Conocí gente interesante, gente que como había dejado el cristianismo tradicional y estaba buscando algo más auténtico. Y por primera vez en años me sentí parte de algo. Pero ninguno de esos grupos llenaba realmente el vacío. Siempre faltaba algo. Hasta que en noviembre de 2021, a los 25 años, conocí a la comunidad Luz Integral.
Fue en un taller de crecimiento personal en la colonia Roma. El facilitador era un hombre llamado Aarón. Tenía 45 años, barba gris perfectamente arreglada, voz suave pero firme, ojos penetrantes que te hacían sentir que te veía realmente. Hablaba como un sabio. Citaba a Jesús, a Buda, a Krishna Murti, a Rumi, a Tole. decía cosas como, “Todas las religiones tienen una chispa de verdad, pero todas están incompletas.
Lo que nosotros ofrecemos es la síntesis, la verdad completa.” Yo lo escuchaba fascinado. Finalmente, alguien que no me decía que solo había un camino. Alguien que validaba mi búsqueda. Alguien que me hacía sentir inteligente por haber cuestionado el cristianismo de mi infancia. Empecé a asistir a sus reuniones. Primero los viernes por la noche, luego los sábados completos, luego retiros de fin de semana en Tepostlán.
Y sin darme cuenta me estaba desconectando de mi vida exterior. Dejé de ver a mis amigos de la universidad, dejé de salir con compañeros de trabajo. Toda mi vida social giraba alrededor de la comunidad. Aarón enseñaba que nuestras familias biológicas eran energía del pasado, contratos kármicos que teníamos que romper para evolucionar.
Decía, “Tu verdadera familia es la espiritual, los que están en tu misma frecuencia vibratoria.” Y yo le creí. Dejé de hablar con mi papá. Dejé de contestarle llamadas a mi hermano. Bloqueé en redes a todos mis amigos de Guadalajara. Cuando mis compañeros de trabajo me preguntaban si estaba bien, yo les decía con una sonrisa, “Nunca he estado mejor.
Finalmente encontré mi propósito, pero por dentro empezaba a sentir algo raro, una ansiedad sutil, una sensación de que tenía que demostrar constantemente que estaba evolucionando, que si no asistía a todas las reuniones, si no donaba suficiente dinero, si no reclutaba nuevos miembros, no estaba lo suficientemente comprometido.
En marzo de 2022, Aarón me propuso dar el salto definitivo. Me dijo, “Mateo, veo en ti un potencial enorme, pero todavía estás atado a lo mundano. Tengo un programa especial para almas selectas. Es intensivo. Vamos a vivir en comunidad en una casa en Puebla durante 6 meses. Meditación profunda, ayunos, desapego total.
Es el camino rápido a la iluminación. ¿Estás listo? Yo lo vi como un honor, como una señal de que estaba avanzando espiritualmente, como la oportunidad de mi vida. Así que renuncié a mi trabajo en una agencia de diseño donde llevaba 3 años. Le dije a mi jefe que había encontrado mi verdadero propósito. Él me miró preocupado y me dijo, “Mateo, ten cuidado.
Esto suena raro.” Pero yo no le hice caso. Doné todos mis ahorros a la comunidad, 45,000 pesos que había ahorrado durante 2 años. Vendí mis cosas y el 14 de marzo de 2022, a las 2:30 de la tarde subí a una camioneta con otros cinco elegidos rumbo a Puebla. La casa estaba en las afueras de la ciudad.
Era grande, bonita, rodeada de jardines, pero tenía algo extraño. Todas las ventanas tenían rejas. Aarón nos explicó. Es para protegernos de energías externas. El mundo está colapsando. Aquí estaremos seguros. Los primeros días fueron intensos, pero emocionantes. Nos levantábamos a las 5 de la mañana, meditábamos de 5:30 a 7:30.
