Su hija Guadalupe, llamada en la prensa Lupita, empezó a aparecer en actos oficiales como primera dama sustituta. Hay fotos de la época con la hija al lado del padre y la madre fuera del cuadro. El matrimonio presidencial estaba vacío por dentro y mientras la primera dama se apagaba, una mujer de Chiapas con traje de china poblana llevaba meses durmiendo en una casa de jardines del Pedregal.
Esa mujer era Irma Serrano. Para 1970, Irma estaba en marquesinas de toda América Latina. Llevaba 8 años grabando para Columbia Records. Había firmado películas con El Santo. Acababa de estrenar La Martina, su mayor éxito en cine y un dibujante de cómics, José Guadalupe Cruz, le había puesto ya el apodo que iba a llevar el resto de su vida.
La tigresa. Lo que ningún biógrafo ha sabido encajar en una sola frase es esto. La mujer que le partió la cara a Gustavo Díaz Ordaz era al mismo tiempo su única confidente íntima desde hacía un año. Y dentro de 4 años más, cuando el sexenio fuera un recuerdo amargo y el expresidente viviera escondido del país que lo señalaba, esa misma mujer se iba a convertir en la única persona pública de México que defendería su versión del 2 de octubre de 1968.
Esa misma noche, después de la cachetada, el presidente entró por su propio pie a la residencia. La primera dama subió a su habitación sin decir palabra. Los mariachis cobraron y se fueron. El escolta cerró el portón. Irma Serrano se subió a su coche y se marchó a la casa de jardines del Pedregal, regalo del propio presidente.
La casa donde había una cama dorada con cisnes que había pertenecido a la emperatriz Carlota. El presidente mientras tanto, viajaba al hospital. La retina del ojo derecho se le había desprendido del golpe. Tendría que operarse. Y Guadalupe Borja, según las crónicas posteriores de la historiadora Sara Seevchovic, no volvió a aparecer en actos oficiales durante semanas.
Tres personas en una misma noche, tres historias muy distintas. una examante que defendería al hombre durante las siguientes cuatro décadas, una esposa que se apagaba en el segundo piso de Los Pinos y un presidente que se llevaba al quirófano una herida hecha con un anillo de mujer. Para entender cómo llegó una mujer hasta el punto de pegarle a un jefe de estado y salir caminando, hay que retroceder 30 años.
hasta una niña de 14 en Comitán de Domínguez, que estaba a punto de subirse a un autobús con destino a Ciudad de México. La esperaba en la terminal, sin saberlo del todo, una de las grandes poetas mexicanas del siglo XX. La niña que llegó a vivir con la poeta. En 1947, una niña de 14 años subió a un autobús en Comitán de Domínguez con una maleta que pesaba menos que ella.
Iba a Ciudad de México a vivir con su prima. La prima la había aceptado sin condiciones. Le había dicho que llegara cuando quisiera, que en el departamento había una cama libre y que en Comitán no había vida para una mujer con ganas de cantar. La niña se llamaba Irma Consuelo Cielo Serrano Castro, hija menor de un poeta de pueblo y de una hacendada con 17 propiedades a su nombre.
La prima que la esperaba en la terminal del norte se llamaba Rosario Castellanos y tenía 22 años. recién cumplidos. Lo que la niña de 14 años no sabía esa tarde era que la prima que iba a esperarla en el Andén era ya, sin haber publicado un solo libro, una de las inteligencias más afiladas del país.
Rosario Castellanos venía también de Comitán, de una hacienda en Las Margaritas a una hora en Mula del rancho donde había nacido la familia de Irma, hija de César Castellanos, dueño de una plantación de café y un ingenio azucarero y de Adriana Figueroa, mujer de salón. Cuando la reforma cardenista repartió tierras entre los pueblos indígenas a finales de los años 30, los castellanos perdieron buena parte de las suyas.
La familia regresó a Ciudad de México y en 1948, un año después de recibir a Irma, Rosario se quedó huérfana de los dos en cuestión de meses. Heredó parte de las tierras que su padre había logrado conservar y tomó una decisión que iba a marcar el resto de su biografía. devolvió esas tierras a los indígenas a los que originalmente habían pertenecido.
25 años más tarde, ya con Balun Canán, mujer que sabe latín y el eterno femenino publicados, Rosario Castellanos era una de las voces más importantes del feminismo latinoamericano y en 1974 moriría electrocutada en Tel Aviv, siendo embajadora de México en Israel. Pero en 1947 todo eso estaba por venir.
Lo único que veía la niña de 14 años al bajar del autobús era una mujer alta, delgada, de gafas redondas, esperándola con una sonrisa. Las dos primas venían del mismo mundo, la élite ascendada de los Llanos de Chiapas, un mundo de café, caña, peones indígenas y casas con techo de teja roja.
El padre de Irma era Santiago Serrano Ruiz, conocido en su Chiapa como El Chanti, periodista, impresor, escritor y poeta. En 1917 había publicado un poema titulado Mi Amazona, que la enciclopedia de la literatura en México señala como una ruptura con los moldes del modernismo establecidos por Rodolfo Figueroa.
