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Imposible que me gane una Mexicana, amenazó la velocista Jamaicana y la Mexicana voló en los 200 mts

Podía sentir las miradas de los otros atletas, algunos con lástima, otros con burla, todo sabiendo lo que acababa de pasar. Cuando llegó a su cuarto, cerró la puerta y finalmente dejó que las lágrimas salieran. Lloró de rabia, de impotencia, de vergüenza, porque una parte de ella, esa parte oscura que todos tenemos, sabía que Sanise tenía razón.

¿Qué posibilidades tenía ella contra la mejor velocista del mundo? ¿Qué posibilidades tenía una chica de Ecatepec que entrenaba en una bodega contra alguien que tenía acceso a los mejores entrenadores, los mejores nutriólogos, la mejor tecnología? Su teléfono sonó. Era su mamá. Doña Lupita había visto la conferencia de prensa por internet y estaba furiosa.

Esa jamaicana desgraciada, le dijo doña Lupita con esa voz que no admitía réplica. ¿Quién se cree que es para hablar así de mi hija? para hablar así de México. Mira, Alejandra, yo no sé nada de carreras ni de atletismo, pero sí sé de humillaciones y esa vieja te humilló. Ahora tienes dos opciones. O te quedas ahí llorando y le das la razón o le demuestras que se equivocó. Tú decides.

Y colgó así no más, sin despedida, porque doña Lupita era de esas mamás que no andaban con consentimientos ni palabras bonitas. Era amor duro. Era la verdad, aunque doliera. Alejandra se quedó sentada en la cama con el teléfono en la mano, procesando las palabras de su mamá, y algo cambió dentro de ella. La tristeza se transformó en algo diferente, en furia, en hambre, en una necesidad casi animal de demostrar que estaba equivocada, de borrarle esa sonrisa del rostro, de hacer que se tragara sus palabras. Se paró.

Se lavó la cara, se vio al espejo y por primera vez en horas sonrió. Pero no era una sonrisa feliz, era una sonrisa peligrosa. Era la sonrisa de alguien que acababa de encontrar su motivación más profunda. Esa noche no durmió. Se la pasó visualizando la carrera. Cada zancada, cada respiración, cada movimiento.

Se imaginó saliendo de los bloques de arranque, sintió el viento en su cara, escuchó el rugido de la multitud y se vio cruzando la meta primera, una y otra y otra vez. Al día siguiente comenzaron las eliminatorias. Alejandra tenía que pasar tres rondas antes de llegar a la final. La ronda preliminar, los cuartos de final y la semifinal.

Sanise Williams como favorita estaba en diferente EAT en cada ronda. No se enfrentarían hasta la final si es que Alejandra llegaba hasta ahí. La primera ronda fue relativamente fácil. Alejandra corrió con tranquilidad, administrando su energía y clasificó con el segundo mejor tiempo de su EAT. Nada espectacular, nada que hiciera voltear al mundo, pero fue suficiente.

Después de la carrera, los periodistas la buscaron. Querían su reacción a lo que había dicho Sanice. Querían escándalo, querían drama, pero Alejandra había aprendido la lección. No iba a darles el gusto. Sin comentarios, dijo simplemente, “Hablo en la pista.” y se fue. Esa respuesta se volvió viral. Las redes sociales explotaron.

Almohadilla habló en la pista se volvió tendencia en México. De repente, todo el país estaba pendiente de ella. Gente que nunca había visto una carrera de atletismo en su vida ahora estaba buscando cuando era la siguiente ronda. Alejandra Ramírez se había convertido en símbolo, en esperanza.

en la venganza de todos los que alguna vez habían sido menospreciados. Pero eso también significaba presión, muchísima presión, porque ahora no solo competía por ella, competía por México, por Ecatepec, por todas las niñas pobres que soñaban con ser alguien, por su mamá que estaba viendo desde casa, probablemente con el rosario en la mano, por el señor Rodrigo que había creído en ella cuando nadie más lo hacía.

Los cuartos de final fueron diferentes. El nivel subió considerablemente. Alejandra sintió la diferencia desde el calentamiento. Estas eran las mejores velocistas del mundo. Mujeres con físicos perfectos, con técnicas impecables, con miradas de acero que te decían que no iban a darte ni un centímetro.

En Suat estaba Destiny Johnson de Estados Unidos, campeona olímpica hace 4 años. Una mujer de casi 1,80, puro músculo, que la miraba como si fuera una molestia, un obstáculo menor en su camino a la final. Cuando sonó el disparo de salida, Alejandra salió con todo. Atacó la curva con una ferocidad que sorprendió a todos. A los 100 met primera con Destiny pegada a su espalda.

Podía escuchar la respiración de la estadounidense, sentir su presencia. Era como tener un fantasma persiguiéndote. En la recta final, Destiny comenzó a cerrar la distancia. Susancadas eran más largas, más potentes. Alejandra podía sentir como la alcanzaba, cómo se ponía a su lado, cómo comenzaba a superarla. Pero entonces recordó Ecatepec, recordó las calles que recorría esquivando peligros.

Recordó a su mamá trabajando 14 horas diarias. recordó las palabras de Sanise Williams y encontró algo extra, algo que venía de un lugar más profundo que los músculos, algo que venía del corazón. Cruzó la meta primera por dos centésimas de segundo, dos centésimas de segundo. El estadio explotó. Bueno, la pequeña sección de mexicanos que había viajado explotó.

El resto del estadio apenas lo notó. Para ellos, Alejandra Ramírez seguía siendo una desconocida, un outsider que había tenido suerte, pero Destiny Johnson no pensaba que había sido suerte. Cuando se acercó a Alejandra después de la carrera, tenía una expresión de respeto. Esa fue una buena carrera, le dijo en inglés. Ten cuidado con Sane.

Esa chica es diferente. No es humana cuando corre. Pero tú tienes algo, no sé qué es, pero lo tienes. Alejandra asintió, todavía tratando de recuperar el aliento. Las piernas le temblaban de la fatiga. El corazón le latía tan fuerte que sentía que le iba a estallar. Pero había ganado. Estaba en semifinales. Esa noche en su cuarto revisó su teléfono.

Miles de mensajes, miles de notificaciones. México entero estaba hablando de ella. Había memes, había videos de análisis. Había gente debatiendo si tenía oportunidad contra Sanise en una hipotética final. Y había un mensaje de Sanise Williams. Su corazón se detuvo cuando lo vio. ¿Cómo había conseguido su número? ¿Por qué le escribía? Con manos temblorosas abrió el mensaje.

Veo que llegaste a semifinales. Bien hecho. Pero no te confundas. Lo que dije sigue siendo verdad. Nos vemos en la pista, si es que llegas. Alejandra sintió como la rabia volvía a encenderse en su pecho. ¿Cómo se atrevía? ¿Cómo podía ser tan arrogante? Pero entonces lo entendió. Sanise estaba en su cabeza.

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