Desayunábamos en silencio, luego 3 horas de trabajo interior, escribir en diarios, hacer ejercicios de liberación emocional, compartir nuestros bloqueos. Comíamos a las 2 de la tarde, otra sesión de meditación de 3 a 5. Cena a las 7 y de 8 a 10 de la noche. Enseñanzas de Aarón. Las enseñanzas eran fascinantes al principio.
Hablaba de física cuántica, de portales dimensionales, de cómo nosotros éramos seres de luz atrapados en cuerpos físicos. Decía que estábamos en un momento crítico de la humanidad, que solo los despiertos sobrevivirían al colapso que venía. Pero algo empezó a cambiar en la tercera semana. Las meditaciones se volvieron más oscuras.
Aarón empezó a hablarnos de entidades superiores que se comunicaban a través de él. Nos decía que esas entidades le habían revelado que el mundo exterior estaba contaminado, que nuestras familias eran agentes de la oscuridad que querían detenernos, que cualquier duda que tuviéramos era una prueba de que aún estábamos dormidos.
Un día, a principios de abril, le pregunté si podía salir a comprar algo para mi higiene personal. Aarón me miró fijamente durante lo que parecieron 5 minutos. Luego me dijo con voz suave pero firme, “Mateo, esa necesidad de salir es tu ego hablando, es tu apego al mundo material. Si realmente quieres evolucionar, tienes que soltar.
¿Quieres quedarte en la oscuridad o quieres dar el salto? Yo, aterrado de decepcionarlo, de mostrar debilidad, de ser expulsado del grupo, dije, “Tienes razón, lo siento, no necesito salir.” Y me quedé. Para mayo yo ya sabía que algo estaba muy mal. La comida había disminuido. Solo comíamos una vez al día.
Aarón decía que el ayuno era necesario para elevar nuestra frecuencia, pero yo tenía hambre, mucha hambre. Y cuando lo mencioné, me dijeron que eso era apego al cuerpo físico. Nos pesaban cada semana. Yo bajé 12 kg en dos meses. Mi ropa me quedaba enorme. Pero Aarón decía, “Están soltando el peso del mundo, están liberándose.
” También nos controlaba las comunicaciones. Revisaba nuestros celulares cada noche para asegurarse de que no estuviéramos contaminados por energías externas. Yo había dejado de recibir llamadas de mi familia hacía meses, así que no había nada que revisar. Pero ver cómo Aarón leía los mensajes de otros y los regañaba por mantener lazos con el pasado me daba miedo.
La puerta principal siempre estaba cerrada con llave. Las ventanas tenían rejas. Solo Aarón tenía las llaves. Nos decía que era por seguridad, pero yo empezaba a sentir que no estaba en un retiro espiritual, estaba en una prisión. El punto más bajo llegó el 3 de junio de 2022 a las 11:35 de la noche. Aarón nos reunió a todos en la sala. estaba serio.
Nos dijo que había tenido una revelación urgente de las entidades superiores, que nuestras familias biológicas estaban haciendo rituales oscuros para sabotearnos espiritualmente, que debíamos cortar todo lazo con ellos, que ellos eran nuestros enemigos. Me miró directamente a los ojos y me dijo, Mateo, tu padre, el pastor, es un agente de la oscuridad, es un fariseo moderno que atrapa almas con religión falsa.
Si algún día vuelves con él, te condenarás espiritualmente. Estarás perdido para siempre. Y en ese momento, en ese cuarto oscuro con cortinas cerradas, rodeado de personas que ya no parecían ellas mismas, personas con ojeras profundas, cuerpos delgados, miradas vacías, me di cuenta de algo terrible.
estaba en una prisión y el carcelero era un hombre que decía amarme, que decía querer mi bien, que decía estar salvándome. Esa misma noche, cuando todos se fueron a dormir, me arrodillé en mi cuarto. Era un cuarto pequeño con una cama individual, una mesa y nada más. Había una ventana pequeña con rejas desde donde se veía la luna. Y por primera vez en años lloré.
