El 10 de mayo de 1940, las tropas alemanas cruzaron la frontera Belda. El país que había sobrevivido con su neutralidad declarada durante la gran guerra, ahora veía como esa misma neutralidad no valía absolutamente nada frente a las divisiones blindadas de Hitler. El rey Leopoldo II tomó entonces la decisión que marcaría para siempre su reinado y su reputación.
asumió el mando personal del ejército belga y el 28 de mayo de 1940, tras 18 días de una resistencia desesperada, firmó la capitulación incondicional ante Alemania. Su gobierno, encabezado por Hilbert Pierlott negó a reconocer esa rendición como legítima y huyó al exilio, primero a Francia y luego a Londres, desde donde continuó la guerra junto a los aliados.
Leopoldo, en cambio, decidió permanecer en Bélgica. Su argumento era que un rey no podía abandonar a su pueblo en el momento más oscuro, que su deber era estar presente, que él era el escudo humano de sus súbditos frente al ocupante. Sus críticos, que serían muchos, argumentarían exactamente lo contrario. Fue en ese contexto de derrota, humillación y ocupación cuando el romance con Lilian dio el salto definitivo hacia algo más serio, más permanente, más peligroso.
En mayo de 1940, Lilian y su padre, el gobernador Henry Bales, acudieron al Palacio de Laken a una audiencia con el rey. El motivo oficial de esa visita era pedir el perdón real para Henry Bells, quien había sido acusado de abandonar su puesto durante la invasión alemana. Pero lo que comenzó como una petición de clemencia terminó siendo algo mucho más poderoso.
El rey, que vivía en lo que era técnicamente un arresto domiciliario bajo supervisión nazi, encontró en esos encuentros con Lilian el único refugio emocional que el mundo le dejaba. Y Lilian, consciente o no de las consecuencias, encontró algo igualmente irresistible en aquel rey prisionero, solemne y roto. El palacio de Laken durante la ocupación alemana era una jaula de oro.
Leopoldo podía pasear por sus jardines, podía recibir visitas controladas, podía leer y escribir y pensar, pero no podía gobernar, no podía decidir, no podía ser rey en ningún sentido real de la palabra. Los alemanes lo mantenían ahí como una pieza útil del tablero, un monarca fantasma cuya sola presencia daba al régimen de ocupación una apariencia de continuidad institucional, de normalidad impuesta.
Y fue en ese encierro sofocante donde el amor entre Leopoldo y Lilian alcanzó su punto de no retorno. En julio de 1941, mientras gran parte de Europa ardía y los ejércitos se despedazaban entre sí, desde el norte de África hasta las estas soviéticas, el rey Leopoldo I le pidió a Lilian Bells que se casara con él.
Ella, según los relatos de la época, vaciló. No era una vacilación por falta de sentimientos, sino por algo más concreto, más prosaico, más revelador de su carácter. Comprendía perfectamente el peso de lo que ese matrimonio significaría, los sacrificios que implicaría, la tormenta que desataría. Fue la reina madre Elizabeth quien terminó de convencerla.
La anciano soberana le prometió su apoyo y aseguró que el pueblo belga con el tiempo llegaría a comprenderlo. Lilian finalmente aceptó, pero exigió algo notable, algo que demostraba que su inteligencia política era al menos tan aguda como sus instintos sentimentales. Renunció voluntariamente al título de reina.
Esa renuncia no era un gesto de humildad. Era un cálculo. Lilian sabía que presentarse como reina mientras el país estaba bajo ocupación nazi y mientras el gobierno legítimo operaba desde el exilio en Londres hubiera sido un error político de consecuencias devastadoras. En lugar de eso, Leopoldo le concedió el título de princesa de Reti, tomado de la pequeña localidad de Reti en la provincia de Amberes.
Sus posibles hijos tendrían el título de Príncipes y Princesas de Bélgica, pero quedarían expresamente excluidos de la línea de sucesión al trono. Era un matrimonio morganático, una unión de amor entre desiguales en rango dinástico, aunque no en inteligencia ni en voluntad. La ceremonia religiosa se celebró el 11 de septiembre de 1941 en la capilla privada del Palacio de Laken.
No hubo fanfarria, no hubo celebración pública, no hubo el despliegue de pompa que acompaña habitualmente las bodas reales. Fue un acto íntimo, casi clandestino, presenciado por un círculo mínimo de personas. Y fue también, en términos legales belgas, un acto irregular, porque la legislación del país exigía que antes de cualquier ceremonia religiosa se celebrara primero el matrimonio civil.
Leopoldo y Lilián habían decidido esperar a que terminara la guerra para formalizar esa parte legal. Pero la naturaleza con su habitual indiferencia por los planes humanos se adelantó. Lilian quedó embarazada. El embarazo de Lilian lo cambió todo. Lo que había sido un secreto guardado con celo dentro de los muros del palacio del Aken se convirtió súbitamente en un hecho imposible de ocultar.
El 6 de diciembre de 1941, apenas 3 meses después de la ceremonia religiosa, la pareja se vio obligada a celebrar el matrimonio civil, convirtiendo la unión en plenamente oficial y haciéndola pública ante el mundo. La noticia cayó sobre Bélgica como una piedra en un estanque, generando ondas expansivas que nadie fue capaz de contener.
