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Imelda Marcos: 3000 Zapatos Mientras Su Pueblo Moría de Hambre

Después de la muerte de su madre, Yelda se convirtió en la mujer de la casa. Tenía 11 años. Cocinaba para sus hermanos, lavaba la ropa, limpiaba el garaje que era su hogar, cuidaba a los más pequeños mientras su padre desaparecía durante días, ahogando su tristeza en licor y en promesas vacías de que todo iba a mejorar.

Pero Imelda tenía algo que nadie podía quitarle, algo que cambiaría su destino para siempre. Era hermosa, extraordinariamente hermosa, alta para los estándares filipinos, con una piel que parecía brillar bajo el sol, ojos grandes y oscuros como pozos de agua y una sonrisa que tenía el poder de detener una conversación. No era solo guapa, era magnética.

Cuando entraba a una habitación, la habitación cambiaba y ella lo sabía. Desde muy joven entendió, con esa inteligencia instintiva que tienen los que no poseen nada más, que su belleza era su única moneda, su único pasaporte, as su única salida de aquel garaje. A los 18 años participó en un concurso de belleza en Taclovan y ganó.

La nombraron la rosa de Taclovan. Ese título, que hoy suena provinciano y menor, fue para ella el primer trago de algo que se convertiría en su adicción más poderosa y más destructiva, la admiración. La gente la miraba, la aplaudían, le decían que era especial, que era distinta, que merecía cosas grandes.

Y por primera vez en su vida, Imelda sintió que el mundo le debía algo y que estaba empezando a cobrar. Pero Taclovan era demasiado pequeño para su ambición. Después de ganar el concurso local, Imelda decidió ir a Manila para competir en el certamen nacional de Miss Filipinas. Viajó en autobús con un vestido prestado y unos zapatos que le quedaban un poco grandes.

La ironía es casi demasiado perfecta. La futura acumuladora de 3,000 pares viajó a su primer gran destino con zapatos que no eran de su talla. No ganó mes Filipinas. Quedó entre las finalistas, pero no se llevó la corona. Fue una derrota que la hirió profundamente. Algunos biógrafos señalan que hubo controversia, que Imelda inicialmente fue anunciada como ganadora, pero que un jurado modificó los resultados.

Los detalles varían según la fuente, pero lo que es seguro es que Imelda sintió que le habían robado algo que le pertenecía. Y esa sensación, la sensación de que el mundo te debe, se convirtió en el combustible que alimentaría cada una de sus decisiones durante los siguientes 50 años. Se quedó en Manila. No tenía dinero para mantenerse.

Trabajó brevemente en una tienda de música. Vivió con parientes lejanos que la toleraban más que la acogían. Sobrevivía con dignidad, pero apenas. Y mientras tanto, refinaba su única arma. su presencia. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen.

Con su título de belleza y una ambición que no cabía en toda la isla de Leite, Imelda hizo lo que hacen todos los que quieren escapar de su origen. Se fue a la capital. Llegó a Manila a principios de los años 50 con una maleta pequeña, sin contactos reales, sin dinero y con una sola certeza grabada en el pecho que no iba a volver jamás a aquel garaje.

Manila en los años 50 era una ciudad de contrastes brutales, mansiones coloniales junto a barrios de cartón y lata, fiestas de la élite política con champán importado, mientras los campesinos de las provincias comían arroz con sal. Diplomáticos extranjeros en carros de lujo pasando junto a niños descalzos que vendían cigarrillos sueltos en las esquinas.

Y en medio de ese caos hermoso y cruel, una joven de 24 años que cantaba en reuniones sociales para ganarse un lugar en la mesa de los poderosos. Porque Imelda cantaba y cantaba bien. Tenía una voz dulce, limpia, melodiosa, que usaba como llave maestra para abrir puertas que de otro modo le habrían cerrado en la cara. Cantaba en fiestas diplomáticas, en recepciones de senadores, en reuniones privadas donde se decidía el destino del país entre copas de whisky y cigarros importados.

Los hombres la miraban, las mujeres la envidiaban y ella sonreía con esa sonrisa que ya estaba perfeccionando una sonrisa que decía: “Soy inofensiva”, mientras sus ojos calculaban cada movimiento. Fue en una de esas fiestas donde lo conoció a él. Ferdinand Marcos era congresista, joven, guapo, ambicioso, hasta los huesos. Tenía 37 años, una carrera política en ascenso meteórico y una reputación de conquistador que lo precedía como una sombra.

Había combatido o decía haber combatido heroicamente en la Segunda Guerra Mundial. Tenía condecoraciones militares que años después se revelarían como fabricadas. Pero en 1954, Ferdinand Marcos era el soltero más cotizado de la política filipina. Cuando vio a Imelda en aquella fiesta, según cuentan quiénes estaban presentes, se quedó inmóvil, como si alguien hubiera detenido el tiempo en la habitación.

Se acercó, le habló y según la leyenda que ambos construyeron después, supo en ese instante que esa mujer sería su esposa. 11 días después estaban casados. 11 días. No es un error, no es una exageración romántica. Ferdinand Marcos le propuso matrimonio a Imelda Romualdes 11 días después de conocerla. Y ella dijo que sí, sin dudarlo, sin pensarlo, como si toda su vida la pobreza, el garaje, la muerte de su madre, los años de humillación hubiera sido un camino que la llevaba exactamente a este momento. Hay algo perturbador en esa

velocidad. Algunas personas la interpretan como amor a primera vista. Otros más cínicos la ven como lo que probablemente fue una transacción entre dos personas que reconocieron instantáneamente en la otra lo que necesitaban. Ferdinand vio en Imelda la imagen perfecta, la esposa bella, carismática, popular, que completaría su perfil político.

Imelda vio en Ferdinand el vehículo, el hombre con poder suficiente para sacarla definitivamente de la pobreza y darle la vida que sentía que el mundo le debía. Se dice que Imelda lloró la noche antes de la boda, no de emoción de miedo. Y si Ferdinand era como su padre, y si las promesas se evaporaban como las de Vicente, y si al final del camino solo había otro garaje.

Pero a la mañana siguiente se puso su vestido de novia, se secó las lágrimas y caminó hacia el altar con la determinación de alguien que sabe que no hay vuelta atrás. Se casaron el 1 de mayo de 1954 en una ceremonia que fue Mitad boda y mitad evento político. Ferdinand necesitaba una esposa bella, carismática, fotogénica para impulsar su carrera hacia el Senado.

Y Melda necesitaba un hombre con poder para salir definitivamente de la pobreza. Fue un pacto, un acuerdo tácito entre dos personas que entendían el poder infinitamente mejor que el amor. Y funcionó. Funcionó de una manera que ni ellos mismos anticiparon. Ferdinand ganó su escaño en el Senado en 1959. Luego se convirtió en presidente del Senado.

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