Lloré de vergüenza porque había caído en esto. Lloré de miedo porque no sabía cómo salir. Lloré de rabia porque había sido tan ingenuo, tan orgulloso, tan estúpido. Y sin saber por qué, sinquiera creer que alguien me escuchaba, susurré hacia esa luna. Dios, si existes, si realmente estás ahí, sácame de aquí.
No puedo. Solo al día siguiente, 4 de junio de 2022, llegó doña Refugio. Era una señora mayor, tal vez de 65 años que venía a limpiar la casa dos veces por semana. Ella era callada, discreta, humilde. Nadie le prestaba atención. Aarón la trataba como parte del mobiliario. Pero ese día, mientras yo estaba sentado en el jardín mirando al vacío, ella se acercó y, fingiendo que sacudía una planta cerca de mí, me susurró, “Hijo, yo veo lo que pasa aquí.
Esto no es de Dios. Esto es del enemigo. Yo la miré asustado. Si Aarón la escuchaba, ¿qué pasaría?” Pero ella continuó siempre con voz bajita. “Yo rezo por ustedes todos los días. Y hoy la Virgen me dijo que te diera esto. Y de su delantal sacó algo envuelto en un pañuelo, un rosario de madera gastado y un librito viejo de oraciones católicas.
Yo lo rechacé instintivamente. Le dije, “No, gracias. Yo no creo en eso.” Pero ella insistió, me lo puso en las manos y me dijo, “No importa si crees o no, rézalo esta noche. Solo inténtalo. ¿Qué pierdes? Esa noche, a las 2:15 de la madrugada, cuando todos dormían, saqué ese rosario de debajo de mi almohada.
Lo miré con desprecio. Mi papá me había enseñado desde niño que el rosario era brujería, que rezarle a María era ofender a Dios, que los católicos eran idólatras que iban al infierno. Pero también estaba desesperado y pensé, “¿Qué pierdo? Si Dios no existe, esto no hará nada. si existe y está enojado conmigo por rezar esto, de todos modos ya estoy perdido.
Así que, ¿qué pierdo? Abrí el librito. Las páginas estaban amarillentas, con manchas de uso. Alguien había rezado mucho con ese libro. Leí las instrucciones. Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo. Me sentía ridículo, me sentía herético, me sentía como si estuviera traicionando todo lo que mi Padre me había enseñado.
Pero empecé, Dios te salve, María. Y entonces pasó. No fue una voz audible. No vi a la Virgen María aparecerse en mi cuarto. No hubo luces celestiales ni coros angelicales. Pero sentí algo que no había sentido en años, tal vez nunca. Paz. Una paz que no era mía, una paz que no venía de mi mente, de mi voluntad, de mi esfuerzo.
Era una presencia real, tangible, física. Mis manos, que temblaban constantemente por la ansiedad desde hacía semanas, se quedaron quietas. Mi respiración, que siempre era agitada, superficial, se calmó. se hizo profunda y en mi mente, no con palabras audibles, pero clara como si estuviera escrita con fuego. Escuché, “No estás solo.
Yo cargo esto contigo. No sé cuánto tiempo me quedé ahí arrodillado junto a mi cama, apretando ese rosario con las dos manos, llorando en silencio para no despertar a nadie. Pero supe sin ninguna duda que Jesús estaba ahí, que su madre me había llevado a él y que tenía que salir de esa casa.
Durante las siguientes si semanas recé el rosario todas las noches a escondidas. Aprendí a rezarlo rápido, en silencio, bajo las cobijas, y cada noche sentía esa misma paz, esa misma presencia. Y empecé a sentir también algo más. Claridad. claridad para ver que Aarón no era un maestro espiritual, era un manipulador, que la comunidad no era una familia, era una secta, que yo no estaba evolucionando, estaba siendo destruido y empecé a planear mi escape.
El 28 de julio de 2022, a las 6:12 de la mañana aproveché que doña Refugio llegó temprano. Me acerqué a ella cuando nadie me veía. Le supliqué, “Ayúdeme, necesito salir. Necesito llamar a mi familia.” Ella, sin dudarlo ni un segundo, me dijo, “Yo te saco, hijo. Confía en la Virgen. Ella te trajo hasta aquí.
