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José López Portillo: El Presidente que TRAICIONÓ a la Nación… Sus ASQUEROSAS Lágrimas.

Carreteras, proyectos, créditos, promesas. Todo empezó a crecer al ritmo de una abundancia que todavía no estaba asegurada. Pero aquí viene el detalle que casi siempre se olvida. Cuando un hombre empieza a creer que el dinero del subsuelo le pertenece al destino de  su nombre, el poder deja de ser una responsabilidad y se convierte en una propiedad.

López Portillo empezó a gobernar como si el Palacio Nacional fuera una extensión de su casa,  como si el Estado pudiera organizarse con la lógica de la sangre, del apellido, de la confianza íntima. Ahí apareció la otra cara de la abundancia, el nepotismo. Su hijo fue colocado en una posición clave dentro de programación y presupuesto.

Su hermana Margarita terminó controlando áreas sensibles de radio, televisión y cine. Otra integrante cercana de la familia ocupó espacios de acceso directo al presidente. Un cuñado llegó a una estructura estratégica como la Comisión Federal de  Electricidad. Un primo recibió responsabilidades deportivas y Rosa Luz alegría, señalada durante años como una figura íntima en su vida.

Alcanzó un cargo histórico en turismo. No era solo una lista de nombramientos, era una señal. El país estaba siendo administrado como una mesa familiar. Cuando lo criticaron, López Portillo no se escondió, no pidió disculpas,  no fingió humildad, al contrario, defendió a los suyos con una soberbia que revelaba la enfermedad  completa.

Para él, la familia era intocable, sangre propia, extensión natural del poder y en un sistema donde el presidente podía decidir demasiado y rendir cuentas demasiado poco. Esa frase no era una defensa sentimental, era una advertencia. Piensa en eso un momento. Mientras México celebraba los pozos petroleros como si fueran milagros, el gobierno se llenaba de parientes, amigos,  protegidos y lealtades personales.

Mientras el pueblo escuchaba discursos sobre futuro, por dentro se estaba formando una red donde la competencia importaba menos que  la cercanía, donde la preparación pesaba menos que el apellido, donde la nación empezaba a confundirse con una herencia privada. Y esa confusión costaría caro, porque la abundancia cuando cae en manos de un sistema enfermo no cura nada, solo agranda  los vicios, les pone alfombra roja, les construye oficinas, les entrega presupuesto, les da escoltas, autos, cámaras, viajes y

silencio. López Portillo todavía no lloraba, todavía sonreía, todavía hablaba como un hombre elegido por la historia. Pero el desastre ya estaba naciendo, no en las calles, sino en los nombramientos, no en los bancos, sino en la idea de que México podía ser gobernado desde la sangre.

Y antes de que el peso se desplomara, antes de que la banca cayera bajo el puño del estado, antes de que una colina se volviera símbolo de vergüenza, hubo otro incendio más silencioso, el de la conciencia. Ese empezó cuando el poder dejó de preguntarse qué necesitaba el país y empezó a preguntarse a quién más de la familia podía acomodar.

Y entonces, mientras el  país todavía repetía la palabra abundancia como si fuera una oración, el poder empezó a mostrar su verdadero rostro. No en los discursos, no en las ceremonias, no en las fotografías oficiales donde todos sonreían con traje oscuro y mirada patriótica. El verdadero rostro apareció en los nombramientos, en los favores, en las puertas que se abrían para quienes estaban cerca del presidente y se cerraban para quienes solo tenían preparación, talento o advertencias incómodas.

Aquí entra una mujer que durante años fue presentada como símbolo de avance Rosa Luz alegría. La primera mujer en llegar a una Secretaría de Estado en México. Turismo, un cargo histórico, una fotografía para los libros, un triunfo que podía venderse como modernidad en un país gobernado por hombres. Pero detrás de esa imagen había una historia mucho más incómoda, una historia que el poder prefería pronunciar en voz baja.

Según versiones ampliamente comentadas en la época, Rosa Luz no llegó solo por capacidad política. Llegó también por la cercanía íntima que mantenía con López Portillo, una relación marcada por la diferencia de edad, por el peso del poder, por esa mezcla venenosa entre deseo, privilegio y cargo público. Piensa en eso un momento.

Mientras México escuchaba promesas de desarrollo turístico, de playas convertidas en progreso, de hoteles y divisas, en los pasillos del gobierno se murmuraba que el amor o lo que el poder llamaba amor también podía convertirse en nombramiento. Y no era cualquier nombramiento,  era una secretaría, presupuesto, viajes, comisiones, Acapulco, recepciones, aviones.

La vida pública y la vida privada empezaron a mezclarse hasta volverse una sola mancha. Lo que para el régimen era glamur, para muchos mexicanos era una burla. Porque cuando un presidente convierte sus afectos en estructura de gobierno, el país deja de ser una república  y empieza a aparecer una sala privada. Pero la tragedia de Rosa Luz no terminó con el sexenio.

Al contrario, cuando el poder se apagó, cuando el apellido presidencial dejó de protegerlo todo, la caída fue larga, amarga, pública. Años después, su nombre volvió ligado a episodios oscuros. crisis personales, reportes de deterioro emocional y más recientemente  a una agresión violenta que la dejó luchando por su vida.

La mujer que un día caminó entre ministros, escoltas y flashes  terminó convertida en otro recordatorio de lo que el poder hace con quienes usa. Primero los eleva, luego los abandona.  Pero esa no fue la herida más profunda, porque había otra mujer dentro del círculo familiar. Margarita López Portillo, la hermana del presidente.

Una mujer con apellido fuerte, con acceso directo al poder, con una autoridad que no venía de las urnas ni de una carrera técnica, sino de la sangre. Y esa sangre  en el México de López Portillo pesaba más que cualquier advertencia. Margarita recibió control sobre áreas sensibles de radio, televisión  y cine.

Canal 13. RTC, la pantalla pública, la memoria visual de un país.  Y ahí empezó otro desastre, no con un escándalo de Alcoba, sino con algo más grave, la administración de la cultura como si fuera propiedad familiar. Los expertos advertían. Los archivos requerían cuidado. Las películas antiguas no eran simples rollos guardados en estantes.

Eran memoria inflamable. Eran imágenes de décadas, eran rostros, voces, escenas, fragmentos de un México que ya no existía. Pero cuando el poder se siente intocable, las advertencias suenan como molestias. 24 de marzo de 1982. Cineteca nacional. Ese día el fuego hizo lo que la soberbia había preparado durante años.

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