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León XIV y el secreto que dejó escapar sobre su madre Mildred Martínez

De Vincent Martínez nació Joseph Nerval Martínez, el abuelo del Papa. Hombre tabaquero, también vinculado al sur católico de los Estados Unidos. Se casó con Luis Baquier, una mujer nacida en Nueva Orleans en una comunidad criolla católica con ascendencia española. Esa pareja, Joseph y Luis tuvo varios hijos, entre ellos una niña que nació el 30 de diciembre de 1911 en Chicago.

Le pusieron el nombre de Mildred Agnes Martínez. Era la futura madre del Papa León XIV. La familia fue subiendo poco a poco hacia el norte, como tantas familias hispanas de la época, de Nueva Orleans a Chicago, de los barrios criollos a los barrios obreros del medio oeste americano, llevando consigo un acento, una cocina, un calendario de santos, una manera de rezar.

Mildred nació en Chicago, pero respirando aquel aire familiar mezclado y desde pequeña tuvo la marca de la fe española en el alma sin saberlo. Aquí déjame que pare un momento la historia y te hable directamente porque tal vez tú tienes una historia parecida en tu familia. Tal vez tu abuela vino de un pueblo del vajío y se mudó a Monterrey de joven.

Tal vez tu mamá nació en un rancho de Zacatecas y terminó criando a sus hijos en Los Ángeles. Tal vez tus padres salieron de Puebla buscando trabajo en Chicago y allí naciste tú. Tal vez tu familia cruzó la frontera hace décadas y guarda todavía aquel acento del pueblo viejo en alguna sobremesa familiar. Esas migraciones silenciosas son la historia oculta de millones de familias hispanas, hombres y mujeres que se movieron buscando un futuro y llevaron con ellos lo único que no se podía empacar en una maleta, la fe. La familia Martínez hizo

lo mismo. Y Mildred, nieta de un español, hija de un tabaquero de Luisiana, nació en Chicago como una más de esas niñas hispanas del primer cuarto del siglo XX. Bautizada en la catedral del Santo Nombre el 4 de febrero de 1912, apenas dos meses después de venir al mundo. Bautizada con un nombre que mezclaba lo inglés y lo hispano, Mildred Agnes, pero llevando un apellido que olía a tierra del otro lado del mar, Martínez.

Y eso, querida oyente, querido oyente, también es parte de la confesión escondida. Porque cuando el Papa León XIV menciona a su madre, está mencionando a una mujer hispana. Tu hermana en la sangre, tu prima en la fe, una de los nuestros, aunque haya vivido toda su vida en Chicago. La infancia de Mildred fue sencilla, hija de obreros, familia católica practicante, sin lujos, sin viajes, pero con misa los domingos, rosarios por la noche y altar de María en alguna esquina de la casa.

Lo notable de Mildred empezó después, porque en una época en que las mujeres mestizas o hispanas en Estados Unidos raramente accedían a estudios superiores, Mildred decidió ir a la universidad y entró en la Universidad de Paul, una institución católica fundada por los Vicencianos en Chicago.

Se matriculó como estudiante adulta, estudió biblioteconomía y se graduó en el año 1947 a los 34 años de edad. Detente otra vez en este detalle. En 1947, una mujer hispana de 34 años graduándose en la universidad, en un país donde su tipo de piel y su apellido todavía levantaban prejuicios. Era casi una hazaña.

Pocas mujeres como ella lo lograban. Mildred lo hizo. Después de graduarse, trabajó como bibliotecaria en varias instituciones católicas de Chicago. Estuvo en el Mendel Catholic High School, una escuela dirigida por los padres agustinos. Trabajó también en el Instituto Von Stuben. Su vida profesional transcurrió entre estanterías, ficheros, libros prestados a estudiantes pobres del sur de Chicago y silencio.

El silencio profundo de las bibliotecas, el silencio donde se piensa, el silencio que después su hijo aprendería a habitar como nadie. Y aquí hay un detalle que parece pequeño, pero pesa mucho. Mildred trabajó en una escuela dirigida por agustinos. Es decir, conoció de cerca a los padres de la orden de San Agustín. Su hijo Robert, muchos años después eligió esa misma orden para entrar en la vida religiosa.

Coincidencia, dirá alguno. Quizá. O quizá ese niño que veía a los agustinos pasar por la biblioteca de su madre, conversar con ella, agradecerle las búsquedas de libros, ya estaba aprendiendo desde lejos que aquellos hombres con sotana eran su gente. Permíteme que te ponga aquí una vieja historia del Evangelio.

Una historia que vale para entender lo que estamos contando. Es la historia de Ana, la madre del profeta Samuel, que el primer libro de Samuel guarda en su capítulo 1. Hubo una mujer en Israel hace muchos siglos que se llamaba Ana. Era esposa de un hombre llamado El Caná. Pero Ana sufría porque no podía tener hijos y aquel sufrimiento la consumía por dentro.

Subía cada año al templo de Silo a pedir a Dios un hijo. Lloraba, suplicaba, no comía durante días. Una vez en el templo rezaba con tanta intensidad que el sacerdote Elí pensó que estaba borracha y se acercó a reprenderla. Pero Ana le explicó, “No es vino, Padre, es dolor. Estoy derramando mi alma delante del Señor.” Y el sacerdote entonces la bendijo.

“Vete en paz”, le dijo, “el Dios de Israel te conceda lo que le has pedido.” Tiempo después, Ana quedó embarazada. tuvo a un niño y lo llamó Samuel, que en hebreo quiere decir Dios escucha. Y cuando Samuel todavía era pequeñito, Ana lo llevó al templo y se lo entregó al sacerdote. No me lo quedo, dijo.

Se lo doy al Señor para todos los días de su vida. Aquel niño criado en el templo terminó siendo uno de los grandes profetas de Israel. Samuel ungió a Saúl como primer rey y después ungió a David, el ancestro de Cristo según la carne. ¿Qué tiene que ver esta historia con Mildret Martínez? Mucho, porque Ana no hizo discursos, no predicó, no escribió libros sagrados, solo hizo una cosa, tuvo un hijo y se lo ofreció a Dios.

Y ese gesto silencioso de una madre cambió la historia entera del pueblo de Israel. Mildred hizo en su escala pequeña lo mismo. Tuvo tres hijos: Luis Martin, John Joseph y Robert Francis, el menor. Y a los tres los crió en la fe. Sin saberlo, sin imaginarlo siquiera, estaba criando a un futuro Papa y como Ana lo entregó a Dios desde pequeño.

Bautizo, catecismo, misa los domingos, rosario nocturno, conversaciones de cocina con los sacerdotes amigos de la familia. Las madres como Ana y como Mildred son las que sostienen el plan de Dios sin que nadie las vea y a veces sin que ellas mismas lleguen a saber qué es lo que estaban haciendo. Volvamos a Chicago. Año 1949 aproximadamente.

Mildre se casó con un hombre llamado Luis Marius Prebost. era educador. Había servido en la Marina de los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial y tenía raíces francesas e italianas. Era también, como Mildred, un católico practicante y además era catequista, es decir, enseñaba doctrina cristiana a niños y a adultos en la parroquia.

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