Ella te va a sacar.” Me prestó su celular viejo. Con manos temblorosas marqué el número de mi hermano David. No hablábamos desde hacía un año y medio. Él contestó con voz fría, “¿Quién habla?” Yo le dije, “David. Soy Mateo. Silencio. Luego con rabia contenida. Ahora sí te digas a llamar después de un año de ignorarnos.
Yo le dije con voz quebrada, David, estoy secuestrado. Estoy en una secta. Necesito que vengas por mí, por favor. Su voz cambió completamente. ¿Dónde estás? Yo no sabía la dirección exacta, pero doña refugio la sabía. Ella le dio indicaciones. David me dijo, “Aguanta, salgo en este momento. Llegaré en 3 horas.
” Fueron las tres horas más largas de mi vida. Doña Refugio me escondió en un cuarto de servicio, me trajo agua, pan, me dijo, “Reza el rosario, hijo. Ella te está cuidando.” A las 9:18 de la mañana escuché golpes fuertes en la puerta. Voces. Aarón gritando. Mi hermano David gritando más fuerte. Doña Refugio había dejado la puerta principal abierta.
Yo salí corriendo del cuarto de servicio. Vi a David en la entrada con dos amigos de la iglesia de mi papá, hombres grandes, fuertes. Aarón trató de bloquearme. Me dijo, “Mateo, si sales, estarás perdido, estarás condenado. Tu familia es oscuridad.” Yo lo miré a los ojos y le dije algo que nunca pensé que diría.
Tú eres oscuridad y yo me voy a la luz. Salí corriendo, literalmente corriendo. Y cuando vi a mi hermano, me derrumbé en sus brazos. Lloré como un niño y él, que nunca ha sido expresivo, lloró conmigo. Me dijo, “Ya estás a salvo, ya te tengo.” Pero salir físicamente de esa casa no significó estar libre. Los siguientes meses fueron un infierno interior.
Volví a vivir con David en su departamento en la Ciudad de México. Él me cuidó, me alimentó, me llevó a terapia, pero yo estaba roto. Sentía culpa por haber sido tan ingenuo, vergüenza por haber caído en una secta, miedo de que Aarón me encontrara y algo más oscuro, una opresión espiritual que no podía explicar. Tenía ataques de pánico a las 3 de la mañana.
Despertaba sudando, sintiendo que alguien me estaba ahogando. Tenía pesadillas donde Aarón me decía, “Estás condenado, no hay salvación para ti.” Y durante el día sentía una oscuridad pesada sobre mí. No era solo tristeza, era algo más. Era una presencia de mal, real, tangible. Mi papá no supo cómo ayudarme.
Me llevó a su iglesia, me hizo pasar al frente para que oraran por mí. Y aunque sé que lo hicieron con amor, me sentí expuesto, juzgado. Mi papá predicó un sermón usando mi caso como ejemplo. Esto es lo que pasa cuando te alejas de Dios y buscas en otros lados. Y aunque sé que lo dijo con dolor, no con malicia, esas palabras me destrozaron.
Porque yo no necesitaba un sermón, necesitaba un abrazo, necesitaba que alguien me dijera, “No es tu culpa. Fuiste víctima. y vamos a sanar esto juntos. Dejé de ir a la iglesia de mi papá, dejé de hablar con él y volví a sentirme solo. Un día de septiembre, caminando sin rumbo por el centro histórico de la Ciudad de México, vi la Catedral Metropolitana.
Era enorme, imponente, antigua y sin pensarlo entré. El contraste con la casa de la secta era total. Allá todo era control, silencio forzado, oscuridad. Aquí había luz entrando por vitrales de colores. Había gente entrando y saliendo libremente. Había velas encendidas. Había un silencio, sí, pero no era un silencio vacío.
Era un silencio lleno, lleno de la presencia de Dios. Me senté en una banca del fondo y por primera vez en meses respiré profundo. Vi gente arrodillada frente al altar. Vi a una mujer anciana rezando el rosario. Vi a un sacerdote escuchando confesiones en un confesionario de madera tallada. Vi a jóvenes, a adultos, a niños, todos ahí en paz.