Era una pequeña celebridad local. La niña lo adoraba. La madre era otra historia. María Castro Domínguez tenía 17 haciendas a su nombre y poca paciencia para una hija pequeña. La propia Irma lo contó ya de adulta en una entrevista con Gustavo Adolfo Infante. Dijo que su madre era buena mujer, pero que apenas convivieron y que esa distancia le marcó la infancia con una sensación de soledad y de falta de amor.
Sus padres se divorciaron cuando ella tenía 7 años. La educación se partió entre Comitán y Tuxla Gutiérrez. hermanos mayores Mario y Yolanda y un padre que la sentaba en la sala todas las tardes a cantar canciones rancheras y a recitar versos. Ahí empezó todo. En Ciudad de México, Irma se mudó al departamento de su prima.
Rosario estudiaba filosofía y letras en la UNAM y se movía en un círculo que iba a definir la literatura mexicana del medio siglo. Por la sala pasaban Jaime Sabines, Ernesto Cardenal, Dolores Castro, Augusto Monterroso. Conversaciones largas, tabaco, café cargado, libros prestados y discusiones sobre lo que entonces se llamaba la cuestión indígena.
La propia Irma se matriculó también en la UNAM, en la carrera de literatura. Ella misma, décadas después no recordaba si llegó a terminarla, pero estuvo. Vivió tres o cu años respirando ese aire. Aprendió a hablar como ellos, a leer como ellos y a moverse en salones donde se debatía a Sartre y a las teorías del feminismo francés antes de que en México se llamaran así.
Y entonces tomó una decisión. Las palabras eran de rosario. La gente, las salas, los premios, los embajadores, los libros. Eso era de la prima y la prima ya lo tenía todo. Para destacar en esa familia había que hacer algo distinto, algo más visible, algo que se viera desde la calle, no desde la biblioteca.
A los 16 años, Irma Consuelo Cielo Serrano Castro decidió que el cuerpo iba a ser su herramienta y la voz su instrumento. Y empezó a estudiar danza con Chelo Laarrué. Pero antes de pisar un escenario profesional, alguien del círculo de Rosario, un señor mayor de gafas oscuras y sombrero de fieltro, iba a presentarse en casa con un ramo de flores.
Se llamaba Fernando Casas Alemán. Había sido gobernador de Veracruz una década atrás y entonces era el regente del Distrito Federal. Le llevaba 28 años, casi le triplicaba la edad y 9 meses después, Irma iba a tomar una decisión que solo se atrevería a contar en un libro publicado 30 años más tarde.
Diego Rivera, El regente y el aborto a los 17. Una tarde de 1950, un coche oficial estacionó delante de un estudio en San Ángel, al sur de la capital. Del coche bajó un hombre de gafas oscuras y sombrero de fieltro y detrás de él bajó una chica de 17 años con la cabeza alta y unas piernas muy largas. El hombre era Fernando Casas Alemán, regente del Distrito Federal.
La chica era Irma Serrano. El que esperaba dentro del estudio era Diego Rivera. Rivera tenía 64 años, una panza redonda y la fama de pintar lo que se le pusiera delante. Acababa de pintar desnuda a María Félix. Estaba casado con Frida Calo, que vivía a cuatro calles, y aceptó el encargo de su amigo, el regente, con la naturalidad con la que se acepta un cuadro más.
Irma se quitó la ropa en el estudio, posó dos veces. Rivera le hizo dos retratos al óleo. De los dos lienzos hoy no se sabe nada. La enciclopedia de la literatura no los registra. Tampoco están en ningún museo ni en los catálogos razonados de Rivera. Como el desnudo que también le hizo a María Félix, los retratos de Irma Serrano están en alguna parte del mundo o ya no están.
Fernando Casas Alemán había nacido en Córdoba, Veracruz, en 1905. Era licenciado en derecho por la UNAM. Había sido brevemente gobernador sustituto de Veracruz entre 1939 y 1940. Pero su verdadero ascenso llegó cuando su primo Miguel Alemán Valdés ganó la presidencia de la República en 1946. Miguel Alemán nombró a Fernando jefe del departamento del Distrito Federal.
El cargo era el equivalente de alcalde de Ciudad de México y en aquellos años, con el milagro mexicano en plena marcha, también era el escaparate del país. La capital se llenaba de avenidas nuevas, de edificios modernos, de luces. Fernando Casas Alemán se quedó al frente 6 años todo el sexenio de su primo. En 1950, cuando llevó a Irma al estudio de Diego Rivera, Casas Alemán era además uno de los nombres que sonaban para suceder a Miguel Alemán en la presidencia.
Tenía 45 años, estaba casado y la chica de 17 que llevaba en el coche oficial era la prima de Rosario Castellanos. La relación entre los dos se sostuvo durante varios meses con la discreción de la época. Casas Alemán le pagaba un departamento, le presentaba a los amigos del medio, le abría puertas y la llevaba a fiestas y a estudios como el de Rivera, donde la chica de Comitán empezó a entender que el cuerpo, manejado con cabeza abría puertas que un libro nunca abriría.
Pero en algún momento del año 1950, según ella misma contaría tres décadas más tarde en sus memorias, Irma Serrano se quedó embarazada de Fernando Casas Alemán. Ciudad de México en 1950 era una ciudad profundamente católica. El aborto era ilegal por completo. Las clínicas clandestinas existían en barrios concretos.
