la pena reentrevistar.
Los dos detectives se pusieron a trabajar, pero sabían que lo que de verdad necesitaban era una sola cosa, el ADN del asesino. Y aquí la cadena toma un giro inesperado. Por esos mismos años, un técnico aeroespacial de Fort Wht, aficionado al True Crime, había decidido crear un podcast sobre asesinatos sin resolver de Texas. Su primera historia fue la de Carla Walker.
Entrevistó a Jim, a Cindy, a algunas amigas de Carla. El propio Jim narró el guion. El podcast tenía una audiencia pequeña, pero una persona lo escuchó, una empleada postal jubilada llamada Diane Quickendall, que había ido a la misma escuela que Carla. Ella lo describió así. No nos conocíamos para nada, pero ella siempre me sonreía en los pasillos.
Me hacía sentir bien la chica popular hablándole a alguien como yo. Escuchando el podcast pensé, “Ojalá hubiera alguna forma de devolverle el favor.” Y esta mujer hizo algo extraordinario. Voló a Nashville para asistir a Crime Con, una convención anual de True Crime que atrae a miles de fanáticos. llevó consigo 80 copias de un folleto que había escrito sobre el caso de Carla y recorrió los pasillos del centro de convenciones, repartiendo esos folletos a periodistas y figuras del género.
Uno de ellos era Paul Holes, un investigador de homicidios retirado que había ayudado a resolver el caso del Golden State Killer y que tenía un programa de True Crime en la cadena Oxygen. Hess quedó intrigado por el caso de Carla y en abril de 2019 sus productores llamaron a los detectives Wachner y Benett con una oferta. Oxigen estaba dispuesta a pagar $18,000 para cubrir el costo de las pruebas de ADN en la ropa de Carla.
Un costo que el departamento de policía con sus recursos limitados difícilmente habría destinado a un caso de 45 años. Y aquí entra la pieza de evidencia que lo cambió todo. La ropa de Carla, el vestido y las demás prendas que llevaba la noche de su asesinato habían sido guardadas cuidadosamente en bolsas de papel en el laboratorio de evidencia de la policía durante 45 años.
Preservadas en un laboratorio de California, los técnicos encontraron algo, no en el vestido, sino en una mancha apenas visible en la tira del sostén de Carla. Una pequeña cantidad de fluido corporal intacta. De ahí lograron extraer un perfil de ADN completo y lo subieron a Codis, la base de datos nacional que contiene el ADN de millones de delincuentes.
CODIS no encontró ninguna coincidencia. El asesino no estaba en el sistema. Un laboratorio de Texas intentó la genealogía genética. Tampoco tuvo suerte. Holess dedicó un episodio de su programa al fracaso de la búsqueda y parecía que ahí terminaba todo, pero la cadena tenía un eslabón más. Después de que el episodio saliera al aire, Hols conectó a los detectives con David Mitlemman, director de Otram, un laboratorio de ADN forense cerca de Houston.
Otram se especializaba en algo muy específico, trabajar con muestras de ADN degradadas terribles que otros laboratorios no querían tocar. Había un problema serio. Tanto ADN de la tira del sostén se había usado ya en las pruebas anteriores, que apenas quedaba muestra para un análisis final. Lo seguro habría sido guardar lo poco que quedaba y esperar a que la tecnología mejorara.
Wachner y Bennet decidieron arriesgarse. Enviaron la última muestra a Ohram. La mañana del 4 de julio de 2020, Mitelman llamó a Bennet. Hemos conectado el ADN con un árbol genealógico en particular. El apellido es McCurly. Bennet empezó a joy sus carpetas, contuvo la respiración y preguntó si había alguien en ese árbol llamado Glenn Samuel Mcurly.
“Sí”, dijo Mitelman, “Hay un Glenn Samuel McCury padre, pero murió en 1972, 2 años antes del asesinato. Había un Glen McCurly, hijo”, preguntó Bennet. Mitelman revisó y volvió a llamar más tarde ese mismo día. Sí, había un Glenn Samuel McCurly hijo y había estado viviendo en Fort Worth en la época del asesinato.
Bennet respiró hondo otra vez. Glenn McCurley, hijo, era el camionero, el mismo que en 1974 le había dicho a la policía que su punto 22 Ruger había sido robada. El mismo que había pasado el polígrafo, el que habían dejado ir 46 años atrás. Para confirmarlo, los detectives necesitaban su ADN directo. El 7 de julio, recogieron la basura del bote frente a la casa de McCarley.

