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Irma Serrano: la amante que le partió la cara al presidente del 68 y guardó sus secretos hasta morir

Su hija Guadalupe, llamada en la prensa Lupita, empezó a aparecer en actos  oficiales como primera dama sustituta. Hay fotos de la época con la hija al lado del padre  y la madre fuera del cuadro. El matrimonio presidencial estaba vacío por dentro y mientras la primera dama se apagaba,  una mujer de Chiapas con traje de china poblana llevaba meses durmiendo en una casa de jardines del Pedregal.

Esa mujer  era Irma Serrano. Para 1970, Irma estaba en marquesinas  de toda América Latina. Llevaba 8 años grabando para Columbia Records. Había firmado películas con  El Santo. Acababa de estrenar La Martina, su mayor éxito en cine y un dibujante de cómics, José Guadalupe Cruz,  le había puesto ya el apodo que iba a llevar el resto de su vida.

La tigresa. Lo que ningún biógrafo ha sabido encajar en una sola frase  es esto. La mujer que le partió la cara a Gustavo Díaz Ordaz era al mismo tiempo su única confidente íntima desde hacía un año. Y  dentro de 4 años más, cuando el sexenio fuera un recuerdo amargo y el expresidente viviera escondido del país que lo señalaba, esa misma mujer se iba a convertir en la única persona pública de México que defendería su versión del 2 de octubre de 1968.

Esa misma noche,  después de la cachetada, el presidente entró por su propio pie a la residencia. La primera dama subió a su habitación sin decir palabra.  Los mariachis cobraron y se fueron. El escolta cerró el portón. Irma Serrano se subió a su coche y se marchó a la casa de jardines del Pedregal, regalo del propio presidente.

La casa donde había una cama dorada con cisnes que había pertenecido a la emperatriz Carlota. El presidente mientras tanto, viajaba  al hospital. La retina del ojo derecho se le había desprendido del golpe. Tendría que operarse. Y Guadalupe Borja, según las crónicas posteriores de la historiadora Sara Seevchovic, no volvió a aparecer en actos oficiales  durante semanas.

Tres personas en una misma noche, tres historias muy distintas. una examante que defendería al hombre durante las siguientes cuatro  décadas, una esposa que se apagaba en el segundo piso de Los Pinos y un presidente que se llevaba al quirófano una herida hecha con un anillo de mujer. Para entender cómo llegó una mujer hasta el punto de  pegarle a un jefe de estado y salir caminando, hay que retroceder 30 años.

hasta una niña de 14 en Comitán de Domínguez, que estaba a punto de subirse a un autobús con destino a Ciudad de México. La esperaba en la terminal, sin saberlo del todo, una de las grandes poetas mexicanas del siglo XX. La niña que llegó a  vivir con la poeta. En 1947, una niña  de 14 años subió a un autobús en Comitán de Domínguez con una maleta que pesaba menos que ella.

Iba a Ciudad de México a vivir con su prima. La prima la había aceptado sin condiciones.  Le había dicho que llegara cuando quisiera, que en el departamento había una cama libre y que en Comitán  no había vida para una mujer con ganas de cantar. La niña se llamaba Irma Consuelo Cielo Serrano Castro, hija menor de un poeta de pueblo y de una hacendada con 17 propiedades a su nombre.

La prima que la esperaba en la terminal del norte se llamaba  Rosario Castellanos y tenía 22 años. recién cumplidos. Lo que la niña de 14  años no sabía esa tarde era que la prima que iba a esperarla en el Andén era  ya, sin haber publicado un solo libro, una de las inteligencias más afiladas del país.

Rosario Castellanos venía también de Comitán, de una hacienda en Las Margaritas  a una hora en Mula del rancho donde había nacido la familia de Irma, hija de César Castellanos,  dueño de una plantación de café y un ingenio azucarero y de Adriana Figueroa, mujer de salón. Cuando la reforma cardenista repartió tierras entre los pueblos indígenas a finales de los años 30, los castellanos perdieron buena parte de las suyas.

La familia regresó a Ciudad de México y en 1948, un año después de recibir a Irma, Rosario se quedó huérfana de los dos en cuestión de meses. Heredó parte de las tierras que su padre había logrado conservar y tomó una decisión que iba a marcar el resto de su biografía.  devolvió esas tierras a los indígenas a los que originalmente habían pertenecido.

25 años más tarde, ya con Balun Canán,  mujer que sabe latín y el eterno femenino publicados, Rosario Castellanos era una de las voces más importantes del feminismo latinoamericano y en 1974 moriría electrocutada en Tel Aviv, siendo embajadora de México en Israel. Pero en 1947 todo eso estaba por venir.

Lo único que veía la niña de 14 años al bajar del autobús era una mujer alta, delgada,  de gafas redondas, esperándola con una sonrisa. Las dos primas venían del mismo mundo, la élite  ascendada de los Llanos de Chiapas, un mundo de café, caña, peones indígenas y casas con techo de teja  roja.

El padre de Irma era Santiago Serrano Ruiz, conocido en su Chiapa como El Chanti, periodista, impresor, escritor  y poeta. En 1917 había publicado un poema titulado Mi Amazona, que la enciclopedia de la literatura en México señala como una ruptura con los moldes del modernismo establecidos por Rodolfo Figueroa.

Era  una pequeña celebridad local. La niña lo adoraba. La madre era otra historia. María Castro Domínguez tenía 17 haciendas a su nombre y poca paciencia para una hija pequeña. La propia Irma lo contó ya de adulta  en una entrevista con Gustavo Adolfo Infante. Dijo que su madre era buena mujer, pero que apenas convivieron y que esa distancia le marcó la infancia con una sensación de soledad  y de falta de amor.

Sus padres se divorciaron cuando ella tenía 7  años. La educación se partió entre Comitán y Tuxla Gutiérrez. hermanos  mayores Mario y Yolanda y un padre que la sentaba en la sala todas las tardes a cantar canciones rancheras y a recitar versos. Ahí empezó todo. En Ciudad  de México, Irma se mudó al departamento de su prima.

Rosario estudiaba filosofía y letras en la UNAM  y se movía en un círculo que iba a definir la literatura mexicana del medio siglo. Por la sala pasaban Jaime Sabines, Ernesto Cardenal, Dolores Castro, Augusto Monterroso.  Conversaciones largas, tabaco, café cargado, libros  prestados y discusiones sobre lo que entonces se llamaba la cuestión indígena.

La propia Irma se matriculó también en la UNAM, en la carrera de literatura.  Ella misma, décadas después no recordaba si llegó a terminarla, pero estuvo. Vivió tres o cu años respirando ese aire. Aprendió a hablar como ellos, a leer como ellos y a moverse en salones donde se debatía a Sartre  y a las teorías del feminismo francés antes de que en México se llamaran así.

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