Existen historias de separaciones que, tras el dolor inicial, terminan con una firma, un acuerdo pacífico y la madurez de entender que cada uno debe seguir su propio camino. El tiempo, dicen, lo cura todo, y los capítulos se cierran para dar paso a nuevas etapas. Sin embargo, hay otras historias que desafían toda lógica emocional y temporal. Historias que, décadas más tarde, vuelven a explotar con una fuerza destructiva inusitada cuando absolutamente nadie lo esperaba. Lo que parecía un tomo archivado y cubierto por el polvo del tiempo termina convirtiéndose en un nuevo y feroz escándalo mediático, judicial y humano. Esto es exactamente lo que está ocurriendo hoy en las más altas esferas del poder, la cultura y el espectáculo en Argentina, con la guerra sin cuartel que se ha desatado entre el multimillonario Eduardo Costantini y su exesposa, la reconocida actriz, directora y productora Teresa Costantini.
La noticia cayó como una verdadera bomba, un sismo de alta magnitud que sacudió los cimientos del mundo del espectáculo y de los herméticos círculos empresariales. Según ha trascendido y se ha confirmado a través de diversas fuentes judiciales y mediáticas, el magnate, fundador del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba), creador de Nordelta y uno de los empresarios más acaudalados e influyentes del país, ha iniciado acciones legales formales y contundentes para que Teresa deje de utilizar el apellido Costantini. Este es el mismo apellido con el que ella es conocida públicamente desde hace décadas, el nombre bajo el cual ha firmado sus películas, ha actuado en obras de teatro y ha forjado una identidad indiscutible en el ecosistema cultural argentino.
Pero como si arrebatarle el nombre artístico y personal no fuera suficiente humillación y desgaste, el conflicto esconde aristas mucho más profundas y dolorosas. Esta guerra estalla más de treinta años después de que la pareja pusiera fin a su matrimonio. La situación ha llamado todavía más la atención de la opinión pública, los analistas de la prensa del corazón y los expertos en derecho de familia debido al contexto actual de los protagonistas. Eduardo Costantini, hoy de 79 años, se encuentra casado con Elina Fernández, una modelo y figura pública que es 44 años menor que él, con quien ha formado una nueva familia y ha acaparado las portadas de las revistas durante los últimos años. Ante este panorama, la pregunta que resuena en las calles, en los sets de televisión y en las redes sociales es unánime: ¿Por qué reabrir una disputa que parecía haber quedado sepultada en el pasado hace tanto tiempo? ¿Qué motiva a un hombre que lo tiene todo a intentar borrar la identidad de la madre de sus hijos tres décadas después?

Para comprender la magnitud de este conflicto, es necesario hacer un viaje en el tiempo y analizar cómo se construyó la figura de Teresa. Cuando ella comienza a hacerse un nombre en el ámbito público, se hace conocida exactamente con la identidad que portaba legal y socialmente en ese momento: Teresa Costantini. En aquella época, la convención social y legal dictaba que las mujeres adoptaran el apellido de sus maridos tras dar el “sí, quiero” bajo la premisa del “hasta que la muerte los separe”. Obviamente, en la efervescencia de la juventud y el amor, ninguno de los dos contemplaba la posibilidad de una separación. El tema central radica en que, cuando finalmente el amor se desgasta y deciden divorciarse, Teresa ya no era simplemente “la esposa de”. Ya era una figura con peso propio, conocida como actriz, como cineasta, como un pilar fundamental de la cultura.
Ante la inminencia del divorcio, y como suele ocurrir en separaciones donde reina, al menos inicialmente, el respeto por la historia compartida, hubo un pacto. Teresa acordó de palabra con Eduardo Costantini que ella continuaría utilizando el apellido. Era una cuestión de sentido común y de respeto profesional. En el mundo del arte y el espectáculo, el nombre es la marca, es la trayectoria, es el currículum. Cambiarlo a mitad de camino implica, en muchos casos, un suicidio profesional, un borrón y cuenta nueva que desconoce los años de esfuerzo invertidos. Ejemplos de esto sobran en el mundo del espectáculo global, donde figuras femeninas han mantenido el apellido de sus exmaridos por ser su identidad artística consolidada, como el icónico caso de Tina Turner. El acuerdo entre Eduardo y Teresa quedó sellado, pero, trágicamente para ella, solo de palabra.