La reacción popular fue de una dureza que ninguno de los dos había anticipado del todo, aunque quizá deberían haberlo hecho. Los belgas, ya sacudidos por la derrota militar, ya humillados por la ocupación, ya divididos sobre la actitud del rey ante los nazis, recibieron la noticia del nuevo matrimonio de Leopoldo como una traición personal, no hacia el Estado, no hacia la Constitución, sino hacia la memoria sagrada de la reina Astrid.
Los comercios de Bruselas, que todavía mostraban retratos de Astrid en sus escaparates, que eran muchos, se negaron a retirarlos. Las mujeres belgas, en particular respondieron con una indignación que tenía algo de luto reabierto a la fuerza. Para una parte considerable de la población, Leopoldo no solo había tomado una segunda esposa, había borrado a Astrid y eso era, en términos emocionales, imperdonable.
Liliam, por su parte, comenzó a acumular una reputación que la perseguiría durante décadas. La llamaban ambiciosa, calculadora, fría. Decían que había seducido al rey en su momento más vulnerable, que había utilizado a su padre, el gobernador Baels, como trampolín para acercarse al trono. La comparaban desfavorablemente, casi con crueldad, con la dulce Astrid.
Y en esa comparación, Lilian siempre salía perdiendo, no porque fuera necesariamente peor, sino porque nadie estaba dispuesto a darle la oportunidad de ser simplemente diferente. Su belleza, que el periodista Jan de Cars describiría como la de una estrella de cine, no hizo más que agravar la situación. La belleza en una mujer que el pueblo ya había decidido odiar se convierte en prueba del delito.
En julio de 1942, Elián dio a luz a su primer hijo con el rey, el príncipe Alexandre. Después vendrían dos hijas más, la princesa María Cristina y la princesa María Esmeralda. Leopoldo ya tenía tres hijos de su matrimonio con Astri. El príncipe Balduino, el príncipe Alberto y la princesa Josefina Carlota. La familia real belga crecía dentro de las paredes de un palacio vigilado por soldados alemanes, mientras afuera, en las calles de Bruselas y Lieja y Gante, el país sangraba bajo la ocupación.
Y mientras tanto, en Londres, el gobierno en el exilio y las fuerzas aliadas planeaban el golpe que cambiaría el curso de la guerra. El verano de 1944 marcó el fin de la pesadilla para Europa occidental, aunque no de la manera que Leopoldo hubiera esperado. Las tropas aliadas liberaron Bélgica a lo largo de ese otoño, pero antes de que pudieran llegar al palacio de Laken, los alemanes se llevaron consigo a la familia real.
Leopoldo, Lilián y los hijos fueron trasladados primero a Alemania y luego a Austria, al castillo de Strobble, donde permanecieron como prisioneros honorarios, hasta que el avance aliado los liberó definitivamente en mayo de 1945. Libre al fin, pero con una reputación gravemente comprometida, Leopoldo se encontró ante una Bélgica que no estaba dispuesta a recibirlo con los brazos abiertos.
El gobierno provisional, que había regresado del exilio londinense, cargado de legitimidad democrática y de la autoridad moral de haber resistido al ocupante, se negó a permitir el regreso inmediato del rey. Las acusaciones contra Leopoldo eran graves. Capitulación prematura en mayo de 1940, reunión personal con Adolf Hitler en noviembre de ese mismo año.
colaboración pasiva con el régimen de ocupación y por encima de todo eso, como una sombra que lo cubría todo, estaba Lilian. Porque en la percepción popular y también en la narrativa que ciertos sectores políticos cultivaban con cuidado, Lilian no era una víctima inocente de las circunstancias. Era el símbolo viviente de todo lo que había salido mal.
Era la mujer que había ocupado el lugar de Astrid durante la ocupación nazi, que había dado hijos al rey mientras el país sufría, que representaba esa vida palatina relativamente cómoda que el monarca había elegido frente al sacrificio de quienes se habían ido a combatir desde Londres. Que esas acusaciones fueran parcialmente injustas era irrelevante.

El relato ya había tomado su forma definitiva. En Bélgica, entre se instaló una especie de limbo constitucional de proporciones históricas. El hermano del rey, el príncipe Carlos, asumió el cargo de regente a partir de 1944. Leopoldo y su familia se instalaron en el exilio suizo, en la ciudad de Pregni, cerca de Ginebra, donde la vida transcurría con una normalidad acomodada que contrastaba brutalmente con los debates que desgarraban Bélgica sobre su futuro.
Mientras tanto, los partidos políticos, los sindicatos, la prensa y la iglesia se lanzaron a un debate apasionado y a menudo violento sobre una pregunta simple en apariencia y devastadora en sus implicaciones. ¿Debía Leopoldo io regresar o no? La llamada cuestión real en francés, cuestión royal y en flamenco con Questy fue mucho más que un debate político.
Fue el termómetro que reveló hasta qué punto Bélgica estaba fracturada en su interior. No solo por la guerra, no solo por la ocupación, sino por líneas de fractura más antiguas y más profundas que ningún acontecimiento exterior había creado, pero que todos los acontecimientos externos se encargaban de agrandar.
El país se dividió entre quienes apoyaban el regreso del rey, mayoritariamente los flamencos católicos y conservadores del norte y quienes se oponían principalmente los balones laicos y socialistas del sur y la población de Bruselas, que recordaban con amargura la capitulación del 40 y la subsiguiente boda con Lilian.
