En el agitado escenario de la campaña presidencial colombiana, la estrategia política suele recurrir a la creación de vínculos emocionales con las regiones. Sin embargo, en el caso de Abelardo de la Espriella y su reciente incursión en el departamento de Nariño, la táctica de presentarse como un “hijo adoptivo” o incluso un “fundador” de la tierra ha chocado estrepitosamente con la memoria histórica de sus habitantes. Las recientes declaraciones del candidato, donde intentó adjudicarse una conexión fundacional con el departamento y desestimar la inversión del gobierno actual, han sido desmentidas tanto por los registros históricos como por la voz de quienes habitan el territorio.
La pretensión de De la Espriella de tener un vínculo fundacional con Nariño fue recibida con incredulidad. El candidato afirmó que su familia tuvo un pape
l determinante en la creación del departamento, una narrativa que buscaba cimentar su autoridad moral para hablar en nombre de los nariñenses. No obstante, los registros históricos son claros: Nariño fue creado en 1904 y su fundación está documentada bajo el liderazgo de figuras como Julián Bucheli, el primer gobernador y gran impulsor de la entidad territorial.
Este intento de reescribir la historia local se suma a un patrón de comportamiento observado en otras regiones, donde el candidato ha intentado proclamarse como “padrino” o figura central, encontrando una respuesta similar: el desconocimiento total por parte de la población local. Esta estrategia de apropiación identitaria no solo es inexacta, sino que revela una desconexión profunda entre la narrativa de campaña y la identidad propia de los territorios.

La Realidad del Territorio: Inversión vs. Retórica
Más allá de las controversias históricas, el punto central de la confrontación ha sido la supuesta falta de inversión en Nariño. De la Espriella ha sostenido en sus discursos que el gobierno del presidente Gustavo Petro no ha cumplido con el departamento, alegando un escenario de abandono y pobreza. Sin embargo, la realidad expuesta por los habitantes y respaldada por cifras oficiales cuenta una historia radicalmente distinta.
El departamento ha sido escenario de inversiones significativas en sectores estratégicos:
Salud: La inauguración de la primera Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) en el Hospital de Tumaco, con una inversión superior a los 10,000 millones de pesos, ha transformado la atención médica para más de 200,000 habitantes, eliminando la necesidad de traslados a otras regiones.
Infraestructura: Proyectos como el puente de Puerto Rico sobre el río Patía y el dragado del muelle marítimo en Tumaco —que ha permitido la llegada de buques de gran calado— son hitos de infraestructura que han dinamizado la economía local.
Educación y Agro: La consolidación de más de 250 proyectos, la construcción de centros de educación superior en Barbacoas y el fortalecimiento de las cadenas productivas de cacao, café, plátano y limón Tahití, han dado un nuevo impulso al campo nariñense.
Los testimonios de los habitantes no solo destacan el aumento en la calidad de vida y el acceso a servicios básicos, sino también una mejora tangible en la rentabilidad de la producción agrícola, donde los precios de insumos como los abonos han experimentado reducciones significativas comparadas con periodos anteriores.
La Memoria como Escudo contra el Discurso
La respuesta de un adulto mayor de Nariño, que se viralizó recientemente, sintetiza el sentir de gran parte de la comunidad. Al desmentir al candidato, el ciudadano no solo cuestionó su conocimiento sobre la historia del departamento, sino que también trajo a colación el pasado del político, vinculado a asesorías legales en casos de estafas masivas como DMG.
Esta confrontación pone de relieve una tendencia política creciente: los ciudadanos están dejando de ser receptores pasivos de discursos prefabricados. En la era de la información, el electorado nariñense —y colombiano en general— está contrastando las promesas de campaña con la realidad de las obras ejecutadas y los antecedentes de quienes aspiran a la presidencia.
Hacia una Política de Evidencias
El episodio en Nariño es un recordatorio de que la política de “improvisación geográfica” tiene fecha de vencimiento. Cuando un candidato llega a un departamento con un discurso ajeno a la realidad local, el costo político no es solo la pérdida de votos, sino el desgaste de su propia legitimidad. La ciudadanía demanda honestidad, no solo en la historia que se cuenta, sino en el reconocimiento de los avances que, más allá de las banderías políticas, benefician al bienestar común.

Al final del día, los puentes construidos, las UCI habilitadas y la mejora en la capacidad de exportación del agro son datos que superan cualquier intento de relato electoral. Nariño ha hablado, y su mensaje es claro: el desarrollo se mide en obras y bienestar, no en apellidos ni en falsas fundaciones.