Las décadas pasaron. Teresa siguió produciendo, dirigiendo y actuando como Teresa Costantini. Eduardo siguió amasando su fortuna y construyendo su imperio inmobiliario y cultural. La paz parecía reinar hasta que un mensaje en la pantalla de un teléfono celular rompió la armonía de la forma más fría, moderna y cruel posible.

Teresa no recibió una llamada de su exmarido, no hubo un café de por medio, ni una reunión civilizada para discutir el tema. Recibió un mensaje de WhatsApp. Un texto proveniente de un número desconocido que, según supo después, pertenecía a una abogada especializada en derecho canónico. El mensaje era lapidario: “Lo estoy acompañando a tal… en el pedido de nulidad del matrimonio”.
Las palabras de Teresa, al relatar este episodio, reflejan el nivel de desolación y el impacto psicológico que tal frialdad genera: “Qué duro recibir eso de un compañero de casi 30 años. Impresionante. Cuando hace 30 que estamos divorciados o más, y fue durísimo para los hijos”. La nulidad matrimonial eclesiástica no es un simple trámite administrativo; desde el punto de vista religioso y simbólico, implica declarar que a los ojos de Dios ese matrimonio nunca existió, que fue nulo desde su inicio. Para una mujer que compartió casi tres décadas de su vida, que trajo hijos al mundo dentro de ese vínculo y que construyó un hogar, que le digan que su historia será borrada de los registros sagrados mediante un mensaje de WhatsApp es una afrenta emocional de proporciones devastadoras.
La reacción de los hijos de la expareja no se hizo esperar. Según confesó la propia Teresa, para ellos fue “un shock espantoso”. Son precisamente los hijos quienes se han convertido en su principal pilar de contención emocional, empujándola a no rendirse ante lo que consideran una injusticia brutal. “De hecho, son los que más están apoyándome para que dijera que no”, reveló la actriz. El desconcierto de Teresa ante la ofensiva legal fue total. “Yo en un momento dado te digo que no sabés qué hacer ante estas cosas porque es tan absurdo. ¿Cómo te van a pedir eso? A ver, fue una abogada”, relató, visiblemente afectada por la despersonalización del proceso.
Lo más alarmante de la situación es la absoluta imposibilidad de diálogo. En un conflicto que involucra a dos personas que compartieron gran parte de su vida, la falta de comunicación directa añade una capa de crueldad al proceso. Teresa afirmó haber intentado por todos los medios acercar posiciones de manera civilizada. “No, no pude. Yo agoté todas las instancias, todas las instancias para poder conversar, más allá de que de alguna manera no fue linda la forma, ¿no?”, explicó con un dejo de resignación y dolor. La sustitución de la palabra hablada por fríos documentos legales ha sido un golpe bajo. “Porque si todo viene por carta documento, por mensaje de no sé qué, por demanda eclesiástica que me llega después de unos meses, es muy difícil. Es como… ¿por qué no puede llamarme y sentarnos a hablar?”, se cuestiona Teresa, reflejando la frustración de quien se enfrenta a un muro de abogados en lugar del hombre que alguna vez fue su compañero de vida.
Pero, ¿cuál es el argumento legal bajo el cual Eduardo Costantini, un hombre de negocios implacable, sostiene esta ofensiva para despojarla del apellido? En los pasillos de la justicia de familia, donde se tramita este delicado expediente, la palabra clave que figura en la demanda es “confusión”. El empresario argumenta que el hecho de que Teresa siga utilizando el apellido Costantini genera confusión en el ámbito público y social. Aunque el texto legal pueda ser técnico, en la interpretación mediática y social, el trasfondo parece evidente: existe una necesidad imperiosa de evitar que el apellido Costantini se asocie a cualquier otra mujer que no sea su actual y joven esposa, Elina Fernández.
