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Lilian de Bélgica: La Princesa que Provocó la Crisis que Derribó al Rey Leopoldo III

El 10 de mayo de 1940, las tropas alemanas cruzaron la frontera Belda. El país que había sobrevivido con su neutralidad declarada durante la gran guerra, ahora veía como esa misma neutralidad no valía absolutamente nada frente a las divisiones blindadas de Hitler. El rey Leopoldo II tomó entonces la decisión que marcaría para siempre su reinado y su reputación.

asumió el mando personal del ejército belga y el 28 de mayo de 1940, tras 18 días de una resistencia desesperada, firmó la capitulación incondicional ante Alemania. Su gobierno, encabezado por Hilbert Pierlott negó a reconocer esa rendición como legítima y huyó al exilio, primero a Francia y luego a Londres, desde donde continuó la guerra junto a los aliados.

Leopoldo, en cambio, decidió permanecer en Bélgica. Su argumento era que un rey no podía abandonar a su pueblo en el momento más oscuro, que su deber era estar presente, que él era el escudo humano de sus súbditos frente al ocupante. Sus críticos, que serían muchos, argumentarían exactamente lo contrario. Fue en ese contexto de derrota, humillación y ocupación cuando el romance con Lilian dio el salto definitivo hacia algo más serio, más permanente, más peligroso.

En mayo de 1940, Lilian y su padre, el gobernador Henry Bales, acudieron al Palacio de Laken a una audiencia con el rey. El motivo oficial de esa visita era pedir el perdón real para Henry Bells, quien había sido acusado de abandonar su puesto durante la invasión alemana. Pero lo que comenzó como una petición de clemencia terminó siendo algo mucho más poderoso.

El rey, que vivía en lo que era técnicamente un arresto domiciliario bajo supervisión nazi, encontró en esos encuentros con Lilian el único refugio emocional que el mundo le dejaba. Y Lilian, consciente o no de las consecuencias, encontró algo igualmente irresistible en aquel rey prisionero, solemne y roto. El palacio de Laken durante la ocupación alemana era una jaula de oro.

Leopoldo podía pasear por sus jardines, podía recibir visitas controladas, podía leer y escribir y pensar, pero no podía gobernar, no podía decidir, no podía ser rey en ningún sentido real de la palabra. Los alemanes lo mantenían ahí como una pieza útil del tablero, un monarca fantasma cuya sola presencia daba al régimen de ocupación una apariencia de continuidad institucional, de normalidad impuesta.

Y fue en ese encierro sofocante donde el amor entre Leopoldo y Lilian alcanzó su punto de no retorno. En julio de 1941, mientras gran parte de Europa ardía y los ejércitos se despedazaban entre sí, desde el norte de África hasta las estas soviéticas, el rey Leopoldo I le pidió a Lilian Bells que se casara con él.

Ella, según los relatos de la época, vaciló. No era una vacilación por falta de sentimientos, sino por algo más concreto, más prosaico, más revelador de su carácter. Comprendía perfectamente el peso de lo que ese matrimonio significaría, los sacrificios que implicaría, la tormenta que desataría. Fue la reina madre Elizabeth quien terminó de convencerla.

La anciano soberana le prometió su apoyo y aseguró que el pueblo belga con el tiempo llegaría a comprenderlo. Lilian finalmente aceptó, pero exigió algo notable, algo que demostraba que su inteligencia política era al menos tan aguda como sus instintos sentimentales. Renunció voluntariamente al título de reina.

Esa renuncia no era un gesto de humildad. Era un cálculo. Lilian sabía que presentarse como reina mientras el país estaba bajo ocupación nazi y mientras el gobierno legítimo operaba desde el exilio en Londres hubiera sido un error político de consecuencias devastadoras. En lugar de eso, Leopoldo le concedió el título de princesa de Reti, tomado de la pequeña localidad de Reti en la provincia de Amberes.

Sus posibles hijos tendrían el título de Príncipes y Princesas de Bélgica, pero quedarían expresamente excluidos de la línea de sucesión al trono. Era un matrimonio morganático, una unión de amor entre desiguales en rango dinástico, aunque no en inteligencia ni en voluntad. La ceremonia religiosa se celebró el 11 de septiembre de 1941 en la capilla privada del Palacio de Laken.

No hubo fanfarria, no hubo celebración pública, no hubo el despliegue de pompa que acompaña habitualmente las bodas reales. Fue un acto íntimo, casi clandestino, presenciado por un círculo mínimo de personas. Y fue también, en términos legales belgas, un acto irregular, porque la legislación del país exigía que antes de cualquier ceremonia religiosa se celebrara primero el matrimonio civil.

Leopoldo y Lilián habían decidido esperar a que terminara la guerra para formalizar esa parte legal. Pero la naturaleza con su habitual indiferencia por los planes humanos se adelantó. Lilian quedó embarazada. El embarazo de Lilian lo cambió todo. Lo que había sido un secreto guardado con celo dentro de los muros del palacio del Aken se convirtió súbitamente en un hecho imposible de ocultar.

El 6 de diciembre de 1941, apenas 3 meses después de la ceremonia religiosa, la pareja se vio obligada a celebrar el matrimonio civil, convirtiendo la unión en plenamente oficial y haciéndola pública ante el mundo. La noticia cayó sobre Bélgica como una piedra en un estanque, generando ondas expansivas que nadie fue capaz de contener.

La reacción popular fue de una dureza que ninguno de los dos había anticipado del todo, aunque quizá deberían haberlo hecho. Los belgas, ya sacudidos por la derrota militar, ya humillados por la ocupación, ya divididos sobre la actitud del rey ante los nazis, recibieron la noticia del nuevo matrimonio de Leopoldo como una traición personal, no hacia el Estado, no hacia la Constitución, sino hacia la memoria sagrada de la reina Astrid.

Los comercios de Bruselas, que todavía mostraban retratos de Astrid en sus escaparates, que eran muchos, se negaron a retirarlos. Las mujeres belgas, en particular respondieron con una indignación que tenía algo de luto reabierto a la fuerza. Para una parte considerable de la población, Leopoldo no solo había tomado una segunda esposa, había borrado a Astrid y eso era, en términos emocionales, imperdonable.

Liliam, por su parte, comenzó a acumular una reputación que la perseguiría durante décadas. La llamaban ambiciosa, calculadora, fría. Decían que había seducido al rey en su momento más vulnerable, que había utilizado a su padre, el gobernador Baels, como trampolín para acercarse al trono. La comparaban desfavorablemente, casi con crueldad, con la dulce Astrid.

Y en esa comparación, Lilian siempre salía perdiendo, no porque fuera necesariamente peor, sino porque nadie estaba dispuesto a darle la oportunidad de ser simplemente diferente. Su belleza, que el periodista Jan de Cars describiría como la de una estrella de cine, no hizo más que agravar la situación. La belleza en una mujer que el pueblo ya había decidido odiar se convierte en prueba del delito.

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