Un objeto de esa basura coincidió con el perfil de ADN de la ropa de Carla. Luego fueron a su casa. McCarlyy y su esposa Judy los invitaron a pasar. Conversaron amablemente. McCurley repitió la misma historia de 1974, el arma robada que él no conocía a Carla Walker. Wagner le pidió una muestra de ADN, explicando que era la forma más fácil de eliminarlo como sospechoso.
Mcurly dudó y luego firmó el formulario de consentimiento, abrió la boca y dejó que le pasaran un isopo por el interior de la mejilla. Mientras tanto, Judy, sin saber lo que estaba pasando frente a ella, les dijo a los detectives unas palabras llenas de una ironía dolorosa. Espero que averigüen quién mató a Carla.
Esa chica necesita ser recordada como alguien que importó. 11 días después, el laboratorio confirmó que el ADN de la mejilla de Mcurly coincidía perfectamente con el ADN de la tira del sostén de Carla. El 21 de septiembre de 2020, un equipo de alguaciles federales rodeó la pequeña casa color canela. El hombre que abrió la puerta tenía 77 años, parecía frágil y estaba enfermo de cáncer.
46 años, 5 meses y 3 días después de que Carla Walker fuera arrancada de un auto en un estacionamiento, finalmente tenía un nombre y un rostro. Llevaron a McCury a la comisaría. Renunció a su derecho a tener un abogado presente y los detectives Wagner y Bennet entraron a la sala de interrogatorio. Wagner colocó una foto de Carla sobre la mesa.
Estamos aquí para hablar del asesinato de esta joven. McCurly apenas la miró. No sé quién es, dijo. Nunca la había visto. No la reconocería si estuviera parada a mi lado. Durante más de una hora no se dio. Negó una y otra vez haber conocido a Carla. Entonces Wagner cambió de enfoque. Apeló a lo único que parecía importarle a Makurli, su esposa.
“Imagino que ha sido difícil ocultarle esto a su esposa todos estos años”, le dijo. Llevan más de 50 años casados, es su mejor amiga, lo hacen todo juntos, le cuenta todo y ha tenido este secreto guardado todo este tiempo. Bennet añadió, “Sabemos que quiere quitarse esto del pecho. Ha pasado demasiado tiempo.
La familia de Carla merece respuestas. Mcurly empezó a quebrarse. Habló de la silla eléctrica, de que no podría cuidar a su esposa si lo enviaban a prisión. Wagner le aseguró que su hijo cuidaría de Judy y entonces Makurly fijó la mirada en el suelo. Apenas se movió y con lágrimas asomando dijo unas palabras. Está bien, lo hice, supongo.
Pero lo que vino después es de lo más perturbador de todo el caso, porque Mcurly no confesó realmente confesó y mintió a la vez, construyendo una versión retorcida en la que él era casi un héroe. Dijo que esa noche había estado bebiendo whisky y cerveza durante horas, que conducía por ahí, que oyó a una chica gritando en un auto cercano y que fue, en sus palabras, a ver si podía ayudar.
Según su relato, un hombre grande tenía a Carla contra la puerta zarandeándola. McCor dijo que abrió la puerta, forcejeó con el chico, lo empujó y se llevó a Carla a su auto para protegerla. Luego admitió haber tenido relaciones con ella, afirmando que fue consentido. Cuando Wagner le reveló que la autopsia había determinado que Carla era virgen, que difícilmente habría accedido a estar con él, Mcurly se enredó más.
nególa violado, pero admitió que después empezó a estrangularla porque tenía miedo de que ella lo delatara. Y aún así sostuvo que Carla seguía viva cuando él se fue, que la había dejado de pie, apoyada contra el auto. La historia no tenía sentido. Nunca mencionó la alcantarilla donde fue hallado el cuerpo.
Mezclaba detalles, lugares, descripciones. Era el relato de un hombre que admitía lo suficiente para que lo dejaran en paz, pero que no era capaz de mirar de frente la verdad completa de lo que había hecho. Y en medio de ese interrogatorio, Bennet deslizó la pregunta que perseguía a los detectives. Le preguntó cuántas veces había hecho esto.
¿Qué? ¿Matar gente? Respondió McCarley. Nunca. McCarley se declaró inicialmente inocente. Sus abogados argumentaron que la prueba de ADN era defectuosa y que la confesión había sido forzada. Lo presentaron como un hombre frágil y moribundo, pero la fiscalía tenía un as bajo la manga. Durante un registro de la casa de Mcurley, la policía había encontrado algo escondido en un compartimento sobre una puerta.