Lo que hacía especialmente tóxico ese debate era que Lilian había pasado a ser en el imaginario popular Bayón y de izquierdas mucho más que la segunda esposa del rey. Se había convertido en el símbolo de la vergüenza colaboracionista. Ninguna prueba concreta vinculaba directamente a Lilian con decisiones políticas durante la ocupación.
Ningún documento la señalaba como cómplice activa de los nazis. Pero la lógica del símbolo no necesita pruebas. necesita una figura sobre la que proyectara el resentimiento acumulado. Y Lilian, hermosa, aristocrática, casada en secreto con el rey mientras el país era humillado, era la candidata perfecta para ese papel.
En 1946, una comisión parlamentaria publicó un informe sobre la conducta del rey durante la guerra. El informe reconocía que la decisión de capitular había sido constitucional, pero políticamente desastrosa, y que la reunión de Leopoldo con Hitler en noviembre de 1940 había sido un error de juicio de consecuencias difíciles de medir.
El informe, sin embargo, no concluía que Leopoldo fuera culpable de traición. Para los partidarios del rey, eso era suficiente para exigir su regreso inmediato. Para sus oponentes era una exoneración insuficiente que no resolvía nada. El debate arrastró durante años a Bélgica en una espiral de tensión política creciente.
Huelgas, manifestaciones, enfrentamientos verbales en el parlamento, artículos incendiarios en la prensa. El país estaba dividido prácticamente por la mitad y la pregunta sobre el regreso del rey se había convertido en una guerra por procuración, donde cada bando luchaba también por su visión del tipo de Bélgica que quería construir en la posguerra.
Leopoldo, mientras tanto, esperaba en Suiza con Lilián y sus hijos, leyendo los telegramas que le llegaban del país y manteniendo la esperanza de que con el tiempo el pueblo volvería a quererlo. La solución que el gobierno belga propuso para salir del laberinto fue aparentemente sencilla y democráticamente impecable.
Un referéndum. El 12 de marzo de 1950, los ciudadanos belgas fueron llamados a las urnas para responder a una pregunta directa. ¿Aprueba usted el regreso del rey Leopoldo i? El resultado fue, en términos aritméticos, una victoria para los partidarios del monarca. El 57% de los votantes respondió afirmativamente, pero ese número, que en cualquier otro contexto hubiera parecido decisivo, escondía una realidad mucho más compleja y más explosiva, porque el voto no había sido uniforme.
En Flandes, la región de habla neerlandesa, el apoyo al regreso del rey superaba el 72%. Pero en Bolonia, la región francófona del sur, el resultado era exactamente el opuesto, con más del 70% votando en contra. Y en Bruselas, la capital bilingüe, el rechazo era igualmente mayoritario. Lo que el referéndum había revelado más allá de la pregunta sobre el rey era una división geográfica, lingüística y política que cortaba Bélgica en dos mitades casi perfectas.
Llevar a Leopoldo de vuelta al trono era matemáticamente posible. Políticamente era una invitación al desastre. El gobierno, sin embargo, decidió proceder. El regreso estaba programado y Lilian, que durante todos esos años de exilio había mantenido un perfil relativamente bajo, que había evitado declaraciones públicas y apariciones que pudieran encender aún más los ánimos, se preparó para regresar también ella a un país que mayoritariamente la odiaba.
Había quien en el entorno del rey le aconsejaba que llegara a Bélgica por separado, que esperara, que diera tiempo al tiempo, pero Leopoldo no estaba dispuesto a separarse de ella. Eso también sería interpretado por sus simpatizantes como lealtad y por sus adversarios como obstinación. La mañana del 22 de julio de 1950, el tren real cruzó la frontera belga.
Lo que ocurrió a continuación fue una demostración brutal de hasta dónde puede llegar la furia popular cuando se ha acumulado durante años sin encontrar salida. En Lieja, en Huy, en ciudades vayonas, a lo largo del recorrido, multitudes furiosas salieron a las calles, no para recibir al rey, sino para rechazarlo.
Las banderas rojas ondeaban junto a pancartas que exigían la abdicación. Los sindicatos habían convocado una huelga general y en el ambiente había una electricidad que los más veteranos de la política belga reconocían como el preludio de algo irreversible. Los días que siguieron al regreso de Leopoldo a Bélgica fueron los más violentos que el país había vivido desde la ocupación nazi.
Las huelgas se extendieron como fuego por paja seca a través de toda Balonia. Las fábricas cerraron, los puertos se vaciaron, las ciudades industriales del sur se paralizaron. En Bruselas, las manifestaciones tomaron las calles con una intensidad que el gobierno observaba con pavor creciente. El regreso del rey, lejos de restaurar la normalidad, había abierto una herida que los años de debate parlamentario habían mantenido en un estado de dolorosa infección latente.
El 31 de julio de 1950 fue el día en que la crisis cruzó el umbral de lo irreparable. Cerca de Liya, en una localidad llamada Crasperl, la policía abrió fuego contra una multitud de manifestantes que intentaba marchar hacia la capital. Cuatro trabajadores murieron, otros decenas resultaron heridos. La noticia se extendió por el país con la velocidad del horror, transformando la crisis política en algo que comenzaba a parecerse peligrosamente a una guerra civil.
