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LUIS AGUILAR: El BORRACHO BASURA que ABANDONÓ a sus HIJAS… Y la VIUDA que le hizo VOLAR la Cabeza.

Para 1945 ya tenía un papel relevante en caminos de sangre. Para 1946 filmó Yo maté a Rosita Alví y ese mismo año El Gallo  Giro, la película que le iba a dar el apodo con el que entraría a la historia del cine mexicano.  El sobrenombre se lo puso un locutor de radio llamado Pedro Delil.

Fue en 1948 en un programa de la XV2 donde Luis cantaba en vivo. Pedro de Lil  lo anunció con esa expresión. El gallo giro, refiriéndose al gallo de pelea que gira sobre sí mismo en el palenque antes de atacar.  A Luis le gustó, lo adoptó y nunca más se quitó ese nombre de encima.

En esos mismos años, mientras la carrera empezaba a despegar, Luis conoció a Ana María Almada,  una mujer hermosa, de buena familia, joven, educada, que se enamoró del muchacho de las cejas pobladas en la Primera Mirada. Se casaron el 17 de abril de 1946.  Él tenía 28 años, ella tenía 22. La boda fue íntima.

Ana María no era actriz. Ana María era una mujer normal que había aceptado casarse con un hombre que apenas empezaba a hacerse un nombre y aceptó las reglas que el cine mexicano imponía. Iba a vivir a la sombra del marido. Iba a esperarlo cuando saliera de gira. Iba a recibirlo cuando regresara oliendo a otras mujeres.

Iba a callar. Ana Luisa Aguilar nació un año después de la boda. Era preciosa. Tenía los ojos de la madre y las cejas del padre. Tres años más tarde llegó Martha Fernanda, la hija menor. La familia se acomodó en una casa modesta de la Ciudad de México, mientras Luis acumulaba películas a un ritmo que iba a hacer su sello durante medio siglo.

12 películas en 1948, otras tantas en 1949. Para 1950 filmó con Rosita Quintana Tú  solo tú, una de las cintas más importantes de aquella década, donde Luis interpretaba a un charro que se enamora de una mujer rica y donde la prensa empezó a especular sobre lo  que pasaba entre él y Rosita cuando se apagaban las luces del foro.

Aquí viene la parte cruel, porque mientras Ana Luisa y Marta  Fernanda crecían en aquella casa modesta esperando que su padre regresara de las giras, Luis Aguilar había empezado a tener relaciones íntimas con prácticamente todas las  actrices con las que filmaba. Rosita Quintana fue la primera de la lista.

Después vinieron Carmelita González en Yo también soy de Jalisco.  Después Elsa Aguirre en Cuatro Noches contigo. Después Rosita Arenas. Después Lola Flores, cuando la española vino  a México a filmar Hay pena, penita, pena en 1953. Después  Sara Montiel, después Katy Jurado, después Marga López.

Una lista larga que Luis mismo confirmó años después en una entrevista con una frase que el cine  mexicano nunca le perdonó. Es más fácil decir con quién no trabajé que con  quién sí lo hice. Pero la traición sexual no fue lo peor que le hizo a Ana María. Lo peor llegó por otro lado. Lo peor llegó en forma líquida.

Porque mientras Luis subía en el cartel del cine de oro, mientras filmaba con Pedro Infante  en ATM a toda máquina y en ¿Qué te ha dado esa mujer?  En 1951, mientras los carteles de los teatros decían fenomenal mano a mano entre Pedro y Luis  y la gente hacía colas para verlos juntos.

Mientras todo eso pasaba afuera,  en la casa de Ana María Almada estaba ocurriendo algo que la prensa de espectáculos no quería ver. Luis Aguilar estaba bebiendo. Bebía cuando filmaba, bebía cuando regresaba a la casa, bebía cuando salía de gira, bebía en las fiestas, bebía en silencio cuando se quedaba solo y bebía cada vez más.

El alcoholismo de Luis Aguilar es un dato confirmado en 1950 por testimonios de productores que trabajaron con él, por anécdotas de colegas,  por su propia entrevista posterior al diario, El Universal, donde reconoció que el alcohol había puesto en jaque su carrera y su vida personal. Lo que el cine de oro le envolvió en sombrero de charro fue una doble vida brutal.

Adentro del foro era el galán impecable, la voz de Barítono, el muchacho de las cejas pobladas. Afuera del foro era un borracho que llegaba a las 2 de la mañana a la casa donde Ana María lo esperaba con las dos niñas dormidas en el otro cuarto. Un borracho que se equivocaba de nombres, un borracho que se quedaba dormido en el sillón con la ropa  puesta, un borracho que a veces no llegaba a dormir y aparecía dos días después con la camisa sucia y el  aliento a tequila.

Fíjate en la ironía, porque parece escrita por alguien cruel.  Luis Aguilar cantaba rancheras sobre el amor eterno. Cantaba sobre la mujer fiel que espera en la casa. Cantaba canciones que después de su muerte iban a poner en los velorios de toda Latinoamérica. Cantaba en pantalla con una emoción que el  público sentía verdadera.

Y mientras cantaba todo eso, en su casa real había una mujer real esperando a un marido real que no llegaba, una  mujer con dos hijas. Una mujer que había firmado un acta matrimonial con un hombre que prometió  cuidarla y que estaba cumpliendo lo contrario de lo que prometió.

Ana María Almada aguantó 3 años, aguantó cuatro, aguantó  cinco, aguantó las ausencias, aguantó las llegadas tarde. Aguantó las llamadas de mujeres anónimas preguntando por Luis. aguantó los rumores de la prensa que ya empezaban a circular sobre la relación de su marido con Rosita Quintana  y después con Elsa Aguirre y después con Lola Flores.

Aguantó por las niñas. Aguantó por la fe católica  de aquella época que decía que una mujer no se separa del marido, aunque el marido sea un demonio. Pero algo pasó en 1953.  Algo que ningún biógrafo ha logrado confirmar del todo, algo que solo los amigos más cercanos de la familia Almada conocieron.

Una noche, Luis llegó borracho a la casa, más borracho de lo habitual,  y pasó algo dentro de esas paredes que hizo que Ana María tomara una decisión  que en aquella época una mujer casi nunca tomaba. Decidió que se acababa.  Decidió que las niñas no iban a crecer viendo eso. Decidió que ella prefería ser una mujer divorciada con dos hijas.

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