Algunas eran lugares decentes con médicos formados, otras eran callejones donde se moría una mujer a la semana. La diferencia entre las dos las marcaba el bolsillo del padre del bebé. Una mujer embarazada de un soltero rico tenía dos caminos. Criar al niño escondida en provincia con una pensión mensual o desaparecer del mapa durante 6 meses para reaparecer luego sin barriga.
Una mujer embarazada del regente de Ciudad de México, casado, candidato presidencial, tenía exactamente los mismos dos caminos, pero los dos los decidía él, no ella. Y aquí ocurrió lo que Irma Serrano se atrevió a contar en 1980 en su autobiografía A calzón amarrado, 30 años después del hecho.
Lo escribió así, pero fui yo la que determinó abortar sin su consentimiento por puro capricho por llevarle la contraria después de varios años de someterme a esta práctica. Esta decisión determinó mi rompimiento con él. Una chica de 17 años en Ciudad de México en 1950 decide abortar al hijo del hombre más poderoso de la ciudad.
En esa época, en esa ciudad y en esas familias, era el padre del bebé quien decidía qué hacer con el bebé. Casas Alemán le habría arreglado una clínica decente, una pensión o un viaje de 6 meses al extranjero. Eso era lo normal. Ella eligió que no lo fuera. Lo hizo por puro capricho, según escribió ella misma.
quería llevarle la contraria. Por primera vez en su vida tenía algo en su cuerpo que él no podía manejar. Y fue, como ella misma confirmó en el libro, el motivo del rompimiento entre los dos. Tenía 17 años. Acababa de aprender que el cuerpo era el único instrumento que el poder de los hombres no podía decidir por ella.
La relación con el regente terminó en 1950 o 1951. Casas Alemán perdió la candidatura presidencial a manos de Adolfo Ruiz Cortínez y terminó como embajador en el extranjero. Irma Serrano se quedó en Ciudad de México con un carácter que se le había endurecido a los 17 años y con la certeza de que el cuerpo era una herramienta de trabajo.
Lo que le faltaba era una marca comercial. le llegaría 12 años más tarde, en 1962, con una firma de contrato en Columbia Records. Pero el nombre con el que la conocería América Latina no se lo iba a poner una discográfica, se lo iba a poner un dibujante de cómics que ni siquiera la había visto en persona. Debete ranchera a la tigresa.
Una mañana de 1962 en los estudios de Columbia Records de Ciudad de México, una mujer de 28 años se paró frente al micrófono para grabar su primera canción profesional. La canción se llamaba Canción de un preso. La grabó de una sola toma. La letra hablaba de cárcel, de soledad y de una mujer que esperaba afuera.
Salió del estudio al cabo de unas horas con el acetato bajo el brazo y la promesa del productor de que el sencillo iba a sonar en todas las estaciones del país. A finales de ese mismo año, la canción había vendido más copias que cualquier otra grabación femenina del catálogo de la disquera.
La acompañó en las listas Un segundo sencillo, prisionero de tus brazos. Y un tercero, el amor de la paloma. Y un cuarto, nada gano con quererte. En menos de 12 meses, Irma Serrano pasó de ser una chiapaneca de provincia con clases de danza a una de las voces rancheras más vendidas de México, sin escándalos ni amantes presidenciales y sin un padrino del medio que le abriera la puerta, solo con la voz que su padre le había enseñado a usar en la sala de la casa de Comitán.
Lo que hizo Irma entre el rompimiento con Casas Alemán en 1951 y la firma con Columbia en 1962 es la parte que ningún libro reconstruye en detalle. Lo que se sabe lo dijo ella misma en sus memorias. Volvió a la danza con Chelo Larrué. Trabajó en casinos y centros nocturnos de provincia, en plazas pequeñas, en fiestas privadas, en ceremonias políticas donde la contrataban por una noche y le pagaban en efectivo.
Aprendió a moverse en el medio sin pareja fija y sin protector. Estuvo cerca otra vez de algún político de segunda fila, pero ya no se dejó llevar al estudio de ningún muralista famoso ni a ninguna clínica clandestina. A los 28 años llegó al estudio de Columbia con voz formada, carácter de hierro y la certeza de que ese contrato no iba a firmarlo nadie en su nombre.
Lo firmó ella y empezó a cantar. Ese mismo año debutó en cine con dos películas muy distintas, una con El Santo, en Santo contra los Zombies, donde tuvo un papel secundario al lado del enmascarado de plata y otra con Mario Moreno Cantinflas en el Extra dirigida por Miguel M. Delgado.
Cantinflas era entonces el actor más taquillero del idioma español. Compartir cartel con él y con el santo en un mismo año para una mujer que 12 meses antes cantaba en plazas de provincia equivalía a una declaración de intenciones. Para 1965, Irma Serrano llenaba carpas y palenques en una docena de estados. Sus discos llevaban semanas seguidas en las listas y había rodado más películas que cualquier otra cantante mexicana de su generación.