Los líderes sindicales convocaron movilizaciones aún más masivas. Los partidos de izquierda exigieron la abdicación inmediata y en el parlamento, los ministros de las regiones balonas amenazaron con retirar su apoyo al gobierno si el reino cedía. Lo que hizo que esa situación fuera especialmente demoledora para Leopoldo fue que él había regresado convencido de tener la legitimidad democrática del referéndum de su lado.
57 de cada 100 belgas habían votado a su favor. Eso razonaba, él era una mayoría clara e inequívoca. Pero la democracia no es solo aritmética y la estabilidad de un estado no depende únicamente de los porcentajes, depende de que la minoría derrotada acepte el resultado. Y en Bélgica esa minoría no estaba dispuesta a aceptarlo, ¿no? Cuando cuatro de sus hombres acababan de morir en las calles de Liya.
En el palacio de Laken, donde la familia real se había instalado tras el regreso, la tensión era insoportable. Lilian, que nunca había pedido ser el centro de ninguna tormenta política, que había aceptado el título de princesa de Reti precisamente para evitar la exposición máxima, se encontraba ahora en el ojo de un huracán que amenazaba con destruirlo todo.
Los informes que llegaban al palacio desde el gobierno eran unánimes en su diagnóstico. La situación era insostenible. El rey tenía que ceder. El primero de agosto de 1950, el rey Leopoldo II tomó la decisión que sus partidarios consideraron un acto de sacrificio supremo y sus adversarios una victoria tardía pero completa.
Anunció formalmente su intención de apicar en favor de su hijo mayor, el príncipe Balduino. No lo hacía, subrayó, porque reconociera ninguna culpa en su conducta durante la guerra. No lo hacía porque aceptara las acusaciones que sus enemigos políticos habían lanzado contra él durante años. Lo hacía por Bélgica, decía, “por la paz del reino, por evitar que el precio de su permanencia en el trono fuera pagado en sangre por su pueblo.
El anuncio produjo reacciones opuestas y simultáneas a lo largo del país. En Balonia, en los barrios obreros de Bruselas, en los locales sindicales donde los trabajadores habían pasado días de tensión insoportable, hubo algo parecido al alivio, un alivio mezclado con la amarga satisfacción de quienes habían ganado una batalla que nadie quería haber tenido que librar.
En Flandes, entre los sectores conservadores y católicos que habían defendido al rey con convicción genuina, el anuncio fue recibido como una humillación, como una rendición arrancada por la violencia de las masas, como una derrota de la legalidad democrática frente a la fuerza de la calle. Pero la apticación no fue inmediata.
Leopoldo anunció su intención de ceder el poder a Balduino, pero especificó que lo haría cuando su hijo alcanzara la mayoría de edad. Balduino tenía entonces 20 años, apenas un mes menos de los 21 que la ley belga establecía como mayoría de edad. Así que hubo un periodo de transición de casi un año durante el cual Leopoldo ejerció como rey en funciones muy limitadas, mientras Bélgica intentaba recuperar algo parecido a la normalidad, un año extraño suspendido entre la decisión ya tomada y el acto formal que la convertiría en definitiva.
Durante esos meses de espera, Lilian vivió en una especie de invisibilidad impuesta. Las apariciones públicas de la familia real eran mínimas y deliberadamente austeras. Lilian sabía que cualquier imagen suya en primera fila podía reavivar las brasas de una controversia que el tiempo empezaba a enfriar con dificultad.
Los tres hijos que había tenido con Leopoldo, el príncipe Alexandre y las princesas María Cristina y María Esmeralda, crecían en ese ambiente de tensión contenida, ajenos todavía a las complejidades del mundo que los rodeaba, pero inevitablemente marcados por él. El 16 de julio de 1951, Leopoldo Termó el acta de abdicación y entregó formalmente el trono a su hijo Balduino, que con 21 años recién cumplidos se convertía en el quinto rey de los belgas.
La ceremonia fue sobria, casi silenciosa, desprovista del brillo que normalmente acompaña a los cambios de reinado. No había nada que celebrar exactamente más allá del fin de una crisis que había costado demasiado. Leopoldo abandonó el palacio de Laiken poco después, acompañado de Lilián y de los tres hijos comunes, para instalarse en el castillo de Argentoel, también en Bélgica, pero lejos del centro político del país.
La decisión de Leopoldo de permanecer en Bélgica tras la abdicación, en lugar de retirarse al exilio suizo donde había pasado los años de la cuestión real, fue en sí misma un gesto político. Elegía quedarse. Decía que era belga y que moriría belga, que no tenía nada de que huir.
Pero también era un gesto que ponía a Balduino en una posición delicada. El nuevo rey, joven, sin experiencia, todavía formándose como gobernante, tendría que construir su autoridad y su imagen pública con su padre, el rey de puesto, viviendo a pocos kilómetros y recibiendo visitas en un castillo al que la prensa seguía prestando más atención de la conveniente.
Y luego estaba Lilian. La princesa de Reti, como se la llamaba ahora oficialmente, entró en una fase de su vida que ninguna preparación cortesana podía haber anticipado del todo. Ya no era la esposa del rey reinante, era la viuda política de un reinado terminado en conflicto, la madrastra de un rey joven y sin experiencia, la madre de hijos excluidos de la sucesión, pero con títulos reales.
