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Miles de zapatos escondidos revelaron el mayor escándalo de corrupción del siglo XX

Era 11 años mayor que ella, héroe de guerra, según su propia versión de los hechos, congresista en ascenso, político de raza, con una determinación que rozaba la obsesión y estaba dispuesto a hacer lo que fuera para casarse con la musa de Manila. El cortejo duró 11 días. 11 días que en Filipinas se recordarían para siempre con el nombre de El torbellino.

Fue un periodista del Manila Times, Joe Guevara, quien actuó como intermediario decisivo entre los dos. Fue él quien le dijo a Ferdinandaba saber sobre Imelda. Y fue él quien, al ver que ella dudaba, le dijo sin rodeos que si algún día quería ser la primera dama de la nación, tenía que aceptar la propuesta de ese hombre. Y Melda aceptó.

La boda civil se celebró en secreto. Solo semanas después vino la ceremonia religiosa con 1000 invitados, financiada por el propio presidente de Filipinas en ese momento, Ramón Maxais. y celebrada en el palacio de Malacañán, ese mismo palacio del que Imelda huiría 32 años después, en la oscuridad de la noche, dejando atrás miles de zapatos y un país al borde del colapso.

Al principio, la vida de primera dama no fue el cuento de hadas que Imelda había imaginado. Ferdinand era un hombre de control absoluto. le decía qué ropa ponerse, le controlaba las porciones de comida en la cena, le indicaba a cuáles esposas de senadores debía enviar regalos y a cuáles ignorar. Le monitoreaba el maquillaje, las amistades, los horarios.

Y Melda era pública, brillante y visible, pero dentro de las paredes de su hogar estaba atada a un hombre que ejercía sobre ella una autoridad casi opresiva. La presión acumulada terminó en un colapso nervioso en 1957. Y Melda fue internada en un hospital de Nueva York donde los médicos le recomendaron alejarse de la vida pública, lo que en términos prácticos significaba alejarse de Ferdinand.

Pero Imelda tomó una decisión que definiría el resto de su existencia. No se alejó, por el contrario, eligió reinventarse. Adoptó un mantra que se repetía cada mañana al despertar como quien se prepara para una batalla. Decía que era afortunada, que amaba las fiestas, que no podía concebir la vida sin la política.

Se convenció de ello hasta que lo creyó de verdad. Cuando salió del hospital era una mujer diferente o tal vez era la misma mujer, pero con una armadura más gruesa y una estrategia más clara. Para las elecciones senatoriales de 1958 fue ella quien hizo la diferencia. Viajó por todo el país acompañando a Ferdinand.

cantaba en tres idiomas ante comunidades rurales que nunca habían visto a nadie tan elegante ni tan cercano al mismo tiempo. Memorizaban nombres de alcaldes, gobernadores, esposas de políticos, detalles de sus vidas. Era una máquina de conexiones humanas disfrazada de primera dama encantadora. Ferdinand ganó y desde ese momento supo que Imelda no era un accesorio político, era su arma más poderosa.

La campaña presidencial de 1965 fue el escenario donde ese poder se demostró de manera definitiva. Ferdinand se lanzó a la presidencia y dividieron estratégicamente el territorio. Ella fue casa por casa. pueblo por pueblo, prometiendo, cantando, convenciendo. Vendía la historia de ambos como un cuento de hadas filipino.

Decía que Ferdinand había transformado a una chica de provincias en la mujer que estaban viendo y que podía hacer lo mismo con todo el país. Era un mensaje poderoso en un país hambriento de esperanza y funcionó. Ferdinand Marcos ganó las elecciones de 1965 y se convirtió en presidente de Filipinas.

Y Melda entró al palacio de Malacañán como primera dama, el papel que le habían prometido 11 días después de conocer a Ferdinandillos del Congreso. Pero Imelda no había esperado 11 años para quedarse simplemente de adorno. Desde el primer día de su llegada al palacio, comenzó a construir su propio territorio dentro del gobierno.

Se convirtió en miembro de la junta directiva de 23 corporaciones estatales. Recibía jefes de estado, presidentes, líderes mundiales. Lindon Johnson la llamaba la joya del Pacífico. Richard Nixon la llamaba el ángel de Asia. Ella viajaba a Moscú, a Pekín, a La Habana. Se sentaba con Mautetun, hablaba con Gaddafi y en cada ciudad que visitaba dejaba un rastro de compras que asombraba hasta las personas más acostumbradas a la opulencia.

El dinero que gastaba no era suyo, era del pueblo filipino. Pero eso en aquel momento era un detalle que parecía no molestar a nadie con suficiente poder para detenerla. Para comprender la magnitud de lo que se encontró en el palacio de Malacañán aquel febrero de 1986, es necesario entender primero cómo se construyó ese imperio de objetos.

No ocurrió de un día para el otro. Fue el resultado de dos décadas de gasto sin control, de un estado convertido en chequera personal y de una filosofía de vida que Imelda defendería hasta el final. con una frase que se volvió tristemente célebre. Diría que cuando la gente entraba a sus armarios buscando esqueletos, lo único que encontraban eran zapatos. Zapatos hermosos.

Agregaba sin ningún tipo de pudor. El origen de ese universo de lujo se puede rastrear a la declaración de la ley marcial en 1972. Fue el momento en que Ferdinand Marcos concentró en sus manos el poder absoluto sobre Filipinas y dejó de necesitar simular que existían límites para lo que él y su esposa podían hacer.

La ley marcial suspendió el Congreso, abolió la libertad de prensa, encarceló opositores, silenció disidentes y en ese silencio forzado, el régimen empezó a saquear el país con una metodología que come el tiempo se volvería cada vez más sofisticada y más rapaz. Imelda fue nombrada gobernadora de la gran Manila en 1975 y ministra de asentamientos humanos en 1976.

Tenía poder formal sobre presupuestos millonarios, pero esos cargos eran apenas la parte visible de su influencia. Por debajo, el clan Marcos construyó una red de cuentas bancarias en Suiza, en Panamá, en Las Antillas, en Hong Kong, en Ltenstein, en Australia. Operaban bajo seudónimos. Jane Ryan para ella, William Suunders para él.

Decenas de sociedad de fantasma, testaferros en varios continentes, paraísos fiscales encadenados unos a otros como eslabones de una cadena. diseñada para que nadie pudiera seguir el rastro del dinero. Con esos fondos, Imelda compraba arte. Compraba obras de Picasso, de Bangog, de Moné, de Goya, de Miró. Las guardaba en depósitos, en mansiones, en palacetes distribuidos por varios países.

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