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Lupita D’Alessio: Su Esposo le Dio Algo Esa Noche… y Nunca se Recuperó

Aquí viene lo primero que te prometí. Jordi le preguntó sobre su infancia, sobre su padre, sobre cómo había empezado todo. Y Lupita, con 67 años encima y nada que perder, soltó seis palabras que pesaban como piedras. Me sentí usada por mi propio padre. Usada, no criada, no guiada, no apoyada. Usada como una herramienta, como un instrumento, como una fuente de ingresos. Pero eso no era todo.

En su bioserie Hoy voy a cambiar, producida por Televisa en 2017, Lupita reveló algo más oscuro. Mi papá llegó a golpear a mi mamá. En el piso yo la vi tirada. La niña que cantaba canciones de amor en los escenarios veía a su madre sangrando en el piso de su casa. veía al hombre que la obligaba a cantar golpeando a la mujer que debía protegerla y no podía hacer nada.

Solo mirar, solo callar, solo esperar a que terminara y al día siguiente subir al escenario y cantar como si nada hubiera pasado, porque el show debía continuar. Había otro secreto en esa casa, algo que Lupita no descubrió hasta años después. Poncho Dalesio tenía otra familia, otra mujer, otros hijos, otra vida completa que existía en paralelo.

El hombre que exigía perfección de Lupita, el hombre que la golpeaba cuando no cumplía, el hombre que se quedaba con cada peso que ella ganaba. Ese hombre mantenía dos familias con el dinero que su hija generaba y Lupita no lo sabía. Cantaba para mantener una casa que no era la única. Trabajaba para un padre que la usaba doblemente.

Sangraba para un hombre que ni siquiera le daba toda su atención. Cuando lo descubrió, algo se rompió. La poca confianza que le quedaba en los hombres se fracturó. Y esa fractura explicaría todo lo que vino después. A los 17 años, Lupita vio una salida. Había un hombre, se llamaba Jorge Vargas.

Era músico también, tenía 30 años, 13 años mayor que ella. Para una adolescente atrapada en una casa donde la explotaban, Jorge Vargas parecía un salvador, alguien que la sacaría de ahí, alguien que la protegería, alguien diferente a su padre. En 1971, Lupita y Jorge se casaron en secreto, sin el consentimiento de Ponchoesio, sin ceremonia grande, sin anuncio público, una fuga.

Una adolescente de 17 años, huyendo de una prisión hacia lo que creía que era libertad. No fue libertad, fue otra prisión. Pero antes de que las rejas se cerraran, hubo un momento de luz. En 1972, Lupita quedó embarazada. Su primer hijo, Jorge Francisco, después de una vida de ser usada, finalmente tendría algo propio, alguien que la amaría sin condiciones, alguien a quien proteger.

El bebé nació y 28 días después murió. 28 días. Eso fue todo. Septicemia, una infección que entró en su pequeño cuerpo y que los médicos de 1972 no pudieron detener. Lupita tenía 18 años. Acababa de escapar de un padre abusivo. Acababa de casarse con un hombre que prometía protegerla y acababa de enterrar a su primer bebé. En entrevistas posteriores ella lo describió con dos palabras: “El primer golpe de mi vida, pero no el último, ni siquiera cerca del último.

Después de la muerte del bebé, algo cambió en el matrimonio. O quizá no cambió nada, quizá siempre fue así y el dolor simplemente quitó el velo.” Jorge Vargas empezó a mostrar quién era realmente. Los celos llegaron primero. Lupita seguía cantando, seguía presentándose, seguía siendo el sustento de la familia, igual que había sido el sustento de la familia de su padre.

Y a Jorge no le gustaba. No le gustaba que otros hombres la vieran. No le gustaba que tuviera éxito. No le gustaba que fuera más famosa que él. Lo mismo celos se convirtieron en control. El control se convirtió en gritos. Los gritos se convirtieron en golpes y los golpes se convirtieron en rutina. 7 años, 7 años de matrimonio, 7 años de violencia.

2555 días de despertar, sin saber si ese día habría paz o habría sangre. Mientras tanto, Lupita seguía cantando, seguía llenando pequeños escenarios, seguía siendo la voz que poco a poco México empezaba a reconocer. Y nadie veía los moretones debajo del maquillaje. Nadie preguntaba por qué a veces usaba mangas largas en pleno verano.

Nadie notaba el miedo en sus ojos cuando alguien alzaba la voz cerca de ella. O quizá si lo notaban. Pero en los años 70 lo que pasaba dentro de un matrimonio era asunto del matrimonio. Y las mujeres aguantaban porque así les enseñaron, porque sus madres habían aguantado, porque la sociedad les decía que aguantar era lo correcto.

Lupita vio a su madre en el piso golpeada por su padre y ahora ella estaba en el mismo piso, golpeada por su esposo. El ciclo se repetía y ella no sabía cómo romperlo. En esos 7 años nacieron dos hijos más, Jorge y Ernesto. Dos razones más para quedarse, dos razones más para aguantar, dos razones más para convencerse de que quizá mañana sería diferente.

Quizá tú también conoces esa lógica. Quizá tú también has dicho, “Me quedo por los niños.” Quizá tú también has creído que aguantar un poco más era lo mejor para todos. Quizá tú también pensaste que si te esforzabas más, si eras mejor esposa, si no lo provocabas, las cosas cambiarían. Quizá tú también descubriste que no cambian.

Quizá tú también aprendiste que los hombres que golpean no dejan de golpear porque tú seas mejor. Dejan de golpear cuando tú te vas o no dejan de golpear nunca. Lupita aguantó 7 años esperando que cambiara, 7 años creyendo que mañana sería diferente, 7 años de promesas rotas y disculpas vacías hasta que algo cambió.

Pero no fue él quien cambió, fue ella. Lupita encontró una salida y tuvo el valor de tomarla hasta que apareció una oportunidad que lo cambiaría todo. En 1978, Lupita fue invitada a participar en el festival OTI. El festival OTI era uno de los concursos musicales más importantes del mundo hispanohablante. Ahí se habían lanzado carreras internacionales, ahí se hacían estrellas.

Lupita llegó con una canción como tú y ganó. En una sola noche, la mujer que cantaba en pequeños escenarios de México se convirtió en noticia internacional. Los contratos llegaron, las ofertas de discos, las giras, las entrevistas. La industria entera quería un pedazo de Lupita lesio. Y por primera vez en su vida, Lupita tenía poder.

Tenía algo que le pertenecía, algo que nadie le había regalado, algo que había ganado con su voz, con su talento, con todo lo que había aguantado. Jorge Vargas no lo soportó. El hombre que la golpeaba no podía tolerar que ella fuera más exitosa que él. No podía tolerar que ella tuviera algo propio.

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