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Reina Paola: La Verdad Prohibida Que Bélgica Ocultó Durante 50 Años

Pero la pequeña Paola también nació en uno de los peores momentos posibles de la historia europea moderna. 11 de septiembre de 1937. En esa misma fecha en Berlín, Adolf Hitler estaba consolidando su régimen nazi alemán. En Roma, Benito Mussolini llevaba 15 años gobernando como dictador fascista italiano.

Y 2 años después, en septiembre de 1939, iba a estallar la Segunda Guerra Mundial. La pequeña Paola tenía apenas 2 años. Hay un detalle de los primeros años de Paola que pocas biografías cuentan completamente. Durante los 6 años de la Segunda Guerra Mundial. Entre 1939 y 1945, la familia Rufo de Calabria vivió escondida en una pequeña casa rural en la provincia italiana de Verona.

Su padre Fulco, a pesar de ser un héroe nacional, había rechazado oficialmente desde 1938 la política racista de Mussolini contra los judíos italianos. Y por esa razón, durante los últimos años del régimen fascista italiano, la familia Rufo de Calabria había sido considerada políticamente sospechosa por los servicios secretos italianos.

Hay una escena particular del año 1944 que la propia Paola contaría décadas después en una entrevista al diario italiano Corriere de Yasera, publicada en 1995. Paola tenía 7 años en ese momento. La familia Rufo de Calabria estaba escondida en su pequeña casa rural de Verona. Y una mañana de marzo, según el testimonio de la propia Paola, dos camiones militares del régimen fascista llegaron al portón de la propiedad familiar.

12 soldados armados bajaron de los camiones y exigieron al padre de Paola, Fulco Rufo de Calabria, salir de la casa para ser interrogado oficialmente por los servicios secretos sobre sus actividades antifascistas. La pequeña Paola, según contaría décadas después, estaba escondida con su madre Luisa y sus dos hermanas mayores en el sótano de la casa.

A través de una pequeña ventana del sótano, podía ver perfectamente la escena que ocurría en el patio. Vio a su padre Fulco, vestido con una camisa blanca, salir tranquilamente de la casa con las manos en los bolsillos. vio a los 12 soldados rodearlo. Vio cómo le apuntaban con sus fusiles y vio como su padre, con una serenidad absoluta, respondía a cada pregunta de los oficiales sin mostrar ningún miedo.

Después de 40 minutos de interrogatorio, según el testimonio de Paola, los soldados se fueron sin arrestar a su padre. Solo se llevaron como advertencia varios documentos personales de la familia. Y cuando Fulco regresó al sótano para reencontrarse con su esposa y sus tres hijas, encontró a la pequeña Paola llorando en silencio. Le había dicho a su hija, según el testimonio de Paola, una frase que ella iba a recordar el resto de su vida.

Le habría dicho en italiano, “Paola, Miaara, no llores. El miedo es la única arma que esos hombres tienen contra nosotros. Si no les damos el miedo, no tienen nada. Recuerda eso para siempre. Esa frase dicha por un héroe militar italiano antifascista a su hija de 7 años en un sótano de Verona en 1944 iba a marcar profundamente la personalidad adulta de Paola Rufo de Calabria.

le enseñó que la dignidad personal era más fuerte que cualquier presión externa, que el miedo era el arma de los cobardes y que una mujer aristocrática debía aprender desde la infancia a mantener la calma absoluta en cualquier circunstancia. Una lección que 50 años después le iba a permitir aguantar la humillación pública más grande de toda la realeza europea contemporánea, sin perder nunca la dignidad de una princesa italiana.

La pequeña Paola creció durante esos 6 años de guerra en condiciones modestas para una familia aristocrática europea, sin los privilegios habituales de su rango, sin las residencias oficiales de su familia. Aprendió desde los 3 años a vivir con poco, a no tener ropa nueva durante años, a compartir habitación con sus dos hermanas mayores.

Y según contaría décadas después, en una entrevista a la revista francesa Paris Match, publicada en 2007, aprendió también a ver a su padre como un héroe moral, un hombre que había preferido renunciar a sus privilegios sociales antes que apoyar un régimen racista. Esa lección moral de su padre Fulco a la pequeña Paola vivida durante los años más oscuros de la historia italiana del siglo XX, iba a marcar profundamente la personalidad adulta de la futura reina de Bélgica.

Una mujer que aprendió desde muy pequeña que la dignidad personal vale más que cualquier título nobiliario, una habilidad que 60 años después le iba a permitir sobrevivir a las traiciones matrimoniales más públicas de la realeza europea. Antes de seguir, queremos saber una cosa. ¿Desde qué país nos estás escuchando esta historia? Déjanoslo en los comentarios.

Nos hace muy felices ver de dónde vienen ustedes. En mayo de 1945, después del fin de la Segunda Guerra Mundial, la familia Rufo de Calabria pudo regresar a una vida normal. Paola tenía 7 años y durante los siguientes 10 años, entre 1945 y 1955, creció en Roma, en la residencia familiar del barrio aristocrático de Parioli.

Recibió una educación rigurosa católica en uno de los mejores colegios privados femeninos de Roma. Estudió arte, música clásica, idiomas. Aprendió a hablar perfectamente francés, inglés, alemán y lo que era todavía más importante para la psicología de su familia tradicional, aprendió las reglas estrictas de la etiqueta aristocrática europea que ningún miembro de las familias nobles del sur de Italia podía permitirse ignorar.

A los 18 años, en 1955, Paola era considerada una de las jóvenes aristocráticas más bellas de toda Italia. Cabello castaño claro, ojos azul intenso, una sonrisa luminosa que iba a hacerse famosa años después en los principales periódicos europeos. Y lo que era todavía más importante para una familia tradicional, una virginidad reservada exclusivamente para el hombre con el que iba a casarse oficialmente.

Pero según los testimonios filtrados décadas después por una de sus damas de compañía de juventud, Paola tenía durante esos años una característica psicológica particular, una característica que ningún biógrafo había anticipado en 1955. Paola, según la dama de compañía, era una mujer extraordinariamente romántica.

soñaba con encontrar el amor de su vida desde los 12 años. Y según las palabras de la dama de compañía, publicadas en una entrevista anónima a la revista italiana Oji en 1997, Paola iba a entregar su corazón completo al primer hombre que verdaderamente la enamorara, sin reservas, sin cálculo, sin la prudencia que las jóvenes aristocráticas debían tener en esa época.

Esa característica romántica de Paola, hermosa pero peligrosa para una joven aristocrática de los años 50, iba a determinar todo el resto de su vida adulta. Porque en el otoño de 1958, durante una ceremonia oficial en el Vaticano, Paola iba a conocer al hombre del que se iba a enamorar perdidamente. Y ese hombre, contra todos los pronósticos, no iba a ser un noble italiano, iba a ser un príncipe belga.

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