Es en este punto donde el análisis legal se entremezcla con el poder y la farándula. Si bien Eduardo Costantini puede alegar el derecho sobre su apellido patronímico, Teresa tiene a su favor décadas de jurisprudencia tácita y el peso innegable de la identidad cultural. En el plano judicial, el caso debe ser evaluado por un juez de familia, quien tendrá la difícil tarea de sopesar el derecho a la identidad personal y profesional de Teresa frente al reclamo de titularidad de Eduardo. Como señalan los expertos legales, Teresa no es una mujer anónima que busca beneficiarse económicamente del apellido hoy en día; es alguien que lo utiliza de manera artística, pública y cultural, y que ya es innegablemente reconocida con ese nombre en la industria audiovisual nacional e internacional. Este es su as bajo la manga, su carta más fuerte a favor.
Sin embargo, en los tribunales de la República Argentina, como en muchas partes del mundo, existe un viejo adagio popular que reza: “Hacete amigo del juez”. Esta frase, cargada de cinismo y realismo crudo, pone sobre la mesa el innegable factor del poder económico e influencia social de Eduardo Costantini. Se trata de un hombre con recursos ilimitados, conexiones en todas las esferas del poder y un ejército de los mejores abogados del país a su disposición. Teresa es muy consciente de que se enfrenta a un Goliat judicial. “Hay gente poderosa”, afirman voces del entorno legal, insinuando que la batalla será larga, desgastante y donde las influencias podrían intentar inclinar la balanza.
Ante el cerco legal y la embestida judicial, Teresa optó por una estrategia audaz: salir de las sombras de los tribunales y llevar su reclamo al tribunal supremo de la opinión pública. Analistas del caso sugieren que, al ver que el proceso avanzaba peligrosamente en su contra, la cineasta decidió hablar para exponer la situación. Lejos de mantenerse en un sumiso y prudente silencio, la actriz, directora y guionista decidió hacer público su descargo, transformando su dolor personal en una causa de identidad que ha resonado en miles de mujeres.
A través de una extensa, profunda y emotiva carta abierta, Teresa expresó su profundo malestar por la situación humillante a la que está siendo sometida. En su escrito, explicó con una claridad desarmante que ese nombre no representa en absoluto un vínculo matrimonial terminado hace décadas, ni un reclamo de pertenencia hacia su exmarido. Según planteó con firmeza, ese apellido está intrínsecamente ligado a toda una trayectoria profesional construida a base de sudor, creatividad y años de trabajo incansable en el difícil mundo de la cultura y el espectáculo. Renunciar a él sería como borrar su propia huella dactilar artística.
La repercusión de sus palabras fue inmediata y volcánica. Las redes sociales, los programas de debate y las columnas de opinión se encendieron, multiplicando las visiones y dividiendo a la sociedad en torno a un caso que trasciende lo anecdótico para tocar fibras íntimas sobre el patriarcado, los derechos de la mujer y la construcción de la identidad.
Por un lado, existe una facción de la opinión pública que defiende la postura del empresario a rajatabla. Argumentan basándose en un estricto derecho de propiedad y tradición, sosteniendo que el apellido pertenece al linaje de la familia Costantini, que el vínculo legal (el matrimonio) se disolvió hace más de treinta años, y que Eduardo tiene todo el derecho y la potestad de decidir quién porta y quién no su nombre familiar, especialmente habiendo formado una nueva familia que exige su propio lugar de exclusividad.
Por otro lado, y formando una mayoría abrumadora y vocal en las plataformas digitales, se encuentran quienes apoyan incondicionalmente a Teresa. Este sector considera que la demanda es un acto de crueldad innecesaria, un capricho egocéntrico de un hombre poderoso. Argumentan que, después de tantos años de uso ininterrumpido, pacífico y público, resulta humana y profesionalmente imposible separar completamente ese nombre de la figura de la artista. Para ellos, “Teresa Costantini” ya no es “la exmujer de Eduardo”, es una marca registrada de la cultura argentina, una identidad fusionada de manera indivisible con la persona que la porta.