Su posición era, en términos protocolarios, clara. En términos humanos era enormemente complicada y el tiempo, como tantas veces en su vida, estaba a punto de complicarla aún más, porque con el paso de los meses, a medida que el joven Balduino comenzaba a sentarse en su nuevo papel, comenzaron a circular rumores que, si hubieran sido confirmados, habrían detonado un escándalo capaz de eclipsar todo lo anterior.
Rumores sobre la naturaleza de la relación entre el nuevo rey y su madrastra. Rumores que encontraron su camino hasta los diarios privados de uno de los políticos más influyentes de la Bélgica de posguerra. Achil Vanaker era un socialista de brujas que había llegado a ser primer ministro de Bélgica en tres mandatos distintos entre 1946 y 1958.
Era un hombre práctico, desconfiado por naturaleza, acostumbrado a los laberintos del poder belga y a las sorpresas que ese laberinto producía con regularidad perturbadora. Llevaba un diario personal en el que anotaba, con una franqueza que raramente se permite en los documentos públicos, todo lo que veía y escuchaba en los corredores del poder.
Y lo que Banaker empezó a anotar en ese diario a partir de 1952 habría resultado increíble si no fuera porque procedía de fuentes que él mismo consideraba suficientemente fiables como para no ignorarlas. Según las anotaciones del primer ministro, a él llegaron informaciones de que el rey Balduino y su madrastra Lilián habían viajado juntos al Tirol, la región montañosa de Austria, compartiendo el mismo compartimento de un tren nocturno.
Esa información llegó acompañada de algo más perturbador todavía. Las comunicaciones telefónicas entre el rey y la princesa que los servicios de seguridad belgas habían estado interceptando durante un periodo, habían producido frases que Vanaker anotó literalmente en su diario. En una de esas llamadas, la voz del rey se dirigía a Lilian diciéndole simplemente estas palabras: “Soy tuyo.
” Y en una conversación navideña de 1954, el heredero al trono de Bélgica le prometía a su madrastra, “Nunca te dejaré.” Vanaker estaba aterrado. No era un hombre que se asustara fácilmente, pero lo que esos informes sugerían era una bomba de relojería de proporciones incalculables. Bélgica acababa de sobrevivir la cuestión real.
El país todavía tenía cicatrices abiertas de esa crisis. Una revelación pública de que el joven rey mantenía algún tipo de relación íntima con Lilián habría desatado una tormenta que ningún político fuera del partido que fuera, hubiera podido controlar. Sus ministros, según sus propias palabras, también tenían miedo. Todos sabían algo.

Nadie sabía exactamente cuánto y nadie quería ser el que encendiera la mecha. Los diarios de Banaker permanecieron archivados durante décadas en la ciudad de brujas, donde había nacido el político. No fue hasta que esos archivos se abrieron al público cuando los investigadores y periodistas tuvieron acceso a esas anotaciones.
El periódico flamenco Head Lats News fue uno de los primeros en publicar su contenido, desencadenando en la Bélgica del siglo XXI una conmoción que el tiempo no había logrado atenuar del todo. Porque hay escándalos que no prescriben. Hay sospechas que se enquistan en el ADN de una institución y reaparecen con la misma fuerza perturbadora generaciones después.
Conviene aquí detenerse un momento y poner en perspectiva lo que esos rumores significaban en el contexto específico de la Bélgica de los años 50. Balduino no era simplemente un joven rey que quizás sentía algo por una mujer mayor. Era el símbolo de la reconciliación, el punto de convergencia en el que todos los belgas, tanto los que habían apoyado a Leopoldo como los que se habían opuesto a él, habían decidido depositar la esperanza de un futuro común.
era en el imaginario colectivo el heredero inocente de una tragedia que no había creado. Y Lilian en ese mismo imaginario era la fuente de esa tragedia. Que entre ambos pudiera existir algo que fuera más allá de la relación convencional entre un hijastro y su madrastra no era simplemente un escándalo de Alcoba.
era la culminación perfecta, casi novelesca en su perversidad simbólica de toda la historia de Lilián en Bélgica. La mujer que había desplazado a la Santa Astrid, que había casado con el rey durante la ocupación, cuya presencia había contribuido a polarizar al país hasta el borde de la guerra civil, ahora supuestamente ejercía algún tipo de influencia perturbadora sobre el joven rey que había tenido que pagar el precio de los errores de su padre.
Era demasiado. Era perfecto para los que necesitaban un villano. Los historiadores que posteriormente se adentraron en esos archivos fueron cuidadosos en sus conclusiones. Las llamadas interceptadas, los viajes compartidos existían como hechos documentados. Lo que esos hechos significaban exactamente era y sigue siendo materia de interpretación.
Algunos académicos señalaron que la relación entre Balduino y Lilián podía haber tenido una dimensión de dependencia emocional sin que eso implicara nada de naturaleza sexual o romántica. Balduino había perdido a su madre siendo un niño. Había vivido bajo la ocupación. Había sido trasladado a Alemania como prisionero.
Había crecido con una figura paterna, controvertida y distante. La presencia constante de Lilián en su vida podía haber creado vínculos de una complejidad psicológica que los chismes de la época traducían de manera burda como romance. Pero la duda, una vez plantada, no se extirpa con matices académicos. La pregunta quedó suspendida sobre el reinado de Balduino, como una nube que aparecía y desaparecía según los vientos políticos.
