Posted in

Princesa Diana: La Verdad que Salió Demasiado Tarde

Y cuando nació Diana, otra niña, la decepción fue tan grande que ni siquiera tenían un nombre preparado para ella. Tardaron una semana entera en registrarla, una semana sin nombre, una semana siendo simplemente la bebé. Ese detalle parece menor, pero marca todo lo que viene después. Diana Spencer crecerá con la sensación de que no fue suficiente desde el día en que llegó al mundo, que su existencia fue una decepción antes de que pudiera abrir los ojos.

Cuando Diana tiene 6 años, sucede algo que va a partir su vida en dos. Su madre, Francis se enamora de otro hombre. Peter Shan Kaide, heredero de una fortuna del papel tapiz, un hombre mundano, cosmopolita, todo lo que John Spencer no es. Francis toma una decisión que en la Inglaterra de los años 60 equivale a un suicidio social. Abandona a sus cuatro hijos, se va así de un día para otro.

Diana baja a desayunar una mañana y su madre ya no está. La silla está vacía, el plato está limpio y nadie le explica nada. El divorcio es brutal, público, humillante. En aquella época que una madre abandone a sus hijos es un escándalo imperdonable. John Spencer pelea por la custodia con una ferocidad alimentada por la rabia y la vergüenza y la obtiene.

Y aquí viene un detalle que duele solo de contarlo. La propia madre de Francis Ruth, Lady Fermoy, abuela materna de Diana, testifica en contra de su propia hija en el juicio de custodia. Declara que Francis es una madre inadecuada, su propia madre en su contra. Diana tiene 6 años y no entiende por qué su mamá ya no está. Años después, en grabaciones privadas que hizo para el periodista Andrew Morton, Diana recordará con una precisión desgarradora el sonido de los pasos de su madre alejándose por el camino de Grava. Recordará haberse asomado por la

ventana de su habitación en el segundo piso, con la frente pegada al vidrio frío, esperando que el auto diera la vuelta. El auto no dio la vuelta. nunca regresó. Ese abandono va a definir cada decisión importante de la vida de Diana, cada relación, cada gesto desesperado de afecto, cada búsqueda obsesiva de amor.

Todo va a nacer de esa noche en que una niña de 6 años se quedó mirando por la ventana esperando a alguien que no volvió. Los fines de semana, Diana y Charles toman el tren para visitar a su madre en Londres. Francis los recibe con regalos y abrazos, pero el domingo por la tarde llega la despedida. Diana se aferra a las piernas de su madre y llora.

Cada despedida es un abandono nuevo. Cada regreso a Parkuse es una confirmación de que el mundo no es un lugar seguro. Un psicólogo diría hoy que Diana desarrolló un estilo de apego ansioso que marcó cada relación de su vida adulta. Pero en los años 60 nadie hablaba de esas cosas. Los niños debían callar y aguantar.

La infancia que sigue en Park House es solitaria y gris. Los pasillos son largos y fríos. Las habitaciones son demasiado grandes para una niña pequeña. Su padre, destrozado por el divorcio y la humillación pública, se encierra en sí mismo. Bebe se vuelve distante. Diana y sus hermanos son cuidados por una sucesión de niñeras que van y vienen como estaciones.

Algunas son amables, otras no. Diana recordará que una de ellas les pegaba en la cabeza con una cuchara de plata. Pero Diana encuentra refugio en dos cosas, los animales y la soledad creativa. Tiene un conejillo de indias llamado Peanuts. Tiene un gato anaranjado al que habla durante horas como si fuera una persona.

Pasa tardes enteras sola en los jardines de Sandringham inventando historias, creando mundos imaginarios donde las madres no se van y los padres no lloran a escondidas. En la escuela, Diana no brilla. Sus notas son mediocres en todas las materias. No es académica. Reprueba dos veces sus exámenes de ingreso. Sus profesores la describen como agradable, pero distraída.

Sin embargo, tiene algo que ningún examen puede medir y ningún título puede otorgar. Una empatía sobrenatural. Una capacidad para sentir el dolor ajeno que sus maestros notan desde los primeros días. Una profesora en West Heath recordará años después que cuando un compañero lloraba en el recreo, Diana siempre era la primera en acercarse.

No daba consejos, no intentaba arreglar nada, solo se sentaba al lado del niño y esperaba en silencio, como si supiera a los 8 años, que a veces la presencia vale más que 1000 palabras. A los 14 años, su padre se casa de nuevo con Rain, condesa de Dartmouth, hija de la famosa novelista de romance Barbara Cartland. Reain es todo lo que Diana y sus hermanos desprecian.

Artificial, controladora, obsesionada con las apariencias. La llaman Reain ácida, a sus espaldas. Diana llegará a empujarla por las escaleras en un arranque de rabia adolescente. En el internado de West Heath, Diana descubre el balet, se obsesiona, practica durante horas, sola en el salón de danza, con la música a todo volumen.

Sueña con ser bailarina profesional, pero mide 1,78 demasiado alta para el ballet clásico. Otro sueño que se quiebra antes de empezar. A los 16 años, Diana deja la escuela sin ningún título académico. Se muda a Londres con amigas. Comparten un departamento en Colahern Court, en el barrio de Earl’s Court. Trabaja como asistente en un jardín infantil llamado Young England.

Limpia casas de conocidos para ganar algo de dinero extra. Es una joven tímida, sonrojadiza, que baja la mirada cuando alguien le habla directamente. Nadie, absolutamente nadie, imagina lo que está a punto de suceder, porque hay un hombre que la ha notado, un hombre 13 años mayor que ella, un hombre que busca esposa con la precisión fría de quien selecciona un caballo de carreras.

Un hombre que necesita una joven de buena familia, sin pasado romántico, sin escándalos, sin experiencia del mundo. Su nombre es Carlos, príncipe de Gales, heredero al trono más famoso del mundo. Y lo que nadie sospecha todavía es que la historia que está a punto de comenzar no será un cuento de hadas, será una trampa que durará 15 años y de la cual Diana saldrá destrozada.

¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen. La primera vez que Diana conoce a Carlos de verdad es en noviembre de 1977 durante una cacería de fin de semana en la finca de los Spencer. Ella tiene 16 años, él tiene 29. Y detalle importante, Carlos está saliendo en ese momento con Sara, la hermana mayor de Diana.

Diana es invisible ese día. una adolescente desgarbada entre la servidumbre y los invitados distinguidos. Carlos ni la mira. Para él es la hermanita menor de su novia nada más. Pero 3 años después, en el verano de 1980, todo cambia en un instante. Diana y Carlos coinciden en una barbacoa de amigos comunes en Sasex.

Read More