La voz que de niña ensayaba en una sala de comitán cobraba ya más por una sola noche que la mayoría de los profesores universitarios de la prima Rosario en todo un mes. Pero la fama, hasta ese punto era la de tantas otras vedets de la época. Lo que la separó del resto vino de un sitio inesperado y entonces apareció un dibujante de cómics.
Se llamaba José Guadalupe Cruz Díaz. Trabajaba para una pequeña editorial que vendía historietas en koscos de barrio. Cruz tenía la costumbre de tomar a estrellas reales del medio y convertirlas en heroínas de papel con sus mismos rasgos. Lo había hecho con varias vedetes del momento. En 1968 sacó una serie llamada La Tigresa.
La protagonista era una mujer de pelo largo, vestida con piel de animal que se enfrentaba a hombres armados en selvas y ciudades. Tenía la cara de Irma Serrano. En el México de aquel año, las historietas se vendían en kioscos al mismo precio que el pan. Las compraban los obreros camino al taller, las amas de casa en la fila del carnicero, los soldados en los cuarteles.
Una serie popular podía llegar a un millón de ejemplares por entrega. La tigresa fue una de esas series. El público, sin más, empezó a llamarle la tigresa también a la Irma Serrano de carne y hueso. El apodo se le pegó. A finales de 1968 ya firmaba contratos como la tigresa Irma Serrano.
En las marquesinas apareció antes el apodo que el nombre y a partir de ese año en los programas de variedades ya nadie la presentaba de otra manera. Para finales de 1968, Irma Serrano tenía 35 años, un apodo que el país entero reconocía, marquesinas en Caracas, Bogotá y Buenos Aires, y un teléfono que empezaba a sonar con invitaciones de gobernadores, secretarios y embajadores.
La voz le abría las puertas que su prima Rosario abría con libros y en una de esas puertas estaba el hombre más poderoso de México. A principios de 1969, en un cóctel del que ella nunca quiso dar la dirección exacta, alguien la llevó del brazo hasta un hombre bajito, calvo, con gafas oscuras y la boca apretada que apenas hablaba. era el presidente de México.
Llevaba la cara del hombre que carga con un secreto demasiado grande para una sola persona. Hacía un año, en la noche del 2 de octubre, había firmado lo que la prensa internacional ya conocía como la matanza de Tlatelolco. Lo que Irma Serrano no podía saber esa primera noche es que en los siguientes 5 años se iba a convertir en la única persona del mundo con acceso continuado al cerebro de Gustavo Díaz Hordaz.
El don Nadie y la cama de Carlota. En 1980, 12 años después de Tlatelolco, Irma Serrano publicó la frase más brutal que se ha escrito sobre Gustavo Díaz Ordaz por una persona que se había acostado con él. La frase está en Aalzón Amarrado, en el capítulo dedicado a su relación con el presidente.
Dice así, palabra por palabra, aquel personaje era un don nadie, pero llegó a ser el gusano mayor para regir los destinos del país durante 6 años. Don Nadie. Gusano mayor. Las dos palabras las dejó por escrito la misma mujer que durante 5 años, los más oscuros de aquel sexenio, fue su amante secreta, la que dormía sobre una cama dorada con cisnes mientras él tenía que volver a Los Pinos.
La que recibía sus llamadas a horas raras, la que escuchaba lo que él no se atrevía a contarle a su esposa ni a su secretario de Gobernación. Esa contradicción es el corazón de todo lo que se cuenta a partir de aquí. La mujer que conoció al presidente desde dentro fue también la que lo describió como gusano y aún así fue la única persona pública que lo defendería durante las siguientes cuatro décadas.
La relación empezó a principios de 1969. Para entonces, Díaz Oordaz llevaba 4 meses cargando en silencio con la responsabilidad oficial del 2 de octubre. Su mujer Guadalupe Borja llevaba semanas sin aparecer en actos públicos por orden médica. La opinión pública del país oscilaba entre la indignación abierta y los rumores de una conspiración militar todavía mal documentada.
Lo que ofrecía Irma Serrano era el silencio del cuerpo, una habitación con la puerta cerrada y la promesa no escrita, pero entendida, de que en esas paredes no se hablaría del 2 de octubre. Era la única cosa que en aquellos meses el presidente del país no podía conseguir en ninguna otra parte.
Casas Alemán 20 años atrás le había pagado un departamento. Díaz Oordaz le compró una casa entera. Estaba en la calle Peñas, en el Pedregal de San Ángel, una zona de mansiones nuevas levantadas sobre piedra volcánica al sur de la capital. La casa era bohemia con un jardín amplio, una fuente, varias habitaciones, una alberca y un piano de cola corto que había pertenecido al emperador Maximiliano de Habsburgo.
En la entrada, una escultura de bronce, un desnudo con cuernos, idéntico al que años después colocaría en la puerta del teatro Fru Fru. El presidente visitaba esa casa noches concretas de la semana. Las luces se apagaban antes de medianoche. La escolta esperaba dentro del coche. Pero el regalo que define ese sexenio en clave íntima no era ni el piano, ni la casa, ni el de bronce.
Era una cama, una cama dorada, monumental, con adornos labrados en forma de cisne, fabricada en el siglo XIX para los aposentos imperiales del castillo de Chapultepec. Carlota de Absburgo había sido emperatriz de México entre 1864 y 1867. Era hija del rey Leopoldo Primo de Bélgica y esposa del archiduque Maximiliano, impuesto como emperador por Napoleón 3-0.