Y Lilián, que había aprendido desde su llegada a la familia real a vivir con la sospecha instalada en cada conversación pública, siguió adelante con esa carga adicional, en silencio, con una compostura que sus detractores llamaban frialdad y que sus escasos defensores reconocían como una forma de dignidad sostenida a un coste personal muy alto.
Los años 50 en Bélgica fueron también los años en que el reinado de Balduino comenzó a tomar su forma definitiva. El joven rey, que había asumido el trono en circunstancias tan traumáticas, demostró con el tiempo una seriedad y una capacidad de trabajo que sorprendieron incluso a quienes más habían desconfiado de él al principio.
profundamente católico, reservado en su vida personal, genuinamente comprometido con lo que él entendía como su deber hacia el pueblo belga. Balduino fue construyendo poco a poco una imagen de monarca que era exactamente lo contrario de la imagen que su padre había llegado a proyectar. donde Leopoldo había generado controversia, Balduino generaba consenso.
Donde su padre había polarizado, él intentaba unir. Leopoldo, mientras tanto, vivía en el castillo de Argentil con Lilián y sus hijos comunes. Retirado de la vida pública, dedicado a sus aficiones intelectuales y científicas, el ex-rey mantenía un perfil discreto que los gobiernos sucesivos agradecían. Su presencia en Bélgica, lejos de ser el elemento desestabilizador que algunos temían, fue haciéndose gradualmente menos perturbadora a medida que el país encontraba su nuevo equilibrio bajo el reinado de Balduino.
Los belgas, que habían sido capaces de convertirlo en el centro de una crisis nacional, demostraron ser igualmente capaces de olvidarlo con una relativa rapidez, que es quizá la cualidad más brutal y más práctica de la memoria colectiva. Lilian, sin embargo, no era tan fácilmente ignorable. Continuaba siendo la princesa de Rety.
Continuaba viviendo en Argentuil. Continuaba siendo madrastra de tres jóvenes en la familia real. que la historia había colocado en posiciones muy distintas entre sí. Balduino era el rey. Alberto era el príncipe heredero, más tarde llamado a reinar él mismo tras la muerte de su hermano.
Josefina Carlota se casaría con el gran duque Juan de Luxemburgo. Y los hijos de Lilián, Alexandre, María Cristina y María Esmeralda, crecían en ese extraño espacio intermedio que les había asignado el acuerdo morganático, con títulos reales, pero sin derechos sucesorios, con el apellido de un rey, pero sin el peso de una corona. La relación de Lilián con los hijos de Astrid nunca fue sencilla.
No podía hacerlo dadas las circunstancias en que había llegado a sus vidas. Balduino, el más reservado y el más marcado por las cicatrices de su infancia bajo la ocupación, era al mismo tiempo el que más tiempo pasaba en compañía de su madrastra, lo cual alimentaba los rumores que Vanaker había notado en su diario con tanta aprensión.
Alberto, de carácter más abierto y sociable, mantenía una distancia más convencional. La princesa Josefina Carlotta, la única hija de Astrid, había salido relativamente pronto del hogar al casarse con el heredero luxemburgués, dejando atrás una dinámica familiar cuyas tensiones internas nunca se resolvieron del todo.
Si hay un testimonio que condensa con brutal claridad la percepción que al menos uno de los hijos de Lilián tenía de su propia madre, ese es el de la princesa María Esmeralda. Nacida en 1956, la menor de los tres hijos que Lilián tuvo con Leopoldo, María Esmeralda creció en el castillo de Archentale y fue testigo de primera mano de la vida interior de esa familia peculiar.
Años después, ya adulta, escribió un libro de memorias en el que describía a su madre con palabras que ningún comunicado oficial podría jamás haber contenido. La llamó una arpía sin corazón. Esas cuatro palabras lanzadas por la hija menor contra la madre resonaron en la prensa belga y europea con la fuerza de una confesión inesperada.
No venían de los enemigos políticos de Lilián, de los periodistas vayones que la habían atacado durante décadas, de los historiadores que debatían su papel en la crisis real. venían de su propia sangre, de alguien que había vivido con ella bajo el mismo techo durante años, que la había observado en la intimidad despojada de toda ceremonia y protocolo, que incluso así alguien nacido de ella la describiera en esos términos era, independientemente de lo que la verdad completa pudiera ser, un retrato devastador.
Lo que María Esmeralda describía en sus memorias era una mujer capaz de una frialdad extraordinaria en las relaciones personales, alguien que manejaba a quienes la rodeaban con una habilidad calculada que podía confundirse con afecto, pero que en última instancia respondía a sus propias necesidades y prioridades.
No era, al menos según ese retrato, la mujer pasionalmente enamorada que algunos habían querido ver en ella, ni la víctima ingenua de las circunstancias que otros habían defendido. Era alguien más complejo y menos simpático, alguien que había sobrevivido en un entorno hostil usando las herramientas que tenía disponibles, sin demasiados escrúpulos sobre el daño colateral.
