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Óscar Romero: lo asesinaron durante la misa y el Vaticano tardó 38 años en reconocerlo

no iba a dar problemas. Hubo sacerdotes que ese día, al conocer el nombramiento, dijeron que mejor iban a tomar un café, que la ceremonia fue fría, casi privada, con menos de 50 personas. que nadie aplaudió, que el propio Romero llegó a vivir no a la residencia de los barrios ricos que le ofrecieron, sino a un cuarto pequeño detrás del altar de una capilla de monjas, donde atendía a los visitantes sentado en las bancas porque no había otro lugar.

Recuerda ese detalle, lo necesitas para entender lo que viene después, porque lo que nadie dentro de la iglesia calculó es lo que le pasa a un hombre cuando el mundo que creía estar sirviendo empieza a asesinar a sus amigos. El 12 de febrero de 1977, tres semanas después de que Romero tomara posesión como arzobispo, el padre Rutilio Grande fue asesinado.

Rutilio era sacerdote jesuíta. Llevaba años trabajando con comunidades campesinas pobres en el cantón El Paisnal, enseñándoles a leer, organizando cooperativas, hablando de dignidad humana desde los evangelios. Por eso lo mataron. Iba en un jeep con un anciano de 72 años. y un niño de 16, cuando unos hombres armados los detuvieron en el camino y los ejecutaron a los tres.

Romero llegó al lugar esa noche, vio los tres cuerpos, estuvo horas en silencio junto al cadáver de su amigo. Los que estaban con él dicen que algo cambió en él en ese momento, que no habló con nadie, que al día siguiente convocó a todos los sacerdotes de la Arquidiócesis y tomó una decisión que nadie esperaba. El domingo siguiente habría una sola misa en todo San Salvador, una sola en la catedral, como señal de que la iglesia no iba a seguir actuando como si nada hubiera pasado.

El gobierno le pidió que no lo hiciera. Los sectores conservadores de la iglesia le pidieron que no lo hiciera. Le dijeron que era una provocación, que era político. Romero celebró la misa. ¿Qué habrías hecho tú en su lugar? Porque lo que ocurrió en los tres años siguientes no fue la historia de un santo que siempre fue valiente, fue la historia de un hombre conservador que fue cambiando semana a semana, homilía a homilía, mientras el país se derrumbaba a su alrededor.

Un hombre que tenía miedo, que lo decía, que lo admitía en voz alta y que seguía de todas formas. El Salvador de 1977 no era un país normal. Llevaba décadas bajo gobiernos militares que alternaban elecciones fraudulentas con represión sistemática. Las organizaciones campesinas eran ilegales, los sindicatos eran ilegales, cualquier persona que reclamara derechos podía aparecer muerta en una cuneta con señales de tortura.

Y lo más perturbador es que esto no era un secreto. Ocurría a plena luz del día y nadie en posición de poder lo decía en voz alta. Nadie, excepto Romero. Sus homilías dominicales comenzaron a convertirse en algo sin precedentes en América Latina. Cada domingo, durante casi 2 horas, Romero leía desde el altar un resumen de los crímenes ocurridos durante la semana.

Nombres, fechas, lugares, modalidades. Su equipo del socorro jurídico le entregaba cada sábada un informe de los hechos y él los verificaba, los redactaba, los pronunciaba con una calma que resultaba más perturbadora que el grito. No predicaba, documentaba. Los mercados de San Salvador quedaban en silencio los domingos al mediodía.

Los camioneros detenían sus vehículos en las carreteras para escuchar la radio. Las colonias ricas bajaban el volumen, incómodas. La catedral estaba siempre llena y cuando terminaba, cuentan quienes lo conocieron. La gente salía sintiéndose algo que muy pocas veces habían sentido, que alguien sabía lo que les estaba pasando y no lo callaba.

Pero eso no era lo más fuerte. Lo más fuerte viene después, porque lo que Romero estaba haciendo era exactamente lo que las fuerzas más poderosas del país no podían tolerar. Y mientras él hablaba cada domingo, alguien en algún lugar estaba tomando notas, guardando recortes, construyendo una carpeta y mandando cartas a Roma.

El proceso para frenar a Romero operó en dos frentes al mismo tiempo. En El Salvador, los grupos paramilitares y los sectores militares lo acusaban públicamente de comunista, de subversivo, de enemigo del orden. En Roma, según versiones de personas que participaron en el proceso décadas después, llegaron cientos de cartas de sectores conservadores, empresariales y eclesiásticos salvadoreños, pidiendo que el Vaticano pusiera freno al arzobispo, que sus palabras estaban desestabilizando el país, que confundía la fe con la política. Y el Vaticano

escuchó no abiertamente, no con una declaración, sino con la herramienta más antigua de las instituciones cuando no quieren enfrentar algo directamente. El silencio, la lentitud, la burocracia que no avanza. En 1979, los obispos latinoamericanos se reunieron en Puebla, México. El representante del Salvador no fue Romero, fue un obispo conservador designado por la Conferencia Episcopal.

Romero llegó a Puebla por invitación personal de otros, casi como metido sin credenciales oficiales de su propio país, a pesar de ser el arzobispo de San Salvador, piénsalo, el arzobispo de la capital de El Salvador, asistiendo a la conferencia de obispos de América Latina como invitado, no como representante.

Sus propios compañeros no lo querían ahí, pero ahí estaba y siguió hablando. El 17 de febrero de 1980, a pocas semanas de su muerte, Romero recibió una carta firmada por 220 reclutas y sargentos de la fuerza armada salvadoreña. No era una carta de apoyo, era una súplica. Le pedían que intercediera ante el comandante general para que no los obligaran a matar a sus propios hermanos, a sus propios familiares, que militaban del otro lado del conflicto.

La orden que les daban era explícita. Si tu hermano de sangre está en la guerrilla, mátalo y mátalo primero. Romero habló por teléfono con el comandante general, le informó de la carta. El comandante le dijo que le enviara el documento y que ellos lo resolverían militarmente. Romero no envió la carta. sabía perfectamente qué destino esperaba a esos 220 soldados si lo hacía.

Y entonces tomó la decisión que selló su suerte el domingo 23 de marzo de 1980 desde el altar de la catedral con el país entero escuchando Romero, pronunció las palabras que los que querían matarlo habían estado esperando como justificación. Las pronunció con calma, con la misma calma con que siempre hablaba.

dijo, “Los soldados son hombres de nuestro pueblo. Matan a sus propios hermanos campesinos. Ante una orden de matar que de un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice no matar. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla.” Fue como si hubiera firmado una sentencia.

Esa misma noche, según testimonios que saldrían a la luz años después, un grupo vinculado a estructuras paramilitares revisó la agenda de eventos del arzobispo para los días siguientes. Buscaban el momento, el lugar, la oportunidad. La encontraron al día siguiente. En el periódico de la mañana del lunes 24 de marzo, aparecía una invitación pública a una misa privada en la capilla del Hospitalito Divina Providencia, el pequeño hospital de monjas, donde Romero vivía.

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