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Sor Lucía de Fátima: la monja que el Vaticano aisló 57 años

Le dijo, “Vuelve el 13 del mes que viene y mira si pasa de nuevo.” La figura había dicho exactamente lo mismo. Durante los meses siguientes, Lucía y sus primos volvieron a la coba iria el 13 de cada mes. Y cada vez, según los tres niños, la figura aparecía. Les pedía que rezaran el rosario, que hicieran penitencia, que volvieran el mes siguiente.

El pueblo empezó a hablar, primero los vecinos, después la región, después los periódicos de Lisboa. Y entonces llegó el momento en que las autoridades del Estado portugués decidieron que había que hacer algo. agosto de 1917, 4 meses después de la primera aparición, el administrador del municipio, un político llamado Artur de Oliverá Santos, republicano y anticlerical declarado, decidió actuar el 13 de agosto, el día en que los niños debían ir a la Coba Airia, los hizo llevar a su oficina. No es una metáfora, no es una

exageración histórica. Los interrogó durante horas, les prometió dinero, les prometió regalos. Cuando eso no funcionó, según testimonios de la época, los amenazó, les dijo que si no confesaban que todo era una mentira o si no revelaban el secreto que la Virgen les había confiado en julio, los metería en aceite hirviendo.

Lucía tenía 10 años, Francisco tenía nueve, Jacinta tenía siete. No hablaron. Tres días después el administrador lo soltó. La aparición de agosto no ocurrió el día 13, como siempre. Ocurrió el 19. Según Lucía, la Virgen les explicó que la detención había el encuentro, pero que el milagro prometido para octubre seguía en pie.

Lo que viniera después dependía de lo que los niños hicieran. Y Lucía lo sabía mejor que nadie. 13 de octubre de 1917, la última aparición. 70.000 personas, algunos testimonios dicen 100,000. Habían llegado desde toda Portugal, desde España, desde más lejos, periodistas, médicos, políticos, campesinos, creyentes devotos y escépticos, que venían a demostrar que todo era un fraude.

Llovía desde la madrugada. El terreno alrededor de la cobada iria era un lodasal. Las personas esperaban de pie, empapadas, mirando el cielo completamente cubierto de nubes. A las 12 del mediodía, exactamente, Lucía miró hacia el árbol y gritó, “¡Miren al sol! Lo que ocurrió en los siguientes 10 minutos fue presenciado por decenas de miles de personas que no se conocían entre sí, que venían de lugares distintos, que tenían creencias completamente distintas.

Todos dijeron lo mismo. El sol giró sobre sí mismo. Proyectó colores sobre la multitud, azul, verde, naranja, rosa. Pareció descender hacia la tierra a gran velocidad. Las personas cayeron de rodillas. Varios creyeron que era el fin del mundo. Otros gritaban pidiendo perdón por sus pecados. Y 10 minutos después todo terminó.

El cielo estaba despejado, el campo ya no estaba enlodado. Las ropas empapadas de las personas que habían estado bajo la lluvia durante horas estaban completamente secas. El diario más importante de Lisboa, o século era un periódico republicano y abiertamente anticlerical. Y sin embargo, el 15 de octubre de 1917 publicó la noticia en primera plana.

El periodista que cubrió el evento no era creyente, pero escribió lo que había visto con sus propios ojos. No hay explicación científica consensuada de lo que ocurrió ese día. Un siglo después sigue sin haberla. Y entonces Lucía se convirtió en el centro de algo demasiado grande para una niña de 10 años. La gente iba a su casa a buscarla.

Le arrancaban pedazos de ropa como si fueran reliquias. Le cortaban mechones de pelo sin pedirle permiso. Su madre tenía que esconderla en cuartos traseros cuando llegaban peregrinos. Los sacerdotes la interrogaban, los obispos la convocaban para entrevistas formales, los periodistas enviaban cartas y el pueblo entero de Aljustrel la miraba diferente.

Pero lo que nadie menciona es esto. Mientras todo eso pasaba, los dos únicos testigos que podían corroborar lo que Lucía decía que había visto estaban muriéndose. Francisco cayó enfermo de gripe española a principios de 1919. Murió el 4 de abril de ese año. Tenía 11 años. Jacinta fue internada en un hospital de Lisboa en enero de 1920.

El certificado de ingreso que existe en los archivos y ha podido estudiarse indica que sufría pleuritis su purativa con dos costillas afectadas. Los reglamentos del hospital no permitían visitas de familiares. Murió el 20 de febrero de 1920, sola. Tenía 9 años. Cuando en 1935 abrieron el ataúd de Jacinta para trasladar sus restos al santuario de Fátima, encontraron que su rostro estaba intacto, sin signos visibles de descomposición después de 15 años.

No hay explicación médica completamente satisfactoria de eso. Los especialistas que han estudiado el caso señalan factores que podrían explicarlo parcialmente. El estado de desnutrición extrema del cuerpo al morir, las condiciones del ataúdomo, la ausencia de humedad en la cripta. Pero la palabra clave es parcialmente.

Lucía tenía 13 años cuando sus dos primos murieron y era la única que quedaba, la única que había visto a la Virgen, la única que guardaba el secreto, la única voz que podía contar lo que había ocurrido realmente en la Covadia. La iglesia lo sabía, el obispo de Leiría lo sabía y fue entonces cuando tomaron una decisión que definiría el resto de la vida de Lucía dos Santos.

Esto es lo que no aparece en los libros de catecismo. En 1921, cuando Lucía tenía 14 años, el obispo de Leiria decidió que había que protegerla. Eso dijo oficialmente, protegerla del acoso de los peregrinos, de las presiones constantes de los curiosos, del riesgo de convertirse en figura de culto antes de que la iglesia pudiera evaluar correctamente lo que había ocurrido en Fátima.

Y la manera de protegerla fue enviarla lejos, a una escuela de las hermanas doroteas en Vilar, a más de 100 km de Fátima y de su familia, bajo un nombre falso, como si Lucía Dos Santos dejara de existir. En los registros de la escuela su nombre era María Dasdores. Su familia no podía visitarla libremente. La correspondencia entrante y saliente estaba supervisada.

Las entrevistas con periodistas o con cualquier persona ajena a la comunidad religiosa prohibidas. Lucía tenía 14 años, no eligió irse, la eligieron para ella y entonces ocurrió algo que los biógrafos suelen omitir. Su madre la lloró. María Rosa, la misma mujer que no le había creído en 1917, que le había mandado al sacerdote a confesar su mentira, lloró cuando Lucía se fue, porque Lucía era su hija y una institución con más autoridad que ella la estaba llevando a un lugar donde ella no podría protegerla. Lucía vivió con

las hermanas Doroteas durante 7 años. En 1925 fue trasladada a Pontevedra en España. En 1926 a Tui, fue en Tuíis, donde según sus propios escritos, la Virgen se le apareció de nuevo en 1929 y le transmitió un mensaje que si era cierto tenía implicaciones directas sobre el curso de la historia del siglo XX.

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