La pistola pun2 Ruger, la misma que él había jurado durante 46 años que le habían robado en 1974. Nunca se la robaron. la tuvo guardada en su casa todo ese tiempo, la prueba de su mentira escondida a plena vista durante casi medio siglo. El juicio comenzó en agosto de 2021. Rodney, el novio, testificó sobre aquella noche.
El viejo detective Minter habló de la investigación original. Los fiscales desplegaron ante el jurado el vestido azul pálido que Carla había llevado puesto y mostraron las 3 horas del interrogatorio grabado. Al tercer día del juicio, McCurley cambió su declaración a culpable. El juez lo sentenció de inmediato a cadena perpetua, sin posibilidad de libertad condicional.
Cuando ya en prisión un periodista le preguntó por qué se había declarado culpable, McCurley no mostró remordimiento. Respondió con amargura. Ya había tenido suficiente acoso. Hasta el final negó. Le dijo a ese mismo periodista que él no era ningún criminal, que nunca había lastimado a una mujer, que solo había matado pájaros y venados, que todo era mentira de la policía.
Hubo un momento en este caso que merece ser el corazón del cierre y no tiene que ver con McCurly, sino con la capacidad humana de Jim Walker. En una audiencia previa al juicio, Jim, el hermano que había pasado la vida entera entrenándose para enfrentar al asesino, imaginando venganza, se encontró cara a cara con el hijo de McCury Rody.
Un hombre que no había cometido ningún crimen, que cargaba con el horror de descubrir quién era su padre. Jim le pidió a su esposa que lo llevara hacia él. Soy el hermano menor de Carla Walker”, dijo Rody. Apenas pudo responder. “Lo siento”, dijo finalmente rompiendo en soyosos. Y Jim, que durante décadas había soñado con la venganza, no sintió ni una pisca de ira.
“No es tu culpa”, le aseguró y se encontró abrazando al hijo del hombre que había asesinado a su hermana. “No eres responsable de los pecados de tu padre”, le dijo. “Tu padre devastó a tu familia igual que devastó a la mía”. Glenn McCurley murió en julio de 2023 de causas naturales tras menos de 3 años en prisión.
Se llevó a la tumba las respuestas a las preguntas que aún quedaban. Porque quedan preguntas. Los detectives nunca dejaron de investigar si McCury estuvo detrás de las otras mujeres estranguladas en Fort Worth a lo largo de aquellos años. Becky Martin en la alcantarilla. Las maestras, las jóvenes, toda esa ola de horror que recorrió la ciudad.
Mcurley negó todo hasta el final y al morir, si hubo otras víctimas, sus familias se quedaron sin la respuesta que la familia Walker sí logró obtener. En su declaración ante el tribunal, la hermana de Carla, Cindy, miró a Mcurly y le suplicó algo. Si le has hecho esto a alguien más, confiésalo.
No tienes nada que perder. No tienes idea de lo que les estás haciendo a otras familias. Mcurley mantuvo la mirada fija en el suelo. Carla Walker tenía 17 años. Era animadora, medía 1,49. Tenía una melena de cabello rubio miel y una sonrisa que le daba a todos en los pasillos de su escuela. Esa noche de febrero llevaba puesto el anillo de promesa de un chico con el que planeaba casarse, ir a la universidad, formar una familia.
Todo eso le fue arrancado por un hombre que luego viviría casi medio siglo de vida tranquila a pocas calles de la familia que destruyó. Un hombre que pasó un bolígrafo, que escondió el arma en su propia casa, que fue a la iglesia los domingos, que devolvió una billetera perdida y recibió elogios por ser una buena persona.
El monstruo no siempre tiene cara de monstruo. A veces tiene la cara del vecino que arregla motores y corta el césped de la iglesia. Esa es quizás la lección más escalofriante de este caso, pero hay otra lección y es la que le da sentido a todo. Carla fue encontrada gracias a una cadena de personas que se negaron a olvidarla, un hermano que dedicó su vida entera, una compañera de escuela que solo recordaba una sonrisa en un pasillo y quiso devolver el favor.

Detectives que apostaron la última muestra de ADN que quedaba. un laboratorio que aceptó lo que otros desecharon. Como dijo Jean Walker, con esa fuerza que lo sostuvo durante 46 años, él empezó la pelea. Nosotros podemos terminarla. Y la terminaron por Carla, esa chica que, en palabras de la esposa del propio asesino, necesitaba ser recordada como alguien que importó. Lo fue y lo será.
Nos vemos en el próximo caso.
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