Con apoyo de los conservadores mexicanos. La cama formaba parte del mobiliario europeo que la pareja real mandó traer para vestir los aposentos privados del Alcázar. Cuando Maximiliano fue fusilado en Querétaro en junio de 187, los bienes del segundo imperio quedaron en inventario del gobierno republicano. La cama de Carlota, junto con un comedor que también había pertenecido a los emperadores, pasó al patrimonio nacional.
Más de un siglo después, en algún momento entre 1969 y 1970, las dos piezas salieron del castillo de Chapultepec paso administrativo público. Salieron en un camión hacia la calle Peñas en el Pedregal de San Ángel. Llegaron a una recámara donde dormía Irma Serrano. Salieron, en otras palabras, del patrimonio histórico del Estado mexicano con la firma del presidente Gustavo Díaz Oordaz como autorizador del traslado.
15 años más tarde, ya con Díaz Ordaz muerto y Echeverría retirado, un inventario rutinario del castillo de Chapultepec detectó que faltaban piezas del mobiliario imperial. La búsqueda rastreó el paradero hasta una casa privada en el Pedregal. La cama de la emperatriz Carlota y el comedor de Maximiliano fueron reclamados al estado y devueltos al Museo Nacional de Historia.
Hoy cualquier persona puede ir a verlos. La cama está expuesta en el Alcázar del Castillo de Chapultepec, en la sala que reconstruye los aposentos imperiales del segundo imperio. La ficha del museo dice que perteneció a la emperatriz Carlota. La ficha no menciona, por razones obvias los 15 años que ese mueble pasó en una recámara privada del Pedregal entre 1969 y mediados de los años 80.
Ni las cinco temporadas que pasó recibiendo dos o tres noches por semana al presidente que firmó la matanza de Tlatelolco. Irma Serrano, ya mayor, negó varias veces en entrevistas que aquella cama fuera la original. Dijo que era una réplica. Dijo que poco tenía que ver con la pieza histórica. Es exactamente la misma operación que iba a hacer décadas después con su versión del 2 de octubre de 1968.
Negar primero, matizar después y mantener una historia paralela que la libraba a ella y de paso a su amante de las consecuencias. Mientras tanto, en la residencia oficial de Los Pinos, otra mujer se apagaba. Guadalupe Borja Ozorno llevaba meses recluida por orden médica.
Las crónicas posteriores de la historiadora Sara Seevchovic la describen como temblorosa, inestable, incapaz de soportar la presión pública del año 68. Su hija mayor, Guadalupe Díaz Orda Borja empezó a sustituirla en actos oficiales con apenas veintitantos años. Hay fotos de aquellos meses en que la primera dama de México que aparece en las imágenes no es la esposa, sino la hija.

Y mientras la primera dama legítima del país se apagaba sin testigos en la planta alta de Los Pinos, una vedete chiapaneca dormía sobre la cama de la emperatriz Carlota a 10 km de allí, en compañía intermitente del jefe del estado. En esa misma cama, según ella misma contaría más de 20 años después, Díaz Ordaz le habló de la noche del 2 de octubre.
No le habló como a su secretario de Gobernación, ni como a la prensa al día siguiente, ni como hablaría 10 años después con el periodista Julio Sherer en la única entrevista pública que dio sobre Tlatelolco antes de morir. Le habló como un hombre le habla a la única persona del mundo que no tiene nada que ganar con lo que él diga.
Y la versión que Irma Serrano escuchó esa noche sobre la cama dorada con cisnes de la emperatriz Carlota no se parecía a ninguna otra de las que se han hecho públicas en 60 años, ni a los registros oficiales del sexenio, ni al dictamen de la Fiscalía Especial firmado en 2007, ni a lo que Luis Echeverría defendería en cámara durante las cuatro décadas siguientes.
Esa versión es la que se cuenta a continuación. La Cuartada de Guadalajara. En 1998, 30 años después de Tlatelolco, Abraham Sabludowski le preguntó a Irma Serrano en cámara si Gustavo Díaz Oordaz había ordenado la matanza de la plaza de las tres culturas. Irma dejó pasar 3 segundos, se acomodó en la silla y dijo que no.
dijo que el 2 de octubre de 1968 el presidente de México estaba en Guadalajara, que había viajado el día anterior, que no estaba en la capital cuando empezaron los disparos, que la llamada que ordenó el operativo Galeana la hizo Luis Echeverría, su secretario de Gobernación, desde la Ciudad de México, sin consultarlo.
Cuando Díaz Ordaz se enteró de lo ocurrido, la reacción fue de una furia que ella misma había visto en su cara esa misma noche. Sabludowski la escuchó sin interrumpirla. Al final le preguntó cómo sabía todo eso. Irma Serrano respondió que porque ella estaba ahí. Esa entrevista nunca fue el centro de ningún análisis serio sobre el 2 de octubre.
Los historiadores que llevan décadas estudiando la masacre de Tlatelolco la citan como anécdota, no como fuente. Y sin embargo es el documento más extraño de todo el expediente, el único testimonio íntimo directo de alguien que durmió con el presidente durante los 5 años que siguieron a la matanza.