Claro que los testimonios de los hijos sobre sus padres son siempre incompletos. Siempre cargados del peso de heridas personales que la distancia adulta no siempre logra sanar. María Esmeralga había crecido con una madre que era simultáneamente princesa y paria, que vivía en un castillo, pero cargaba con el estigma de ser la culpable de la mayor crisis constitucional de la historia belga.
Ese peso debió de deformar la crianza de maneras que ningún hijo podría haber recibido sin daño. Y sin embargo, las palabras estaban escritas y una vez escritas no había manera de borrarlas. Leopoldo I murió el 25 de septiembre de 1983 en el castillo de Argentul a los 81 años. Había vivido 32 años después de su abdicación, más tiempo del que había reinado, en esa especie de vida suspendida que es el destino de los monarcas de puestos que eligen permanecer en su país.
Había pasado esas décadas estudiando ciencias naturales, escribiendo, viajando, manteniendo un silencio público que sus partidarios interpretaban como dignidad y sus críticos como incapacidad de enfrentar la realidad. Lilian estuvo junto a él hasta el final y cuando él murió, la princesa de Reti se quedó sola con el peso de una historia que el tiempo había convertido en un objeto de estudio, pero no había despojado de su capacidad de herir.
La viudez de Lilián fue larda. sobrevivió a Leopoldo casi dos décadas, viviendo todavía en Arguentel, recibiendo visitas de sus hijos y de algunos leales de la generación anterior, que no habían olvidado lo que el rey y ella habían representado para ellos. Su salud fue deteriorándose gradualmente, pero mantuvo hasta bien entrados sus años, una lucidez y una presencia física que los escasos fotógrafos que la retrataban en esa etapa final describían con involuntaria admiración.
Era una anciana que había sido una belleza y en ese tránsito había conservado algo de la compostura que siempre había distinguido su porte público. El 7 de junio del año 2002, Mary Lilian Baels, princesa de Reti, murió en Waterlú, Bélgica. Tenía 85 años. Había sobrevivido a la reina Astrid, a cuya sombra había vivido toda su vida pública.
Había sobrevivido a Leopoldo, había sobrevivido a la cuestión real, al escándalo de los rumores sobre Balduino, a las memorias de su hija, a décadas de hostilidad de una parte considerable del pueblo belga. había sobrevivido, en resumen, a todo. Y al morir en ese verano del año 2002, cuando Bélgica y el mundo tenían la cabeza puesta en cosas muy distintas, se llevó consigo los secretos que ningún archivo, ningún diario de ningún primer ministro y ningún libro de memorias de ningún hijo podría jamás completar del todo.

El balance histórico de Lilian Beso de esos ejercicios de revisión. que cada generación acomete con distintos instrumentos y distintos prejuicios. La generación que vivió la ocupación y la cuestión real en tiempo real la vio en su mayoría como lo que el relato oficial Bayón y Socialista había construido durante años.
una intrigante, un oportunista, la mujer que había perturbado el equilibrio de la monarquía belga en el momento más vulnerable de la historia del país. Ese retrato tenía sus puntos de apoyo en hechos reales. El matrimonio secreto durante la ocupación, la decisión de proceder con la boda religiosa antes de la civil, el embarazo que forzó la revelación pública.
Todo eso había ocurrido y todo eso había tenido consecuencias reales para la estabilidad política del reino. Pero la generación siguiente, más alejada de las pasiones de la posguerra, empezó a mirar la historia con otros ojos. Los historiadores que accedieron a los archivos reales, a los documentos desclasificados, a los testimonios de quienes habían conocido a Lilian personalmente en distintos momentos de su vida, comenzaron a matizar el retrato.
encontraron a una mujer que no había buscado el poder en el sentido convencional, que había renunciado voluntariamente al título de reina cuando hubiera podido exigirlo, que había mantenido una discreción pública notable, incluso en los momentos en que ese silencio le costaba políticamente. Encontraron también a alguien que había amado genuinamente a Leopoldo, cualesquiera que fueran las circunstancias de ese amor, y que había permanecido leal a él durante las décadas de exilio y retiro que siguieron a la abdicación.
La figura de Astrid inevitablemente seguía flotando sobre cualquier evaluación de Lilian. Astrid había muerto joven y los muertos jóvenes que son amados tienden a ser inmunes a la revisión histórica. No hay hechos incómodos que descubrir sobre una reina que murió en un accidente de tráfico antes de que la historia se complicara de verdad.
Astrid era eternamente joven, eternamente perfecta, eternamente la medida contra la que Lilian sería siempre juzgada y siempre encontrada insuficiente. No porque fuera una persona peor, sino porque era inevitablemente una persona real con las complejidades y contradicciones que eso implica. Ese contraste entre la santa y la sospechosa, entre la amada que muere y la amante que vive, es quizá el núcleo más peremne de la historia de Lilian Baeles.
Es un patrón que se repite en la historia con una regularidad que dice algo inquietante sobre cómo las sociedades construyen sus narrativas, sobre las mujeres que se atreven a ocupar espacios que otros ya habían consagrado como sagrados. Balduino, el hijastro que supuestamente había susurrado palabras de amor por teléfono a su madrastra en los años 50, construyó con el tiempo uno de los reinados más respetados de la historia moderna belga.
