Posted in

RIDRUEJO: de ideólogo del franquismo a su primer disidente — la conversión más dramática de España

Era un campo de batalla ideológico donde cada semana surgía un nuevo movimiento, una nueva utopía, una nueva promesa de transformación total. La República, los anarquistas, los socialistas, los comunistas, los fascistas, todos ofrecían lo mismo. Un mundo nuevo, un orden diferente, el fin de la vieja España corrupta y decadente. Ridruejo tenía 17 años cuando comenzó a acercarse a la falange española, el partido fundado por José Antonio I de Rivera.

Y hay que decirlo con claridad, la falange de aquellos primeros años no era simplemente un movimiento de pistoleros y camisas azules, aunque también lo era. Tenía una dimensión intelectual, poética, casi mística. Hablaba de revolución, de justicia social, de recuperar la grandeza de España. Para un joven poeta idealista que veía cómo el país se desintegraba, ese discurso tenía una fuerza de atracción casi irresistible.

Ridruejo cayó en esa atracción completamente, no a medias, no con reservas, con toda la intensidad de quien tiene 20 años y cree haber encontrado la verdad definitiva. Se convirtió en uno de los intelectuales más brillantes y más comprometidos del movimiento. Escribía con una pasión que electrizaba a sus lectores.

Sus discursos encendían a las multitudes. Su poesía ponía en palabras hermosas ideas que otros solo podían expresar con brutalidad. Cuando estalló la guerra civil en julio de 1936, Ridruejo no dudó ni un instante. Se puso del lado de los sublevados, del lado de Franco, del lado de los que querían enterrar la República. Tenía 24 años.

Estaba absolutamente convencido de que estaba en el lado correcto de la historia. Y hay algo importante que decir aquí. Algo que los historiadores a veces olvidan o minimizan. Ridrujo no era un oportunista. No buscaba poder personal ni riqueza. Era un verdadero creyente. Un fanático, sí, pero un fanático honesto, si es que esa expresión tiene algún sentido.

Creía en lo que hacía y eso paradójicamente es lo que hace su posterior transformación tan extraordinaria. Porque renunciar a una convicción profunda es mil veces más difícil que renunciar a un interés calculado. Durante la guerra, su talento fue reconocido inmediatamente. Lo pusieron al frente de la propaganda de la falange en Salamanca, que era entonces el corazón intelectual del bando nacional.

Desde allí construyó el relato del nuevo régimen los héroes y los villanos, los mártires y los traidores, la España eterna contra la antiEpaña. Era un trabajo sucio, disfrazado de belleza literaria y Ridruejo lo hacía con maestría. Pero la guerra no es solo propaganda. La guerra también son los cuerpos, los fusilamientos, las cunetas llenas de muertos.

Y aunque Ridruejo miraba hacia otro lado, como hacen todos los que quieren mantener intacta su fe, la realidad comenzaba a filtrarse. Pequeñas grietas en la gran narrativa que él mismo había ayudado a construir. Por ahora, sin embargo, la fe era más fuerte que la duda. La guerra terminó en 1939 con la victoria de Franco y Ridruejo estaba ahí en primera fila como uno de los arquitectos culturales del nuevo régimen.

El futuro parecía brillante, el futuro parecía suyo. No tenía ni idea de lo que se avecinaba. Los primeros años del franquismo fueron para Ridruejo un periodo de poder real, de influencia concreta, de la satisfacción peligrosa y embriagadora de ver cómo las ideas se convierten en instituciones. Franco había ganado la guerra, ahora había que danar la paz.

Y ganar la paz significaba construir un relato, una identidad, una cultura oficial que legitimase al régimen hacia dentro y hacia fuera. Para esa tarea necesitaba intelectuales, necesitaba escritores, necesitaba poetas. Y entre todos ellos, Ridrujo destacaba como una figura de primer orden. Le encargaron la Dirección General de Propaganda del Nuevo Estado.

Tenía 27 años. era con toda probabilidad el hombre más joven con semejante nivel de responsabilidad en toda la estructura del régimen y asumió el cargo con una energía y una determinación que impresionaban incluso a sus superiores. Desde esa posición, Ridruejo supervisó la construcción de toda la maquinaria cultural del franquismo.

los periódicos, las revistas, los actos públicos, los discursos oficiales, los símbolos del nuevo estado, todo pasaba por sus manos o por las de las personas que él controlaba. era el gran narrador del régimen, el que decidía qué historia se contaba y cómo se contaba y lo hacía bien.

Hay que reconocerlo con honestidad, aunque resulte incómodo. Ridruejo era extraordinariamente bueno en lo que hacía. No porque fuera cínico, ya hemos dicho que no lo era, sino precisamente porque creía en ello. Y la convicción, incluso cuando está al servicio de causas terribles, produce resultados de una eficacia aterradora. Pero el régimen que Ridrujo estaba ayudando a construir tenía una naturaleza que empezaba a resultarle cada vez más difícil de ignorar.

No era la falange revolucionaria y casi romántica de José Antonio I de Rivera. Era algo diferente, algo más opaco y más brutal. Era la dictadura personal de un general pragmático que usaba los ideales de la Falange como decoración, pero que gobernaba con el único objetivo de perpetuarse en el poder. Los fusilamientos continuaban.

Miles de republicanos ejecutados, encarcelados, exiliados. La represión no terminó con el fin de la guerra. Se institucionalizó, se convirtió en sistema y el sistema necesitaba intelectuales que lo justificasen, que construyesen argumentos elegantes para explicar por qué todo aquello era necesario, justo, inevitable.

Ridruejo seguía haciendo ese trabajo, pero cada vez con más incomodidad, cada vez con más preguntas que no encontraban respuesta. ¿Dónde estaba la revolución social que la Falange había prometido? ¿Dónde estaba la justicia? ¿Dónde estaba la España nueva, vibrante, moderna, que él había soñado mientras escribía sus poemas de juventud? Cuéntanos en los comentarios de qué ciudad eres.

Nos encanta saber de dónde nos ven. Lo que veía a su alrededor era muy diferente. Veía casiquismo renovado con uniforme azul. veía corrupción disfrazada de patriotismo. Veía una iglesia que bendecía los fusilamientos y llamaba cruzada a lo que era simplemente el aplastamiento de media España por la otra mitad. Y entonces llegó la Segunda Guerra Mundial y con ella una decisión que iba a cambiar todo.

En 1941, España envió a Rusia la División Azul, una unidad de voluntarios que combatiría junto a la Alemania nazi en el frente del Este. Franco quería demostrar su alineamiento con Hitler sin entrar formalmente en la guerra. Tridruejo, con la coherencia radical de quien todavía cree en sus ideales fascistas, decidió alistarse como voluntario.

Read More