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HUGO SÁNCHEZ: El SECRETO que GUARDÓ DURANTE 10 AÑOS

Irse a España en los años 80 no era como ahora. No había videollamadas, no había internet. Las llamadas a México costaban una fortuna y se hacían contadas veces. Un muchacho que se iba a Europa se iba de verdad, lejos de su familia, lejos de su comida, lejos de su gente, lejos de todo lo conocido, solo en un país extraño, con un idioma que aunque era el mismo sonaba distinto, con costumbres distintas, con un clima distinto.

Muchos jugadores con tanto o más talento que él no soportaron esa soledad y volvieron. Hugo, no. Hugo apretó los dientes y se quedó. Convirtió esa soledad en combustible. Cada gol que metía era una manera de decirle al mundo que un mexicano sí podía, que no se había equivocado al cruzar el océano, que el sueño valía la pena, no lo conocían.

En su primera etapa española ya se llevó el Pichichi, el trofeo que se le da al máximo goleador de la liga, 19 goles, un mexicano peleándole los goles a los mejores delanteros europeos. La gente en España empezaba a preguntarse quién diablos era ese muchacho que celebraba dando vueltas en el aire. Y esa celebración, por cierto, tiene su propia historia.

La famosa voltereta, el salto mortal que daba después de cada gol, no era un capricho. Resulta que su hermana Hilda, la gimnasta, le había enseñado a hacerlo. Una herencia familiar convertida en marca registrada. Cada vez que el balón entraba, Hugo corría, se impulsaba y giraba en el aire para caer de pie con los brazos extendidos. El público enloquecía.

Era un espectáculo dentro del espectáculo. Era pura alegría hecha movimiento. Y entonces llegó el momento que lo cambió todo. En 1985 el Real Madrid se fijó en él. El club más grande del mundo, el equipo de los reyes, de las estrellas, de las exigencias imposibles. Aquí tengo que detenerme un segundo porque esta parte la gente la romantiza y la verdad fue más complicada.

Cuando Hugo llegó al Real Madrid, la afición no lo recibió con los brazos abiertos. Venía del eterno rival de la ciudad. Era extranjero y encima venía con esa seguridad suya que a algunos les parecía arrogancia. Lo miraban con desconfianza, algunos hasta con desprecio y no era una desconfianza cualquiera. Estamos hablando de la afición más exigente del mundo, la que llena cada domingo uno de los estadios más imponentes del planeta.

Esa gente no perdona. Si no rindes, te lo hacen saber. Si fallas, te silvan. Y a Hugo encima le tocó cargar con la etiqueta de venir del equipo enemigo de la ciudad. Para muchos era casi una traición que ese hombre vistiera ahora la camiseta blanca. Lo tenían en la mira desde el primer día.

Hugo no respondió con palabras. Respondió como sabía responder él, metiendo goles uno tras otro, de cabeza, de bolea, de penal, de chilena, sobre todo de chilena. Y déjeme que le pinte bien el cuadro, porque hoy nos parece de lo más normal que haya mexicanos jugando en Europa. Hoy abrimos la televisión y vemos a nuestros muchachos en España, en Inglaterra, en Italia, en Holanda, pero en los años 80 eso no existía.

Un mexicano en el Real Madrid era casi una rareza. Era como ver a alguien de su pueblo, de su colonia, sentado en la mesa de los reyes. La gente no terminaba de creérselo y muchos allá en España simplemente no querían creérselo. Imagínese la presión. Cada error suyo no era el error de un jugador. Era la prueba que algunos esperaban para decir aquello de Yavén, este no estaba a la altura.

Cada partido era un examen. Cada domingo tenía que demostrar de nuevo que merecía estar ahí y no una vez, durante años, temporada tras temporada. Pero Hugo tenía algo que pocos tienen. Tenía hambre y tenía una disciplina que rayaba en lo enfermizo. Mientras otros futbolistas salían de fiesta, él cuidaba cada detalle, su alimentación, su descanso, sus entrenamientos.

Aquel muchacho que de joven había estudiado odontología por si las cosas salían mal, nunca dejó de ser metódico, ordenado, casi obsesivo con su cuerpo y con su rendimiento. Sabía que un mexicano en Europa no podía darse el lujo de relajarse ni un solo día y esa hambre se notaba en la cancha. Hugo Sánchez no era el típico delantero que esperaba el balón parado.

Se movía como un felino dentro del área, anticipándose a los defensas, oliendo el gol antes de que ocurriera. Tenía ese instinto que no se enseña, que no se entrena, con el que simplemente se nace. Donde otros veían una jugada perdida, él veía una oportunidad de marcar. Le voy a confesar algo que siempre me ha parecido fascinante de los grandes goleadores y es que el gol, ese instante mágico, dura apenas un segundo, pero detrás de ese segundo hay miles de horas de trabajo invisible, horas de gimnasio que nadie aplaude, madrugadas de entrenamiento que

nadie ve, sacrificios, dietas, lesiones, dolores que se aguantan en silencio. La gente solo ve la chilena espectacular. No ve los años de esfuerzo que hicieron posible ese único instante de gloria. Hugo entendió eso mejor que nadie. Sabía que el talento abre la puerta, pero que solo el trabajo te mantiene adentro.

Por eso, mientras duró su carrera, nunca bajó los brazos, nunca se confió, nunca dio por hecho que el éxito iba a durar para siempre. Cada temporada empezaba de cero, como si tuviera que demostrarlo todo otra vez. Y esa mentalidad, esa disciplina de hierro fue lo que lo separó de tantos otros que tuvieron talento, pero no la voluntad para sostenerlo.

Y aquí déjeme contarle algo, que si usted vivió esa época se le va a poner la piel de gallina. Era el 10 de abril de 1988, Estadio Santiago Bernabéu. El Real Madrid jugaba contra el Logroñés. Un compañero Martín Vázquez mandó un centro al área y en ese momento, rodeado de defensas, con el balón llegándole a una altura imposible, Hugo Sánchez hizo lo que solo él sabía hacer.

Saltó y conectó una chilena tan perfecta, tan limpia, tan hermosa, que el estadio entero enmudeció primero y después estalló. Los aficionados del Madrid, esos mismos que años atrás lo habían recibido con frialdad, sacaron sus pañuelos blancos para oacionarlo. En el fútbol español, sacar el pañuelo es el máximo gesto de admiración que existe.

Se lo estaban dedicando a un mexicano. Y piense en el camino que hubo que recorrer para llegar a ese momento. Ese mismo público que ahora lo ovasionaba de pie era el que años atrás lo había mirado con recelo, el que dudaba de que un mexicano mereciera vestir esa camiseta. Hugo no los convenció con discursos, los convenció a fuerza de goles, de entrega, de domingos enteros dejándolo todo en la cancha, hasta que un día, sin que nadie supiera muy bien cuándo, esa desconfianza se transformó en amor, en idolatría. Ese es uno de los logros más

difíciles que existen. Ganarse a quien no te quería, convertir a tus críticos en tus admiradores. Y Hugo lo hizo en el lugar más exigente del mundo, donde no se le perdona nada a nadie, donde un mal partido puede borrar 10 buenos. Se ganó el corazón de una afición que no regala su cariño a cualquiera y lo hizo siendo extranjero, siendo de fuera, siendo el muchacho del que todos dudaron.

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