La versión oficial del gobierno mexicano durante décadas fue la que construyó el propio Díaz Oordaz. Él asumió la responsabilidad pública en su último informe de gobierno de 1970. Dijo ante el Congreso que si alguien debía responder por el 2 de octubre era él y que lo volvería a hacer. Esa declaración paradójicamente lo convirtió en el único político mexicano del siglo XX que asumió en cámara la autoría de una masacre.
Pero lo que dijo en público y lo que dijo en privado, según Irma Serrano, no era lo mismo. En 2001, el presidente Vicente Fox creó la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado, conocida como FEMOPP. Su mandato era investigar los crímenes políticos del siglo XX mexicano, con Tlatelolco como caso central.
6 años después, en 2007, la fiscalía emitió su dictamen final. El dictamen de 2007 señala a Gustavo Díaz Ordaz como máximo responsable del operativo del 2 de octubre de 1968. Señala también a Luis Echeverría como corresponsable en calidad de ejecutor directo en su papel de secretario de Gobernación. Pero la cadena de mando, según la fiscalía, arrancaba arriba, arrancaba en el presidente, la versión que Irma Serrano había sostenido desde 1998 en televisión nacional y que repitió en su segundo libro de memorias a calzón quitado, publicado en
2000, invertía exactamente ese orden. En su relato, Echeverría era el autor intelectual y Díaz Oordaz, la víctima de una operación que le ejecutaron sin su conocimiento mientras él estaba en otro estado. No existe ningún documento que respalde esa versión. ni acta de viaje presidencial a Guadalajara con fecha del 2 de octubre, ni minuta de llamada telefónica, ni testimonio de ningún otro miembro del gabinete que la corrobore.
Lo único que existe es la palabra de Irma Serrano, firmada en un libro y dicha en cámara. Y sin embargo, hay algo en esa versión que no encaja con la imagen que ella misma construyó del hombre en acalzón amarrado. El don Nadie. El gusano mayor. El hombre que durante 5 años entró por la puerta trasera de su casa del pedregal y salió antes del amanecer.
Si Díaz Oordaz era el monstruo que ella describió en el libro de 1980, ¿por qué gastar la credibilidad de una entrevista en cámara en 1998? en defenderlo de la acusación más grave de la historia moderna de México. Hay dos respuestas posibles. La primera es que Irma Serrano dijo la verdad y que lo que escuchó sobre la cama de Carlota contradecía todo lo que el dictamen de la fiscalía concluyó 29 años después.
La segunda es que Irma Serrano defendió a un hombre muerto porque defenderlo era también defenderse a sí misma. Porque reconocer que su amante de 5 años era el autor intelectual de la matanza más grave del siglo XX mexicano era reconocer que ella había dormido con él, aceptado sus regalos y guardado su silencio durante todo ese tiempo.
Díaz Oordaz murió el 13 de julio de 1979 de un infarto en la ciudad de México. Tenía 68 años. Irma Serrano tenía 46. Llevaban 9 años sin verse desde la cachetada de Los Pinos. Irma fue al velorio. Se quedó 10 minutos. Nadie que estuviera ahí describió su cara. Al salir le preguntaron si quería decir algo.
Dijo que no tenía nada que decir que no hubiera dicho ya, que ella siempre había hablado a calzón amarrado. Y era verdad, en el sentido más preciso de la expresión. Había contado el aborto del regente, había contado la cachetada, había contado los cisnes de la cama, había contado el de bronce y el piano de Maximiliano.
Había contado casi todo, todo menos lo único que habría obligado al país a hacerle una sola pregunta directa. ¿Qué le dijo Díaz Orda sobre el 2 de octubre? ¿Y por qué usted decidió sostener esa versión durante 24 años más? Esa pregunta nadie se la hizo mientras vivió. Mientras tanto, en 1973, con el sexenio de Díaz Ordaz ya enterrado y Echeverría instalado en Los Pinos, Irma Serrano firmó la compra de un teatro abandonado en el centro histórico de la Ciudad de México.
Lo compró en una subasta de la cementera Anahuac por una cifra que nunca reveló públicamente. El teatro se llamaba Virginia Fábregas. En honor a la actriz que lo había fundado en 1919, Irma lo rebautizó con un nombre que la prensa tardaría años en escribir sin comillas. Lo llamó el fru y lo que montó dentro convirtió al centro histórico en zona de combate moral durante una década entera, el fru y la guerra contra las buenas conciencias.
El teatro Virginia Fábregas llevaba años cerrado cuando Irma Serrano entró a verlo por primera vez. Estaba en la calle Doncceles, en pleno centro histórico, a tres calles del Palacio Nacional. La fachada tenía la pintura descascarada y las butacas olían a humedad. La actriz Virginia Fábregas lo había fundado en 1919 como teatro de repertorio europeo.
En los años 50 tuvo su última temporada seria. En los 60 se usó para espectáculos de variedades. A principios de los 70, la cementera Anahwak lo sacó a subasta para pagar deudas. Irma fue a la subasta, lo compró y lo bautizó con un hombre que a la prensa le costó años escribir 5 millas de burla.