Se casó en 1960 con Fabiola de Mora y Aragón, una aristócrata española que encontró en él a un hombre profundamente solitario y profundamente devoto, y con ella vivió una historia de amor tranquila y duradera que el pueblo belga acogió con la calidez que le había negado la historia de su padre con Lilian. El matrimonio no tuvo hijos, algo que en el catolicismo riguroso de Balduino fue vivido como una carga personal dolorosa, pero que no afectó a la popularidad de la pareja.
Lo que resulta significativo en la historia de Balduino en relación con Lilian es que él nunca rompió públicamente con ella, nunca la repudió, nunca añadió su voz al coro de quienes la condenaban. La relación entre los dos, cualesquiera que fueran sus contornos exactos, parece haber sido tratada por el rey con una discreción que reflejaba tanto su carácter como quizá la profundidad real de un vínculo que no necesitaba ser explicitado para existir.
Cuando Lilian envejeció en Argentale, Balduino no la ignoró. Cuando él murió en 1993 antes que su madrastra, fue el fin de un capítulo que los dos habían vivido en paralelo durante más de cuatro décadas. El sucesor de Balduino fue su hermano Alberto, el segundo hijo de Leopoldo y Astrid, que reinó como Alberto II desde 1993 hasta 1913.
Con Alberto subió al trono una generación completamente nueva, una que había crecido ya después de la cuestión real, que conocía a Lilián como una anciana discreta en un castillo de las afueras de Bruselas y no como el símbolo vivo de la crisis constitucional que había tumbado a un rey. El distanciamiento era también generacional.
La historia seguía viva en los libros y en los archivos. Pero en la vida cotidiana de la familia real, la figura de Lilián había pasado a ser algo así como un mueble antiguo en una habitación a la que ya nadie entraba con frecuencia. Hay una paradoja central en la historia de Lilian Baels que merece ser nombrada con claridad.
Ella no tomó ninguna de las decisiones que se convirtieron en los puntos centrales de la controversia sobre Leopoldo I. no decidió la capitulación del ejército belga en mayo de 1940. No decidió reunirse con Hitler en noviembre de ese mismo año. No decidió permanecer en Bélgica bajo la ocupación alemana en lugar de unirse al gobierno en el exilio.
Todas esas decisiones las tomó Leopoldo antes de que Lilian fuera su esposa, algunas de ellas antes de que su relación con ella hubiera alcanzado la seriedad que conduciría al matrimonio. Y sin embargo, Lilian fue quien acumuló sobre sí misma la mayor parte del resentimiento popular. Leopoldo era demasiado grande, demasiado institucional, demasiado rey para convertirse en el receptor principal de la furia de la calle.
Necesitaba una escala humana, necesitaba un cuerpo sobre el que el odio pudiera proyectarse con más comodidad. Y Lilián, mujer extranjera de madre inglesa, segunda esposa que había usado seguir a la irreemplazable Astrid, cumplió ese papel con una eficacia que no había elegido y que no podía rechazar. Es uno de los mecanismos más constantes y más injustos de la dinámica política.
Cuando un líder cae en desgracia, hay siempre alguien a su lado que paga parte de la factura sin haber tomado las decisiones. Esto no significa que Lilian fuera una figura sin claros curos. Las memorias de su hija María Esmeralda, el comportamiento que algunos de sus allegados describieron como manipulador, la facilidad con que parece haber gestionado su posición dentro de una familia real complicada.
Todo eso sugiere una personalidad que no encaja en ninguno de los moldes simples que la historia tiende a ofrecer. No era ni el monstruo que sus enemigos construyeron, ni la víctima inocente que sus defensores a veces retrataron. Era algo más difícil de manejar, más humano en el sentido más ambivalente de ese adjetivo.
Lo que sí parece claro, mirando la historia desde la distancia es que Bélgica usó a Lilian. La usó como recipiente de ansiedades que tenían causas más profundas y más difíciles de articular que una boda inoportuna. La usó para hablar de la ocupación sin hablar de la ocupación, para hablar de la colaboración sin hablar de la colaboración, para hablar de la vergüenza nacional a través de una figura individualizada que era más fácil de señalar que las complejas responsabilidades colectivas que la guerra y la posguerra habían
dejado sin resolver. La historia de Lilian Baels también es, en un sentido que trasciende la política belga, la historia de lo que le ocurre a las mujeres que se convierten en el segundo acto de un amor legendario. Astredina muerta, era un mito. Y los mitos son invulnerables precisamente porque no tienen que seguir viviendo.
No tienen que tomar decisiones difíciles, no tienen que envejecer ni cometer errores, ni navegar las complejidades de una relación real en tiempos reales. Lilian tuvo que hacer todo eso a la vista de un pueblo que la comparaba a cada paso con una ausencia perfecta, con una imagen congelada en el momento anterior a cualquier defecto posible.
Esta dinámica no es exclusiva de la monartía belga ni del siglo XX. A lo largo de la historia, las mujeres que llegaron después de las amadas perdidas cargaron con una forma de hostilidad que tiene sus raíces en algo más que el luto. Tiene sus raíces en la necesidad humana de mantener el mito intacto, en la resistencia a aceptar que la vida continúa, en la incomodidad que produce alguien que por el simple hecho de existir y de ser elegida, desafía el dogma de la irreemplazabilidad.
Lilian no hizo nada para derribar el mito de Astrid, ni siquiera lo intentó, pero su mera existencia como esposa de Leopoldo era para muchos belgas suficiente provocación.