Y algo dentro de mí dijo, “Aquí, aquí es donde necesitas estar. Volví todos los días durante una semana solo a sentarme, a mirar, a respirar. No sabía qué estaba buscando. Solo sabía que ahí me sentía en paz. Hasta que el 15 de septiembre de 2022, después de la misa de mediodía, me acerqué a un sacerdote joven que estaba guardando las cosas del altar.
Le dije, “Padre, disculpe, ¿puedo hablar con usted?” Él me sonrió y me dijo, “Claro, hijo, dime.” Y yo, sin poder contenerme, le solté todo. Vengo de una secta. Estuve secuestrado 6 meses. Escapé hace dos meses, pero no estoy bien. Siento que algo me persigue. Tengo miedo y no sé si merezco estar aquí, pero necesito ayuda. Él no me juzgó, no me predicó, solo me abrazó.

Me abrazó como mi papá nunca lo había hecho y me dijo, “Hijo, la iglesia es un hospital para pecadores, no un museo de santos. Ven, te acompaño en este proceso. No estás solo. Ese sacerdote, el padre Javier, se convirtió en mi guía, me inscribió en clases de catecismo para adultos, me prestó libros, me enseñó a rezar y, sobre todo, me escuchó sin juzgar, sin señalar, solo con amor.
Aprendí sobre la Eucaristía, sobre la presencia real de Cristo en el pan y el vino consagrados, y me di cuenta de que eso era exactamente lo que había estado buscando toda mi vida. Un Dios tan cercano que se hace alimento, no un símbolo, no una metáfora, no una energía universal, Cristo mismo, real, presente, esperándome.
En la secta el líder era el centro. Todo giraba alrededor de Aarón. Aquí el centro es Cristo y eso cambia todo. Aprendí sobre María y entendí que cuando doña Refugio me dio ese rosario no fue casualidad. Fue la Virgen María usando a esa humilde mujer para rescatarme. Y cuando recé ese rosario por primera vez y sentí esa paz, no era María quedándose conmigo, era María agarrándome de la mano como una madre y diciéndome, “Ven, hijo, te llevo con mi hijo. Él es quien necesitas.
Eso no es idolatría, eso es amor maternal. Y aprendí sobre la confesión. El 2 de diciembre de 2022, a las 4:50 de la tarde entré al confesionario por primera vez en mi vida. Era un cuarto pequeño de madera oscura, con una rejilla que separaba al penitente del sacerdote. Me arrodillé y le conté todo. Le conté sobre mi rechazo al evangelicalismo, sobre mi orgullo de creerme más iluminado que mi familia, sobre mi búsqueda egoísta de espiritualidad sin compromiso, sobre mi caída en la secta, sobre las cosas que hice allá que me
avergonzaban, sobre mi rabia contra mi papá, sobre mi rabia contra Dios por dejarme caer tan bajo. Y cuando terminé esperaba que me dijera, tienes que pagar por esto. Tienes que ganarte el perdón. Pero no lo hizo. El padre Javier me dijo, “Mateo, Dios te ama. Dios nunca te dejó, ni siquiera en esa casa oscura.
Él envió a su madre a rescatarte. Y ahora, en el nombre de Jesucristo, yo te absuelvo de tus pecados. Ve en paz.” Y sentí algo físico, como si me hubieran quitado un peso de los hombros, como si hubiera vomitado todo ese veneno espiritual, toda esa culpa, toda esa vergüenza. Y alguien en nombre de Dios me hubiera dicho, “Yo te lavo.
Eres limpio, eres libre.” Salí del confesionario llorando. Pero no era el llanto de desesperación que había llorado durante meses. Era el llanto de alivio, de liberación. de sanación. El 7 de abril de 2023, en la vigilia pascual, la noche más sagrada del año litúrgico, recibí los sacramentos de confirmación y primera comunión.