Lo llamó el fru Fru. La primera temporada abrió en 1973 con una adaptación de Naná. La novela de Emil Sola, publicada en 1880. Naná es la historia de una prostituta de París que asciende en la sociedad del Segundo Imperio Francés usando el cuerpo como única moneda de cambio.
En la adaptación de Irma, la protagonista salía desnuda a escena. Desnuda del todo, sin recursos escénicos, sin velos, sin humo de tramoya. sobre un escenario de madera en el centro histórico de Ciudad de México en 1973 con el PRI todavía gobernando sin competencia y el recuerdo de Tlatelolco a 5 años de distancia.
La Arquidiócesis de México pidió la clausura al día siguiente del estreno. La Secretaría de Gobernación abrió un expediente. Las butacas se llenaron esa noche y las siguientes 1499. Naná hizo 100 funciones en el frufru. 100 noches de butacas llenas de colas en la calle donc de críticos que la atacaban por la mañana y volvían a verla por la noche con otra identidad.
La obra permaneció en cartel más tiempo que cualquier otra producción del teatro mexicano de los 70. Pero Irma Serrano no era solo empresaria, era también la actriz principal. Y lo que construyó dentro del fru en los 10 años siguientes fue algo más parecido a una trinchera que a un negocio. Después de Naná vino Lucrecia Borgia con Irma en el papel de la hija del Papa Alejandro VI, la mujer que la historia oficial describía como envenenadora, intrigante y depravada y que la adaptación del fru convertía en la única
persona de su época que jugaba al mismo juego que los hombres con sus mismas reglas. Lucrecia Borgia hizo 1000 funciones. Después vino Yokasta, la madre de Edipo, que en la versión clásica muere por el peso de la culpa y en la versión del frufru sobrevive para preguntar en voz alta quién escribió las reglas que la condenan. 500 funciones.
Después vino el teatro de Medianoche, una serie de espectáculos nocturnos sin argumento literario de respaldo, que la Secretaría de Gobernación calificó en un comunicado oficial como pornografía en vivo. Irma respondió en una entrevista que la pornografía era lo que pasaba en los despachos de la Secretaría de Gobernación, no en sus butacas.
La secretaría no cerró el teatro. Lo que hizo el fru en los años 70 y 80 fue más difícil de medir que el número de funciones. Le dio al centro histórico un escándalo semanal y a Irma Serrano, una plataforma que ningún contrato de Columbia Records ni ningún cartel de cine le habría dado.
Mientras los políticos del PRI administraban en privado exactamente el mismo tipo de vida que condenaban en el frufru, Irma Serrano lo hacía en público con marquesina, con prensa y con las butacas llenas. El de bronce de la entrada del Pedregal viajó al Fru Fru cuando vendió la casa.
Lo instaló en el vestíbulo del teatro mirando hacia la calle doncs. Los actores de la compañía le dejaban dulces y cigarrillos antes de cada función. Corrió el rumor de que Irma practicaba brujería. Corrió el rumor de que el era real. Corrió el rumor de que en el fru pasaban cosas que no se podían contar.
Irma nunca desmintió ninguno de esos rumores, tampoco los confirmó. Los dejó correr porque los rumores llenaban butacas. Para 1980, cuando publicó a Calzón Amarrado y volvió a poner a Díaz Hordaz en primera página de los periódicos, el Frufru llevaba 7 años siendo el teatro más rentable y más odiado del país al mismo tiempo.
Irma Serrano había convertido el cuerpo en política antes de que nadie en México usara esa frase. Lo había hecho sin manifiestos y sin alianzas. Lo había hecho llenando un teatro en el centro histórico noche tras noche durante una década entera. El sexenio de Díaz Oordaz había terminado en 1970. El de Echeverría terminó en 1976.
El de López Portillo terminó en 1982. El Frufru los sobrevivió a todos. Y en 1994, cuando el PRI llevaba 65 años sin perder una elección federal, Irma Serrano decidió que el escándalo dentro de un teatro ya no era suficiente. Pidió la candidatura al Senado de la República y el PRI, el mismo partido que durante 20 años le había abierto expedientes y pedido cierres, se la dio.
Senadora, satanismo y los dos morritos. En 1994, el año en que el SLN se levantó en armas en Chiapas y el PRI vivió el sexenio más violento de su historia moderna, Irma Serrano se presentó como candidata al Senado de la República por su estado natal. El PRI la postuló, ganó y el primero de septiembre de 1994 tomó posesión como senadora de la República por Chiapas con 61 años, un escote pronunciado y el mismo carácter con el que 27 años antes había firmado su primer contrato con Columbia Records. En el
Senado duró 6 años. votó con la mayoría en la mayor parte de las ocasiones. Propuso una iniciativa para regular los espectáculos nocturnos que algunos de sus colegas leyeron como un intento de proteger el fru de futuras clausuras. Habló poco en tribuna y mucho fuera de ella.
En 2000, cuando el PRI perdió la presidencia por primera vez en 71 años frente a Vicente Fox, Irma Serrano no renovó su escaño. Se fue sin discurso de despedida. intentó volver a la política dos veces más, una con el PRD, otra como independiente. Las dos candidaturas se cayeron antes de llegar a las urnas.
