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Ira von Fürstenberg: la princesa olvidada que vivió entre lujo, fama y tragedias

Alfonso era hijado de los reyes de España, Alfonso XI y Victoria Eugenia, lo que le otorgaba un peso simbólico que iba más allá de su propio linaje. Era el tipo de hombre que llenaba una habitación sin esfuerzo, que sabía exactamente qué decir y a quién decírselo, y que veía en la joven ira no solo una novia impresionante, sino un trofeo que completaba el mosaico de poder que estaba construyendo en la costa del sol española.

La boda tuvo lugar el 17 de septiembre de 1955 en Venecia. El escenario no podía ser más perfecto para la ocasión. La ciudad de los canales, la ciudad donde el agua besa los palacios directamente y donde la historia parece flotar en suspensión. Recibió a la alta sociedad internacional en una ceremonia que las revistas de medio mundo cubrieron con admiración reverente.

Para poder celebrar la unión, dado que la novia era menor de edad, fue necesario solicitar una dispensa papal. El Vaticano la concedió. El mundo aplaudió y Ira, con su vestido blanco y su corona de princesa, entró en una vida que nadie le había preguntado si quería. Había algo inquietante en aquellas fotografías que los periódicos publicaron días después.

una jovencita de rasgos perfectos, flanqueada por hombres y mujeres de mediana edad, con expresiones satisfechas, como si hubieran completado una transacción especialmente ventajosa. Y quizás eso era exactamente lo que había ocurrido. El matrimonio con Alfonso de Joenloe trasladó a Ira a un mundo que ella desconocía casi por completo, el de la España franquista que empezaba a abrirse al turismo internacional.

Alfonso tenía un proyecto ambicioso en Marbella, una ciudad costera de Andalucía que entonces era poco más que un pueblo de pescadores con un microclima excepcional. Quería convertirla en el destino favorito de la Jetset europea, en el lugar donde los ricos del continente fueran a olvidar que tenían responsabilidades y lo consiguió.

El Marbella club que Alfonso fundó y que se convirtió en leyenda fue el primer paso de una transformación que cambiaría para siempre el paisaje del sur de España. Ira, convertida en princesa de Joenlue, presidía aquellas veladas con la gracia natural de quien ha nacido para ello. recibía a actores de Hollywood, a industriales alemanes, a aristócratas venidos a menos y a nuevos ricos que compensaban con entusiasmo lo que les faltaba en linaje.

Aprendió a sonreír exactamente lo necesario, a decir lo correcto en el momento preciso, a hacer que cada invitado sintiera que era el más importante de la sala. Era una actuación perfecta y como toda actuación perfecta tenía un costo invisible porque por fuera todo era glamurías en terrazas con vistas al Mediterráneo. Pero por dentro la relación entre Ira y Alfonso era la de dos personas que hablaban idiomas emocionales incompatibles.

Él era 16 años mayor que ella, dominante, acostumbrado a que el mundo girase a su alrededor. Ella era un adolescente que había saltado directamente de las aulas al altar, que no había tenido tiempo de descubrir quién era antes de que le dijeran quién debía ser. En medio de esa tensión creciente llegaron los hijos.

Kristof nació en 1956 yubertus en 1958. Dos niños a los que Ira amó profundamente y que sin embargo, no llenaron el vacío de una vida que sentía prestada. La princesa que el mundo admiraba desde las páginas de las revistas era en la intimidad de sus habitaciones, una mujer joven y atrapada que comenzaba a preguntarse si había algo más allá de todo aquello.

La respuesta llegó en forma de un hombre brasileño en una pista de squí. Las pistas de esquí de los Alpes suizos eran en los años 50 y 60 el segundo salón de la alta sociedad europea. Allí se hacían y deshacían negocios entrebajadas. Se sellaban alianzas con una copa de vino caliente en la mano y de vez en cuando también se encendían pasiones que nadie había planeado.

Fue en uno de esos escenarios nevados donde Ira von Furstenberg conoció a Francisco Mataratzo Pignatari, al que todos llamaban simplemente Baby. Baby Pignatari era la antítesis de Alfonso de Joen Loe en casi todos los sentidos, donde el príncipe era europeo, austero y calculador. El industrial brasileño era exuberante, espontáneo y absolutamente incontenible.

Heredero de una fortuna familiar construida sobre el acero y el caucho en Sao Paulo, Baby había convertido su vida en una sucesión de excesos cuidadosamente disfrutados. Era famoso en tres continentes por sus fiestas, sus yates, sus aviones privados y su capacidad para hacer que cualquier lugar donde estuviera pareciera el centro del universo.

Ira se enamoró y cuando Ira Furstenberg se enamoraba, no había título nobiliario, contrato matrimonial ni escándalo social que pudiera detenerla. La aventura fue imposible de ocultar. Alfonso de Joen Loe, herido en su orgullo y en su reputación, denunció públicamente a su esposa por adulterio. El escándalo sacudió a la sociedad europea con la fuerza de una detonación.

Los periódicos publicaron los detalles con ese placer apenas disimulado con el que la prensa siempre ha seguido las caídas de los grandes. Una princesa, madre de dos hijos, abandonando a su marido príncipe por un millonario brasileño. Era el tipo de historia que vende periódicos durante semanas, pero Ira no pedía disculpas, nunca lo haría.

En 1961, Ira Bon Furstenberg y Francisco Mataratzo Pignatari se casaron en Reno, Nevada, con la discreción relativa que permitía la ciudad americana conocida por sus matrimonios rápidos y sus divorcios aún más rápidos. Era un gesto que decía mucho sobre el estado de ánimo de ambos. No querían pompa ni ceremonia, querían empezar cuanto antes.

La nueva vida de ira la llevó directamente a Brasil, a Sao Paulo, a un mundo radicalmente diferente de todo lo que había conocido hasta entonces. Allí no era la princesa europea con apellido antiquísimo. Era la esposa del hombre más rico y extravagante del país. Y eso en la Brasil de los años 60, en plena ebullición cultural y económica, era un título que abría todas las puertas.

Sao Paulo la recibió con los brazos abiertos. La sociedad brasileña de entonces tenía una energía que la vieja Europa ya había olvidado. Una mezcla de modernidad arquitectónica y calor humano, de ambición sin complejos y alegría sin explicación. Ira se convirtió en mecenas de las artes.

Frecuentó los círculos intelectuales y artísticos de la ciudad. Apoyó a pintores y escultores y descubrió que le gustaba hacer algo más que una imagen decorativa en las fotografías de sociedad. Pero Baby Pignatari era para bien y para mal demasiado, demasiado intenso, demasiado presente, demasiado ocupado, siendo la leyenda que él mismo había construido.

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