El padre Javier fue mi padrino. La iglesia estaba oscura al inicio, solo iluminada por velas. Y luego, cuando se encendieron todas las luces y el sacerdote gritó, “¡Cristo ha resucitado, sentí que esas palabras eran para mí, que yo también había resucitado.” Cuando recibí el cuerpo de Cristo por primera vez, cuando ese pequeño pedazo de pan tocó mi lengua, lloré. Lloré porque era real.
Lloré porque él estaba ahí. Lloré porque después de tantos años de buscar en lugares equivocados, finalmente había encontrado. Había llegado a casa, pero llegar a casa tuvo un costo. Mi papá no vino a mi confirmación. Le invité, le mandé un mensaje explicándole todo. Le dije, “Papá, encontré a Jesús de verdad, no en una secta, no en la nueva era, en la iglesia que él fundó.
” Mi papá me respondió, “Prefiero que estés muerto que católico idólatra. No vuelvas a hablarme.” Eso me dolió más que todo lo de la secta, porque en la secta Aarón era un extraño que me manipuló, pero mi papá es mi papá y me rechazó por encontrar a Cristo. No hemos hablado en un año y medio. Mi hermano David me habla, pero con frialdad.
Me llama el apóstata. me dice que estoy engañado, que los católicos no son cristianos, que me voy a condenar. Perdí mi trabajo en una empresa familiar evangélica porque cuando el dueño supo que me había hecho católico, me despidió diciendo, “No puedo tener idólatras en mi empresa. Mis antiguos amigos de la secta me acusan de traición en redes sociales.
Me mandan mensajes diciéndome que estoy perdido, que volveré arrastrado, que la oscuridad me consumirá. Pero a pesar de todo eso, tengo paz, porque hoy voy a misa todos los domingos y cuando me arrodillo para recibir la Eucaristía, sé que no estoy recibiendo un símbolo. Estoy recibiendo a Cristo, real, presente, vivo.
rezo el rosario todas las noches y cada vez que lo hago, recuerdo esa noche en la casa de la secta cuando lo recé por primera vez y sentí esa paz. Y le doy gracias a la Virgen María por no haberme dejado morir en esa oscuridad. Me confieso cada mes y cada vez que salgo del confesionario me siento lavado, renovado, libre y sirvo en un ministerio de la parroquia que acompaña a personas que salieron de sectas.
Les cuento mi historia, les digo, “No estás solo. Yo también caí. Yo también fui manipulado.” Pero hay salida. Y esa salida tiene nombre. Jesucristo presente en la Iglesia Católica. ¿Todavía lucho? Sí. Con la culpa de haber sido tan ingenuo, con la vergüenza de haber desperdiciado años y dinero, con el miedo a volver a ser engañado, con la tristeza profunda de que mi papá no me hable.
Hay noches en que lloro extrañando a mi familia. Hay días en que dudo, “¿Y si mi papá tiene razón? ¿Y si estoy engañado, pero luego voy a misa y veo al sacerdote levantar la y escucho las palabras? Este es mi cuerpo que será entregado por ustedes. Y sé con absoluta certeza que no estoy engañado, que esto es real, que Cristo está ahí presente, esperándome, alimentándome, sanándome.
Mi nombre es Mateo Sánchez Rivera. Tengo 28 años y estoy en paz de haberme convertido al catolicismo. Porque hace dos años, cuando estaba secuestrado en la oscuridad más profunda de mi vida, María me agarró de la mano y me llevó a la luz. Y esa luz tiene nombre Jesucristo, realmente presente en la Eucaristía, esperándome en cada misa, perdonándome en cada confesión, amándome sin condiciones en cada sacramento.
Y eso, eso no es idolatría, eso no es engaño, eso es amor, amor real, amor que salva, amor que libera, amor que sana y ese amor me trajo a casa. Las historias reales tienen el poder de transformar vidas. La que acabas de escuchar puede ser el inicio del cambio en la vida de alguien más. Ayúdanos a compartir este mensaje.
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