El escándalo que llenaba teatros no rendía los mismos resultados en una papeleta. Mientras tanto, el fru seguía abierto y el de bronce seguía en el vestíbulo. Las acusaciones de brujería y satanismo rondaban a Irma Serrano desde los años 70. La estatua del demonio en la entrada del teatro, los dulces que los actores le dejaban antes de cada función, las velas que, según algunos cronistas, ardían en su camerino sin ventilación aparente.
La propia Irma nunca aclaró si era devota, supersticiosa o simplemente consciente de que el misterio vendía entradas. Dijo en varias entrevistas que rezaba. Dijo también que el de bronce era una escultura, no un altar. y añadió, sin que nadie se lo preguntara, que en México la diferencia entre las dos cosas la decidía quién tuviera el dinero para contratar al abogado.
A mediados de los 2000, con más de 70 años y el Fru Fru, ya en manos de otros, Irma Serrano entró en el único escenario que le quedaba por conquistar. La televisión de entretenimiento apareció en el programa Otro rollo de Adal Ramones. apareció en entrevistas con Gustavo Adolfo Infante, que la trató con la mezcla exacta de morbo y respeto que ella sabía manejar mejor que nadie.
Y en 2004, a los 71 años, entró a la casa de Big Brother VIP. Dentro de la casa coincidió con Alfonso de Nigris, conocido como Poncho de Nigris, tre y tantos años menor que ella. La prensa construyó un romance. Poncho de Nigris lo confirmó con declaraciones ambiguas durante semanas. Años después, en una entrevista sin cámaras de por medio, dijo que entre los dos no había pasado nada, que una vez ella se había desnudado delante de él y que él le había dicho que solo le gustaban los hombres, que nunca le dio un beso en la
boca. Irma Serrano no desmintió ni confirmó la versión de Poncho de Nigris. Siguió concediendo entrevistas. Siguió hablando del frufru, de Díaz Sordaz, de la cachetada, del de bronce, de acalzón amarrado. El otro morrito fue Pato Zambrano, también mucho más joven. La relación fue más larga y terminó peor.
Según Irma, Zambrano desapareció con dinero suyo. Según Zambrano, las cosas no habían ocurrido exactamente así. El asunto llegó a los juzgados sin resolución pública definitiva. Para 2010, Irma Serrano vivía parte del año en Tuxla Gutiérrez, en una casa más pequeña que las del Pedregal y las Lomas.
El fru había cerrado, el de bronce había desaparecido, los dos morritos habían desaparecido también, cada uno a su manera. Y la cama dorada con cisnes de la emperatriz Carlota llevaba 25 años de vuelta en el castillo de Chapultepec, en la sala que reconstruye los aposentos imperiales del siglo XIX. Irma Serrano siguió dando entrevistas.
Siguió diciendo que Díaz Orda no había estado en la ciudad de México el 2 de octubre. Siguió sin que nadie le preguntara lo que realmente importaba. El primero de marzo de 2023 amaneció frío en Tuxla Gutiérrez. El primero de marzo de 2023, Irma Serrano sufrió un infarto fulminante en su casa de Tuxla Gutiérrez. Tenía 89 años, la llevaron al hospital. No llegó.
La noticia la dio la Asociación Nacional de Intérpretes en un comunicado de tres líneas. Los periódicos recuperaron las mismas fotos de siempre. La del traje de china poblana, la del fru de la entrevista con Sabludowski, donde negaba que Díaz Hordaz hubiera ordenado Tlatelolco. Ninguno publicó una foto de la cama de Carlota.
Ella siempre dijo que hablaba a calzón amarrado. Lo dijo en tres libros, en cientos de entrevistas, en el Senado, en la casa de Big Brother y en los camerinos del Fru Fru, a calzón amarrado, sin filtros, sin vergüenza, sin deberle explicaciones a nadie. Y era cierto, había contado el aborto del regente a los 17 años.
Había contado la cachetada en Los Pinos. Había contado el de bronce y el piano de Maximiliano. Había contado que dormía sobre la cama de la emperatriz Carlota mientras el presidente del país volvía a pie a su coche oficial antes del amanecer. Lo contó todo, todo menos lo único que importaba de verdad. Lo que Gustavo Díaz Orda le dijo sobre esa cama en los meses que siguieron al 2 de octubre de 1968 se fue con ella al hospital de Tuxla Gutiérrez el primero de marzo de 2023.
La única testigo presencial del estado mental del hombre más odiado del siglo XX mexicano, durante los 5 años que siguieron a la matanza de Tlatelolco, murió sin que nadie le exigiera firmar una declaración. La verdad oficial del 2 de octubre la escribió una fiscalía en 2007. La verdad íntima la escuchó una vedete chiapaneca sobre una cama robada del patrimonio nacional y la enterró con la misma elegancia con la que había enterrado todo lo demás.
La historia de México la escriben los presidentes, los generales y los jueces, pero también la guardan a veces durante décadas las mujeres que duermen en la cama equivocada en el momento exacto y eligen qué contar y qué no. A calzón amarrado significa decirlo todo. Irma Serrano lo dijo todo. Eligió con mucho cuidado qué era todo.
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