Posted in

MOSCARDÓ: el héroe oficial que Franco necesitaba… y el militar incómodo al que el régimen premió

Y lo que necesitaba en el verano de 1936 era desesperadamente un relato, una narrativa que justificara lo injustificable, un golpe de estado contra un gobierno legítimamente elegido, una guerra fratricida que iba a costar cientos de miles de vidas, una represión sistemática que ya estaba comenzando en los territorios conquistados por los sublevados.

Franco no era un ideólogo nato, era un estratega y como estratega entendía que una causa signística es solo violencia, que una guerra sin héroes es solo matanza. Necesitaba santos laicos, necesitaba momentos fundacionales, necesitaba lugares que funcionaran como altares de una nueva religión civil, una religión que mezclaba el catolicismo más intransigente con el nacionalismo más exaltado y con una visión de España que miraba al pasado imperial como si fuera el único futuro posible.

El Alcázar de Toledo era perfecto para ese propósito. Era perfecto de una manera casi obscena. Piénsalo. Una fortaleza medieval. Piedra antiquísima sobre un cerro que domina la ciudad. Historia de siglos. El mismo lugar donde se habían forjado generaciones de oficiales del ejército español. un símbolo dentro de un símbolo.

Y ahora, en plena guerra, ese lugar estaba siendo asediado por las fuerzas republicanas, mientras dentro un puñado de militares resistía contra todo pronóstico. Si eso no era material para construir una épica, entonces la épica no existía. Pero había que trabajarlo, había que darle forma. Hay que entender que la propaganda no improvisa, la propaganda construye.

Y lo que el aparato franquista construyó alrededor del Alcázar y de Moscardó fue una operación de una sofisticación notable para la época. Periodistas extranjeros invitados a cubrir la historia, corresponsales de guerra guiados hasta el lugar exacto donde la narrativa era más poderosa. Fotógrafos que capturaban las ruinas con una luz determinada, los supervivientes con una actitud determinada, el comandante con una expresión determinada.

Y en el centro de todo eso, Moscardo, un hombre que de repente se encontraba en el ojo de un huracán que no había pedido, rodeado de cámaras que no había convocado, pronunciando frases que en algunos casos no había dicho o no las había dicho exactamente así o no las había dicho en ese momento. Un hombre que era real, pero cuya realidad estaba siendo sistemáticamente reemplazada por una ficción más conveniente.

lo sabía, era consciente de la operación de la que era protagonista involuntario o quizás no tan involuntario. Esa es una de las preguntas que los documentos que han ido apareciendo en los últimos años permiten empezar a responder. Y la respuesta, como casi siempre en historia, es incómoda para todos los bandos.

Porque Moscardó no era un hombre simple, no era el bloque de mármol patriótico que el régimen quería. Era un militar con sus propias ideas, sus propias ambiciones, sus propios silencios estratégicos. un hombre que aprendió muy rápido las reglas del juego que se estaba jugando con su nombre y que durante años jugó ese juego con una habilidad que sus biógrafos oficiales nunca quisieron reconocer, porque reconocerla habría complicado demasiado la imagen del héroe puro e inmaculado.

El problema con los hombres que saben demasiado es que siempre terminan siendo un estorbo, tarde o temprano para el régimen que los creó o para la historia que intentaron controlar. José Moscardó y Tuarte nació el 26 de septiembre de 1879 en Madrid. Hijo de familia modesta, con la vocación militar que en aquella España de finales de siglo era una de las pocas vías de ascenso social para quien no tenía apellidos ni fortuna.

Se formó en la Academia General Militar. Hizo sus primeras armas en las campañas del norte de África. Ese Marruecos que fue el gran laboratorio donde se forjó toda una generación de militares que décadas después protagonizarían la guerra civil. Franco, Mola, San Jurjo, Yahwe, el África colonial española como escuela de una violencia específica, una violencia sin testigos incómodos, sin prensa libre, sin convenios de ginebra que se tomaran demasiado en serio.

Moscardó pasó por ese mismo proceso. Ascendió despacio con solidez, pero sin brillantez especial. No era el tipo de oficial que levantaba pasiones entre sus superiores ni entre sus subordinados. Era competente, organizado, cumplidor, el tipo de militar que los ejércitos necesitan en grandes cantidades para funcionar y al que raramente recuerdan cuando se escriben memorias.

En 1930, algo más interesante, Moscardó participó en los Juegos Olímpicos de Amberes de 1920 como jefe de la delegación deportiva española. un detalle biográfico que sus biógrafos franquistas mencionaban de pasada, casi con incomodidad, como si no encajara bien con la imagen del guerrero austero. Pero ese detalle revela algo importante sobre el personaje real, un hombre con vida propia, con intereses que iban más allá del cuartel, con una dimensión humana que la iconografía oficial se encargó de aplanar hasta hacerla

irreconocible. Cuando en julio de 1936 estalló la sublevación militar, Moscardó era comandante militar de Toledo y director de la Escuela Central de Educación Física. Una posición relevante, pero no estratégica. Toledo no era Madrid, no era Sevilla, no era ninguno de los grandes centros de poder donde se decidía el destino inmediato de la guerra.

Era una ciudad histórica, hermosa, cargada de simbolismo cultural. el Greco, la catedral, la historia imperial, pero militarmente secundaria en los primeros compases del conflicto. Lo que convirtió Toledo en el epicentro mundial de la atención fue el Alcázar y lo que convirtió a Moscardó en el hombre del momento fue una combinación de circunstancias, decisiones propias y sobre todo la necesidad ajena de que alguien ocupara ese lugar en la narrativa que se estaba construyendo.

Cuando el 18 de julio de 1936 el golpe se pone en marcha, Moscardo toma una decisión rápida. Se une a los sublevados. No es una decisión sorprendente para un militar de su perfil, de su generación, de sus convicciones. Lo sorprendente quizás es la situación concreta en la que esa decisión lo coloca.

Porque Toledo no cae del lado de los sublevados. Las fuerzas leales a la República controlan la ciudad. Y Moscardó, con los efectivos que tiene a su mando, guardias civiles, militares, cadetes, voluntarios falangistas y carlistas, se hace fuerte en el único lugar que considera defendible, el Alcázar. Dentro entran también civiles, muchos civiles, familias de militares, personas que buscan refugio ante el caos de los primeros días de guerra, gente que simplemente tiene miedo y no sabe a dónde ir.

Este detalle, los civiles dentro del Alcázar, es uno de los más debatidos por los historiadores, porque la versión oficial los presentaba como refugiados protegidos por la generosidad de Moscardó, mientras que otras fuentes, incluidos testimonios de los propios supervivientes recogidos décadas después, sugieren que la situación era bastante más compleja, que algunos de esos civiles no entraron exactamente por voluntad propia, que el Alcázar no era solo un refugio, sino también en cierto sentido, una moneda de cambio. Y así

comienza el asedio. 70 días que van a cambiar para siempre la vida de José Moscardó. No porque los viva como un héroe, los vive como puede, con miedo y hambre y decisiones imposibles como cualquier ser humano en una situación límite, sino porque alguien al otro lado ya ha decidido que cuando todo esto termine ese hombre va a ser un símbolo.

Read More